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PostCapitalismo

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Post-Capitalismo

Este elemento es una profundización de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre este tema. [aioseo_breadcrumbs] En inglés: Post-Capitalism.

La visión de una sociedad poscapitalista en el joven Marx

Tan pronto como Marx anunció su conversión al comunismo, comenzó a entablar intensos debates con otras tendencias radicales sobre su comprensión de la alternativa al capitalismo. Al igual que sus compañeros revolucionarios, se opuso fuertemente a la propiedad privada de los medios de producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).

Puntualización

Sin embargo, en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, él discrepa con lo que él llama “groseros comunistas”, que presumen que la abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de la propiedad privada y su reemplazo por la propiedad colectiva constituye la suma y la sustancia de la liberación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Marx discrepa fuertemente, en base a que “comunismo crudo” representa una “negación abstracta de todo el mundo de la cultura y la civilización” (Marx [1844] 1975b: 295) en el que el trabajo alienado “no se elimina, sino que se extiende a todos hombres. ”(Marx [1844] 1975b: 294). Conduce a una sociedad, sostiene, en la que “la comunidad [es] el capitalista universal” (Marx [1844] 1975b: 295). Una “nivelación hacia abajo de un mínimo preconcebido” no trasciende al capitalismo sino que lo reproduce con un nombre diferente. La expresión más completa de esto es que en un sistema así “una mujer se convierte en una propiedad comunitaria y común” (Marx [1844] 1975b: 294).

La crítica es política, pero se basa en una perspectiva filosófica: la dialéctica de negatividad de Hegel. A diferencia de Feuerbach, quien rechazó la “negación de la negación” de Hegel como una ilusión idealista, en 1844 Marx considera que expresa “el movimiento real de la historia” (Marx [1844] 1975b: 336). Argumenta que la negación de la propiedad privada es solo una primera negación “abstracta”, ya que su objeto de crítica es una relación jurídica en el nivel superficial de la sociedad. Se necesita una negación de esta negación para enfocar el proyecto emancipatorio en el tema esencial: la transformación de las condiciones del trabajo. “Cuando se habla de propiedad privada”, escribe Marx, “se trata de algo externo al hombre. Cuando se habla de trabajo, se trata directamente del hombre mismo. Esta nueva formulación de la pregunta ya contiene su solución “. Marx adopta críticamente la concepción de Hegel de que el movimiento hacia adelante se produce a través de” la negación de la negación “para su proyecto revolucionario. Al hacerlo, desarrolla una concepción del socialismo que va más allá del nivel superficial al enfatizar la transformación de las relaciones humanas en el punto de producción y en la sociedad en general.

Una Conclusión

Por lo tanto, escribe que el comunismo genuino (que él equipara a “un naturalismo o humanismo completo”) “es la posición como la negación de la negación”.

Puede parecer que Marx tiene una opinión diferente en el Manifiesto comunista, que dice que “la teoría de los comunistas puede resumirse en una sola oración: Abolición (p. 759) de la propiedad privada”.

Puntualización

Sin embargo, justo antes de esto, escribe “La abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de las relaciones de propiedad existentes no es en absoluto un rasgo distintivo del comunismo” (Marx y Engels [1848] 1976a: 498). Marx no se contradice a sí mismo, ya que por “propiedad privada” no quiere decir propiedad individual contra propiedad colectiva o estatal. La “propiedad privada” se refiere a la propiedad de clase, a una clase distinta de la clase trabajadora que posee los medios de producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). A menos que este último esté bajo el control efectivo (y no solo nominal) de la clase trabajadora, difícilmente haga mucha diferencia si la forma de propiedad es individual o colectiva. Por eso enfatiza, después de discutir la base de clase de las relaciones de propiedad, “En este sentido, la teoría de los comunistas puede resumirse en una sola oración: Abolición de la propiedad privada” (Marx y Engels [1848] 1976a: 498).

