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Hambruna

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Hambruna

Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] En inglés: Famine.

Nota: puede interesar la investigación sobre la hambruna de 1932 en Ucrania.

Hambruna Europea en el Siglo XX

Herbert Hoover en Bélgica durante la Gran Guerra

La Primera Guerra Mundial y el tremendo esfuerzo de socorro pusieron de manifiesto las limitaciones de caridad improvisada (véase la historia del movimiento misionero) y la necesidad de un sector filantrópico (véase la información sobre la historia de “Save the Children”) y de ayuda institucionalizado. La gravedad y la duración de la Gran guerra hicieron que los organismos voluntarios privados tuvieran que hacerse más grandes y desarrollar las cualidades de las organizaciones permanentes, con personal, normas, procedimientos y sedes. Cabe destacar en particular el esfuerzo de Herbert Hoover, el empresario y futuro presidente de los Estados Unidos, en nombre de las poblaciones civiles que se enfrentaban a la hambruna en la Bélgica ocupada por Alemania y en el norte de Francia. Debido a la ocupación y a la ralentización de la economía, a la interrupción de la producción de alimentos, a la avalancha de refugiados afectados y, lo que es más importante, al bloqueo impuesto por los aliados de los puertos del Mar del Norte, una hambruna se abatió sobre Bélgica. Las organizaciones locales de socorro intentaron hacer lo que pudieron, pero se vieron abrumadas por la tarea de mantener con vida a más de nueve millones de personas.

En septiembre de 1914 un comité local se acercó a Hoover, que recientemente se había ganado cierta fama en Londres por ayudar a organizar el alivio y la evacuación de casi doscientos mil americanos varados en Londres al comienzo de la guerra, para ayudar a asegurar un cargamento de grano.Entre las Líneas En cooperación con los Estados Unidos y las autoridades alemanas de ocupación, Hoover formó el Comité Americano para el Socorro de Bélgica (posteriormente rebautizado como Comisión para el Socorro de Bélgica) para enviar y distribuir ayuda alimentaria. Demostrando una enorme paciencia y una considerable agudeza diplomática, Hoover convenció a ambas partes de que poco ganarían con la inanición de la población ocupada; a los británicos de que el socorro iría a parar a la población civil y no al ejército alemán; y a los alemanes de que la ayuda alimentaria no beneficiaría a los aliados. Durante sus casi cinco años de funcionamiento, la Comisión para el Socorro de Bélgica se convirtió en una de las principales fuentes de alimentos de Bélgica, entregando más de cinco millones de toneladas, valoradas en ese momento en más de 800 millones de dólares. Notable en los asuntos internacionales, la Comisión para el Socorro de Bélgica era una organización internacional privada que, sin embargo, tenía muchas de las funciones asociadas al Estado, ya que podía celebrar acuerdos con los Estados, y los Estados le conferían neutralidad política e independencia operativa.Entre las Líneas En muchos aspectos, la Comisión para el Socorro de Bélgica ofrecía al humanitarismo una visión de su futuro, de lo que sería varios años más tarde.

La Primera Guerra Mundial también marcó el comienzo del fin del monopolio de la caridad privada en materia de ayuda, ya que los Estados se estaban involucrando más activamente en la organización de la ayuda. Después de la guerra, el presidente Wilson de Estados Unidos declaró que había llegado el momento de la “segunda intervención americana” y estableció la Administración de Ayuda Americana (ARA, por sus siglas en inglés), retirando la Comisión para el Socorro de Bélgica pero manteniendo a Herbert Hoover al frente de la nueva organización, un papel que lo llevó a varias partes de Europa.

Aunque tenía una impronta oficial, en realidad la ARA dependía en gran medida de los nueve organismos privados de socorro existentes, casi todos ellos religiosos. Tenía dos características notables. Suministraba alimentos y suministros médicos a Europa Central y, lo que es más famoso, a Rusia durante la hambruna de 1921, una operación que requería una considerable habilidad diplomática y logística para evitar dar la apariencia de fortalecer el gobierno bolchevique y, por lo tanto, de entrar en conflicto con la opinión pública americana, o de intentar utilizar la ayuda como una forma de desestabilizar a los bolcheviques, y así ser desalojados por el nuevo régimen soviético. También respondió a la demanda existente entre el pueblo americano de una forma de ayudar a sus familiares y amigos afectados por la guerra, creando un programa por el cual los individuos podían comprar paquetes de comida estándar y hacer que se los entregaran. Los funcionarios estadounidenses se dieron cuenta pronto de que podían aprovechar el espíritu humanitario para sus objetivos más amplios de su política exterior.
Otra novedad fue la creciente disposición de los Estados a aceptar nuevos tipos de responsabilidades (véase más detalles respecto a su historia) con las poblaciones vulnerables y crear organizaciones internacionales para ayudarlas a cumplir esas responsabilidades.

Responsabilidad Humanitaria de los Estados

La Primera Guerra Mundial y el tremendo esfuerzo de socorro pusieron de manifiesto las limitaciones de caridad improvisada (véase la historia del movimiento misionero cristiano) y la necesidad de un sector filantrópico (véase la información sobre la historia de “Save the Children”) y de ayuda institucionalizado. Esta guerra marcó, de hecho, el comienzo del fin del monopolio de la caridad privada en materia de ayuda, ya que los Estados se estaban involucrando más activamente en la organización de la ayuda. Después de la guerra, el presidente Wilson de Estados Unidos declaró que había llegado el momento de la “segunda intervención americana” y estableció la Administración de Ayuda Americana (ARA, por sus siglas en inglés), retirando la Comisión para el Socorro de Bélgica, pero manteniendo a Herbert Hoover al frente de la nueva organización, un papel que lo llevó a varias partes de Europa. Hay una entrada dedicada a la Responsabilidad Humanitaria de los Estados y a la responsabilidad de proteger de los Estados.

