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Conservadurismo

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Conservadurismo

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Conservadurismo: Introducción al Concepto Jurídico

De acuerdo con Eduardo Jorge Arnoletto:

Ideología política que en la dualidad de valores “conservación-re novación” pone el acento en el primer término. El conservadurismo no niega el cambio, pero considera que todo cambio que se intente debe ser lento, y llevado a cabo una vez que se haya demostrado por experiencia que dicho cambio es necesario y viable. Otro aspecto importante de esta ideología es que intenta asegurar una sobre-representación política a la propiedad. El conservadurismo considera que la naturaleza humana es inmodificable por la acción política, la que nunca puede ser totalmente liberadora.Entre las Líneas En ese sentido, el conservadurismo puede ser considerado como el concepto opuesto a “progresismo”, cuya evolución ha seguido como contrincante dialéctico hasta hoy.

Conservadurismo en 1948

Decía Guillermo Díaz en su Diccionario Político que Conservadurismo es: Doctrina o tendencia política que se distingue por su hostilidad y resistencia a toda reforma que pueda cambiar la faz de las instituciones vigentes o de las relaciones sociales establecidas.Entre las Líneas En sentido económico el conservadurismo representa lo estático lo inmutable la perpetuación de las costumbres y prácticas heredadas de épocas anteriores y por lo general la rigidez del principio de propiedad individual de autoridad indiscutible y de jerarquías basadas en la desigualdad económica.Entre las Líneas En Inglaterra el antiguo partido tory o conservador ha representado a las fuerzas defensoras de las prerrogativas de la corona contra los whigs o liberales partidarios de las formas democráticas y de los progresos sociales. Una división parecida con diversidad de’ nombres existe en todos los países donde se mantiene vivo el espíritu de ciudadanía.

Historia y Pensamiento del Conservadurismo

Conservadurismo, ideología opuesta al cambio y a la innovación, que tiende al equilibrio y al orden, evitando los extremismos. El conservadurismo surgió por vez primera como credo político organizado en forma de reacción contra las ideas del Siglo de las Luces. Inicialmente, los conservadores defendían la fe sobre la razón, la tradición sobre la experiencia, la jerarquía sobre la igualdad, los valores colectivos sobre el individualismo y el derecho natural o divina ante la ley secular.Entre las Líneas En algunas épocas concretas el conservadurismo hizo hincapié en mantener el sistema establecido y apoyar la distribución existente del poder, la riqueza y la posición social.

Puntualización

Sin embargo, el político conservador se ha reconciliado tanto con la democracia constitucional y los derechos individuales como con el cambio prudente y ordenado en lo económico y en lo social. Promueve una actitud prudencial frente a la sociedad y la política, preservando lo existente y mostrándose firmemente contrario al cambio y la innovación no graduales.

Para el conservadurismo, las sociedades son producto de largos procesos de acomodamiento e integración, de una civilización larga, y no resultado de elecciones o construcciones artificiales. El Estado es importante en el sostenimiento de la sociedad, pero también un peligro para esta si su poder queda libre de todo control. Los sistemas representativos son mecanismos de control convenientes. [1]

Conservadurismo: Estados Unidos

Con la Gran Depresión durante la década de 1930 y el desarrollo del programa de New Deal por el presidente Franklin D. Roosevelt en 1933, el conservadurismo estadounidense se convirtió en un movimiento político. Más información sobre el Conservadurismo en Estados Unidos está disponible en la enciclopedia del derecho sobre este país.

Neoconservadurismo

El monetarismo está estrechamente asociado con el neoconservadurismo, una versión del liberalismo que enfatiza los mercados libres y el individualismo en lugar de la visión del estado del bienestar que se ha convertido en dominante en la mayoría de las sociedades occidentales.

Krugman: desigualdad social y política, y conservadurismo

Paul Krugman es un controvertido profesor de Princeton con una larga lista de publicaciones.

Reseñas de la revista “Libros de Economía y Empresa” del libro “The Conscience of a Liberal”:

“(Este libro es) una reflexión política cargada de nostalgia. The Conscience of a Liberal (La conciencia de un progresista) es una evocación del largo periodo keynesiano en la política económica estadounidense desde el recuerdo dulce de la posguerra, el New Deal prolongado, el progreso social para todos, y la reducción en las diferencias de clase, es decir, desde el “paraíso perdido” de su infancia (p.3). Si no fuese por esta visión personalista, y sobre todo por la oportunidad de la aparición del libro en medio del debate económico preelectoral en los Estados Unidos, el ensayo tendría poco atractivo.

Puntualización

Sin embargo, su argumentación, aunque poco creíble, es oportuna porque pone de relieve las posiciones clave que en materia económica mantiene la izquierda de Estados Unidos, y porque además deja entrever el nuevo radicalismo, podríamos decir revanchismo, con el que los neo-keynesianos quieren quitarse la espina de las políticas que puso en marcha la administración Reagan (con Paul Volcker al frente de la Fed) hace ya casi tres décadas.

