Kant describió a los receptores de la experiencia estética no como distanciados, sino como desinteresados, lo que significa que los receptores no tratan el objeto de disfrute ni como vehículo de curiosidad ni como medio para alcanzar un fin. Contemplan el objeto como es en sí mismo y “al margen de todo interés”. En un espíritu similar, Arthur Schopenhauer argumentó que las personas podían considerar cualquier cosa estéticamente siempre que la consideraran con independencia de su voluntad, es decir, independientemente de cualquier uso que pudieran darle. De este modo, la gente puede llegar a ver la idea que el objeto expresa, y en este conocimiento consiste la apreciación estética. La teoría popular del arte como una especie de actividad lúdica, en la que la creación y la apreciación se separan de las urgencias normales de la existencia y se entregan al ocio, concuerda con esta visión. El problema es darles a estos pensamientos una precisión filosófica. Se han repetido en la filosofía moderna de diversas formas -por ejemplo, en la teoría de que el objeto estético se considera siempre por sí mismo, o como individuo único y no como miembro de una clase. Estas formulaciones particulares han llevado a algunos filósofos a tratar los objetos estéticos como si estuvieran dotados de un estatus metafísico peculiar. Alternativamente, a veces se argumenta que la experiencia estética tiene un carácter intuitivo, en contraposición al carácter conceptual del pensamiento científico o al carácter instrumental del entendimiento práctico.