Economía del Bienestar
Este elemento es un complemento de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre la economía del bienestar. Puede consultarse cobre la innovación en los entornos sanitarios en el sector médico. Véase un análisis sobre el “Acceso a la Salud de la Población Inmigrante” y también acerca del derecho a la salud, el acceso a la atención médica (salud), la “Elección de los Niños en Materia de Salud“, los “Derechos Individuales frente a Salud Pública“, la economía de la salud, y los derechos del niño a la salud.
[aioseo_breadcrumbs]Introducción: Economía del Bienestar
Concepto de Economía del Bienestar en el ámbito de la contabilidad, el derecho financiero y otros afines: Rama reciente del estudio económico dedicada a los llamados óptimos sociales.Entre las Líneas En contraposición al óptimo de bienestar individual, opta por valores que generalmente son de tipo colectivo. [rtbs name=”historia-del-bienestar-y-mujeres”]
PIB como Indicador del Bienestar
Antecedentes e introducción
Pocos indicadores económicos rivalizan con el Producto Interior Bruto (PIB) en el debate público como referencia del desarrollo económico, del éxito de la política económica y, a menudo, como noción general del bienestar social de los países. Aunque los contables nacionales llevan mucho tiempo insistiendo en que el Producto Interior Bruto es una medida de la actividad económica y no se ha concebido como una medida del bienestar, en realidad existe una larga historia de debate académico sobre la relación entre el Producto Interior Bruto o, mejor dicho, la Renta Social y el bienestar.
Se examina la idea de que el producto interior bruto no es en sí mismo una medida del bienestar social. Es una medida práctica importante, aunque a veces demasiado enfatizada, de la producción y la actividad económica. Además, el producto interior bruto no es más que una variable de un conjunto de información mucho más rico que proporciona el Sistema de Cuentas Nacionales (SCN). El SCN proporciona el vínculo entre la producción (PIB) y los determinantes clave del bienestar social a través de un paso coherente a la renta de los hogares, el consumo y su distribución. No obstante, también demostraremos que, dejando aparte algunos casos poco realistas (sin gobierno, sin impuestos, mercados perfectos), la búsqueda de una definición y una medición conceptualmente limpias del producto interior bruto no puede prescindir de la referencia a la noción de bienestar. Así pues, el producto interior bruto es diferente pero no está desvinculado de las medidas de bienestar teóricamente bien fundadas.
Pero antes de explorar vías de investigación sobre esta cuestión, será útil recordar algunos conceptos básicos de la contabilidad nacional en general y del cálculo del producto interior bruto en particular. Se trata necesariamente de un tratamiento muy conciso y se remite al lector a Lequiller y Blades (2014) y al capítulo general del Sistema de Cuentas Nacionales (SCN) de 2008 para una presentación más completa pero no especializada.
El Sistema de Cuentas Nacionales (Eurostat et al. 2010) es la norma internacional para las cuentas de las naciones y constituye un conjunto de recomendaciones internacionales sobre cómo compilar medidas de la actividad económica basadas en un conjunto de cuentas exhaustivo, coherente e integrado. “En el centro del SCN se encuentra la producción de bienes y servicios. Éstos pueden utilizarse para el consumo en el periodo al que se refieren las cuentas o pueden acumularse para su uso en un periodo posterior.” (SCN 2008, párrafo 1.6). El concepto clave con la producción es el valor añadido. No se mide el valor bruto de la producción -los bienes y servicios que “salen por la puerta de la fábrica”- sino sólo el valor que se añade durante la producción.
La medición del valor añadido se consigue deduciendo del valor bruto de la producción el valor de todos aquellos bienes y servicios que se consumen en la producción, como el acero en una fábrica de coches o la flor en una panadería, también llamados insumos intermedios. Con el valor añadido definido de esta manera, no hay doble contabilidad entre productores y el producto interior bruto es simplemente la suma de todo el valor añadido creado en la economía. Los productos que no son insumos intermedios son productos finales destinados al consumo, la inversión o la exportación. Además de representar el valor añadido total, el producto interior bruto también es igual al valor de estos productos finales, corregido por las importaciones. Mientras que el acero de la fábrica de coches es fácilmente identificable como un insumo intermedio, y el pan comprado por un hogar fácilmente identificable como un producto final, éste no es necesariamente el caso para todos los productos. De hecho, un debate importante en relación con el producto interior bruto y el bienestar social se refiere al alcance de los insumos intermedios y, en particular, a si los servicios prestados por el gobierno deben considerarse insumos intermedios o no. Del mismo modo, el alcance de los productos cuya producción entra en el ámbito de los cálculos del producto interior bruto ha sido objeto de debate y está directamente relacionado con los fundamentos de bienestar de la contabilidad nacional. Un ejemplo de ello es la producción de servicios por parte de los hogares por cuenta propia: los padres educan y cuidan a sus hijos, las tareas domésticas o las reparaciones de las viviendas son realizadas por los propios miembros del hogar. Aunque todos estos son actos de producción que afectan al bienestar individual, la producción de tales servicios no entra dentro del ámbito del producto interior bruto.
Una vertiente de la literatura económica ha examinado en particular el alcance de las medidas del producto interior bruto y ha sugerido adiciones o sustracciones para acercar el conjunto de bienes y servicios incluidos en el producto interior bruto a aquellos bienes y servicios que parecen ser determinantes directos del bienestar social (véase Eisner 1988, Vanoli 2002 para una visión general). Nordhaus y Tobin (1973) se cuentan entre los pioneros en este campo. Identificaron elementos como la producción por cuenta propia de los hogares que debían añadirse al producto interior bruto y elementos “lamentables” como los desplazamientos al trabajo que debían restarse del producto interior bruto. Junto con una serie de reclasificaciones entre productos finales e intermedios, obtienen una Medida del Bienestar Económico que constituye esencialmente una medida ajustada del consumo de los hogares.
Además de los insumos intermedios, también hay mano de obra y capital que contribuyen a la producción. La mano de obra se compensa principalmente con los salarios y el capital con los beneficios. Estas denominadas rentas primarias del trabajo y del capital deben proceder del valor añadido creado durante la producción. Así pues, también hay una dimensión de renta que entra en el sistema contable y la renta total es igual al valor añadido total o producto interior bruto. Por último, ya se hizo alusión a la forma en que se gasta la renta -ya sea consumiéndola o invirtiéndola- y esto constituye el tercer pilar del SCN, las cuentas de gastos. Una identidad contable básica es, por tanto, valor añadido total = renta total = gasto total y esto explica, en particular, por qué gran parte de la literatura anterior sobre el producto interior bruto y el bienestar social se refiere a la “renta” o a la “renta social” en lugar de al producto interior bruto. Las cuentas nacionales se establecen para cada periodo contable, normalmente un trimestre o un año. En este contexto, una importante vertiente de la literatura teórica, estudiada por Sen (1979), se centraba en la interpretación desde el punto de vista del bienestar de las comparaciones de paquetes de “mercancías” a través del tiempo y el espacio. Se planteaba si es posible comparar el bienestar social a lo largo del tiempo y entre países cuando existen muchos productos básicos y cuando las preferencias de los individuos son heterogéneas. En la práctica, las comparaciones del producto interior bruto y otras variables entre periodos contables se realizan separando los cambios en los valores (‘a precios corrientes’) que se deben a un cambio en los precios de los cambios que se deben a un cambio en las cantidades o ‘volúmenes’. Esta separación se consigue mediante la “deflación”, que consiste en aplicar un índice de precios a las variaciones a precios corrientes. Por ejemplo, si el valor del producto interior bruto a precios corrientes aumenta un 5% y los precios suben un 2%, la aplicación de un índice de precios da como resultado unos volúmenes o un producto interior bruto “real” que habrá aumentado un 3%. La elección de los índices de precios y su construcción no es, sin embargo, una cuestión de rutina. Los índices de precios se basan en la teoría económica del consumidor o del productor y su alcance, la forma específica de los números del índice así como el tratamiento del cambio de calidad de los productos dependen de si se adopta la perspectiva del consumidor o del productor. Esto tiene consecuencias para las medidas reales resultantes. Por ejemplo, una subida de los impuestos sobre el consumo afectará a una medida de los precios al consumo, pero no a los precios al productor. Como la perspectiva del consumidor está directamente asociada al bienestar social, esto proporciona otro vínculo entre la medición del producto interior bruto (en volumen) y el bienestar. Los avances en la teoría de los índices de precios y cantidades han sido estudiados en este siglo y puede encontrarse más información sobre esta cuestión en este texto.