Hambruna

En el pasado, las hambrunas se han definido como eventos discretos, donde una gran proporción de la población muere de inanición y de enfermedades causadas por la desnutrición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En las últimas décadas, las hambrunas se han entendido cada vez más como procesos más complejos y de composición abierta que pueden tener múltiples resultados. La hambruna puede ocurrir durante eventos de inseguridad alimentaria crónica, lo que representa un estado de acceso continuo insuficiente a los alimentos.

Una de las peores hambrunas de la historia, la peste bubónica (1347-50; también llamada entonces peste o muerte negra) en 1345 – 48, cobró más de 40 millones vidas en Europa. Aunque las estimaciones son a menudo vagas, la evidencia sugiere que a finales del siglo XIX, en algún lugar entre 30 y 60 millones personas murieron en hambrunas en India y China.Entre las Líneas En el siglo XX, más de 70 millones personas murieron en hambrunas en todo el mundo. La mayoría de las muertes ocurrieron en China y la Unión Soviética. Durante el siglo XX, las hambrunas se desplazaron de Europa y Asia hacia el África subsahariana, donde las grandes hambrunas ocurrieron en el Sahel y el cuerno de África a mediados de los setenta y mediados de los años ochenta.

En el siglo XXI, las hambrunas siguen siendo un problema generalizado en el mundo en desarrollo. La organización de la agricultura y la alimentación (FAO) informa que 842 millones personas en el mundo están desnutridas, mientras que la inmensa mayoría vive en los países en desarrollo. Aunque los niveles globales de inseguridad alimentaria han mejorado ligeramente en las últimas décadas, persisten grandes discrepancias regionales. Los países de Asia, el Pacífico, América Latina y el Caribe han logrado en gran medida mejorar su estado de seguridad alimentaria; mientras que la inseguridad alimentaria ha estado aumentando en África subsahariana, el cercano Oriente y el norte de África. La situación sigue siendo más crítica en el África subsahariana, donde una tercera parte de la población es crónicamente insegura de los alimentos.

Percepciones del hambre

En el pasado, las hambrunas se han asociado (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “associate” en derecho anglo-sajón, en inglés) con causas naturales, como la sequía y el fracaso de las cosechas, y, en un grado limitado, la guerra. Hasta finales de la década de 1970, las hambrunas eran consideradas fallas del lado de la oferta y la resolución fue intentada aumentando el suministro global de alimentos a través de tecnologías de la revolución verde. La crisis alimentaria recurrente en algunas partes del África subsahariana durante la década de 1980 demostró las limitaciones del enfoque del lado de la oferta y demostró que la demanda de reuniones por sí sola no era suficiente. La seguridad alimentaria se convirtió en un componente crucial del desarrollo, ya que quedó claro que la seguridad alimentaria nacional no se traduce en la seguridad alimentaria a nivel local, y que la seguridad alimentaria también se determinó mediante una demanda efectiva.

En 1981, Amartya Sen sostuvo que la inseguridad alimentaria no era persistente debido a las carencias en la producción, pero debido a la carencia de la demanda eficaz. Sen introdujo el concepto de derechos que se referían a la condición de las personas que carecían de los medios para comprar o acceder a los alimentos.Entre las Líneas En opinión de Sen, el acceso también estaba relacionado con factores estructurales, políticos, institucionales y socioeconómicos. El trabajo de Sen condujo a un cambio de paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a seguir para resolver alguna situación determinada) que era crucial para la forma en que se conceptualizaba la inseguridad alimentaria.

Ni la sequía ni el crecimiento demográfico son causas profundas de la inseguridad alimentaria, sino que agravan el problema, que puede ser causado por limitaciones políticas, sociales, económicas y medioambientales; conflicto armado; crecimiento incontrolado de la población; niveles bajos de alfabetización; acceso deficiente al agua y al cuidado de la salud; enfermedad prácticas agrícolas deficientes o inapropiadas; variabilidad climática; y degradación medioambiental.

En la década de 1990, cuando el entendimiento de que la seguridad alimentaria es solo una de las diversas necesidades fomentaba el concepto de seguridad alimentaria, el concepto de sustento surgió como resultado. El enfoque de los medios de subsistencia se centra en los activos y las opciones que las personas tienen para seguir estrategias alternativas para ganarse la vida, y se ha vuelto importante para proporcionar una intervención más eficaz.

Una Conclusión

Por lo tanto, el riesgo de hambruna, especialmente cuando es parte de la lucha diaria por la supervivencia, no puede ser tratado como separado del desarrollo a largo plazo.

Medir el hambre, la vulnerabilidad

Las hambrunas son altamente emotivas y cada vez más politizadas. Con la ayuda humanitaria convirtiéndose en una gran industria, y solo las hambrunas altamente publicitadas que alcanzan la atención global (como Etiopía, 2002; y Níger, 2005) se está aumentando el uso indebido del término con consecuencias desastrosas. A medida que diferentes niveles de inseguridad alimentaria exigen diferentes niveles de respuestas, la definición exacta de lo que constituye una hambruna se vuelve cada vez más importante.

Las evaluaciones de la vulnerabilidad del hambre se utilizan para identificar la susceptibilidad de las poblaciones a las hambrunas. Tradicionalmente, las evaluaciones de la vulnerabilidad apuntaban a predecir los cambios a corto y a largo plazo (véase más detalles en esta plataforma general) en las condiciones naturales (como la sequía), con el fin de prepararse y responder mejor. Los puntos de referencia determinan los niveles de inseguridad alimentaria, que van desde indicadores nutricionales (como el despilfarro, el retraso del crecimiento y la mortalidad), hasta el rendimiento (véase una definición en el diccionario y más detalles, en la plataforma general, sobre rendimientos) de los cultivos y los precios de los alimentos, hasta mediciones combinadas de intensidad y magnitud del hambre. Los puntos de referencia son particularmente polémicos en situaciones de inseguridad alimentaria crónica, donde la desnutrición no es consecuencia de la falta de alimentos, sino de problemas estructurales; estos enfoques tienden a ignorar las propias estrategias de afrontamiento de las personas. Ahora se pone mayor énfasis en los indicadores no nutricionales, como las condiciones políticas, los sistemas sociales y los indicadores de mercado. Más recientemente, el énfasis se ha convertido en monitorear (vigilar) los medios de subsistencia y entender las estrategias de afrontamiento.