En la introducción de The Conscience of a Liberal Krugman relata cómo era la economía estadounidense que surgió de la Segunda Guerra Mundial, y como se creó una clase media a partir de políticas redistributivas que igualaron sustancialmente el reparto (véase qué es, su definición, o concepto, y su significado como “distribution” o “sharing” en el contexto anglosajón, en inglés) de la renta. Expone también aquí Krugman su hipótesis central sobre cómo y por qué acabó la Gran Compresión, es decir, la época keynesiana e igualitaria: a partir de los años cincuenta un conciliábulo de fuerzas reaccionarias y para-fascistas empezó a ganar fuerza alrededor de instituciones como la National Review. Usando el racismo latente y la obsesión anticomunista en la sociedad estadounidense, este pequeño grupo fue ganando ventajas políticas y posiciones de fuerza con el apoyo de las grandes empresas, hasta producir el vuelco total republicano de los años ochenta de la mano de Ronald Reagan. A continuación, el autor detalla en ocho capítulos la génesis y decadencia de las políticas redistributivas keynesianas: las conocidas en la historiografía de Estados Unidos como la Gilded Age, a partir de la Guerra Civil, y la Progressive Era, que arranca de la administración de Theodore Roosevelt (1901) y se prolonga hasta el New Deal. A pesar de los avances en políticas sociales, para Krugman este largo periodo fue una época de dominio conservador, con una muy dispar distribución de la renta, ausencia de poder sindical, obstáculos a la extensión del voto, racismo y extrema pobreza. Tras un breve análisis de los avances bajo el New Deal, el autor examina (caps. 3-5) las razones por las que, tras la Segunda Guerra Mundial, se mantuvieron las políticas keynesianas. Fueron fundamentalmente las posiciones ideológicas tanto de demócratas como de republicanos –Harry Truman, Dwight Eisenhower– las que mantuvieron e incrementaron lo que, usando la imagen de Claudia Goldin, el autor denomina The Great Compression, es decir, el estrechamiento en la brecha de ingresos entre ricos y pobres y la aparición de una clase media próspera favorecida por un rápido incremento en la progresividad fiscal, la actividad sindical, la aparición de Medicare y Medicaid, y toda la batería de medidas sociales de los años cincuenta, sesenta y parte de los setenta.

Sin embargo, a partir de la misma década de los cincuenta (caps. 5-7) reaparece el germen ultraconservador de la mano de, por una parte, políticos como Joseph McCarthy, Barry Goldwater y el recientemente desaparecido William F (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Buckley, fundador de la ultraderechista National Review (1955) y promotor de la causa del General Franco en los Estados Unidos, y por otra de académicos de extrema derecha, siempre según Krugman, como el economista Milton Friedman –más tarde también N. Gregory Mankiw– o el sociólogo Irving Kristol. Estos “nuevos” conservadores extienden sus ideas a través de una red de instituciones y think tanks como el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute o publicaciones –todas de extrema derecha, según el autor– tales como The Public Interest, The American Spectator o el Wall Street Journal, que cuentan además con el apoyo creciente, pero siempre secreto, de una conspiración de intereses de grandes empresas y grupos financieros. Explica Krugman cómo a través de la paranoia anticomunista, la manipulación de los prejuicios raciales y el embaucamiento de la opinión pública, estos radicales de derecha, dejan de ser un núcleo aislado y logran establecer una base popular y convertir sus ideas ultra-radicales en un amplio frente organizado (movement conservatism). Así, esta “vasta conspiración” (cap. 8) logra “distraer” y embaucar a la opinión pública, además, con la manipulación de asuntos religiosos y morales (cap. 9) hasta lograr el poder durante la administración Reagan y poner en marcha la Gran Divergencia, es decir, la apertura, una vez más, de la brecha entre ricos y pobres y el empobrecimiento progresivo que el autor detecta en la mayoría de la población estadounidense en los últimos treinta años. La parte final del libro está dedicada a la agenda intervencionista que, en opinión de Krugman, puede cerrar de nuevo la brecha entre ricos y pobres y restaurar la prosperidad perdida para la mayoría. La reforma sanitaria (cap.11) ocupa un lugar primordial en la agenda, pero también la revitalización de los sindicatos, el aumento de la presión impositiva y el gasto público, y la consecución incondicional de más igualdad en la distribución de la renta son expuestas en el programa (caps. 12 y 13).