Las medidas de producción, renta, consumo e inversión constituyen flujos, pero las cuentas nacionales también prevén la compilación de balances para captar las existencias de activos y sus cambios a lo largo del tiempo. Los activos pueden ser de tipo no financiero (una máquina, un terreno) o de tipo financiero (un depósito de ahorro, participaciones en una empresa). Las existencias y los flujos están vinculados de manera coherente: por ejemplo, la inversión, una medida de flujo, explica parte del aumento de las existencias de capital durante el ejercicio contable. La depreciación, otra medida de flujo, explica parte de la reducción de las existencias. Y los cambios de precios pueden provocar la revalorización de los activos, otra fuente de diferencias entre los balances de apertura y de cierre. Al igual que en la contabilidad empresarial, donde los balances contienen información clave sobre la salud económica de las empresas, los balances de las naciones son indispensables para juzgar la salud de una economía y la sostenibilidad de la actividad económica. Las medidas de las existencias introducen un aspecto intertemporal en las cuentas: las existencias se trasladan al siguiente periodo contable y, mediante el seguimiento de las existencias y sus cambios a lo largo del tiempo, se puede juzgar si la riqueza se preserva para las generaciones futuras.
En un artículo que dio origen a toda una rama de la literatura sobre la “contabilidad verde”, Weitzman (1976) demostró cómo en una economía simple y cerrada, una medida de la renta nacional neta real cobra sentido como medida dinámica del bienestar material. Demostró que, bajo ciertas absorciones, la renta nacional neta real es proporcional al valor actualizado del consumo que la economía es capaz de producir. Nordhaus (1995) fue el primero en señalar que la renta neta por sí misma no es un indicador suficiente de las posibilidades futuras de consumo, y que es necesario aumentarla con los efectos del cambio técnico incorpóreo. Dado que las medidas del crecimiento de la productividad se basan tradicionalmente en el producto interior bruto, es interesante observar que éste reaparece, aunque de forma indirecta, en las consideraciones sobre el bienestar intertemporal (Hulten y Schreyer 2010). El modo en que las medidas del bienestar social intertemporal, las existencias y los flujos van de la mano se aborda en este texto.
Otra característica de las cuentas nacionales que influye en el vínculo con el bienestar social son las unidades institucionales que componen las cuentas. El SCN distingue los hogares privados, las instituciones sin ánimo de lucro, las empresas y el gobierno como unidades institucionales o transactores. El producto interior bruto se compone del valor añadido generado por todas las unidades institucionales residentes. En relación con el bienestar social, los ingresos, los gastos y la producción de los hogares privados son los más relevantes. De ello se deduce que, de todos los agregados elaborados por el SCN, las medidas asociadas al sector de los hogares son probablemente más relevantes que el producto interior bruto desde una perspectiva de seguimiento del bienestar social actual. Al mismo tiempo, gran parte de la teoría y la medición del bienestar social se formulan desde la perspectiva del individuo, no de los hogares. Esto puede tener consecuencias cuando los datos de las cuentas nacionales sobre los hogares se utilizan como herramienta empírica para calibrar los determinantes del bienestar social.
Las cuentas nacionales se han diseñado como una herramienta para evaluar agregados macroeconómicos y, por lo tanto, no proporcionan información sobre cómo se distribuyen la renta, el consumo o la riqueza entre los individuos o los hogares. Sen (1976) introdujo la distribución de la renta como parte integrante de la evaluación de la renta real y proporcionó un tratamiento riguroso de las interpretaciones alternativas de las comparaciones de la renta real derivadas de las diferencias entre grupos. Sin embargo, la naturaleza teórica de esta literatura, con su visión altamente estilizada de la economía, dejó poco espacio para distinciones más finas entre los agregados de las cuentas nacionales, en particular entre el producto interior bruto, la renta, la inversión o el consumo y su relación con los conceptos de bienestar. Sin embargo, la literatura más aplicada ha retomado estas distinciones y ha tendido un puente entre los conceptos de las cuentas nacionales y la medición del bienestar social.
El consumo final de los hogares, en particular, ha sido el punto de partida de los desarrollos en este campo, como analizan Slesnick (1998) y Fleurbaey (2009). Jorgenson (1990) y Jorgenson y Slesnick (2014) aumentan el consumo personal con su distribución en la población y muestran cómo pueden establecerse medidas normativas relacionadas con el bienestar para complementar el SCN. Los trabajos empíricos en este sentido revelan patrones temporales distintos del crecimiento del producto interior bruto y del bienestar durante largos periodos de tiempo.
Un mensaje clave del artículo que nos ocupa será que las medidas relacionadas con el bienestar, como el consumo de los hogares o la renta disponible de los hogares, ya están disponibles como parte del SCN, lo que hace innecesarios los intentos de ajustar el propio producto interior bruto. Además, ciertos “lamentables”, así como el agotamiento y la degradación de los recursos medioambientales, pueden captarse a través de un sistema de cuentas que incluya tanto stocks de activos como flujos de producción bruta, depreciación, agotamiento, ingresos y gastos, tal y como se establece en el SCN 2008, el Sistema de Cuentas Económicas y Medioambientales Integradas 2012 o la Nueva Arquitectura para las Cuentas Nacionales de EE.UU. de Jorgenson, Landefeld y Nordhaus (2006).
También conviene hacer una precisión terminológica. En lo que sigue nos referiremos al ‘bienestar social’ para captar la condición de la sociedad en las dimensiones material e inmaterial. También se entiende que ‘bienestar’ engloba estas dimensiones, pero desde una perspectiva individual , similar a los usos que se hacen en otras partes de este Manual. El ‘bienestar material’ se utilizará para captar aquellos aspectos del bienestar social que se derivan del dominio de los recursos económicos. Los recursos económicos incluyen elementos como el consumo familiar, los ingresos o la riqueza. En este sentido, representan la base mercantil de la utilidad o la opulencia en la terminología de Sen (1984).
Bienestar social y producto interior bruto
Incluso una búsqueda rápida en el actual SCN 2008 (pero también en su volumen predecesor de 1993) revela que los contables nacionales nunca concibieron el producto interior bruto como una medida del bienestar, de hecho, hay una advertencia explícita: “El PIB se toma a menudo como una medida del bienestar, pero el SCN no afirma que esto sea así y, de hecho, existen varias convenciones en el SCN que argumentan en contra de la interpretación bienestarista de las cuentas”.
