La civilización logró cosas de las que la sociedad gentil no era ni remotamente capaz. Pero las consiguió poniendo en marcha los más bajos instintos y pasiones del hombre y desarrollándolos a costa de todas sus otras capacidades. Desde el primer día hasta hoy, la avaricia ha sido el espíritu impulsor de la civilización; riqueza y otra vez riqueza y otra vez riqueza, riqueza, no de la sociedad, sino del único individuo escurridizo: éste era su único y último objetivo. Si al mismo tiempo el desarrollo progresivo de la ciencia y el florecimiento repetido del arte supremo cayeron en su regazo, fue sólo porque sin ellos la riqueza moderna no podría haber realizado completamente sus logros. Como la civilización se basa en la explotación de una clase por otra, todo su desarrollo procede en una constante contradicción. Cada paso adelante en la producción es al mismo tiempo un paso atrás en la posición de la clase oprimida, es decir, de la gran mayoría. Todo lo que beneficia a unos perjudica necesariamente a los otros; cada nueva emancipación de una clase es necesariamente una nueva opresión para otra clase. La prueba más contundente de ello es la introducción de la maquinaria, cuyos efectos son ya conocidos por todo el mundo. Y si entre los bárbaros, como vimos, la distinción entre derechos y deberes apenas podía ser trazada, la civilización hace que la diferencia y el antagonismo entre ellos sean claros incluso para la inteligencia más aburrida, al dar a una clase prácticamente todos los derechos y a la otra prácticamente todos los deberes.