Más allá de la nostalgia y los recuerdos personales, The Conscience of a Liberal no es un ensayo convincente. El relato político está plagado de inexactitudes y extremismos, y la interpretación económica no se sostiene. Paul Krugman trata de convencer al lector de que los éxitos electorales –arrolladores en el caso de Ronald Reagan– del partido Republicano son simplemente el resultado de una obnubilación general de la opinión pública producida por la manipulación y la propaganda de un pequeño grupo experto en el embaucamiento de las gentes, y que el hartazgo de los votantes con los altísimos niveles de impuestos no tuvieron nada que ver en el vuelco electoral a partir de 1980. Asimismo, el autor presenta el miedo al comunismo soviético de ayer y al terrorismo islamista de hoy como simples paranoias sin base real, y niega tanto las raíces morales del aumento de la criminalidad como la eficacia que ha supuesto la lucha contra ella sobre nuevos supuestos. Acusa gratuitamente de extremismo político a todos los conservadores, pero no tiene en cuenta la radicalidad, e incluso la violencia, de muchos movimientos políticos de Estados Unidos que durante años dominaron la escena política de la izquierda. No se menciona por ejemplo a la American New Left ni a los Black Panthers, ni a Reclaim the Streets, ni el Green Movement, ni a los Students for a Democratic Society, ni tampoco a figuras como David Horowitz, Angela Davis, Herbert Marcuse, Malcolm X, Perry Anderson, Noam Chomsky, Bill Mandel, Murray Bookchin y Carl Oglesby, por mencionar tan solo a algunos. Denuncia a las instituciones, publicaciones y think tanks que apoyan a los conservadores, pero pasa por alto la extensa red de centros ecologistas, feministas, eco-feministas, antiglobalizadores, sindicalistas, indigenistas, pacifistas, anarquistas, religiosos radicales, municipalistas libertarios y biocentristas, y la larga lista de centros académicos dominados por ideologías radicales de izquierda que han influido desde siempre en la opinión pública.

Pero el carácter casi panfletario en el tratamiento de los aspectos políticos no es el punto más débil del libro. Peor es su análisis económico. Krugman parece obsesionado con los mecanismos redistributivos como fuerza única del progreso. Desde el principio “los ricos” aparecen como el principal obstáculo. Se trata a toda costa de desposeerlos a través de altos impuestos –sin consideración a los incentivos, ni a los derechos de propiedad, ni al impacto sobre las tasas de ahorro e inversión, y por lo tanto el crecimiento– para poder favorecer así a “los pobres”. Como buen keynesiano radical, Krugman ni siquiera menciona los problemas de precios planteados por el gasto público y las políticas acomodaticias de la Fed. Tampoco presta atención al papel de las expectativas y la quiebra, bancarrota, o insolvencia, en derecho (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “insolvency” o su significado como “bankruptcy”, en inglés) de la relación de la curva de Phillips entre empleo y precios durante los años setenta. Su diagnóstico del fracaso keynesiano en los Estados Unidos (como en todas partes) tiene poco que ver con fallos en la oferta por la desaceleración de la productividad, sino con la falta de dinamismo de la demanda agregada que se retrae porque el sector público no interviene suficientemente en la economía, sobre todo transfiriendo rentas vía impuestos de “los ricos” a “los pobres”.

A pesar de que los gastos en educación han crecido un 165% y los gastos para combatir la pobreza un 41 entre 2000 y 2006, la descripción catastrofista de la economía estadounidense de los últimos años hace hincapié en las políticas “pro-ricos” y “anti-pobres” de las últimas décadas, y a la hora de explicar los nuevos patrones laborales y la diferenciación de salarios según conocimientos y habilidades, rechaza frontalmente el cambio técnico como condicionante de la demanda de nuevo y más sofisticado capital humano, y se centra en la pérdida de poder sindical –naturalmente, inducida y forzada por la derecha radical– que abre las puertas a la explotación salvaje de los trabajadores no cualificados por parte de las empresas.

En resumen, este es un libro que, como muchos otros ensayos de Paul Krugman, el lector no necesita de manera perentoria. Para un conocimiento cabal de la realidad estadounidense de hoy y de sus antecedentes existen muchos otros enfoques y ensayos, pero si se quiere ser testigo de la radicalidad y la desmesura (y quizá las ganas de desquite) de la izquierda estadounidense, éste, como algunos trabajos del mismo autor, puede resultar entretenido y pintoresco.”

La otra reseña:

“El nombre de Paul Krugman aparece inevitablemente vinculado a uno de los esfuerzos más ingeniosos e influyentes de renovación de la doctrina económica en el ámbito del comercio internacional de los últimos veinte años. Siendo todavía muy joven produjo alguno de los artículos más referenciados sobre los que se sustenta la llamada “nueva teoría del comercio”: un esfuerzo por situar la explicación de los intercambios comerciales en el ámbito más realista y complejo de la competencia imperfecta. Más adelante, Krugman aportó una mirada igualmente innovadora sobre el papel de la geografía en el desarrollo económico, dando lugar a una colección de ensayos e investigaciones que, de nuevo, se convirtieron en referencias obligadas en el estudio de la integración comercial y de la localización económica. A sus aportaciones académicas siempre les ha caracterizado una infrecuente combinación de irreverente espíritu crítico, envidiable facilidad para la construcción de modelos convincentes y dominio del lenguaje directo y polemista.Entre las Líneas En los momentos de más intensa actividad creadora de Krugman, pocos dudaban de que se trataba de uno de los economistas de mayor proyección de la última generación, llamado a recibir –tarde o temprano– el reconocimiento del Nobel de Economía.

No obstante, la trayectoria de Krugman experimentó una perceptible inflexión con el final de los años noventa. Sin abandonar su actividad académica, aunque disminuida en su intensidad, Krugman se introdujo en el debate político, participando como columnista en un medio de notable prestigio como es el New York Times. Desde hace un tiempo, Krugman escribe dos colaboraciones semanales en este diario, analizando no solo los temas económicos del momento, sino también la situación política nacional e internacional. Desde su colaboración periodística, Krugman se ha convertido en uno de los críticos más agudos e incansables de la Administración Bush. Aunque el medio demanda otro tipo de lenguaje, en sus artículos de prensa es también posible identificar aquellas cualidades de capacidad analítica y mordiente estilo literario que caracterizaron al mejor Krugman.