Las razones esgrimidas por el SCN son bien conocidas: los determinantes del bienestar abarcan dimensiones materiales y no materiales, como el estado de salud o las relaciones sociales, que no son captadas por las cuentas nacionales, al igual que las externalidades y la distribución de los recursos económicos y de otro tipo. Además, existen convenciones del SCN con respecto a la frontera de la producción, en particular la exclusión de la producción doméstica de servicios (cuidado de niños, de ancianos, tareas domésticas, etc.) del producto interior bruto que incluso desdibujan el vínculo entre el producto interior bruto y el bienestar material. Esto plantea la siguiente pregunta: si el producto interior bruto no pretende ser una medida del bienestar, ¿qué se supone que debe captar?
Curiosamente, aunque se hace amplia referencia a los límites de las cuentas nacionales como medidas del bienestar y aunque las definiciones estadísticas y contables del producto interior bruto se enuncian muy claramente (“[…] El producto interior bruto pretende ser una medida exhaustiva del valor añadido bruto total producido por todas las unidades institucionales residentes”; SCN 2008, párrafo 1.39), apenas se habla de lo que debería medir el producto interior bruto, como categoría económica y desde una perspectiva conceptual. Eisner (1988) sugiere como objetivo para el producto interior bruto medir “[…] no el bienestar en sí, sino los bienes y servicios finales, que se supone contribuyen al bienestar” (p. 1617). Intuitivamente, pues, el producto interior bruto debería captar el valor añadido asociado al flujo de producción de aquellos bienes y servicios finales que constituyen un argumento en la función de utilidad del consumidor. Esto plantea una cuestión sobre la inversión, la adición a las existencias de capital: en tanto que producto final, no sería un argumento en la función de utilidad contemporánea del consumidor. Sin embargo, la inversión contribuye a los flujos futuros de bienes y servicios que satisfacen las necesidades de los consumidores y la interpretación de la renta nacional neta como medida del bienestar social – abordada con más detalle a continuación – proporcionará una justificación de esta interpretación que se apoya en la teoría. Por el momento, nos limitaremos a dar por sentado que la inversión forma parte de la demanda final y del producto interior bruto.
Una parte particular del consumo final y del producto interior bruto es el consumo final del gobierno, y la medida en que el gasto del gobierno debe considerarse final por oposición al consumo intermedio que se agota en la producción y, en consecuencia, no aparece en el producto interior bruto, ha sido objeto de muchos debates . En obras publicadas en 1948 y 1949, Simon Kuznets, premio Nobel de economía en 1971, abogó enérgicamente por excluir gran parte de la actividad gubernamental del producto interior bruto: “[…] parece indispensable incluir en la renta nacional sólo las actividades gubernamentales que puedan clasificarse como servicios directos a los consumidores finales. Este paso importantísimo e ineludible se insta aquí con pleno conocimiento de las dificultades estadísticas, que son grandes. Pero si las cifras de la renta nacional han de conservar algún significado como medidas del flujo real de bienes a los consumidores finales o a las existencias de capital, debe eliminarse la enorme duplicación que se acumula al considerar toda la actividad gubernamental como un producto final” (p. 219). Haberler y Hagen (1946) y Hicks (1948) apoyan un enfoque similar. Las cuentas nacionales modernas permitirían, de hecho, separar los servicios gubernamentales que son directamente atribuibles a los consumidores finales, ya que estos servicios se identifican ahora a través de la categoría de gasto gubernamental en bienes y servicios individuales (por oposición a los bienes y servicios colectivos y a los insumos intermedios para los productores). Ejemplos típicos de bienes y servicios individuales se encuentran en la asistencia sanitaria, la educación y los servicios de vivienda prestados por el gobierno. Los servicios colectivos, por su parte, consisten sobre todo en la provisión de seguridad y defensa, el mantenimiento de la ley y el orden, la legislación y la regulación, el mantenimiento de la salud pública, la protección del medio ambiente, etc. Los servicios colectivos tienen un carácter esencialmente de bienes públicos “[…] que son necesarios para la continuación y la mejora de la sociedad, incluido su mecanismo económico” (Kuznets 1948, p. 8). Tratar estos servicios colectivos como un insumo intermedio y excluirlos de la medida del producto interior bruto podría alterar significativamente la percepción y la interpretación de la actividad económica .
Hay que añadir que el tratamiento que da Kuznets a los servicios colectivos gubernamentales no implica que la prestación de estos servicios, digamos la seguridad, no constituya una producción, sino que se trata de una producción cuyo valor se considera ya reflejado en el valor de los bienes y servicios privados que se producen con un nivel de seguridad determinado. Añadir la producción gubernamental de estos servicios colectivos al producto interior bruto constituiría entonces una forma de doble contabilidad. Este argumento fue rechazado por Gilbert, Jaszi, Dension y Schwartz (1948) en su respuesta a Kuznets y en defensa de las entonces recién desarrolladas Cuentas Nacionales de la Renta y del Producto de Estados Unidos. Gilbert et al. (1948) razonan que los servicios colectivos prestados por el gobierno no son un elemento del coste de las empresas y, en consecuencia, no se reflejan en el valor de la producción, a menos que se presuma una identidad irreal entre los servicios prestados por el gobierno y el valor de (otros) impuestos sobre la producción que pagan los productores. Otra cuestión es que la asignación de los servicios colectivos del gobierno a los productores – ¿quién se beneficia en qué proporciones de estos productos intermedios? – requeriría importantes juicios e imputaciones ad hoc ya que, por la propia naturaleza de los bienes colectivos, no se producen transacciones. Otro argumento contra la exclusión de los servicios colectivos del producto interior bruto es que servicios como la seguridad o la regulación medioambiental son tan importantes para los hogares como para las empresas y, por tanto, “deberían incluirse igualmente en una medida del total de bienes y servicios proporcionados para satisfacer las necesidades de los miembros de la comunidad” (Gilbert et al. (1948) p. 183). Estas razones siguen siendo válidas hoy en día y explican en gran medida por qué las normas contables modernas contabilizan toda la producción gubernamental como consumo final o inversión.
Así pues, definir el ámbito conceptual del producto interior bruto por referencia a la utilidad del consumidor no implica necesariamente la exclusión de los servicios colectivos del producto interior bruto. La no rivalidad en el consumo de los bienes públicos producidos por el gobierno no implica que los hogares no obtengan una utilidad directa de ellos. Estos servicios no suelen tener un precio de mercado, pero pueden captarse fácilmente en una función de utilidad ampliada. Como muestra la bibliografía sobre la renta equivalente y la disposición a pagar (Fleurbaey y Blanchet, de próxima publicación), los servicios pueden valorarse utilizando precios sombra, aunque en la práctica estadística tienden a valorarse con los costes de producción.
Si el ámbito del producto interior bruto se establece para captar los bienes y servicios finales que contribuyen al bienestar material actual (y futuro) de los consumidores, no hay ninguna razón conceptual para excluir los servicios producidos por los hogares para su propio consumo de la medida del producto interior bruto. De hecho, el SCN reconoce que tales actividades entran en gran medida dentro del concepto de producción. Sin embargo, por razones de peso, principalmente de carácter práctico, muchas de estas actividades no forman parte actualmente del producto interior bruto. Una de esas razones es que la inclusión de grandes flujos que no reflejan transacciones monetarias explícitas entre agentes puede oscurecer lo que ocurre en los mercados con transacciones monetarias y obstaculizar así el contenido informativo del crecimiento del producto interior bruto para la gestión macroeconómica. Esto no quiere decir, sin embargo, que el valor total del consumo no deba tenerse en cuenta para otros fines, en particular para las comparaciones del bienestar material a lo largo del tiempo o entre países .
