Estado-Nación
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En inglés: Nation-State
Estado-Nación y Exclusión
No es raro encontrarse con afirmaciones que defienden los méritos de la nación y/o la exculpan de sus rasgos más inconvenientes y problemáticos. Por ejemplo, hay muchos que ven el compromiso con la nación como testimonio de un apetito saludable por la comunidad democrática (para un caso concreto más inclusivo, el de Brasil, véase). Éstas son las formulaciones generalizadas en las que se considera que un noble patriotismo constituye la premisa básica de la preocupación colectiva y el deber cívico. Hay otros de cosecha más marxista/posmarxista que ven la identidad nacional como la base para el pastoreo de las lenguas vernáculas populares de la clase trabajadora en torno a las cuales puede tomar forma una política crítica antimercado, antisistema y antiélite. También están los de una inclinación disciplinaria de Relaciones Internacionales que presionan a la nación como una practicidad necesaria mediante la cual las relaciones y procesos globales, de otro modo anárquicos, pueden agruparse en unidades territoriales funcionales. Esta postura -famosamente criticada tanto por Ulrich Beck (2007) como por Wimmer y Glick Schiller (2002) como ejemplar de “nacionalismo metodológico”- también casa con ciertas intuiciones antropológicas que ven las naciones como el índice indirecto de la cultura. Se trata de la tendencia inferencial a ver la identidad nacional como correspondiente a diferentes formaciones culturales: digamos, la cultura sueca frente a la italiana o la australiana frente a la india. Luego hay otros que ven en el espíritu colectivo de la nación un antídoto crucial contra los fundamentos burocráticos atomizadores, individualizadores y excesivamente racionalizados de la modernidad. Esta orientación de textura más tranquila considera que los lazos de la nación devuelven a la gente un sentido de finalidad, apego y afecto que la modernidad niega de otro modo. Éste es el legado perdurable del Romanticismo que, engarzado con otros programas y temperamentos políticos complementarios -ya sean conservadores, marxistas, liberales o realistas-, sigue confiriendo a la idea de nación una validez popular, pragmática y espiritual por igual.
El tratamiento del nacionalismo como informado por un comentario crítico consciente de la raza pone su énfasis en otra parte. Preocupados por estos diversos términos por los que la nación sigue apalancando una credibilidad popular, los análisis impulsados por la raza (véase, por ejemplo, sobre su filosofía) dirigen su atención más concertada a las premisas excluyentes por las que la nación obtiene su mandato político primario y más visceral. Estos estudiosos, en particular los asociados a los análisis de los años ochenta sobre los racismos “nuevos” y “culturales” emergentes, desarrollaron una comprensión de la nación como algo que siempre tiene como premisa lo que a menudo se denomina “Othering”. Al igual que Stuart Hall (1992) y Edward Said (1978 [2003]) concibieron famosamente las ideas coloniales de Occidente como vinculadas a la conjura de un Otro semiótico (ya sea “Oriente” o “el Resto”), los estudiosos críticos del nacionalismo han tendido a hacer hincapié en los términos por los que la identificación enfática de un “Otro(s) significativo(s)” es la forma en que la propia nación puede afirmarse de forma sustantiva (Triandafyllidou, 1998). En consonancia con las máximas de la lingüística estructural que sustentan un análisis más amplio de la cultura y la ideología, los estudiosos del nexo racismo/nación han tendido a centrarse en dos frentes clave de la afirmación nacionalista. En primer lugar, las afirmaciones civilizacionistas del Estado-nación europeo respectivo sobre la diferencia con respecto a los colonizados de otros lugares. Pero también los términos por los que las minorías domésticas racializadas se convierten en el florete negador de la nación mayoritaria. En cuanto a esto último, el papel del antisemitismo en el siglo XIX (McGeever y Virdee, 2017; Mosse, 1978) se considera un marcador especialmente emblemático de cómo la política nacionalista siempre ha girado tanto en torno a la distinción interna como a las distinciones situadas en la frontera ostensible.