El libro que ahora se presenta, The Conscience of a Liberal, es un producto de este “segundo perfil” de Krugman, como analista político y comentarista ilustrado de la actualidad. El punto de partida del libro es la manifiesta incomodidad que a Krugman le produce la evolución de la sociedad estadounidense, fragmentada por un abismo de desigualdades acrecentado como consecuencia de las políticas aplicadas por la Administración Bush. Es esta conexión entre desigualdad social y opción política conservadora lo que estará en el centro de su mirada crítica.

Aviso

No obstante, la tesis de partida del libro es original, incluso diría que atrevida, sugiriendo un cambio en la dirección de la causalidad que normalmente se le presupone al fenómeno. No es tanto que el incremento de la desigualdad social haya conducido al triunfo de las opciones conservadoras, cuanto que el acceso al poder de un sector extremo del republicanismo y su radicalización de la vida política ha terminado por conducir al país a un nivel de desigualdad social extremo. Dicho de otro modo, la relación no va tanto de la economía a la política como de la política a la economía: es “este cambio político en la forma de una creciente polarización lo que ha sido causa principal en el crecimiento de la desigualdad”, dirá Krugman.

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Para demostrar esta tesis, el autor realiza un apasionante recorrido por la historia política y social de Estados Unidos a lo largo del siglo XX. Parte Krugman de reconocer que caracterizaron a la sociedad industrial de Estados Unidos en sus orígenes unos notables niveles de desigualdad social, a los que acompañaban fenómenos de manifiesta discriminación racial, especialmente en el Sur. Esta sociedad de extremos, de familias enormemente ricas y poderosas junto a sectores sociales miserables y empobrecidos, dominó buena parte de la llamada Edad Dorada del capitalismo estadounidense de comienzos del siglo XX. La situación, sin embargo, va a experimentar un profundo cambio en el entorno que media entre la crisis de 1929 y el final de la Segunda Guerra Mundial, al ponerse en marcha el New Deal, que se erige sobre un nuevo pacto social y una voluntad reformadora manifiesta.

A través de esa iniciativa, Estados Unidos se aparejó a otros países europeos, inaugurando los mecanismos propios de un naciente Estado del bienestar. Aunque el impulso no llegó al de otros países occidentales, sería suficiente no solo para corregir las desigualdades sociales preexistentes, sino también para alimentar la generación de una muy amplia clase media, que actuó como factor de moderación entre las opciones políticas en curso. Es el período que Krugman denomina de la Gran Compresión. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Lo relevante es que ese cambio se produjo en un período limitado de tiempo y como consecuencia de una acción política deliberada, liderada por Franklin D. Roosevelt. Lo que sugiere que “instituciones, normas y el clima político importan mucho más –y las fuerzas impersonales del mercado mucho menos– de lo que la Economía 101 (como Krugman llama a las enseñanzas ritualizadas de la economía) podría conducir a pensar”.

Estos niveles atenuados de desigualdad se mantendrán virtualmente inalterados hasta comienzos de la década de los ochenta. Los gobiernos republicanos de esta época aceptaron el modelo social derivado de la postguerra como un punto de partida incuestionable de su acción política. La actitud del republicanismo va a cambiar, sin embargo, como consecuencia del desplazamiento que de este viejo republicanismo hará el grupo ideológico que lleva al poder a Ronald Reagan, que es en esencia el mismo que conducirá posteriormente al triunfo de ambos Bush, padre e hijo. Un grupo de alta carga ideológica e ideas profundamente reaccionarias, que pretende poner en cuestión los logros sociales asociados al New Deal.Entre las Líneas En palabras de Krugman, “el pequeño movimiento entonces conocido como los “nuevos conservadores” fueron, en gran medida, una reacción frente a la decisión de Dwight Eisenhower y otros líderes republicanos de hacer la paz con el legado de FDR (Franklin Delano Roosevelt)”.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

En el acceso de este grupo al poder del partido Republicano colaboraron muy diversos factores, entre los que conviene subrayar tres.Entre las Líneas En primer lugar –y es una de las tesis más vigorosas del libro–, la reacción de los blancos conservadores frente a las conquistas que la comunidad negra obtuvo tras los sesenta. Es este racismo subyacente de la sociedad estadounidense el que provocará unas resistencias poderosas entre determinados sectores a los nuevos avances en materia social. “El legado de la esclavitud, el pecado original de América –dirá Krugman– es la razón de que seamos la única economía avanzada que no garantiza el cuidado de la salud a sus ciudadanos”.Entre las Líneas En segundo lugar, influyó también el respaldo que ciertos intereses económicos prestaron a este grupo, a través de la promoción de fundaciones y centros de opinión (los think tank conservadores), que operaron como una red de generación de argumentos y de influencia en beneficio de esta visión extrema del republicanismo.