Relacionada con la cuestión sobre el alcance del producto interior bruto está la de su valoración, acertadamente planteada por Hicks (1940): “El estadístico práctico se ha contentado generalmente con dar por sentado que cada mercancía que entra en el agregado debe valorarse a su precio de mercado. Quiero preguntar: ¿en qué se basa esta valoración? ¿Se mantiene sin excepción o hay excepciones? ¿Los precios que utilizamos para la valoración son precios de pleno derecho o representan algo más (digamos utilidades marginales o costes marginales) a lo que los precios de mercado se toman como aproximaciones? Estas preguntas deben responderse antes de que podamos tener una idea clara de lo que significan los cálculos de la Renta Nacional”. (p. 105). Desde el punto de vista de la contabilidad nacional moderna, los productos tienen dos valoraciones principales: los precios de adquisición, que incluyen todos los impuestos y subvenciones sobre los productos, junto con los márgenes de venta al por menor y de transporte. Los precios de compra transmiten así las señales de precios para el consumidor, y los precios básicos que excluyen estos elementos, transmitiendo así la perspectiva del productor. ¿Qué perspectiva debe prevalecer en la valoración del producto interior bruto?
Hicks (1940) fue el primero en señalar que la respuesta a esta pregunta dependía de la finalidad de la medición: se prefiere la perspectiva del consumidor si el producto interior bruto ha de ser relevante para la medición del bienestar material y se prefiere la perspectiva del productor si la finalidad del producto interior bruto es calibrar el nivel y el crecimiento de la actividad productiva. Si se sigue este razonamiento, y si el producto interior bruto es una medida de la producción, debería valorarse a precios básicos. Este es de hecho el caso de las diversas medidas del valor añadido en las cuentas nacionales: se valoran desde la perspectiva del productor. Sin embargo, la medida principal del producto interior bruto incluye todos los impuestos y subvenciones. Esto se debe a la necesidad de equilibrar el lado de los gastos, la producción y los ingresos de las cuentas. Pero también significa que la perspectiva del consumidor o comprador se abre camino en el cálculo del producto interior bruto.
Hay otro elemento en el que la definición y la medición del producto interior bruto requieren una referencia al bienestar material y a los consumidores. Esto surge en relación con la deflación. Los índices de precios se aplican a varios componentes del producto interior bruto nominal para medir los cambios de volumen del producto interior bruto a lo largo del tiempo o las diferencias de volumen del producto interior bruto entre países. Las condiciones en las que tales comparaciones son significativas y las consiguientes consecuencias para la construcción de índices de precios han sido objeto de una extensa literatura con excelentes estudios de Sen (1979), Diewert (2008) y Fleurbaye (2009). Un resumen de los fundamentos de bienestar de la medición de precios está mucho más allá del alcance del presente artículo pero, para el propósito que nos ocupa, basta con señalar que el objetivo de la deflación afecta a la forma en que se construyen los índices de precios (Hicks 1958, Samuelson 1950). En concreto, existe una distinción fundamental entre los índices de precios al consumo o al comprador y los índices de precios a la producción o al productor. La teoría económica de los índices de precios al consumo en su forma de índices del coste de la vida (Konüs 1924, Pollak 1981, Diewert 1983) define un cambio de precio como el cambio en el gasto que es necesario para que un consumidor permanezca indiferente entre dos situaciones con diferentes conjuntos de precios. El índice del coste de la vida “…proporciona una justificación para tener en cuenta el hecho de que, cuando cambian los precios, los consumidores no siguen comprando la misma cesta fija, sino que desplazan sus compras hacia bienes cuyos precios relativos han bajado. El concepto de índice del coste de la vida tiene en cuenta explícitamente el efecto de este comportamiento de sustitución en la reducción del gasto que necesita un consumidor para mantener un nivel de vida determinado cuando cambian los precios” (National Research Council 2012, p. 2).
Por otra parte, la teoría económica de los índices de precios a la producción emplea un marco de producción para definir el deflactor para la medición de la producción en volumen. Para ello, se emplea una función de ingresos que describe el valor añadido máximo que puede generarse dados los insumos de mano de obra y capital, una tecnología determinada y unos precios básicos. A nivel de toda la economía, la función de ingresos también se ha etiquetado como función del producto interior bruto o función del producto nacional en la literatura sobre comercio internacional (Kohli 1978 y 1991) . Un índice de precios para el producto interior bruto se define entonces como el cambio máximo en los ingresos que se produce al cambiar los precios de la producción y de los insumos intermedios para un conjunto dado de insumos y tecnología.
En una economía de mercado, los precios son el resultado de la interacción entre la oferta y la demanda y el hecho de que los efectos de sustitución sean positivos o negativos sigue siendo una cuestión empírica y depende de si un mercado concreto es más un mercado de productores o de consumidores. Sin embargo, la distinción entre la perspectiva del productor y la del consumidor importa a efectos prácticos de la construcción de números índice, en particular, por ejemplo, el tratamiento del cambio de calidad. Fisher y Shell (1972) demostraron que los índices de precios al productor y al consumidor implican tratamientos alternativos del cambio de calidad. Desde la perspectiva del productor, la forma adecuada de valorar el cambio de calidad es midiendo los costes para producirlo. Desde la perspectiva del consumidor, el valor del cambio de calidad debería reflejar la utilidad añadida que los consumidores obtienen del nuevo artículo. Los resultados pueden ser muy diferentes.
Dado que los índices de precios se utilizan para deflactar los valores de las cuentas nacionales, las decisiones sobre las referencias del productor o del consumidor se trasladan a la medición del volumen del producto interior bruto. En general, el deflactor del gasto del producto interior bruto (que representa una perspectiva de comprador) no será igual al deflactor del valor añadido que debería representar una perspectiva de producción. Dado que las cuentas deben equilibrarse a precios corrientes y constantes, una u otra perspectiva debe guiar el procedimiento de deflación. Diewert (2002) ha defendido que la perspectiva del consumidor o comprador debería utilizarse en todas las cuentas. En este caso, las medidas de volumen del producto interior bruto tendrán una referencia conceptual clara en la teoría del consumidor y, en última instancia, del bienestar social.
Concluimos que, si bien el valor añadido es una medida de la producción y no una medida del bienestar social, la decisión sobre el alcance del valor añadido de la producción requiere una referencia a la utilidad y al bienestar social. Del mismo modo, la existencia de una actividad gubernamental requiere una elección entre diferentes valoraciones de la renta nacional y de la producción. Una medida de la producción se valora mejor a precios básicos y se deflacta con un índice de precios de producción. Las medidas del gasto se valoran mejor a precios de adquisición y se deflactan con índices de precios de adquisición. Al mismo tiempo, una contabilidad coherente requiere un único método de deflación, idealmente basado en una única referencia teórica. En la práctica, aunque se garantiza la coherencia en los cálculos de volumen del producto interior bruto, a menudo no existe un marco de referencia único. Por lo tanto, el producto interior bruto actual, tal y como se mide en el SCN, se entiende mejor como una medida pragmática del valor añadido de la producción del mercado y del gobierno.