Este desentrañamiento de mentalidad más estructuralista de la configuración “yo/otro” de la nación se ha visto aún más favorecido por posteriores deconstrucciones postestructuralistas de la propia idea de cultura que a menudo se indexa a la nación, una noción de identidad cultural cohesiva que a menudo se enmarca de forma antagónica contra las minorías de una nación. Sigue siendo un rasgo habitual del discurso moderno vincular las concepciones de la diferencia cultural a los mapeados de nación y etnia. La prevalencia habitual de esas lógicas “culturalistas” (Brah, 1996: 80) que los nacionalismos ayudan a sostener se vio sometida aquí a una tensión sostenida en medio del “giro textual” de la teoría cultural; cada vez resultaba más evidente que las reivindicaciones del contenido cultural demarcado por las fronteras de la nación carecían de credibilidad empírica. Por poner un ejemplo quizá frívolo, hay muy pocos elementos culturales comunes que puedan armonizar los dramáticos contrastes de clase y geográficos que separan el Liverpool de Wayne Rooney de los Cotswolds shires de Zara Tindall (de soltera Phillips). La cultura sigue siendo, en otras palabras, un conjunto de prácticas y orientaciones demasiado relacional, localizado, fluido e inestable como para situarlo de forma significativa a nivel de poblaciones nacionales. Por el contrario, de acuerdo con algunos de los análisis orientados a la globalización de las décadas de 1990 y 2000, las determinaciones de la cultura contemporánea a menudo se explican mejor a nivel de una industria comercial transnacional orientada en torno a motivos de Americana y la mitopoesis del Sueño Americano más ampliamente. Como señalaron Hobsbawm y Kertzer (1992: 8) en un irónico comentario sobre la política de extrema derecha:
Culturalmente, las bandas más militantes que apalean a los inmigrantes en nombre de la nación pertenecen a la cultura juvenil internacional y reflejan sus modos y modas, vaqueros, punk-rock, comida basura y todo eso. De hecho, para la mayoría de los habitantes de los países en los que la xenofobia es ahora epidémica, las antiguas formas de vida han cambiado tan drásticamente desde los años 50 que queda muy poco de ellas que defender. De hecho, hace falta alguien que haya vivido los últimos 40 años como adulto para apreciar lo extraordinariamente diferente que era la Inglaterra de incluso los años 70 de la Inglaterra de los años 40, y la Francia, Italia o España de los años 80 de aquellos países de principios de los 50.
Es muy posible que la tesis más explícita de la “globalización”, tal y como la insinúan los autores, haya quedado algo atenuada en los últimos años. Sin embargo, es innegable que un medio social/digital anglófono que sustituye a los vehículos culturales instituidos a nivel nacional sigue siendo especialmente pronunciado en el presente; esta realidad da a su vez más peso al argumento general de que la formación cultural debe situarse cada vez más a escala mundial.
Vemos aquí, en las crudas especificidades circunstanciales de la localidad por un lado, y en la escala transnacional de los medios sociales/americanos por otro, que la indexación de la cultura a la identidad nacional es simplemente una proposición en quiebra. De ello se deduce, por tanto, que el atractivo político duradero de la nación no puede leerse ingenuamente como una simple expresión natural de la comunalidad cultural. Se trata, sin embargo, de una presunción que se ha institucionalizado enérgicamente a través de diversos medios; al fin y al cabo, es en nombre de la nación como se autoriza al Estado. En otras palabras, la creencia de que la propia nación ostenta una integridad cultural inmanente se ensaya rutinariamente a través de los mecanismos institucionales centrales de lo que (Bhabha, 1994[2004]: 212-230) describe como las manifestaciones “pedagógicas” del Estado-nación. Como se realiza, por ejemplo: a través de la estandarización concertada de una lengua común, una estandarización que demostró y sigue demostrando ser mucho más difícil de lo que comúnmente se presume (Balibar, 1990: 344); a través de la intervención activa en la narración de una historia oficial, en particular en los programas escolares (Doharty, 2018); a través de la institucionalización preferente de las iglesias/religiones estatales o, como en Francia, la sacralización de un principio de laïcité, un principio que se dice que es exclusivo de la nación; a través de los tropos oratorios de las figuras del Estado; a través de las estructuras de financiación y comerciales de las producciones de la cultura popular, pero también de la financiación de la investigación académica; y, también, a través de los rituales más ceremoniales que escenifican la unidad nacional (Byrne, 2014) y la costumbre étnica, rituales que comprenden un conjunto de prácticas aparentemente banales que Billig (1995) denominó “abanderamiento” cotidiano.