Detalles

Por último, ayudó a su triunfo un manejo inescrupuloso y poco honesto de la acción política de alguno de sus líderes, empezando por el propio Ronald Reagan, en el que se combinan –en opinión de Krugman– las medias verdades con las mentiras manifiestas, la explotación del miedo racial y de los prejuicios sociales con los errores de los sectores progresistas, todo ello al servicio de una causa que ha terminado por beneficiar a un grupo muy reducido de la sociedad.

De alguna manera, el grupo republicano en el poder extremó el debate, desplazó al partido Republicano hacia la derecha y radicalizó la vida política estadounidense, poniendo en cuestión buena parte de la arquitectura previa de acuerdos sociales. Es en ese marco en el que se ponen en marcha políticas dirigidas a anular la capacidad del sistema fiscal para atenuar las desigualdades sociales, tanto desde el punto de vista de los ingresos, eliminando los contenidos de progresividad del sistema impositivo, como del gasto, minando la ya limitada capacidad de cobertura de su sistema de protección social. Las consecuencias de esta política son manifiestas: una rápida acentuación de las desigualdades sociales que, unida al fenómeno de la inmigración masiva, solo en parte regularizada, ha hecho retroceder los parámetros de equidad de Estados Unidos a los niveles previos al New Deal. Es el periodo de la Gran Divergencia, como lo ha denominado Krugman. Un resultado, pues, que no es producto de la espontánea y gradual operativa de las fuerzas del mercado, sino consecuencia de una acción política deliberada, que, además, se ha desplegado en un marco temporal de apenas cinco lustros.

A lo largo de los trece capítulos del libro, Krugman va construyendo la argumentación que da soporte a esta tesis. Para ello apela a una combinación inteligente de información empírica, referencias históricas e interpretación del discurso político. Con una prosa limpia y directa, Krugman va aportando las razones sobre las que sustenta su interpretación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Habrá quien juzgue su análisis como parcial y, en algunos casos, maniqueo. Tal vez sea inevitable en un texto que nace teñido de una manifiesta voluntad militante.Si, Pero: Pero nadie podrá negar la valentía de su denuncia, la inteligencia de su argumentación y la claridad de sus posiciones. Quedan muchos interrogantes por responder, pero la tesis de Krugman constituye una interpretación plausible, aunque tal vez parcial, de un período de la historia de Estados Unidos. Un período que parece llamado a su fin, si se atiende a los resultados de los sondeos de opinión y, lo que es más importante, a los cambios en las corrientes sociales del país.”

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Conservadurismo

A continuación se examinará el significado.

¿Cómo se define? Concepto de Conservadurismo

Véase la definición de Conservadurismo en el diccionario.

Características de Conservadurismo

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Recursos

Traducción de Conservadurismo

Inglés: Conservatism
Francés: Conservatisme
Alemán: Konservatismus
Italiano: Conservatorismo
Portugués: Conservadorismo
Polaco: Konserwatyzm

Tesauro de Conservadurismo

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Véase También

Recursos

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Traducción al Inglés

Traducción al inglés de Conservadurismo: Conservatism

Véase También

Bibliografía

Recursos

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Notas y Referencias

  1. Información sobre Conservadurismo en la Enciclopedia Online Encarta

Véase También

Guía sobre Conservadurismo

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17 comentarios en «Conservadurismo»

  1. Irving Kristol, a la sazón coeditor de la revista Encounter, rechazó el ensayo de Michael Oakeshott “La actitud conservadora”.
    Eso sucedió en 1956, y Kristol lo evocaba en 1995: “La verdad es que, a pesar de que admiré inmensamente el ensayo, realmente no me gustaba. Que es otra forma de decir que no estaba de acuerdo con él. ”
    El primer gran desacuerdo del americano con la visión del conservadurismo del británico era su carácter ”irremediablemente secular”. Kristol, un conservador judío, no lo era: “es imposible que una persona religiosa tenga la clase de actitudes hacia el pasado y el futuro que encomia la disposición conservadora de Oakeshott”. Y también: “La sociedad conservadora ideal de Oakeshott es una sociedad sin religión, porque toda religión nos vincula tanto al pasado y al futuro como al presente”.
    El segundo desacuerdo de Kristol estaba relacionado con lo que, por simplificar, llamaré el patriotismo americano, y la que a su juicio era principal divergencia entre el conservadurismo americano y el británico o europeo. Según Kristol, “el conservadurismo en América es un movimiento, un movimiento popular, no una facción interna de un partido político”. (De hecho, Kristol había defendido antes el “nuevo populismo” conservador americano, que definía como una reacción del sentido común popular a la revolución en política social, hecha-desde-arriba, que se venía desarrollando desde los años 60).