La ayuda alimentaria es un instrumento importante para abordar la inseguridad alimentaria en términos de satisfacer las necesidades de emergencia después de los desastres y abordar las preocupaciones a largo plazo (véase más detalles en esta plataforma general) sobre la vulnerabilidad.

Puntualización

Sin embargo, es altamente controvertido y ha recibido amplias críticas por varias razones. Los programas de ayuda alimentaria fueron en gran parte impulsados por las necesidades de los donantes, principalmente para deshacerse de los excedentes de cereales norteamericanos. La ayuda alimentaria se dio de manera que se esperaba que los objetivos de la política exterior avanzaran en la era de la guerra fría y que se desarrollaran los mercados de ultramar para absorber los superávits futuros. Las preocupaciones humanitarias y las necesidades agudas eran a menudo secundarias.

Autor: Williams

Historia: la Gran Hambruna que se inició en la década de 1840 en Europa

Si la agricultura europea consiguió adaptarse para estar a la altura de un rápido crecimiento de población, a pesar del alarmante aumento del pauperismo, no fue solo porque los granjeros de muchas regiones del continente europeo se mostraran sumamente predispuestos a cosechar nuevos productos. El maíz se hizo tan popular en los principados danubianos (Rumania), donde había venido cultivándose desde el siglo XVII, que en la década de 1830 ocupaba el 70 % de los campos de labranza de Valaquia y constituía la base de la dieta de los campesinos del lugar.Entre las Líneas En las zonas más templadas de Europa aumentaba el cultivo del tabaco y los tomates; y las cosechas de girasol, otra importación americana, trataban de satisfacer la demanda creciente de aceite para cocinar. Los nuevos productos permitían a los terratenientes y a los campesinos diversificar su sistema de trabajo mediante la introducción de unos métodos de producciones más industriales, y en este sentido la remolacha azucarera registró unos resultados particularmente impresionantes. Aunque su producción no podía competir con la de caña de azúcar de las colonias ni en cantidad ni en calidad, las mejoras en el proceso de refinado de la década de 1820, junto con los nuevos incentivos del gobierno, permitieron una notable expansión de este producto, de modo que, en el imperio ruso, por ejemplo, el número de refinerías de azúcar pasó de 7 en 1825 a 448 en 1861, la mayoría de ellas en Ucrania.

Desarrollo

Sin embargo, la patata fue el producto primordial de todos los importados por Europa tras la colonización de América, aunque costó que encontrara aceptación entre el campesinado del continente.Entre las Líneas En Rusia, en la década de 1830, los labradores la llamaba «manzana del diablo», y los intentos del gobierno de que los siervos del Estado se dedicaran a su cultivo desencadenaron una serie de violentos disturbios conocidos como las «revueltas de la patata».Entre las Líneas En 1834, el radical inglés William Gobbett (1763- 1835) la calificó de «comida repulsiva y asquerosa para cerdos», y en un distrito francés, la Sologne, se comunicó diez años después que los lugareños «se considerarían unos desgraciados si tuvieran que comer patatas».

Aviso

No obstante, en la mayoría de las regiones de Europa la patata ya había encontrado aceptación por aquel entonces, sobre todo a raíz de la gran hambruna de los años posteriores a la caída de Napoleón, cuando, principalmente en las zonas de Hungría y Polonia más necesitadas, se convirtió en un alimento indispensable en ausencia de cereales. Era fácil de cultivar, resultaba nutritiva, sus cosechas eran abundantes y bastaba con lavarla y cocinarla para comerla. Casi en todo el norte de Europa, el número de hectáreas dedicadas al cultivo de la patata experimentó un aumento espectacular durante las primeras décadas del siglo xix, llegando a ser de más de doscientas mil hectáreas en las provincias rusas de Bielorrusia a comienzos de la década de 1840 y, por lo visto, a multiplicarse por veinte en Estonia en la de 1820. Durante la década de 1840, el cultivo de la patata se impuso en muchas zonas de Bohemia, Moravia, Silesia y Galicia, extendiéndose rápidamente a Escandinavia, el norte de Francia y las islas británicas. Las patatas adquirieron una importancia singular en Irlanda, donde la superpoblación de las zonas rurales hizo que resultara casi imposible resistirse a cultivarla de manera intensiva. A comienzos de la década de 1840, casi una tercera parte de la tierra cultivable de la isla estaba dedicada a la patata, una proporción que doblaba sobradamente a la del siguiente país más amante de la patata, Bélgica. Se calculaba que en Irlanda se consumían diariamente más de dos kilos de patatas per cápita, lo cual indica que para mucha gente constituía su único medio de nutrición.

Desarrollo

En el verano de 1845, la ola de calor y de humedad que sacudió a Europa provocó que en todas partes las patatas se vieran infectadas por un organismo fungoso que las convertía en una masa marrón maloliente y putrefacta en los campos. La plaga fue más severa en los lugares en los que los inviernos fueron suaves, y los veranos húmedos, como, por ejemplo, Irlanda y el oeste de Escocia, pero se dejó sentir, de una manera u otra, en toda Europa.Entre las Líneas En 1845, la producción de patatas cayó catastróficamente: un 87 % en Bélgica, un 71 % en los Países Bajos, un 50 % o más en Dinamarca y en el suroeste del estado alemán de Wurtemberg, y un 30 % en Irlanda. La plaga continuó en 1846; aunque la producción se recuperó ligeramente en buena parte de Europa, experimentó una fuerte caída en Irlanda, donde el descenso acumulado llegó a ser de un 88 %. Tras un breve período de recuperación en 1847, la plaga volvió a golpear en 1848-1849.Entre las Líneas En la Silesia prusiana, donde la dependencia de la patata era casi tan grande como en Irlanda, se cuenta que en el invierno de 1846-1847 la gente no tenía «nada que comer; solo hierba y ortigas, fárfara, o una masa preparada con ahechadura, tréboles y sangre».