En resumen, prevalece una inversión significativa por parte de las instituciones dominantes en la idea de nación. Sin embargo, también es cierto que la noción de cohesión cultural bien delimitada de una nación no es más que una insistencia institucional y discursiva que, por su propia falsedad, resulta a menudo incómoda e incompleta (Bhabha, 1994 [2004]). Como se ha mencionado anteriormente, es evidente que tales intentos institucionales de “abanderar” la nación seguirán siendo siempre frágiles, luchando por dar cuenta de forma convincente de los marcados localismos, las pronunciadas fracturas de clase, así como las mediaciones culturales decididamente globales que atraviesan tales reivindicaciones de nación. Los relatos críticos han señalado en este sentido que la fundamentación de la política nacionalista se obtiene mejor en otros lugares. Como ha argumentado Valluvan (2019) en otro lugar, las supuestas inversiones en la identidad nacional son en sí mismas inadecuadas para explicar toda la fuerza galvanizadora de la política nacionalista. Cualquier reivindicación de la identidad nacional es en sí misma demasiado delgada desde el punto de vista sustantivo, demasiado inestable desde el punto de vista conceptual y demasiado ilusoria desde el punto de vista afectivo para acarrear todo lo que generalmente se le pide a una política del nacionalismo.
Es aquí donde se hace visible el aspecto más distintivo del argumento de este capítulo. El nacionalismo podría, a saber, verse menos como una política de pertenencia y más como una política de no pertenencia, una política que se inspira en los procesos antes mencionados por los que se convoca a la existencia de Otras figuras frente a la nación. Figuras que, por supuesto, están frecuentemente racializadas. Inspirado por la crítica decisiva emitida por Hannah Arendt (1951 [1973]) en sus Orígenes del totalitarismo, un profundo cuerpo de erudición nos ha pedido que tomemos nota de los términos excluyentes por los que las naciones obtienen una definición simbólica y contra los que los nacionalismos orientan sus energías políticas. Arendt es especialmente útil aquí por su atención relativamente premonitoria a las formas coloniales de “pensamiento de raza” que de hecho estaban alimentando las imaginaciones embrionarias de Estado-nación que se estaban cimentando contemporáneamente en Europa. Arendt (1951 [1973]: 275) entendió célebremente la historia de la política del Estado-nación como la situación, que se representó y repitió a lo largo de los siglos XIX y XX, en la que la “nación conquista al Estado”. Ya imbuido en las lógicas intrínsecas de la propia Revolución Francesa, el nacionalismo era para Arendt los términos mediante los cuales los ideales ostensiblemente igualitarios de las revoluciones burguesas encontraban una articulación material e ideacional. Dicho de otro modo, la “libertad del hombre” tal y como se defendió en los éxtasis revolucionarios de la formación de los Estados-nación en Europa era, en realidad, la libertad de la nación y de sus autoproclamados yoes mayoritarios. Ésta es la política de la nación en la que cualquier libertad teórica gira fundamental y necesariamente en torno a las no-libertades y demagogias que se afirman contra aquellos pueblos que se entiende que no pertenecen a la nación en cuestión.
El majestuoso análisis que Arendt proporcionó aquí ha demostrado ser inestimable para tanto recuento crítico de la cuestión de la nación. Sin embargo, como se ha comentado ampliamente, también sigue siendo una observadora algo torpe y desigual de estas lógicas superpuestas de nación, alteridad y raza (Valluvan, 2019: 218). Estos temas y sus pivotes conjuntos se vislumbran aquí de forma más eficiente y expansiva a través del compromiso con los argumentos de varios estudiosos de finales del siglo XX, sin olvidar los formados en la tradición de los estudios culturales británicos decorados (CCCS), así como la estridente remodelación de la teoría poscolonial sobre cómo entendemos la modernidad, la pertenencia y la jerarquía.
Revisor de hechos: Ruth
Estado-Nación
El marco del Estado-nación moderno parece ser hoy en día el arreglo político más natural que uno puede pensar, y es difícil imaginar un arreglo político alternativo.