Marx se involucró en polémicas con muchos otros sobre su comprensión defectuosa de la alternativa al capitalismo, entre ellos, Pierre-Joseph Proudhon, quien buscó organizar el intercambio en lugar de transformar las relaciones sociales de producción. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Sobre la base de la teoría del valor del trabajo ricardiano, argumentó que el dinero debería ser reemplazado por fichas de tiempo o notas laborales que expresan el “valor real” de los productos básicos. Dado que, tal como él lo vio, el valor de un producto es igual al valor del trabajo que lo crea, una organización de intercambio que calcula los salarios sobre la base del valor del producto elimina la necesidad de una clase de intermediarios, como banqueros y los capitalistas Marx lo critica con el argumento de que “la igualdad de salarios, como lo exige Proudhon, solo transforma la relación del trabajador actual con su trabajo en la relación de todos los hombres con el trabajo. La sociedad es concebida como un capitalista abstracto ”(Marx [1844] 1975b: 280). Más tarde, en su profunda crítica en el Grundrisse, se refiere a esta tendencia como querer tener capitalismo sin los capitalistas.

Marx se opuso a las relaciones de mercado anárquicas, ya que obligan a la humanidad a producir por el bien de una entidad abstracta e impersonal en lugar de para las necesidades humanas.

Puntualización

Sin embargo, como deja en claro su crítica de Proudhon, la mera abolición (nota: el abolicionismo es una doctrina contra la norma o costumbre que atenta a principios morales o humanos; véase también movimiento abolicionista y la abolición de la esclavitud en el derecho internacional) de un mercado “libre” no constituye el socialismo. [rtbs name=”socialismo”] [rtbs name=”revolucion-social”] Como señaló Dunayevskaya (1958: 51–52):

Marx argumentó que tratar de “organizar el intercambio”, tratar de poner orden en la anarquía del mercado en una sociedad basada en la producción industrial, debe significar su organización de acuerdo con la división del trabajo en la fábrica donde se encuentra la autoridad del capitalista. indiscutible. Tratar de llevar ese “principio de autoridad” a la sociedad en su totalidad solo podría significar someter a la sociedad a un solo maestro.

La crítica de Marx a Proudhon representa una notable anticipación de los defectos de los regímenes “socialistas” del siglo veinte, que buscaban extender el “orden” de la fábrica a las relaciones de mercado.

La crítica de Marx a las tendencias que definen el proyecto emancipador por oposición a la propiedad privada y al mercado sugiere que si una crítica del capitalismo se limita a la superficie, a un nivel fenomenal, la comprensión de la alternativa al capitalismo se limitará a la superficie, a un nivel fenomenal. Una visión superficial y errónea de la alternativa al capitalismo se deriva necesariamente de una visión superficial y errónea de la lógica del capital. Marx no tenía una comprensión superficial o errónea de la lógica (pág. 760) del capital, y es por eso que su crítica de la economía política, a pesar de sus innumerables objeciones al utopismo, proporciona información vital sobre lo que constituye una alternativa a ambos “libre mercado”. Capitalismo y socialismo estatista o comunismo. La máxima expresión de esto se encuentra en su mayor obra teórica, “El capital.”

Autor: Black

[rtbs name=”economia-global”]

Globalización y Sistema Capitalista

Dos reseñas de la revista “Libros de Economía y Empresa” sobre el libro “Cómo hacer que funcione la globalización”:

“El (libro) que tenemos entre manos se ocupa del comportamiento del capitalismo actual (sobre todo, en el ámbito mundial) con el propósito de mejorarlo, con criterios tanto éticos como de eficacia.

Desde su tránsito por la Administración estadounidense (como jefe del equipo de asesores (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “assessors” en derecho anglo-sajón, en inglés) del presidente Clinton) y por el Banco Mundial (como economista jefe y vicepresidente senior) Stiglitz, académico de prestigio y premio Nobel de Economía, ha seguido una línea de publicaciones en la que se entremezclan el análisis crítico, la denuncia y el reformismo (Stiglitz, 2002 y 2003).