Bienestar material actual
Ajustes del producto interior bruto
Mientras que el debate hasta ahora se ha ocupado de los vínculos conceptuales entre el bienestar material y el producto interior bruto, la presente sección echa un vistazo a los esfuerzos para ajustar el producto interior bruto con el fin de derivar medidas que permitan hacer un seguimiento del bienestar (principalmente material). Dichos esfuerzos se desencadenaron a raíz del debate de la década de 1970 que apuntaba a los límites ecológicos del crecimiento y a la insuficiente atención prestada a los aspectos económicos y sociales del crecimiento.
Estos intentos de derivar medidas con más relevancia para el bienestar material que el simple consumo o la renta de los hogares se formularon en un marco ampliado de cuentas nacionales y se caracterizaron por deducciones y adiciones a los agregados de las cuentas nacionales. Casi todos los estudios proceden de (i) la reclasificación de ciertos bienes o servicios que se consideran “lamentables”, como los desplazamientos al trabajo o los servicios gubernamentales de policía y defensa (véase la discusión anterior) del consumo final al intermedio; (ii) la ampliación de la frontera de producción añadiendo la producción de servicios de los hogares por cuenta propia y, a veces, el valor del ocio; (iii) la ampliación de la frontera de activos, normalmente para captar la inversión en capital humano.
A finales de la década de 1980, Daly y Cobb (1989) siguieron con un índice de bienestar sostenible, perfeccionado por Cobb y Cobb (1994) que captaba el agotamiento de los recursos naturales y tenía en cuenta la distribución de la renta. Más recientemente, pero fuera del marco de las cuentas nacionales, Osberg y Sharpe (2002a, 2002b, 2005) calcularon un índice de bienestar económico. Sólo su primera dimensión, los flujos de consumo per cápita efectivos, se deriva del gasto en consumo final tipo contabilidad nacional incluyendo el valor de los servicios gubernamentales en especie y contabilizando la producción de los hogares. Junto con otros elementos de su índice, este trabajo forma parte de la amplia familia de índices compuestos, representada de forma más destacada por el Índice de Desarrollo Humano del PNUD que no se tratará aquí. En Stiglitz, Sen y Fitoussi (2009) se pueden encontrar referencias relevantes y una visión general de la literatura sobre índices compuestos.
Aunque los ajustes del producto interior bruto con vistas a hacer un seguimiento del bienestar material han dado resultados interesantes, ningún enfoque en particular ha persistido en el tiempo y ha dado lugar a una aplicación periódica a nivel nacional o internacional. Una de las razones es la naturaleza de algunos ajustes, en particular con respecto a la actividad gubernamental, los “lamentables” y la valoración del ocio. La elección de lo que constituye un lamentable y cómo valorarlo requiere juicios éticos. También hay cuestiones importantes en cuanto a la estabilidad y fiabilidad del producto interior bruto así ajustado. Por ejemplo, la inclusión del trabajo doméstico y el ocio, aunque muy instructivos por sí mismos y útiles como complementos del producto interior bruto, tienden a arrojar cifras que inundan el producto interior bruto tradicional y, como señala Eisner (1988) “Una cuestión crítica para muchos será cuánto sacrificar en términos de precisión en aras de la relevancia”.
Algunos de los ajustes propuestos se refieren a las externalidades, en particular con respecto al medio ambiente. Por ejemplo, Nordhaus y Tobin (1973) hacen deducciones por “…las molestias de la vida urbana…: contaminación, basura, congestión, ruido, inseguridad,…” (p. 49-50). No es difícil ver que la elección y valoración de estas deducciones requiere juicios de valor y problemas prácticos de contabilidad, lo que explica por qué no se han seguido en la práctica estadística. Sin embargo, hay una excepción importante: la emisión de contaminantes y el uso de recursos naturales, cuya incorporación a un marco contable ha seguido presente en el debate. Sin embargo, el enfoque conceptual ha pasado de la simple corrección del producto interior bruto, un concepto de flujo, al tratamiento del uso de los activos medioambientales en un sistema contable coherente con las existencias y los flujos de los activos medioambientales, lo que ha dado lugar a una nueva normativa contable internacional, el Sistema de Cuentas Económicas y Medioambientales Integradas (SEEA, Naciones Unidas et al. 2012). Las existencias y los flujos forman parte del análisis intertemporal y se tratan en la sección correspondiente más adelante.
Otra razón de la falta de adopción sistemática de los ajustes del producto interior bruto para aumentar su relevancia para el bienestar ya había sido reconocida por Nordhaus y Tobin (1973): la ausencia de elementos distributivos que limita el producto interior bruto ajustado a una medida del bienestar material del hogar medio, pero no de la sociedad en general. Para ser relevante, la medida media tiene que suponer la existencia de un único hogar representativo o dar por sentado que la sociedad es indiferente a las desigualdades en las dimensiones que conforman el bienestar material. Sólo en este caso poco realista puede representarse el bienestar social mediante la utilidad del hogar representativo.
Cabe señalar que una absorción similar subyace en la teoría de los índices de precios (véase más arriba) que considera la inflación para el consumidor medio aunque ningún hogar de la economía corresponda realmente a esta media.
El reconocimiento de la heterogeneidad de los hogares parece, pues, clave en cualquier esfuerzo por hacer un seguimiento del bienestar material. Sen (1976) planteó este punto con fuerza al introducir la distribución de la renta como parte integrante de la evaluación de la renta real. Proporcionó un tratamiento riguroso de las interpretaciones alternativas de las comparaciones de la renta real derivadas de las diferencias entre grupos. Si se acepta el planteamiento de Sen, cualquier medición del bienestar social con un consumidor medio queda invalidada desde el principio.
La renta real
Antes de pasar a los hogares heterogéneos y a las medidas asociadas de los determinantes del bienestar material, el consumo de los hogares y la renta de los hogares, hay otra vertiente de la literatura que merece atención. Se sitúa a nivel de toda la economía o de industrias individuales y se ocupa de la medición de la renta en términos reales generada en estas industrias y de sus fuentes. Aunque no puede tenerse en cuenta la heterogeneidad de los hogares y la distribución de los recursos de renta o consumo entre ellos, este enfoque proporciona un vínculo explícito entre la producción (PIB y productividad) y la renta real al identificar las fuentes de la renta real que posteriormente corresponde a los hogares, las empresas, el gobierno o el resto del mundo. En otras palabras, los datos de las cuentas nacionales se ponen a trabajar en un marco teórico para establecer un puente entre la producción y las medidas de la renta real relevantes para el bienestar. La relevancia para el bienestar surge porque la renta se expresa en términos reales, tras el ajuste con un índice de precios al consumo. En otras palabras, la evolución de la renta se expresa en equivalentes de consumo o en términos de poder adquisitivo de los bienes y servicios de consumo.
Los orígenes de este trabajo se remontan a Diewert y Morrison (1986) y Kohli (1990) y han sido aplicados por Diewert, Mizobuchi y Nomura (2009) a Japón. Los autores muestran cómo se puede establecer un marco teórico de la producción para derivar una descomposición exacta del crecimiento de la renta real en cambios en las cantidades de insumos, la productividad y los efectos de los precios relativos .