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  2. Es notorio que la visión de Oakeshott es “secular”, y que ello refleja también una diferencia entre Estados Unidos y Europa. Por cierto, Benedicto XVI tiene una reflexión interesante sobre los orígenes de esa diferencia, en “Sin raíces. Europa. Relativismo. Cristianismo. Islam”. Esa diferencia significa también, en mi opinión, que en Europa una política no secular, una política en la que la religión sea una referencia explícita, no es ya posible. Pero lo interesante no es tanto eso, sino otra cosa: los neoconservadores apreciaron la religión también como sustento de valores y conductas necesarias para mantener la sociedad.
    Aunque su respuesta -la religión- no me parece válida para Europa, creo que llevan razón al señalar el problema: sin un nexo común, una cultura comúnmente aceptada, no es posible ese gobierno-árbitro de Oakeshott. Un gobierno se puede limitar a ser custodio de las reglas generales de conducta, cuando esas reglas cuentan ya con una aceptación general, cuando forman parte de la cultura política de la sociedad, de su tradición.
    No considero en absoluto a Oakeshott como un liberal en el sentido que ha adquirido el término entre nosotros. Pero creo que ahí, al igual que algunos liberales, que cifran la solución en dejar funcionar sin trabas el mercado, da por sentado una cultura homogénea, un tejido social que comparte determinados valores, y que hacen innecesario que un gobierno incentive unos y desincentive otros. Pero ya no tenemos sociedades culturalmente homogéneas.

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  3. Quien haya leído rectamente la conferencia de Oakeshott no puede entender que esté dando por sentado una cultura homogénea sino precisamente todo lo contrario. Y en todo caso la suya no es más que una propuesta que, obviamente, no contentará a todo el mundo. Esto no lo ha mejorado ningún neocon.
    Se percibe en la tardía respuesta de Kristol -quien reconoce abiertamente al principio, y significativamente, que ni siquiera sabía en el momento de rechazarlo por qué no le gustó exactamente el ensayo de Oakeshott- que prefirió eludir el debate de ideas. La negativa le evitó trabajosas réplicas por cerca de 40 años, ya fallecido Oakeshott.
    Su respuesta centrada en la supuesta incompatibilidad para una persona religiosa no es más que una ocurrencia forzada ante la molesta y persistente conciencia de una puerta mal cerrada. No hay tal incompatibilidad excepto, claro está, para el que le incomode simplemente un cierto margen de tolerancia hacia “el otro” como el que se supondría de aceptar el marco propuesto. Sin duda al judaísmo le va mejor el carácter rabínico.

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  4. Por eso y por otras cosas, estoy más con John Gray en que “la tarea de la política gubernamental conservadora consiste en cuidar la cultura y las instituciones que actúan de matriz del individualismo a fin de garantizar que el modo de vida individualista no diezme hasta tal punto el capital moral y cultural de dicha matriz que acabe por convertirse (como temía Schumpeter) en un episodio con una fecha de caducidad autoimpuesta”. (De “Una predisposición conservadora, 1991).

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  5. Las razones para no publicar la obra de Oakeshott, parecen las propias de un mal pagador. No precisamente la tolerancia religiosa debería ser una razón religiosa suficiente para poder publicarlas.

    Por lo demás, las posiciones ateas de Gray a mí también me sorprendieron y me parecieron incoherentes con todo su postulado. Del mismo modo que no puedo estar de acuerdo con esos principios de que ya no cabe hacer política desde postulados religiosos y por las siguientes razones:

    Los conservadores creen- creemos en un orden moral perdurable. Ese orden moral tiene un aspecto íntimo en cuanto a la salvación de nuestra alma y un aspecto externo que configura nuestra sociedad. Si el conservadurismo abraza la continuidad, que no el inmovilismo; es decir, si sopesa lo bueno de lo que hay frente a las incertidumbres del cambio para intentar sopesar las ventajas de este último y realizarlo, si conviene, de manera prudente y paulatina. No puede desprenderse de esos elementos que conforman la sociedad y que en el caso de occidente es básica la cultura cristian- Las posiciones judeo-cristianas y greco-latinas ordenan la base de nuestra vida política y social y por ende, no se puede decir que vivamos en una sociedad “secular” en el sentido de atea y completamente alejada de la religión. Porque la religión está en nuestra forma de ser. Desprendernos completamente de ella sería tanto como dejar de ser lo que somos.

    La separación entre el poder político y el religioso es precepto teorizado por Santo Tomás a partir de un pasaje bíblico: “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21). La base de la democracia en cuanto lucha contra el tiranicidio, el asentamiento de los derechos fundamentales o los fundamentos del orden pacífico internacional está en la escuela de Salamanca. La formulación de nuestro derecho positivo nace de la concepción del Derecho Natural y que se centra en la idea de que la ley surge en el hombre desde su razón al haber sido dada por Dios y por ellos es la manifestación de una moralidad innata, y que constituye la raíz espiritual de la consciencia humana. Así que querer separar la vida política de manera radical- de raíz- de lo que somos- no es posible y lo que somos viene conformado por preceptos de carácter religioso. No únicamente religioso, pero sí en una buena parte, religioso.

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  6. Desde esa perspectiva los hombres tienen una base moral común: no matar, no robar, no mentir que se manifiesta en las normas de todo el mundo. Así que no se está tan alejado como para no poder establecer unos lazos de unión que permitan lograr un orden moral social perdurable que determine lo que es correcto y lo que no lo es. De ahí a establecer unos mecanismos políticos útiles para poner esa base como cimiento de la convivencia de una sociedad marcada por la diversidad.