Lo que al autor le interesa es el análisis y la reforma de las prácticas existentes en la economía mundial, siendo de todo punto anecdótico el que las agrupe bajo un término, globalización, que para él no es más que una forma cómoda de referirse a las relaciones económicas (véase también Relaciones Económicas Internacionales, Cooperación económica internacional, Globalización, Integración económica, Movimientos Internacionales de Capital, Organizaciones Internacionales, Sistemas Monetarios, y Uniones económicas)internacionales actuales.

El substrato teórico y metodológico del libro procede de trabajos académicos previos del autor y de su experiencia como asesor del gobierno y como observador de la economía mundial. Una mirada marcada por la tesis sobre la importancia de las instituciones, la funcionalidad y las limitaciones del mercado, la necesidad y límites de la intervención pública, la existencia de tramas de intereses y de relaciones de poder, una mirada, en fin, que busca la equidad y que asume que la pretensión de una estrategia única en un mundo heterogéneo es disfuncional:

– No cabe entender una economía moderna sin instituciones, el mercado y el Estado entre otras, todas imperfectas, todas y cada una con el reto de aprender de los éxitos y los fracasos, con la necesidad de mejorar su calidad, una tesis alejada del pensamiento asimétrico que considera que unas (el mercado) son capaces de sanar sus fallos, mientras que otras (los poderes públicos) padecen una imposibilidad consustancial de superar los suyos.

– Los mercados son esenciales pero, a menudo, no consiguen buenos resultados, porque tienen limitaciones que les impiden actuar eficientemente cuando no se dan las condiciones requeridas; por ejemplo, en presencia de información asimétrica.

– La intervención del Estado, aunque a veces, o incluso a menudo, sea menos eficaz de lo que cabría esperar, ofrece posibilidades en la provisión de educación, estructuras legales, infraestructuras, seguridad social, regulación de la competencia, los bancos y el medio ambiente, con campo también abierto en el mantenimiento del pleno empleo, la búsqueda activa del crecimiento, la igualdad y la estabilidad social.

– En el mundo real existen grupos sociales, con intereses particulares, que pueden llegar a ser tan poderosos como para modelar en función de ellos el sistema actual y resistirse, luego, a su cambio; en concreto, “los países más ricos crearon un régimen comercial global al servicio de sus propios intereses corporativos y financieros “(18).

– No tiene sentido que en un mundo con tanta riqueza y abundancia haya tanta gente que viva con tanta pobreza, en especial si su existencia, junto a la de la desigualdad, tienen un enorme coste (o costo, como se emplea mayoritariamente en América) y su reducción puede ser menos costosa de lo que auguran los conservadores.

– Pretender imponer una estrategia única sería peligroso; no hay fórmulas de validez universal, de modo que “cada país debe saber, en cada momento, cuál es la combinación adecuada de Estado y mercado” (79).

– No ya el puro y duro crecimiento económico, sino que ni siquiera el más complejo bienestar económico son los únicos valores que deben orientar el comportamiento social; hay en juego otros valores, que permiten afirmar que “otro mundo es posible y, más aún, que otro mundo es necesario e ineludible” (52).

Stiglitz no es un peligroso revolucionario, ni siquiera un heterodoxo en sentido fuerte; es un economista del sistema, por el paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a seguir para resolver alguna situación determinada) conceptual en el que se mueve, por las restricciones que asume y por los objetivos que pretende, aunque no puede causar sorpresa que desde el acientífico fundamentalismo de mercado y desde la visión de un único mundo posible, el existente, percibido sin intereses sociales de parte y sin relaciones de poder, su discurso sea considerado contaminado, inconsistente y subversivo.