Desarrollo

En Holanda, Bélgica y Prusia, a los problemas causados por la enfermedad de la patata se sumó la pérdida en 1846 de casi la mitad de las cosechas de centeno y una gran parte de las de trigo. Fue una catástrofe, sin parangón desde el bienio de 1816-1817, que para los habitantes de esas regiones supuso un golpe durísimo por su gran dependencia del pan de centeno y de trigo para subsistir.Entre las Líneas En Alemania, Francia, Bélgica y los Países Bajos, el crecimiento de población se interrumpió a finales de la década de 1840, pues la gente moría de enfermedades derivadas de la malnutrición, sucumbía a las epidemias (principalmente de cólera en 1849, y de malaria en la costa holandesa), huía a las ciudades y dejaba de tener hijos. Los gobiernos actuaron rápidamente para limitar los daños: las autoridades prusianas organizaron la compra de cantidades masivas de grano ruso, el gobierno danés abolió los aranceles que gravaban las importaciones de maíz, y Francia también compró grano a Rusia.Entre las Líneas En 1840, los belgas consumían una media de 1,5 kilos de patatas al día, pero en 1846 el 95 % de la producción de patatas de Flandes quedó destruida por la plaga.

Otros Elementos

Además, la industria rural del lino, que en la década de 1840 daba trabajo a unas trescientas treinta mil personas, también entró en crisis, debido a la fuerte competencia de la industria mecanizada del algodón y a una bajada de la demanda. El gobierno belga concedió 2,5 millones de francos en subsidios, en septiembre de 1845 eliminó los aranceles que gravaban las importaciones de comida y grano, en 1846 compró en el extranjero 5,5 millones de kilos de patatas sanas para la siembra y gastó 14,7 millones de francos en obras públicas.

Detalles

Los ayuntamientos efectuaron inmediatamente esfuerzos ingentes para ayudar a los más necesitados, con el apoyo de la Iglesia; por ejemplo, en el invierno de 1846-1847, en la ciudad de Brujas fueron repartidos 250.000 kilos de carbón, 247.000 litros de sopa, cupones para adquirir pan por un valor de 64.000 francos y 40.000 francos en ayudas directas. Las élites locales y nacionales de Bélgica tenían un gran interés en superar la crisis, sobre todo porque el país hacía muy poco que había logrado su independencia.

Desarrollo

En las Highlands de Escocia y en las Hébridas Exteriores más del 75 % de las parroquias formadas por pequeñas granjas anunciaron en 1845 la pérdida de todas las cosechas de patatas. El hambre y la malnutrición hicieron mella en las familias campesinas, que empezaron a contraer enfermedades de los órganos digestivos; en Ross of Mull, la tasa de mortalidad se multiplicó por tres en el invierno de 1846-1847.

Puntualización

Sin embargo, el desastre afectó principalmente las zonas en las que la población dependía de la patata, de modo que las Lowlands de Escocia se libraron en gran medida de aquella calamidad a pesar de que la plaga siguiera haciendo estragos incluso en la década de 1850. Unos doscientos mil habitantes de las Highlands y las islas fueron los perjudicados. A finales de 1846, el gobierno había anclado dos barcos frente a las costas de Mull y Skye para vender grano a un precio económico, y las obras públicas empezaron a proporcionar unos ingresos a los más necesitados. Se construyeron carreteras, murallas y muelles, y se excavaron zanjas de drenaje. A comienzos de 1846, diversas organizaciones caritativas seculares y religiosas crearon un comité de auxilio para suministrar grano a las zonas más golpeadas, y llegaron a reunir casi 210.000 libras esterlinas, suma enorme que, en opinión de muchos, probablemente haya sido la más grande que se consiguió reunir en la Escocia del siglo xix para una sola causa. Los comités locales fueron los encargados de distribuir el grano y otros alimentos.

Desarrollo

Movidas por el espíritu de la Nueva Ley de Asistencia Pública, las autoridades insistieron en que solo los que trabajaban tenían derecho a recibir ayuda. Para cumplir este principio, surgió toda una burocracia con sus libretas de trabajo, sus inspectores y sus vales de comida. El secretario adjunto del Tesoro británico, sir Charles Trevelyan (1807- 1886), encargado de los asuntos asistenciales en Escocia e Irlanda, siempre hacía hincapié en que «después de permitir que la gente muera de hambre, lo peor que podría ocurrir sería que se acostumbraran a depender de la caridad pública». Lo que salvó la situación fue la intervención de la élite terrateniente.Entre las Líneas En la década de 1840, el 75 % de las fincas de las Highlands de Escocia había sido adquirido por hombres de negocios que querían poseer cotos de caza y adquirir prestigio social y poder. Procedentes del mundo urbano-industrial, comercial y financiero de Glasgow, Edimburgo y las Lowlands, estos individuos tenían la fuerza económica necesaria para mitigar la precaria situación de sus hambrientos arrendatarios, y la mayoría de ellos la utilizó. Utilizando los recursos de la firma de la que era cofundador, Jardine Matheson & Co., la poderosa e inmensamente próspera empresa mercantil que por aquel entonces controlaba el comercio del té y del opio con China, sir James Matheson (1796-1878) invirtió en la isla de Lewis, que previamente había adquirido, 107.000 libras esterlinas entre 1845 y 1850, esto es, unas 68.000 libras más de lo que había ganado con la propiedad en esos mismos años. Vemos, pues, que hubo diversas maneras de evitar la catástrofe. Este tipo de medidas consiguieron mitigar, pero no prevenir, una verdadera crisis en Europa provocada por la mortandad a finales de la década de 1840. La tasa de mortalidad en Bélgica llegó a ser casi un tercio más alta que la media de 1847, con un total de alrededor de cincuenta mil defunciones atribuibles, directa o indirectamente, a las malas cosechas; en las zonas de Flandes dedicadas al cultivo del lino la tasa de mortalidad llegó a duplicarse en algunos lugares.