Sin embargo, el estado es una entidad relativamente nueva en la historia de la humanidad, como apareció hace solo unos 350 años.Entre las Líneas En nuestros tiempos, los procesos globales relacionados con la globalización erosionan la posición del estado como el principal definador del espacio geográfico humano. Los movimientos de capital, personas, tecnología, información, ideas-junto con el creciente poder e influencia de las corporaciones multinacionales y las organizaciones no gubernamentales (ONGs)-representan un desafío continuo al marco del estado y a la Organización de un sistema mundial (o global) compuesto por Estados soberanos.
Las condiciones que permitieron la creación del estado maduraron durante la edad media.Entre las Líneas En aquellos tiempos existían Marcos territoriales, dominados por Reyes (Francia, Inglaterra) que reivindicaban cierto tipo de soberanía.
Puntualización
Sin embargo, solo se alegó la soberanía, ya que detrás de esta aparición se encontraban débiles entidades políticas que poseían solo una vaga situación política y judicial. Estos marcos fueron divididos, internamente, en centros separados del poder, y la nobleza (por ejemplo, duques, Condes, etc.) eran de hecho gobernantes locales de áreas casi independientes. De hecho, el rey estaba en la cima de la jerarquía y se benefició de su estatus de “emisario de los dioses a la tierra”; sin embargo, en la práctica fue “el primero entre iguales.” Todas estas unidades territoriales fueron percibidas como distritos del imperio cristiano ideal (Res publica Christiana), grandes y Unidos, encabezados por dos: el emperador como gobernante político y el Papa como líder espiritual.
En la última parte de la edad media y con mayor vigor durante el renacimiento (entre el siglo XV y principios del siglo XVI), esta situación cambió. Las luchas de las dinastías sobre el poder, la revolución cultural (en China, la “Gran Revolución Cultural Socialista”, iniciada en 1966 por Mao Zedong (Mao Tse-tung, presidente de China en el período 1949-1976) (Mao Tse-tung) para revitalizar el celo revolucionario) del Renacimiento, la creciente importancia de las ciudades, y el desmoronamiento del orden feudal – todos llevaron a un cambio radical en la constelación política. Sobre las ruinas del gran imperio cristiano ideal, diferentes unidades territoriales – como Francia, España e Inglaterra – gradualmente empezaron a florecer. Estas unidades se basaban en el parecido étnico, lingüístico y cultural.Entre las Líneas En cada uno de estos reinos, se estableció un gobierno monárquico centralizado (“absolutismo real”), y el rey se había convertido en un gobernador centralista y autoritario, que se basó en aparatos burocráticos ramificados. El concepto de la “patria” (patria) estaba ahora lleno de nueva esencia: la referencia de la edad media a la “patria” como el lugar de nacimiento se convirtió en “el Reino”. Este último se convirtió en una entidad con características unificadoras culturales, políticas y nacionales.
Es común identificar el Tratado de Westfalia con el punto de inflexión que marcó la creación del estado moderno.Entre las Líneas En 1648, se firmaron contratos de paz que pusieron fin a la “guerra de los treinta años” (1618 – 1648) en el Sacro Imperio Romano, y la “guerra de los 80 años” (1568 – 1648) entre España y la República de los siete países bajos Unidos (examine más sobre estos temas en la presente plataforma en línea de ciencias sociales y humanidades). Representantes de España, los países bajos, Portugal y Dinamarca participaron en las negociaciones, y se convirtió en una conferencia de paz europea, en la que las relaciones entre las religiones y las cuestiones de soberanía territorial entre los países eran Resuelto.
Detalles
Los acuerdos de paz también marcaron la terminación del proceso de concesión de la soberanía territorial a los dirigentes de los países alemanes.
Puntualización
Sin embargo, estas entidades no eran todavía Estados nacionales modernos en el sentido pleno del término. Dos condiciones que son necesarias para un estado moderno – una congruencia perfecta (o al menos una ambición para tal) entre la nación y su marco político, y una percepción política basada en una voluntad común – solo surgieron de la Revolución Francesa.
El estado-nación moderno y la nacionalidad fueron creados a principios del siglo XVIII. La Revolución Francesa (véase un resumen, su esquema y sus etapas) y la guerra de la independencia de los Estados Unidos de América iniciaron el establecimiento de las democracias modernas tempranas, que eran la primera puesta en práctica de la opinión que identifica el estado como marco que representa una nación.
