La apostura física de Perón, que derrochaba virilidad, vigor, pulcritud y encanto, resultó irresistible. Un sindicalista de la época observó con perspicacia: “Perón tenía la virtud de dejar satisfechos a sus interlocutores sin prometerles nada”. Para Page la genialidad de Perón consistió en transferir la esencia del liderazgo (véase también carisma) militar al juego político argentino y en comprender a sus ciudadanos mucho mejor que ninguno de sus contemporáneos.
Perón nunca necesitó un programa porque él mismo era el programa. La imprecisión deliberada de sus proyectos le permitió un amplio margen de acción política: los intereses nacionales, siempre cambiantes y ajustados a las circunstancias, solo podían ser correctamente interpretados por la única persona dotada con la clarividencia necesaria para justificar cualquier cambio de estrategia: él mismo. Perón fue un formidable representante de las virtudes más valoradas de esa cultura política: fue genial en el uso de la contradicción y elevó el ejercicio de la ambigüedad política hasta un extremado refinamiento.