Desarrollo

Como en todas las épocas de hambruna, muchas muertes fueron provocadas por el hacinamiento en las ciudades a las que se dirigía la gente en busca de asistencia y por diversas enfermedades que se extendían fácilmente en medio de unas condiciones insalubres, en especial el tifus.Entre las Líneas En los Países Bajos, la tasa de mortalidad llegó a aumentar un 32 %, e incluso el 60 % en algunas zonas; y en Prusia hubo 42.000 defunciones más de las que solían producirse en un año normal, esto es, un aumento del 40 %. Las condiciones eran peores en regiones protoindustriales como la Alta Silesia.Entre las Líneas En los demás lugares, el número de fallecimientos solo aumentó entre un 5 y un 10 %, y en su mayoría esas muertes se debieron a las epidemias.

Desarrollo

La situación fue mucho peor en Irlanda por diversas razones, razones que vinieron a sumarse a la singular dependencia de la patata, característica de su población. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La asistencia pública no estaba descentralizada como en Bélgica.

Otros Elementos

Además, a diferencia de Escocia, los terratenientes absentistas apenas mantenían contacto con sus arrendatarios y no se sentían vinculados a ellos por cuestiones de nacionalidad, y tampoco contaban con fuentes de ingresos procedentes del sector comercial o industrial con las que poder prestar apoyo a actividades caritativas.Entre las Líneas En Irlanda, durante la crisis, la mortalidad aumentó asombrosamente un 330 %, en claro contraste con el 40 % de Flandes, porcentaje más modesto, pero igualmente espantoso.

Detalles

Los angustiosos informes que hablaban del rápido deterioro de la situación en Irlanda ya estaban empezando a llegar a Inglaterra en el otoño de 1845.

Desarrollo

Había que tomar medidas, pero los obstáculos políticos no eran pocos. El más importante de ellos era el que suponían las llamadas Leyes del Grano (Corn Laws)], que protegían la agricultura británica favoreciendo las exportaciones e imponiendo, por otro lado, unos aranceles extremadamente altos a las importaciones de grano. Su existencia era un reflejo de la dominación ejercida por los terratenientes, los aristócratas productores de grano que controlaban la política británica y que estaban dispuestos a luchar por su causa. Hicieron difícil, por no decir imposible, importar alimentos para aliviar la situación de Irlanda.Entre las Líneas En noviembre de 1845, el Comité de la Gasa de la Mansión, formado por una serie de figuras importantes, entre las que destacaban Augustus Fitzgerald, duque de Leinster (1791-1874), y el alcalde de Dublín, condenaron «la conducta irresponsable de la actual administración» por cometer el «delito de mantener los puertos cerrados a las importaciones de provisiones del extranjero», aumentando así los precios «en beneficio de una clase egoísta que en la terrible crisis actual obtiene ventajas económicas manteniendo en vigor las opresivas Leyes del Grano». Peor aún, los puertos estaban abiertos para la exportación de grano irlandés, en «una cantidad prácticamente igual a la necesaria para alimentar a todo el pueblo de Irlanda».Entre las Líneas En Londres, el gobierno de sir Robert Peel (1788-1850) anunció en enero de 1846 su intención de derogar las Leyes del Grano, un verdadero triunfo para la larga campaña emprendida por los defensores del libre comercio, individuos liberales en su mayoría de clase media; sin embargo, la aprobación de la nueva ley en junio de 1846 llegó demasiado tarde para Irlanda, pues la normativa solo estipulaba una reducción gradual de las tasas de importación hasta su abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) definitiva en 1849. Y el daño ya sería irremediable.

Desarrollo

Consciente de las dimensiones de la crisis, el gobierno británico puso en marcha una serie de proyectos de obras públicas con el fin de proporcionar un salario a los más necesitados, y se dispuso a controlar con rigor el precio de la patata. Se organizaron importaciones de grano y la distribución de productos alimenticios de la India desde los depósitos centrales.Si, Pero: Pero todas estas medidas eran poco uniformes, a menudo incompletas y, sobre todo, se ponían en práctica con mucha demora. Los comedores sociales, por ejemplo, no funcionaron plenamente hasta 1847, y aun así no consiguieron dar abasto.

Más Información

Las hambrientas familias irlandesas acudieron en tropel a los asilos de pobres —que a comienzos de 1848 tenían alrededor de 135.000 internos, y dieciocho meses más tarde unos 215.000—, buscando ayuda y algo que llevarse a la boca. Pero, según la ley, a la asistencia pública no tenía derecho todo aquel que poseyera una parcela de más de mil metros cuadrados.

Desarrollo

Al final, las acciones de ayuda privadas tuvieron mayor trascendencia, aunque los terratenientes se mostraron menos proclives a mitigar las penurias de sus arrendatarios que sus homólogos de Escocia, región duramente golpeada por la crisis. (En honor a la verdad, hay que decir que tampoco tenían los mismos recursos). Los miembros de la élite política y social británica tenían la sensación de que, en toda la crisis de Irlanda, el problema de fondo era que los irlandeses se habían buscado lo que les ocurría porque eran perezosos y tenían demasiados hijos (precisamente la advertencia que había lanzado Malthus sobre los supuestos efectos de la Antigua Ley de Asistencia Pública).Entre las Líneas En opinión de un crítico, tenían una tendencia nefasta: «entretenerse aquí y allá en el campo», sin hacer nada.

Desarrollo

A finales de 1846, la crisis había alcanzado unas proporciones catastróficas. El 26 de diciembre, el secretario del Comité de Ayudas de Clonlolan declaraba al “Sheffield Independent” que había recibido solicitudes de 1.400 familias. Contaba que, en sus viajes por la baronía, en todas partes lo esperaba “una multitud de gente famélica, demacrada por su malnutrición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Hombres, que debían ser agricultores acomodados, vestidos con harapos, y con todo el aspecto de vivir en la miseria más absoluta. Se veían mujeres cubiertas apenas con la ropa necesaria para preservar su decencia; pero el aspecto de los niños fue lo que más me impresionó y más dolor me causó: macilentos, pálidos, arrugados, como si fueran viejecitos. ”

Desarrollo

En una carta al duque de Wellington, un magistrado de Cork describía una aldea próxima a Skibbereen como un lugar «aparentemente desierto», y añadía que cuando entró en «algunas de sus casuchas» pudo llegar a contar no menos de doscientos individuos «horriblemente esqueléticos y hambrientos, que parecían muertos», la mayoría de ellos «delirando, ya fuera por el hambre o por la fiebre».Entre las Líneas En una casa la policía había encontrado «dos cuerpos congelados… medio devorados por las ratas».