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  7. Pero como decía hay una serie de aspectos de la Fe que conforman el alma y por tanto conforma el Ser y que están por encima de cualquier ideología. La Religión conforma a las personas para lo más trascendente que existe en este mundo el aspecto espiritual de saber que esta vida es tránsito para otra. Y que de la rectitud de vida en este mundo nos juzgarán en el otro. Por ello, la religión ni es un elemento conservador, ni socialista ni liberal ni nada. Está en todo ellos, en cuanto lo está el hombre y en ninguno.
    Por eso la religión en muchos momentos de la historia de la humanidad no sólo ha servido como guía sino también como elemento revolucionario. Nada más revolucionario que Santo Tomás o San Agustín y pocas cosas han cambiado tanto al mundo como la doctrina social de la Iglesia. Ésta si bien está en el origen de la doctrina cristiana a se formuló de manera patente con la Rerum Novarum. Si León XIII fue el Papa que más Encíclicas sociales escribió, pero luego fue Juan Pablo II el que le continuó y las hizo efectivas anteriormente en Polonia. Y sus posiciones religiosas contribuyeron a derribar el Muro.
    La doctrina Social de la Iglesia ha permitido dulcificar el liberalismo a través del ordoliberalismo que en el fondo no se aleja tanto del conservadurismo.

    Responder
  8. La iglesia ha condenado el comunismo y el liberalismo radical, no es de extrañar por cuanto acaban concediendo a un elemento material la posición de dios. En eso tiene razón JGD cuando dice que el comunismo era una religión o cuando señala que para los liberales el mercado es su dios.
    Pero la religión no es una ideología y por tanto ni está en ninguna ideología política pero debería ser respetada por todas.
    Porque está muy bien hablar de secularización y de no poner a la religión como referente. Pero siempre que oigo esto veo que todo el mundo entiende que esa afirmación supone dejar a un lado la religión en política para no atender los preceptos de la misma y en cambio nadie se plantea que hay ideologías que se apartan de la religión para hacer política contra la religión. Zapatero fue un buen exponente de esto. Sus posiciones estaban destinadas a eliminar las raíces de los españoles que en gran medida son religiosas. El relativismo zapaterista no era baladí sino antirreligioso. Y eso se debió a que comprendió mejor que nadie que una sociedad desenraizada era más fácil de movilizar hacia sus posiciones. Así que, olvidar la religión, como argamasa de nuestro ser social, es un error. Por eso lo de la “secularización” está bien o mal según se acepten unos mínimos que forman parte de nuestra configuración como ciudadanos.

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  9. Quisiera señalar, que como nada es perfecto, todas las ideologías son mejores en cuanto tienen presente al hombre como individuo con sus necesidades como persona y como ciudadano. Todas hablan de ello, pero eso no se da en la realidad. No vale con rechazar la religión o la metafísica como han hecho algunos ideólogos pensando que con encontrar un sistema de leyes naturales se podría garantizar la armonía social. Puesto que esas leyes deben ser permanente mente revisadas a la luz de ese derecho natural y de esa religión y metafísica para corregir sus desviaciones. Si eso no se hace y se deja todo al albur político estaremos en un sistema mucho más corrupto de lo que denunciamos muchas veces por aquí. Ya decía Kenneth Minogue que muchas ideologías se exponen como la verdad oculta y salvífica del mundo en forma de análisis social.”

    Ese afán salvador de las doctrinas políticas tiene su mejor ejemplo en que todas ellas incorporan un listado de los errores cometidos por todas las demás. Eso da lugar al Mesianismo político.

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  10. Todas estas exposiciones del conservadurismo son autorretratos idealizados de los que las formulan. No explican tanto la realidad social sino cómo quieren ser caracterizados, y cómo esos rasgos y criterios son los más covenientes para ordenar o dirigir la sociedad.
    .-..

    Todas las ideologías formulan propuestas para ordenar y dirigir la sociedad y más cuando se realizan desde el punto de vista filosófico. En el fondo si pretenden explicar la sociedad pero cuando se plasman en el plano político. Señalan aquellos elementos que la caracterizan y como ordenarla. Eso es común a todas. El liberalismo no es diferente, ni el comunismo ni el socialismo.

    Cuando ahora hablamos de crisis ideológica de la izquierda nos referimos a que todos esos postulados teóricos, idealizados, con los que pretendían ordenar la sociedad se les han venido abajo por culpa de que la realidad; por la plasmación del desastre que supuso de la aplicación del marxismo en los países comunistas y sus consecuencias, lo que les han dejado sin discurso ideal.

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  11. El renacimiento de todos estos postulados conservadores se da por la necesidad responder a la crisis del liberalismo radical cuando se formula desde posiciones economicistas. Intentan reordenar las ideas añadiendo elementos de moralidad que humanice y matice la preeminencia del mercado. Por eso todos estos postulados critican como origen del desastre a los postulados de la Ilustración, pero por no haber sido matizados. De ahí que busquen en la doctrina social de la Iglesia y en otras formulaciones morales una base sobre la que establecer un asiento al liberalismo económico sin caer ni en el radicalismo liberal ni en el fundamentalismo.

