Las sobredosis de fármacos opiáceos, incluidos los potentes analgésicos de venta con receta y la heroína, han matado a casi 250.000 estadounidenses desde el año 2000 al 2016, lo que ha llevado a muchos expertos a comparar la crisis con las epidemias de VIH y SIDA. La adicción a los opiáceos, que antes era una afección de las minorías urbanas, se ha extendido a todos los rincones de Estados Unidos, afectando especialmente a los adultos jóvenes y a los blancos. Un estudio ha descubierto que hay más adultos que consumen analgésicos con receta que cigarrillos, tabaco sin humo y puros juntos. A medida que aumenta el consumo de opiáceos, impulsado en parte por una avalancha de heroína barata procedente de México, las autoridades, alarmadas, tratan de encontrar la manera de combatirlo. En julio de 2016, el Presidente Obama firmó un proyecto de ley que fomenta la ampliación de los programas de tratamiento y el desarrollo de alternativas a los analgésicos opiáceos. Pero muchos expertos están divididos sobre la mejor manera de ayudar a los adictos a los opioides. Algunos abogaban por suministrarles dosis limitadas para controlar su adicción, mientras que otros afirmaban que ese enfoque empeoraría la crisis.