Detalles

Las escenas, escribía desconsolado, eran tan espeluznantes, «que resulta imposible describirlas verbalmente o con la pluma». Por aquel entonces ya se habían abierto comedores sociales, pero no cumplían con su objetivo. «Como mucho, dos de cada diez personas que pasan realmente hambre acuden a ellos», se informaba el 4 de marzo de 1847.

Desarrollo

En total, la gran hambruna de Irlanda acabó con la vida de un millón de personas, esto es, alrededor de una quinta parte de la población de la isla. Esta circunstancia la convirtió en la peor hambruna europea del siglo xix.Entre las Líneas En términos absolutos, no se diferenció mucho de la hambruna de 1816-1817, pero la mayoría de las muertes que se produjeron durante esta última fueron debidas a enfermedades contagiosas, sobre todo la peste en los Balcanes, que puede considerarse perfectamente un efecto colateral de las malas cosechas. A finales de la década de 1840, la historia se repitió en la mayoría de los demás países europeos, donde el cólera fue la causa de casi todas las cuatrocientas mil muertes de más que se produjeron.Entre las Líneas En Irlanda, exclusivamente, la mayoría de los fallecimientos se debieron al hambre pura y dura. Y la cosa no acabaría ahí.

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También tuvo efectos a largo plazo. Muchos niños y adolescentes que lograron sobrevivir sufrieron retraso en el crecimiento: en los Países Bajos, por ejemplo, la proporción de reclutas del ejército con una altura inferior a 157 centímetros aumentó un 20 % durante los años posteriores a 1847.Entre las Líneas En comparación con un año normal, la natalidad se redujo alrededor de un 33 % en Irlanda, un 20 % en Flandes y un 12 % en Prusia, pues la gente no quiso o no pudo concebir hijos durante la crisis. El número de matrimonios se redujo un 40 % en Flandes, e incluso en Francia bajó un 11 % en 1847.Entre las Líneas En Irlanda, más que en cualquier otro lugar, los supervivientes optaron por emigrar. A mediados de la década de 1850, una cuarta parte de todos los supervivientes nacidos en Irlanda se había trasladado al extranjero. Entre 1841 y 1861, como consecuencia de los desahucios forzosos de sus tierras y gracias a los programas de subvención a la compra de pasajes de barco, entre una tercera parte y la mitad de la población de algunas zonas de las Highlands de Escocia también optó por emigrar, o bien a Inglaterra o bien a territorios de ultramar. Un millón de personas dejaron Alemania durante la década siguiente a la crisis, pero las restricciones legales, tanto en Europa (en especial las limitaciones que sufrían los siervos y los aparceros para moverse con libertad) como en Estados Unidos, donde las tierras de labranza del Medio Oeste no estuvieron disponibles legalmente hasta la década de 1860, impidieron sobre todo la marcha de gentes de otras regiones del continente europeo.

Desarrollo

La gran hambruna irlandesa no fue la última que se sufrió en Europa (examine más sobre estos temas en la presente plataforma en línea de ciencias sociales y humanidades). Rusia y Escandinavia, con sus largos inviernos y su dura climatología —que hacían que la agricultura fuera vulnerable a los caprichos del tiempo—, sufrieron graves crisis en diversas ocasiones a lo largo de las décadas centrales del siglo xix. Allí donde las comunicaciones eran precarias, resultó imposible mitigar el sufrimiento de la población de las zonas afectadas.Entre las Líneas En Finlandia, bajo la hegemonía del imperio del zar, se perdieron todas las cosechas en 1856.Entre las Líneas En la primavera de 1857, los más pobres se vieron obligados a comer pan fabricado con cortezas de árboles y paja mezcladas con una pequeña cantidad de sémola de cebada o de centeno. Muchos de ellos se dirigieron en tropel a las ciudades en busca de algo que llevarse a la boca. La sucesión de cosechas escasas o mediocres que hubo a partir de 1862, y que culminó en la pérdida total de las cosechas en 1867 provocada principalmente por las grandes heladas del mes de septiembre, antes de la recolección de la cebada, la avena y las patatas, dio lugar a unos niveles de producción que apenas suponían el 25% de lo obtenido en años normales. El país atravesó una vez más un desastroso período de hambruna. El gobierno, preocupado por equilibrar los presupuestos, pospuso demasiado la compra de grano en el extranjero. A comienzos de la primavera de 1868, la gente moría de hambre.

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Las casas de caridad daban de comer a los emigrantes llegados del campo —según un cálculo, más de cien mil en Finlandia—, que se alimentaban con cortezas de árboles, paja, raíces y liqúenes.Entre las Líneas En el municipio de Uusikaupunki, en la provincia de Turku, los emigrantes procedentes de Ostrobotnia «estaban tan hambrientos que se lanzaron inmediatamente al cubo de los desperdicios para comer lo que se guardaba para los cerdos». Un hombre recordaría haber suplicado, pero «no querían darme nada, solo restos de comida… un niño, que estaba sentando junto al camino, comía estiércol de caballo».Entre las Líneas En todo el país, las muertes se multiplicaron, y las fosas comunes se llenaron de mendigos. Se informó de unas noventa mil defunciones entre marzo y agosto de 1868, casi el doble del número de muertes anuales de cualquier otro año, y los fallecimientos por disentería, claro indicio de malnutrición, experimentaron un aumento vertiginoso, pasando de 1.038 en 1867 a 7.855 al año siguiente. Los viajeros observarían «las ventanas oscuras y vacías de las casas de las solitarias aldeas en las que toda la población había muerto de hambre o había emigrado». La hambruna de mediados de la década de 1860 también se extendió a Suecia, donde los meteorólogos registraron unas temperaturas medias entre 3 y 6 grados inferiores a lo normal en un mes de abril o mayo; y en muchas zonas, la nieve siguió cubriendo los campos en una época en la que estos debían haber sido sembrados con las simientes de verano. El gobernador de Jamtland ordenó a sus oficiales locales que se enseñara a los campesinos a hacer pan con algas y tallos de guisantes, medida que en su distrito le granjeó el apodo de Lav-Kungen, el «Rey de las Algas»; mucha gente cayó enferma por haber hecho caso a sus recomendaciones, y no pocos murieron. Otros oficiales animaron a la gente a comer setas, que, en general, se consideraban apropiadas únicamente para la alimentación de animales. Todos estos esfuerzos tuvieron solamente un efecto limitado: la tasa de mortalidad en Ostrobotnia llegó a ser de 84 por mil en 1868, muy lejos de los niveles normales. La hambruna se extendió al litoral báltico de Polonia, a Gurlandia, a Livonia y Estonia y a lo largo de las costas del golfo de Botnia; un informe emitido en San Petersburgo hablaba de «aldeas despobladas; casas particulares transformadas en hospitales; esqueletos abrasados por la fiebre que, tambaleándose, salen por la puerta de lugares hacinados convertidos en refugio».