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  12. Da la impresión de que el mundo del pensamiento político-filosófico está un tanto desorientado. Todo el mundo denota el derrumbe de la sociedad tal y como la conocemos. Ese desastre ha calado a través de una crisis económica pero su manifestación es anterior y es más profunda: moral e institucional.
    Las formas de repulsa a lo existente y solución de futuro se dan desde posiciones muy diferentes. De un lado, aparecen los antisistemas y de otro, se busca la solución en una vuelta a las raíces de la civilización occidental.
    Los ciudadanos del Imperio romano debieron sentir algo parecido en el Siglo V. Aquel cambio radical nos llevó al oscurantismo o quizá mejor, aislacionismo, de la Edad Media. Para lograr posteriormente reformular una sociedad cuya base estaba en el sincretismo de lo vivido más la presencia cristiana.

    Leyendo las posiciones conservadoras se tiene la sensación de que lo que buscan es una adaptación de lo nuevo con lo viejo; una reformulación de occidente para evitar una caída del “Imperio” y un paso por una nueva “Edad Media”.

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  13. A Kristol no le gusta el modelo propuesto por Oakeshot, que le es cercano pero falla por ‘secular’. ¿hasta qué punto es secular? Si la tesis del británico descansa en una ‘sociedad sin religión’ como señala Kristol, Oakeshott no se distanciaría demasiado del planteamiento base de cualquier utópico al uso, descartando la variable que no le encaja en su sociedad ideal. ¿es tan radical Oakeshott – y peligroso- o como creo entender que dice Antonio, Kristol saca de contexto o exagera con intencionalidad equis?

    Por otro lado, la conclusión de Kristol de que una sociedad sin religión se desvincula del pasado y del presente parece un esquema muy rígido y natural a su cultura, herencia y religión. Una afirmación categórica que empíricamente no se corresponde con la realidad. La tradición tiene normalmente vínculos con la religión, pero incluso hay tradiciones culturales muy intensas que no están forzosamente unidas a lo religioso. Aquí Kristol nos estaría colocando de rondon una relación causa-efecto que a él le complace, pero poco creíble. Una vacuna innecesaria.

    Bien. Supongamos que Oakeshott habla de sociedad secular sin ese matiz anti religioso que Kristol se apresura a criticar -¿se puede tomar uno esa libertad? yo no lo he leído…- pero de ser así, sería un planteamiento clásico conservador-liberal sin mayor novedad: un esquema de sociedad secular pero no antirreligiosa que ofrece un marco de libertades sin dogmatismos garantizado por Estado…sopa de ajo. Nada nuevo bajo el sol.

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  14. Se puede señalar los supuestos riesgos de un Estado mínimo y poco intervencionista en un entorno histórico de cultura no homogénea o sin valores uniformes….aparte de que en la afirmación subyace una idea algo deprimente – que o bien el Estado es ultralegislador y se impone, o si opta por su pequeñez es porque puede descansar en la seguridad de la fuerza uniformadora de la propia sociedad…ergo en ambos casos la libertad debe moderarse, o por intervención del Estado o por inclinación homogeneizante de la sociedad – ¿de verdad se puede afirmar que el Estado omnipresente contemporáneo, hoy, en la cumbre de su capacidad de dominio, no gestiona los códigos simbólicos de la posmodernidad y posreligiosos hasta eliminar prácticamente cualquier genuina expresión de individualismo de manera directa o bajo la autocoacción de lo ‘políticamente correcto’?…

    Antes al contrario temo que vamos a una sociedad mundial muy homogénea y con super estructuras burocráticas dominantes. Es decir, el peor de los dos escenarios ¡¡superpuestos!!. El ya comentado por aquí ‘totalitarismo soft’.

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  15. El neoconservadurismo es el brazo político del neoliberalismo económico. Sin ser lo mismo, son los dos brazos del mismo tronco: El poder absoluto. La única función que desarrollan es utilizar todo el poder que es casi todo, en tener controlada a la masa laboral e imponer sus reglas para que los salarios y los derechos de la clase trabajadora estén controladas para que tanto el poder político como el económico esté siempre en las mismas manos. Ellos deciden quienes son los que pueden o no subir el escalón. En definitiva la casta neoliberal es la que maneja los hilos en la sombra, es la que pone o quita sus peones en la política, según convenga a sus intereses.
    Hoy emplean métodos más sofisticados y seudopacíficos, aunque debido a sus egoismos tengan a los trabajadores maninestándose en la calles de medio mundo. Cuando los desahuciados laborales y sociales ya no aguenten más y pasen a la acción, dirán que son anarkistas, antisistema, comunistas etc. etc. En definitiva, eufemismos para no llamarle desesperados.
    En otros tiempos eran menos diplomáticos. Tenían a sus peones en la política para desestabilizar la convivencia pacífica, cuando vehían que por los medios democráticos no eran capaces de hacerse con el control: ”Si lo hubiera (un solo militar dispuesto a sublevarse en favor de la monarquía y en contra de la República), sería un loco, lo digo con toda claridad, aunque considero que también sería loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse en favor de España y en contra de la anarquía”. Con esta amenaza incendiaba el parlamentario José Calvo Sotelo el debate del martes 16 de junio de 1936 en el Congreso de los Diputados.

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