<2> Hogares heterogéneos
Las cuentas nacionales no proporcionan información sobre cómo se distribuyen los recursos económicos entre los hogares. Sin embargo, esta heterogeneidad debería reflejarse en los determinantes del bienestar material. Jorgenson (1990, 1997), Slesnick (1998, 2001) y Jorgenson y Slesnick (2013) muestran cómo se puede vincular la información de las encuestas de hogares y de consumo con los agregados de las cuentas nacionales para obtener una medida del bienestar social. Su enfoque se basa en varias características. En primer lugar, en lugar de realizar ajustes en el producto interior bruto, Jorgenson y Slesnick identifican directamente el consumo final privado como la variable relevante para el bienestar. En segundo lugar, tienen en cuenta la heterogeneidad del consumo entre los hogares y realizan ajustes en función del tamaño del hogar. El bienestar material de un hogar se considera entonces proporcional a su vector de consumo. Las medidas individuales de bienestar se expresan en términos monetarios mediante funciones de gasto individuales (McKenzie 1957). La función de gasto traduce los niveles de utilidad en términos monetarios indicando el gasto de consumo mínimo en el que tiene que incurrir un consumidor para alcanzar un determinado nivel de utilidad, dados los precios de los productos de consumo y las preferencias de los consumidores. En tercer lugar, las medidas individuales de bienestar se agregan a una medida de bienestar social mediante una función de gasto social originada por Robert Pollak (1981) . A continuación, los cambios en la medida de bienestar social resultante se desglosan en cambios en el bienestar social medio y efectos de equidad. Estos últimos dependen de la elección de un parámetro de aversión a la desigualdad.
Aquí hay dos implicaciones importantes. Una es que Jorgenson y Slesnick no intentan transformar el producto interior bruto y las medidas de producción para convertirlos en indicadores del bienestar material. Todo lo contrario: subrayan la diferencia y la complementariedad de los determinantes del bienestar y de la producción. Otro punto a destacar es que su medida del bienestar social -al ser de naturaleza normativa- por construcción, requiere un juicio de valor sobre la importancia relativa concedida a determinados grupos de renta en la construcción de la medida agregada. No existe una forma “natural” de determinar este peso. En general, la medida Jorgenson-Slesnick se caracteriza mejor como una medida normativa del bienestar material o social que complementa de forma natural las cuentas nacionales de la renta. Si se pueden superar las cuestiones empíricas relativas a la definición de la renta y el consumo (véase más adelante) y se logra la coherencia con las cuentas nacionales, esta medida del bienestar material tiene el potencial de aplicarse de forma continuada utilizando los datos estándar de las cuentas nacionales combinados con los datos estándar de las encuestas sobre el consumo o la renta de los hogares.
Muchos autores han utilizado una medida del consumo final real para captar un determinante clave del bienestar material. Desde un punto de vista conceptual, sería preferible una medida del consumo real individual de los hogares. Esta medida ajusta el consumo final -esencialmente un concepto basado en el gasto- por el valor de las transferencias sociales en especie (sanidad, educación, vivienda) que los hogares reciben del gobierno de forma gratuita. Sin embargo, la disponibilidad de datos sobre la distribución del consumo individual real es mucho más limitada que en el caso del gasto en consumo final. Se podría ir más lejos y argumentar que el alcance del consumo relevante para el bienestar material no se detiene en el límite de consumo de las cuentas nacionales y que debería incluirse el consumo de servicios que los hogares producen para sí mismos (véase más arriba). Sin embargo, se trata de una cuestión de alcance y principalmente de disponibilidad de datos más que de una cuestión de concepto.
Estrechamente relacionada con una medida del consumo individual real es una medida de la renta disponible neta ajustada de los hogares . Ésta se obtiene corrigiendo primero la renta bruta disponible de los hogares por la depreciación de los activos del hogar. La depreciación constituye un cargo contra la renta bruta, ya que no se puede consumir toda la renta bruta para no erosionar progresivamente el stock de capital . En el caso de los hogares, la depreciación se refiere esencialmente a los bienes inmuebles propiedad del sector doméstico. Así pues, se prefiere la renta disponible neta de los hogares a la renta bruta cuando se trata de medir el bienestar material. Un perfeccionamiento adicional consiste en aumentar la renta disponible de los hogares por el valor equivalente de aquellos bienes y servicios que los hogares reciben gratuitamente del gobierno y de instituciones sin ánimo de lucro, por ejemplo los servicios de atención sanitaria, educación y vivienda. La medida resultante es la renta disponible ajustada .
Excepto en el caso del ahorro neto de los hogares, las medidas de la renta y del consumo son comparables, al menos durante periodos más largos y cada una constituye una opción razonable como indicador del bienestar material . Durante periodos más largos – una década o toda la vida – habrá poca diferencia entre los patrones de renta y de consumo. Sin embargo, para un periodo contable típico de un año, las dos medidas no son necesariamente iguales, ya que los hogares y los individuos ahorran o desahorran. Los perfiles de consumo tienden a ser más estables que los de renta, ya que el ahorro y el desahorro contribuyen a suavizar las variaciones de la renta. A menudo, la elección entre las medidas de consumo y de renta viene determinada por la disponibilidad de datos. Lo importante aquí para calibrar el bienestar material actual es que ambas medidas se refieran a los hogares o a los individuos, y no al conjunto de la economía; y que los volúmenes de consumo, así como la renta real, se hayan obtenido con un deflactor del coste de la vida adecuado para que capten el flujo de servicios de consumo, ya sea directa o indirectamente como posibilidades de consumo derivadas de la renta disponible de los hogares. Dicho esto, el índice del coste de la vida no es específico para los distintos grupos de hogares.
Cabe mencionar aquí una cuestión empírica. Las encuestas sobre la renta o el consumo de los hogares, que son las fuentes estadísticas de información sobre la distribución, no son necesariamente totalmente compatibles con la información correspondiente de las cuentas nacionales. Las diferencias pueden surgir de la cobertura estadística y de las definiciones de renta o consumo. Por ejemplo, las medidas de las cuentas nacionales incluyen algunas imputaciones importantes como el consumo por cuenta propia de las viviendas ocupadas por sus propietarios y los servicios financieros medidos indirectamente (SIFMI) . Deaton (2005) examina las mediciones de la pobreza a partir de las encuestas de hogares y las cuentas nacionales y concluye: “Un problema importante es que el consumo medido a partir de las encuestas de hogares, que se utiliza para medir la pobreza, crece menos rápidamente que el consumo medido en las cuentas nacionales, en el mundo en su conjunto y en los grandes países, en particular India, China y Estados Unidos. En consecuencia, la pobreza medida ha descendido menos rápidamente de lo que parece justificar el crecimiento medido en los países pobres. Una causa plausible es que es menos probable que los hogares más ricos participen en las encuestas. Pero el crecimiento en las cuentas nacionales también está sesgado al alza, y el consumo en las cuentas nacionales contiene artículos grandes y de rápido crecimiento que no son consumidos por los pobres y no se incluyen en las encuestas. Así que es posible que el consumo de los pobres crezca menos rápidamente que el consumo nacional, sin que aumente la desigualdad medida” (p. 1).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
Tampoco se dispone de información regular sobre la distribución de las transferencias sociales en especie (servicios gratuitos de sanidad, educación o vivienda) entre los hogares. Francia ha sido uno de los primeros países en emprender un estudio que combina la información distributiva de las encuestas de hogares con la información sectorial de las cuentas nacionales para añadir información distributiva coherente a los datos de las cuentas nacionales sobre la renta del sector de los hogares (Fesseau y Le Laidier 2010). En el caso de Francia, los efectos redistributivos de las transferencias sociales en especie son evidentes: en 2003, antes de contabilizar estos servicios, la renta del 20% más rico de la población es algo más de 8 veces superior a la del 20% más pobre. Si se tienen en cuenta las transferencias sociales, la proporción desciende a 3,2. Un proyecto de la OCDE (Fesseau y Mattonetti 2013; Fesseau, Wolff y Mattonetti 2013) ha ampliado esta investigación a otros países con resultados similares. Estas cuestiones empíricas deben abordarse y pueden abordarse, como muestra esta investigación, para derivar medidas de la distribución de los recursos económicos totalmente compatibles con las cuentas nacionales.