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

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A finales de la década de 1870, las mejoras de los transportes y la mayor vigilancia administrativa y gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) constituyeron la garantía de que las malas cosechas no volvieran a desembocar normalmente en grandes hambrunas. La llegada del ferrocarril a las zonas rurales posibilitó el transporte de provisiones de alimentos a los distritos afectados por una mala cosecha, y vino a conjurar los desórdenes públicos tan temidos por los oficiales públicos en épocas de hambruna. Ya en 1854, cuando las cosechas se perdieron en el departamento francés de Maine-et-Loire, el prefecto comunicó con satisfacción que «por primera vez… habrá pasado un año desastroso sin episodios de sedición y prácticamente sin quejas».

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El espectro de la hambruna siguió acechando a la Europa del siglo xix, especialmente en zonas que tenían difícil acceso.Entre las Líneas En marzo de 1897, un periódico informaba del hambre que se padecía en una provincia de España, León: “Donde la agricultura es prácticamente la única fuente de riqueza, [y] la población está a punto de perecer de hambre; casi todos sus rebaños y manadas han muerto, bien por alguna enfermedad, bien por la falta de alimento.Entre las Líneas En cuanto a las cosechas, estas quedaron prácticamente destruidas por las últimas tormentas e inundaciones, y por la sequía de hace unos meses, y todos los horrores de la hambruna amenazan a unos campesinos que ya han sufrido muchísimo. Los que pueden emigran a Brasil a centenares, y los que no se ven obligados a alimentarse de bellotas.”El gobierno envió enseguida alimentos a la zona, y evitó una catástrofe total, y volvió a hacer lo mismo en 1905, cuando se cernió la amenaza del hambre sobre otra región española, Andalucía, después de una larga sequía.

Detalles

Los afectados fueron más de un millón. Se contaba que los niños comían palas de chumberas y piñas de coniferas. La tasa de mortalidad infantil se disparó. Enfurecidos por la lentitud del gobierno en reaccionar, grupos de labradores armados recorrieron los campos y entraron en los pueblos en busca de comida. Emigrar fue la respuesta de muchos.Entre las Líneas En 1879, una mala cosecha de patatas tuvo en Irlanda consecuencias similares.Entre las Líneas En general, sin embargo, a pesar de la tardanza, los gobiernos consiguieron evitar que ocurriera lo peor en esos últimos episodios de escasez.

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La excepción más sorprendente fue Rusia, donde las grandes distancias y las comunicaciones deficientes, las reformas fiscales desacertadas y los efectos a largo plazo (véase más detalles en esta plataforma general) de las condiciones de la emancipación condujeron al desastre a comienzos de la década de 1890.Entre las Líneas En octubre de 1890, la anticipación de las heladas supuso la destrucción de las semillas para las cosechas del año siguiente; semillas que habían sido sembradas tarde debido a la sequedad inusual del otoño. El invierno resultó excepcionalmente largo, y lo siguió otro período, también largo, de clima seco.Entre las Líneas En la Rusia europea, la producción de grano en 1891 fue un 26 % inferior a la de un año normal, y la de centeno cayó una media del 30 % en general, y el 75 % en la fértil provincia de Vorónezh. Durante la década de 1880, el gobierno se había esforzado en conseguir la convertibilidad del rublo en oro, estimulando las exportaciones de grano y subiendo sus impuestos en la nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Si, Pero: Pero estas políticas asfixiaban a los campesinos, que ya sufrían la pérdida de tierras debido a los términos en los que estaba basada la emancipación de 1861, así como al crecimiento de la población en las zonas rurales. Los pequeños propietarios también habían aprovechado las ventajas que ofrecía el mercado de los cereales, y habían convertido tierras de pasto en campos de cultivo, habían recortado la extensión de los bosques con la tala de árboles para ampliar las tierras de labranza y habían reducido su ganado, lo cual los privaba de su fuente principal de fertilizantes. Una agricultura hiperintensiva y las sequías de 1890 y 1891 se encargarían de hacer el resto.

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A finales de 1891, durante su viaje por las regiones más castigadas, Brayley Hodgetts (1859-1932), corresponsal de noticias de la agencia Reuters en Berlín, encontró en todas partes campesinos que pasaban hambre. «No tenemos pan —le dijeron unos mientras se acurrucaban alrededor de una estufa en una cabaña—. “No hemos comido nada en tres días, os lo juramos”, exclamaron a coro… Parecían no haber comido nada en semanas, no días». Habían consumido o vendido prácticamente todo lo que tenían. Hodgetts escribiría que «resultaba horrible contemplar algunos de los alimentos que esos pobres campesinos se llevaban a la boca: pedacitos de pan que habían reunido mendigando, unos enmohecidos, otros llenos de mugre, que apenas llenaban la «panera» de aquella gente.Entre las Líneas En otra aldea vio a gente que comía una sopa «parecida a agua caliente sucia.