Un poco más adelante, dos progresos complementarios en pensamiento político aceleraron el desarrollo del concepto de un nación-estado. Por una parte estaba el crecimiento del pensamiento liberal (e.g., Hobbes, Locke, y Rousseau), que acentuaron la organización política bajo marco del estado, donde el individuo o la sociedad es el soberano en vez de Dios o el representante terrenal-el Rey.
Otros Elementos
Por otro lado estaba la aparición de enfoques románticos (por ejemplo, Fichte y Herder), que santifican la nacionalidad romántica y el concepto de “la gente” (maltesa), junto con el énfasis de raza y etnia.
La Revolución Industrial (véase también el impacto y las consecuencias de la industrialización) de los siglos XVIII y XIX y los cambios sociales que inició, así como las tendencias del secularismo y la disminución del estatus de la iglesia, intensificaron la necesidad de nuevas fuentes de identificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Fue la nacionalidad la que proporcionó sentimientos de pertenencia, identificación, seguridad y solidaridad en un mundo en el que sus valores estaban cambiando radicalmente.
El siglo XIX fue testigo, por tanto, de la propagación de la nacionalidad en Europa y, a continuación, del desarrollo de los Estados-nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los nuevos Estados eran entidades políticas unificadas con un denominador nacional común y un sentimiento nacional que precedía al marco político; y por lo general se establecieron después de una lucha nacional. La “primavera de las Naciones” en 1848 – y la unidad de Italia (1861) y Alemania (1871) que siguieron – agilizaron el viraje del Estado-nación en el marco político principal que organizó las relaciones internacionales (más detalles sobre relaciones internacionales y las tensiones geopolíticas en nuestra plataforma), así como las relaciones entre colectivos organización y gobernanza central.
Puntualización
Sin embargo, al lado de los Estados-nación, los imperios multi-étnicos continuaron existiendo: los imperios austro-húngaro, otomano, Ruso, y británico. La desintegración de los imperios Europeo y otomano, y el establecimiento de la Liga de las Naciones (1919) y más tarde de las Naciones Unidas (1946) – que reconoció el derecho de las Naciones a la libre determinación – dio más impulso a los Estados-nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Muchos Estados que estaban bajo la ocupación colonialista empezaron a exigir la emancipación política, y no fue mucho antes de que muchos países de Asia y de África eventualmente (finalmente) ganaran la independencia.
Con la disolución del bloque del este a finales del siglo XX, parecía que la edad de oro de la nacionalidad había llegado a su fin, y que la democracia había ganado. Algunos incluso anunciaron que la historia había llegado a su fin. La nacionalidad y los Estados-nación han empezado a ser desafiados por las nociones más amplias del universalismo (la creencia de que es posible descubrir ciertos valores y principios que son aplicables a todas las personas y a todas las sociedades, independientemente de las diferencias históricas, culturales y otras) de la raza humana por un lado, y por las ideas más estrechas del particularismo étnico y religioso por otro lado. Esta constelación post-nacional fue manifiesta, por ejemplo, en el apogeo de la Unión Europea a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI.
Sin embargo, los rumores de la desaparición del Estado-nación y de la nacionalidad han sido muy exagerados. El fin del Milenio y el comienzo del siglo XXI fueron testigos del florecimiento de las nuevas tendencias de la nacionalidad.Entre las Líneas En las regiones que estaban formalmente bajo la opresión soviética – Europa del este y central, la región báltica y el Cáucaso – la nacionalidad comenzó a surgir. Estas tendencias no eludieron a Europa occidental, donde los vascos en España, los escoceses y los irlandeses en Gran Bretaña, los corsos y los bretones en Francia, y los austriacos en el Tirol del sur también exigieron los derechos nacionales. Al mismo tiempo, en otras regiones del mundo, varios grupos nacionales (por ejemplo, tamiles, kurdos y palestinos) continuaron su lucha por la independencia, buscando expresar su nacionalidad bajo un marco de Estado-nación.
En general, uno de los principios elementales que definen la soberanía del estado es su monopolio sobre el uso de la fuerza y la violencia en un territorio determinado.
