La intuición ha ejercido un gran atractivo para los directivos y los estudiosos de la gestión desde la concepción de la “ciencia administrativa” en la década de 1930. El tema de la intuición en la toma de decisiones cobró mayor fuerza e impulso en la segunda mitad del siglo XX, una vez que los investigadores se dieron cuenta y reconocieron que los enfoques racionales, por muy valiosos que sean, tienen límites en el mundo incierto y dinámico en el que trabajan los directivos, y que los supuestos económicos clásicos de la racionalidad y el “hombre económico” no salían bien parados en un examen detallado. Para poder tomar decisiones en condiciones de dinamismo, incertidumbre y presión de tiempo, los directivos experimentados pueden, y a menudo deben, recurrir a medios distintos del análisis racional. A partir de la aceptación de este precepto fundamental, la investigación sobre gestión ha adoptado la intuición como una fuerza vital en la vida de los directivos, tanto en lo que respecta a los juicios intuitivos como fuentes de errores y sesgos (haciendo hincapié en el “lado negativo” de la intuición, como en el programa de investigación sobre heurística (aprender del descubrimiento, y la experimentación; a veces se utiliza un concepto abstracto) y sesgos) como en el reconocimiento de que, en determinados entornos y bajo ciertas condiciones, la intuición es un medio apropiado y eficaz para tomar decisiones (haciendo hincapié en el “lado positivo” de la intuición, como en la “experiencia intuitiva”). La intuición es una base viable para la acción en un mundo de gestión que no sólo está repleto de paradojas, sino que también está en constante movimiento.