Pormenores

Los hombres tenían un aspecto lamentable, con los ojos hundidos, algunos de ellos en los últimos estadios de un proceso febril, todos apiñados junto al hogar, hasta donde se habían arrastrado para morir. Comían un día sí y otro no». Como era de esperar, las epidemias hicieron estragos entre la hambrienta población de las zonas rurales, llevándose por delante a miles de personas ya debilitadas por la malnutrición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En otra región, un sueco tolstoiano, Joñas Stadling (1837-1945), que consideraba que el gobierno ruso mantenía deliberadamente a los campesinos en la ignorancia y aplastaba cualquier sentido de la iniciativa que pretendieran desarrollar, vio a familias quitando la paja que conformaba el techo de sus casas para darla de comer a sus animales o para utilizarla como combustible para calentarse en invierno.

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En el otoño de 1891 resultó evidente que era necesario emprender una serie de acciones a gran escala para aliviar el sufrimiento de aquellas gentes.Si, Pero: Pero el secretario de Estado, Aleksandr Aleksándrovich Pólovtsov (1832-1909), opinaba que todos los que tenía autoridad se sentían «abrumados por la desesperación… nadie [tenía] una idea clara de lo que debía hacerse, pero todos… [rivalizaban] unos con otros proponiendo unos programas de lo más descabellado».

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Detalles

Las exportaciones de grano fueron prohibidas, y aunque se dio dinero, las operaciones de ayuda se vieron obstaculizadas por la deficiente red de comunicaciones y la falta de información desde las provincias. El ferrocarril brillaba por su ausencia en muchas de las zonas más castigadas, las diferentes líneas de su red estaban controladas por distintas compañías y distintas agencias estatales, y entre los dos ministros responsables de ellas había una enemistad personal. Se aprobó la ejecución de obras públicas y se organizaron préstamos alimentarios, pero los programas tardaban mucho en ponerse en marcha y tenían un alcance muy limitado para poder ser plenamente efectivos. Incluso en agosto de 1891, solo doscientas mil personas estaban recibiendo préstamos alimentarios. Guando el programa ya estuvo en pleno funcionamiento, en marzo de 1892, el número había superado los once millones, pero el daño ya estaba hecho.

Desarrollo

A finales de 1892, la tasa de mortalidad había aumentado alrededor de un 55% en Samara y Sarátor, un 50% en Ufá y Vorónezh, un 40% en Oremburgo, un 36% en Kazán y Simbirsk, y un 30% en Penza y Tambov.Entre las Líneas En las provincias más seriamente afectadas por la hambruna había muerto un total de 406.643 personas más que en un año normal; 103.364 de esos fallecimientos pueden ser atribuidos a la epidemia de cólera que estalló en el verano, de modo que es probable que los que perecieron a causa de la hambruna fueran unos 300.000, cifra que incluye a los que murieron por culpa de la epidemia de tifus extendida por los campesinos hambrientos que llenaban los centros de asistencia en las ciudades.

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Aunque lograra su objetivo en parte, la vacilante operación de ayuda de 1891-1892 suscitó grandes críticas dirigidas a la cúpula de la administración zarista. «La hambruna nos ha dado toda una lección», comentaría un periódico: debía impulsar al gobierno a introducir reformas.Si, Pero: Pero las reformas no llegaron. No se produjo ninguna intensificación efectiva de la coordinación y la cooperación entre la administración central del zar en San Petersburgo y los organismos de los gobiernos locales, los zemstva de las provincias, creados en la época de las grandes reformas liberales de Alejandro II. La desconfianza mutua era mucha.Entre las Líneas En 1899, la escasez de alimentos volvió a golpear a Rusia tras las malas cosechas de los dos años anteriores. Solo en la provincia de Kazán las autoridades médicas informaron de diez mil casos de escorbuto en mayo de 1899, y en un distrito con una población total de 8.659 habitantes, 5.588 individuos recibían ayudas públicas. El ministro de Finanzas del zar, Serguéi Yúlievich Witte (1849- 1915), comentaría que el campesino ruso «parece totalmente incapaz de prever el futuro, y por una única cosecha mala cae en un abismo de miseria del que solo puede salir con ayuda externa». Witte responsabilizaba de la situación no al sistema tributario, que decía que no tenía repercusiones en los productos de primera necesidad y que era, en general, muy poco duro, aun cuando contemplara los pagos anuales de redención, sino a la ignorancia de los propios campesinos en lo concerniente a sus derechos y obligaciones en el seno de la comunidad rural, y a su dependencia de las costumbres y las tradiciones. Se suponía que Witte era un modernizador, pero opiniones como estas indicaban un profundo desconocimiento de la sociedad rusa; desconocimiento que al final resultaría fatal para el régimen al que servía.

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En 1914, el miedo a la hambruna había sido desterrado de casi todo el continente europeo. Los «años de hambre de la década de 1840» habían sido testigo de la crisis de subsistencia más profunda y devastadora. Al menos en ciertas regiones, especialmente en Flandes, la crisis había cobrado tanta intensidad debido a la combinación de un colapso simultáneo de la agricultura y la protoindustria, la vieja economía y la nueva: como había venido ocurriendo periódicamente a lo largo de los siglos, una cosecha escasa hizo que subieran los precios de los cereales, de modo que la gente que vivía en el campo, y también la que vivía en las ciudades, tuvo que utilizar una parte más importante de sus ingresos para poder pagar el pan y otros alimentos, reduciéndose así la demanda de artículos textiles, utensilios y otros productos manufacturados. Todo ello supuso un período de crisis para las fábricas y los talleres de las ciudades, que se vieron obligados a prescindir de los servicios de sus trabajadores, arrojándolos a la indigencia justo en un momento en el que tenían más necesidad de contar con unos ingresos para poder sobrevivir.Entre las Líneas En la década de 1840, sin embargo, comenzó a emerger una nueva dimensión de este tipo de crisis a través de la difusión por toda Europa, empezando por Gran Bretaña, de la producción industrial moderna.

Fuente: la lucha por el poder, disponible en archive.org

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Véase También

Sequía Comida Sahel Sen, Amartya.

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