En conclusión, los indicadores del bienestar material actual de la sociedad pueden desarrollarse en principio de forma coherente con las cuentas nacionales y, de hecho, podrían constituir el objeto de un trabajo regular sobre el bienestar material por parte de los organismos estadísticos y abordar así algunas preocupaciones con respecto al uso del producto interior bruto para este fin. El desarrollo de tales medidas es una cuestión de complementar, no de suplantar el producto interior bruto. De hecho, la literatura sobre la contabilidad de la renta real muestra cómo el producto interior bruto y el crecimiento de la productividad se convierten en una de las variables explicativas del crecimiento de la renta real y, por tanto, indirectamente del crecimiento del bienestar material de los hogares.
El bienestar material a lo largo del tiempo
Una vez tratada la elección de las medidas tipo contabilidad nacional más relevantes en la búsqueda de una expresión períodica o estática del bienestar material, pasaremos ahora a una consideración más dinámica. En un artículo que dio origen a toda una rama de la literatura sobre “contabilidad ecológica”, Weitzman (1976) demostró cómo en una economía simple y cerrada, una medida de la renta nacional neta real adquiere significado como medida dinámica del bienestar material. Demostró que, bajo ciertas absorciones, la renta nacional neta real es proporcional al valor actualizado del consumo que la economía es capaz de producir :
Una de las razones por las que el documento de Weitzman de 1976 ha sido ampliamente citado es que proporciona una justificación teórica para una forma intuitivamente atractiva de pensar sobre la renta nacional neta. En particular, proporciona un razonamiento formal para la interpretación de la inversión como consumo futuro. También existe un vínculo directo con la conocida definición de renta de Hicks (1939). En su forma más general, Hicks describe la renta como “…el valor máximo que [una persona] puede consumir durante una semana, y seguir esperando estar tan bien al final de la semana como lo estaba al principio”. Sefton y Weale (2006) muestran cómo las ideas de Weitzman pueden convertirse en una formulación rigurosa de la definición de Hicks. En particular, demuestran que, en una economía de mercado en pleno funcionamiento, la renta nacional neta real corresponde al consumo máximo posible que puede realizarse durante un periodo sin reducir la utilidad intertemporal de la sociedad. También demuestran que, para que esta interpretación sea válida, la renta nacional neta real y sus componentes deben expresarse en paquetes equivalentes de bienes de consumo, lo que equivale a deflactar la renta nacional nominal mediante un deflactor del consumo, un razonamiento que ha seguido la literatura sobre la contabilidad de la renta real.
Aunque estos resultados son instructivos, las absorciones necesarias para derivar el significado de bienestar de las medidas de renta neta son heroicas y la literatura posterior exploró algunas de las consecuencias de estas absorciones . Arrow et al. (2004) y Dasgupta (2009), en particular, prescinden de la idea de que la economía sigue un programa óptimo y derivan algunos resultados básicos con respecto a la renta neta.
Merece la pena abordar un último punto, ya que vuelve a introducir en escena el producto interior bruto. Una omisión importante en el análisis inicial de Weitzman (1976) fue la ausencia del cambio de productividad autónomo, es decir, los desplazamientos de la frontera de posibilidades de producción que dependen simplemente del tiempo y reflejan en gran medida uno de los principales motores del crecimiento económico, la innovación. Nordhaus (1995) fue el primero en demostrar que la renta neta por sí misma no es un indicador suficiente de las posibilidades futuras de consumo, y que necesita ser aumentada por los efectos del cambio técnico incorpóreo. Nuestras propias derivaciones anteriores también demuestran la presencia de los efectos del cambio de productividad actual y futuro en forma de ½(πAt+ πAt+1) – ΔAt. Como At/At-1 es el desplazamiento autónomo de la función del producto interior bruto en el tiempo, esta relación proporciona un vínculo prospectivo entre el producto interior bruto y el bienestar social. Los efectos son potencialmente importantes, porque los avances sin coste en la eficiencia técnica mejoran el bienestar material , y pueden mitigar el problema de que se agoten los recursos agotables debido a los avances tecnológicos orientados al producto . Tradicionalmente, el vínculo entre productividad y bienestar material había sido indirecto, ya que el crecimiento de la productividad aumentaba el producto interior bruto y, en consecuencia, las posibilidades de consumo concurrentes .
Para concluir sobre las medidas intertemporales del bienestar material desde la perspectiva de las cuentas nacionales: a pesar de las fuertes absorciones (o de los precios sociales difíciles de evaluar), la perspectiva intertemporal proporciona la justificación básica para considerar la inversión y, en combinación con el consumo corriente, la renta real neta como medidas relevantes para el seguimiento del bienestar material. El producto interior bruto hace su aparición de forma prospectiva, es decir, a través de los efectos del crecimiento futuro de la productividad, que se basa en un mayor producto interior bruto para un nivel dado de insumos. Esto no convierte al producto interior bruto en una medida del bienestar como tal, pero demuestra que este último depende del primero en más de un sentido. Una simplificación crucial en el enfoque intertemporal es la absorción de un único hogar medio . Parte del precio que hay que pagar por pasar de una medida concurrente del bienestar material a la Jorgenson a una medida intertemporal es, por tanto, renunciar a la heterogeneidad de los agentes económicos.
Conclusiones
El PIB es, ante todo, una medida de la actividad económica y de la producción, aunque se base en muchas convenciones. Aunque la producción está teóricamente bien definida, no existe una regla teórica sencilla para decidir si una actividad de producción concreta debe considerarse final o intermedia, contribuyendo así o no al producto interior bruto. Cuando el debate tuvo lugar, como en el caso de la producción gubernamental, la referencia necesaria fue el bienestar social. Esto constituye un primer caso en el que el producto interior bruto es diferente pero no ajeno al bienestar social.
El PIB no es una medida del bienestar, ni siquiera del bienestar material estrictamente definido. Ha habido intentos regulares de ajustar el producto interior bruto para acercarlo a una medida del bienestar, mediante la reclasificación de actividades y diversas deducciones y adiciones, con el ánimo de introducir una medida que refleje mejor las preferencias de los hogares y tenga en cuenta la depreciación y el agotamiento. Sin embargo, estos esfuerzos por transformar el producto interior bruto no han cobrado realmente fuerza, muy probablemente porque no existe una teoría bien articulada que indique el alcance y la naturaleza de los ajustes, pero también porque el producto interior bruto es tremendamente útil como medida de producción que hay que complementar pero no sustituir.
📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras: Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.Aunque el producto interior bruto y las medidas del bienestar material son distintas, están relacionadas al menos de cuatro maneras. El primer vínculo surge porque – casos muy estilizados aparte – definir el alcance del producto interior bruto requiere hacer referencia al bienestar social y a una perspectiva de consumo. El segundo vínculo existe en virtud del sistema de cuentas nacionales cuyo propósito es seguir la pista de la renta desde su creación como valor añadido hasta su distribución, redistribución y uso final en el consumo y el ahorro por parte de diversos sectores de la economía. En la medida en que el consumo y la renta de los hogares son indicativos de los determinantes del bienestar material medio, las cuentas establecen un vínculo sistemático entre la producción y los determinantes del bienestar material. Existe un tercer vínculo porque la teoría de la medición de los precios al consumo se inscribe en un marco de utilidad y los precios resultantes se utilizan para deflactar componentes importantes del producto interior bruto. Por último, resulta que en las medidas del bienestar social intertemporal que por necesidad están orientadas hacia el futuro, el producto interior bruto hace su reaparición por la necesidad de dar cuenta de los cambios futuros en la productividad, medida a su vez como el crecimiento previsto del producto interior bruto menos el crecimiento previsto de los insumos de trabajo y capital.
Una vía prometedora para calibrar el bienestar material actual a través del consumo o los ingresos reales de los hogares ajustados a la desigualdad es un complemento útil del producto interior bruto sin sustituirlo. Estas medidas ajustadas a la desigualdad de la renta o el consumo monetarios pueden ampliarse aún más para que las definiciones de renta y consumo sean totalmente coherentes con las cuentas nacionales y para captar dimensiones no materiales como la salud o el empleo valorándolas con una renta equivalente.
Revisor de hechos: Winters
Keynesianismo y Economía del Bienestar: Abba P. Lerner (1903-1982)
Economista académico estadounidense, nacido en Rusia y educado en gran parte en Inglaterra, Lerner fue uno de los primeros y más entusiastas conversos a la economía keynesiana.
Secuencia
Posteriormente, enseñó en varias universidades de los Estados Unidos, entre ellas la Universidad Estatal de Michigan y la Universidad de California en Berkeley. Su principal publicación fue The Economics of Control (1944) que combinaba los principios keynesianos con la economía del bienestar para producir un sistema completo de gestión económica aplicable por igual a las economías capitalistas o socialistas.
Datos verificados por: Conrad
[rtbs name=”teorias-economicas”]
Desarrollo histórico del Seguro Social y los Programas de Bienestar en Alemania
Sobre el desarrollo histórico del Seguro Social y los Programas de Bienestar en Alemania, véase aquí.
[rtbs name=”home-economia”]
Economía de Bienestar en la Teoría del Derecho
También de interés para Economía del Bienestar:- Derecho penal internacional
- Derecho medioambiental internacional
- Derecho Constitucional
- Derecho de los medios de comunicación
- Derecho Internacional de los Derechos Humanos
- Derecho y Política de Familia
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- Derecho del Espacio
- Derecho, teoría y política de la migración
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Economía del bienestar en Economía
En inglés: Welfare Economics in economics. Véase también acerca de un concepto similar a Economía del bienestar en economía.
Introducción a: Economía del bienestar en este contexto
La economía del bienestar intenta definir y medir el “bienestar” de la sociedad en su conjunto. Trata de identificar qué políticas económicas conducen a resultados óptimos y, en caso necesario, de elegir entre múltiples óptimos. Este tema puede interesar a los economistas profesionales. Este texto responde a tres preguntas fundamentales con tres teoremas fundamentales. En una economía competitiva, ¿será óptimo un resultado de equilibrio? ¿Puede alcanzarse algún resultado óptimo mediante un mecanismo de mercado modificado? ¿Existe una forma fiable de medir el bienestar social, o de derivar las preferencias de la sociedad a partir de las preferencias de los individuos? La respuesta negativa a la tercera pregunta se supera en parte con la teoría de la aplicación. Este texto tratará de equilibrar importantes preocupaciones teóricas con debates empíricos clave para ofrecer una visión general de este importante tema sobre: Economía del bienestar. Para tener una panorámica de la investigación contemporánea, puede interesar asimismo los textos sobre economía conductual, economía experimental, teoría de juegos, microeconometría, crecimiento económico, macroeconometría, y economía monetaria.
Datos verificados por: Sam.
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[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Véase También
- Teoría del Derecho Natural
- Teoría del Derecho Divino
PIB, contabilidad de la renta nacional, bienestar general, nivel de vida
Bibliografía
- Paloma Durán y Lalaguna: Notas de Teoría del Derecho. Castelló de la Plana. Publicaciones de la Universidad Jaume I. 1997
- Ignacio Ara Pinilla: Introducción a la Teoría del Derecho
- Brian H Bix: Diccionario de teoría jurídica. Instituto de Investigaciones Jurídicas. UNAM, 2009
- Mª. José Falcón y Tella: Lecciones de Teoría del Derecho. Madrid. Servicio de Publicaciones. Facultad de Derecho. Universidad Complutense de Madrid. 4ª edición revisada, 2009
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Éstos reflejan la relación de intercambio externa – el precio relativo de las importaciones – o la relación de intercambio interna, el precio relativo de los bienes de inversión. Los cambios en la relación de intercambio son relevantes para el bienestar material, ya que repercuten en el poder adquisitivo de los receptores de la renta: por ejemplo, si el precio de las exportaciones sube en relación con el precio de los bienes de consumo importados, la renta real aumenta, ya que con la misma renta nominal se adquieren más unidades de consumo.
La descomposición anterior capta la renta real en su origen y conduce naturalmente a la pregunta “¿quién es el destinatario último de esta renta real? El Sistema de Cuentas Nacionales rastrea el flujo de la renta primaria a la renta disponible disponible para el sector de los hogares, para el gobierno y para el sector empresarial, así como los flujos que existen entre ellos, por ejemplo en forma de impuestos, subvenciones o pagos de dividendos. Al final de este proceso se encuentra la renta bruta real disponible de cada sector. A partir de ahí sólo hay un pequeño paso para indagar sobre la distribución de la renta real entre los hogares y su utilización en el consumo o el ahorro real.
La relación anterior llama la atención sobre el hecho de que las medidas del bienestar intertemporal están inextricablemente ligadas a la riqueza. En el caso especial de que no haya cambios en la productividad, de que la utilidad marginal de la renta λ que transforma las unidades de bienestar social en equivalentes de consumo sea constante y de que los precios sociales del capital sean proporcionales a los precios reales observados de la inversión (PIt/PCt≡pIt=λπt), se deduce que el valor de la inversión neta en el periodo t es igual al cambio monetizado en el bienestar material futuro a lo largo del tiempo:
ΔVt/λ = ½(pIt+ pIt+1) – ΔKt
Así, la inversión real o el ahorro real son ahora interpretables como una medida del consumo futuro descontado. Como la renta neta real NIt se define como la suma del consumo actual y la inversión neta, ahora también puede interpretarse como una medida combinada del bienestar material actual e intertemporal, todo ello medido en unidades de consumo: NIt=Ct+½(pIt+ pIt+1) – ΔKt. También vemos que cuando el capital se mantiene exactamente intacto (½(pIt+ pIt+1) – ΔKt=0), el consumo máximo posible en esta situación corresponde a la renta neta NIt, que puede interpretarse entonces como la renta hicksiana (véase más arriba). Al mismo tiempo, es justo concluir que la justificación de considerar la renta real como una medida combinada actual y descontada del bienestar material requiere fuertes absorciones o medidas independientes de los precios sociales πt que serán difíciles de establecer dada su dependencia de las existencias actuales y de toda la trayectoria futura prevista de la economía. Aparte de eso, la derivación es sencilla e intuitivamente atractiva.