Puntualización
Sin embargo, las características adicionales, únicas en los Estados-nación, lo diferencian de las formas políticas anteriores, y constituyen el prototipo del Estado-nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Entre las Líneas En primer lugar, y tal vez lo más importante, los Estados-nación ven el marco del estado como una herramienta para ganar y preservar la unidad nacional, en todas las dimensiones que constituyen la vida pública. Por otra parte, entre el estado y la nación debe existir (o se desea existir) congruencia completa. Incluso en los casos en que un país se compone de más de una nación, se esforzará por obtener una congruencia entre el grupo nacional dominante y el marco político.Entre las Líneas En segundo lugar, los Estados-nación se refieren casi de forma sagrada a su territorio y crean un vínculo entre el territorio y el marco político. Tercero, los Estados-nación poseen un mecanismo único y centralizado de la administración pública. Incluso si en algunas constelaciones existe una administración pública regional, será subordinada al gobierno nacional central.Entre las Líneas En cuarto lugar, la cultura nacional existe en los Estados-nación, y en los casos de múltiples nacionalidades, existe una cultura nacional dominante. Esta cultura nacional es creada por los agentes del estado (como los del sistema educativo), y es expresada por el lenguaje, y otras formas culturales, compartidas por el pueblo de la nación.
Una de las preguntas más polémicas más básicas es: ¿qué vino primero-la nación o el estado? Un enfoque afirma que la nación precedió al estado y que ésta es una herramienta para que la nación adquiera soberanía sobre un territorio determinado. Otros afirman que la nacionalidad es un producto de la política del gobierno, cuyo objetivo es crear la unidad en un marco político preexistente.
En el contexto de este debate, se pueden identificar tres tipos de nacionalidades: la primera es la “nacionalidad étnica” (por ejemplo, Israel), que se basa en un origen común (étnico y/o racial), una historia única compartida, una conexión con un territorio específico, una religión compartida y símbolos, y una memoria colectiva. La segunda es la “nacionalidad política” (por ejemplo, los Estados Unidos), que es creada por un colectivo que se unifica en torno a un principio político acordado, como la libertad, los derechos, la igualdad, la soberanía, la autodefinición, la autoridad representativa, etc. La tercera es “nacionalidad civil-territorial”, que asume que toda persona que vive en el territorio del estado puede, si lo escoge, ser parte de la nación (por ejemplo, Francia). Considerando que el primer tipo considera la nacionalidad como algo en el que se ha nacido, el segundo y el tercer tipo se basan en la aceptación de un conjunto de valores comunes, o una presencia continua en un territorio; eso es, asuntos de libre albedrío.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
De cualquier manera, uno de los conceptos clave con respecto al elemento unificador de un Estado-nación es lo que Anderson (1983) llamó “comunidades imaginadas”: una nación existe ante todo como una idea en la mente de la gente. Cuatro propiedades caracterizan a la comunidad imaginaria: en primer lugar, se imagina porque está relacionada con un gran grupo de personas donde los individuos no pueden conocerse. De ahí la necesidad de un individuo de “imaginar” una conexión con otros para crear cimientos compartidos.Entre las Líneas En segundo lugar, es imaginado porque cada nación, por grande que sea, necesita una definición que la distinga de otras naciones vecinas.Entre las Líneas En tercer lugar, el estado se imagina soberano, que significa “libre”.Entre las Líneas En cuarto lugar, la sociedad se imagina como una entidad en la que su unidad es profunda, multidimensional y amplia.
Las tendencias relacionadas con la globalización generan un vasto debate sobre el presente y el futuro del Estado-nación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Podemos esbozar tres enfoques principales de esta cuestión: el primer enfoque afirma que las tendencias mundiales, incluida la intensificación de las conexiones globales, erosionan la denominada soberanía del estado. Algunos incluso predicen que estas tendencias eventualmente (finalmente) causarán la extinción del Estado-nación soberano. No todo el mundo cree que se trata de un desarrollo problemático: algunos lo acogen con beneplácito, ya que afirman que el estado-nación tradicional tiende, por definición, a enfatizar los intereses especiales internos, evitando así el desarrollo humano global.
El segundo planteamiento afirma que la globalización no erosiona necesariamente la soberanía del estado. El poder de las tendencias globales no es tan fuerte como parece, y no perjudicará esencialmente a la nación-estado.
