Francia sigue dominando el mercado mundial (o global) de productos de lujo (sus marcas y su calidad son defendidas enérgicamente por el Estado). Se ha caracterizado la estrategia de Francia tras la Revolución como “el camino no tomado”: Francia no emuló la revolución industrial del laissez-faire británica. Una de las principales razones fue el peligro político que entrañaba ese camino en un país revolucionario y posrevolucionario. En su lugar, el Estado francés se propuso fomentar, guiar y proteger determinadas industrias mediante aranceles, subvenciones, promociones oficiales y formación; y defender la calma social y política mediante el control y la mediación legal. Al igual que en el siglo XIX, su economía y su sistema político parecían frágiles, por lo que la modernización prosiguió, como en el pasado, bajo la dirección y la protección del Estado. Éste adquirió unos poderes económicos, fiscales y sociales sin precedentes, y creó un complejo sistema de derechos y privilegios en el que la mayoría de la población tenía intereses.