Otros Elementos
Además, el estado puede, si decide, renunciar o incluso desactivar las restricciones globales, cuando se percibe que limitan la autonomía del estado. Otros creen que las tendencias mundiales no solo no perjudican al estado, sino que en algunos casos podrían incluso fortalecerla.Entre las Líneas En cualquier caso, este enfoque cree que el estado-nación ha permanecido como el jugador global más poderoso, y que puede controlar las influencias globales. Los Estados, especialmente los grandes, han seguido siendo las fuerzas centrales que disciplinan a las fuerzas globales.
El tercer enfoque afirma que, aunque la globalización no plantea una amenaza a la existencia del Estado-nación, las tendencias globales crean cambios en las funciones y estructuras del estado. Hoy en día, la soberanía tiene diferentes significados y dinámicas que en el pasado, y el sistema estático de Westfalia está experimentando cambios estructurales básicos, que lo modifican para hacer frente a los desafíos globales.Entre las Líneas En las condiciones únicas creadas por la globalización, los aparatos estatales están obligados a cambiar para poder gobernar. La autoridad se convierte en “de varias capas” y se extiende “sobre” y “debajo” del estado. El hecho de que los actores privados de la sociedad civil desempeñen funciones tradicionalmente dentro del ámbito del estado obliga a estos últimos a reconocer que incluso en el ámbito del gobierno ya no es un jugador único, a veces ni siquiera uno esencial.
Las tendencias globales ponen énfasis en los Estados-nación “desde arriba”, de tres maneras principales: primero, el estado es desafiado en su capacidad y disposición a mantener la soberanía única sobre la distribución del poder dentro de sus fronteras. Las corporaciones globales, las organizaciones internacionales, los individuos y los grupos: todos se convierten cada vez más en actores centrales, tanto en el ámbito internacional como en el local, erosionando al mismo tiempo el poder del estado.Entre las Líneas En segundo lugar, la idea del estado de bienestar es impugnada debido a la erosión de la obligación del estado al bienestar de sus ciudadanos, y al abandono de la esfera social y económica a las vicisitudes de las fuerzas del mercado. A este respecto, se pueden identificar varios factores clave (que aún son eficaces, incluso después de la última crisis económica mundial): la unificación de los mercados nacionales en un mercado global, el flujo de capital a lugares donde la fuerza de trabajo es barata, la tecnología sustituye el trabajo manual, y el surgimiento radical de una ideología neoliberal que promueve la minimización de la implicación del gobierno en los asuntos sociales y económicos. Estas tendencias marcan la transición del Estado-nación de un Estado capitalista organizado a un Estado capitalista no organizado, o de un estado de bienestar a un estado de competencia. Quedan por verse los efectos a largo plazo (véase más detalles en esta plataforma general) de la reciente crisis mundial (o global) sobre estos aspectos del estado.
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Por lo tanto, el nuevo Estado-nación del siglo XXI es glocal: una constelación en la que el estado es desafiado por las fuerzas “desde arriba” y las fuerzas “desde abajo”, y por lo tanto erosionadas en las perspectivas organizacionales, de identidad y culturales. Está siendo desafiado por fuerzas que buscan fusionarlo con su ambiente exterior mucho más grande, y está siendo desafiado por patrones de identificación comunal, que buscan desmantelarlo en unidades más pequeñas. Las tendencias globales supuestamente subvierten las tendencias locales existentes, pero también las inflaman e intensifican. Así, lo global y lo local se unen mutuamente: el primero saca su legitimidad de lo “nuevo” y este último saca su legitimidad de lo “antiguo”. Esta es la base de nuestra condición humana: por un lado, una unificación sin precedentes y, por otra, una desintegración sin precedentes.
Autor: Williams
Estado Nación en Sociología
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Recursos
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[1] El derecho internacional de Oppenheim, vol. I (Paz), 9ª ed. Jennings y Watts, 1992, pp. 120-122.[2] Ver Brownlie, Principles of Public International Law (6ª ed., 2003), pp. 75-76; Crawford, The Creation of States in International Law (2ª ed., 2006), págs. 89-95.
Véase También
Unión Europea; La globalización desde abajo; Glocalización Comunidades imaginadas; Organizaciónes no gubernamentales internacionales; Nación Identidad nacional; Nacionalismo Globalización política; Poscolonialismo Soberanía Naciones Unidas; Estado de bienestar; Tratado de Westfalia.
Bibliografía
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