Es curioso que dos de los más conocidos libros de Stiglitz de esta década lleven el término globalización en su título, cuando se trata de un concepto que ni delimita ni realmente utiliza. Algunos podrían decir que no es así en apariencia, porque no se recata en atribuirla un papel protagonista que le permite decir que, a pesar de que a principios de la década de 1990 se la recibió con euforia, la globalización ha decepcionado, que la globalización no cumplió sus promesas (36).Si, Pero: Pero hay cierta desgana cuando intenta delimitarla, como si fuera algo tan obvio que no requiere definición. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Veámoslo: “La globalización abarca muchas cosas: flujo internacional de ideas y conocimientos, intercambio cultural, sociedad civil global y movimiento global a favor del medio ambiente.

Puntualización

Sin embargo, este libro trata sobre todo de la globalización económica, lo cual implica la integración económica cada vez más estrecha de todos los países del mundo a través del flujo creciente de bienes y servicios, capital e incluso trabajo” (28). Un tratamiento que permite intuir lo que entiende por tal, pero que ni conlleva una acotación temporal significativa ni una caracterización sistemática.

Indicaciones

En cambio, es mucho más preciso cuando aborda las cuestiones cruciales que en su opinión implica, relativas al impacto en la desigualdad, al déficit democrático y a la ausencia de pensamiento global (cap.10).

Falto de una caracterización sistémica de la globalización económica, la mayor riqueza del libro late en los análisis parciales de las principales relaciones económicas (véase también Relaciones Económicas Internacionales, Cooperación económica internacional, Globalización, Integración económica, Movimientos Internacionales de Capital, Organizaciones Internacionales, Sistemas Monetarios, y Uniones económicas)internacionales y en las propuestas que sugiere para mejorar su funcionalidad y sus efectos, recorriendo sucesivamente la dimensión ambiental, el comercio mundial, las finanzas internacionales y las empresas multinacionales.

Se acerca a la dimensión ambiental asumiendo con honestidad las alarmantes predicciones científicas y sin ocultar la existencia de incertidumbre y de bienes públicos globales. A partir de ahí, razona desde la base epistemológica de sus investigaciones teóricas anteriores, concretable en la funcionalidad limitada (de ambos) y la necesaria complementariedad entre mercado (utilizable no solo espontáneamente, sino de forma orientada) e intervención pública (tradición y experiencia de intervención de las sociedades democráticas), sin salirse del paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a seguir para resolver alguna situación determinada) económico tradicional (tragedia de los comunes, existencia de externalidades negativas) y sin llegar a formular con todas sus implicaciones el carácter abierto del sistema económico, lo cual no le impide abrirse a la utilización decidida de los instrumentos disponibles, con criterios económicos y de justicia social.Entre las Líneas En lo que concierne al calentamiento global, su análisis de la virtualidad y dificultades del sistema de cuotas de Kyoto es realista y a la vez atrevido, ya que postula la utilización de sanciones comerciales a Estados Unidos, sin dejar de considerar otras opciones, alternativas o complementarias, que van desde la imposición de una tasa común a las emisiones generadoras de efecto invernadero a subvenciones a la plantación de bosques y a la evitación de la deforestación, solicitando actitudes y medidas diferenciadas a los países en vías de desarrollo, a Estados Unidos y a Europa.

Al aproximarse al comercio mundial, parte de que la teoría no dice lo que dicen que dice, la práctica no se guía por criterios teóricos y muchos de los utilizados son sesgados, hay lógicas no reducibles a lo mercantil e incluso de rango superior y, finalmente, los acuerdos mercantiles existentes pueden ser inteligentemente utilizados con otros objetivos. La teoría de la liberalización comercial opera bajo el supuesto de mercados perfectos y solo promete que se beneficiará el país en conjunto; además, son las exportaciones, y no la eliminación de las barreras comerciales, las que actúan como fuerza motora del crecimiento, sin que pueda inferirse que la mera liberalización comercial conduzca de manera automática a más crecimiento y desarrollo; nada garantiza que el crecimiento llegue lentamente para beneficiar a todos, más aún, la propia teoría predice que en la liberalización comercial habrá quien salga perdiendo; la observación de la realidad ofrece múltiples ejemplos de cómo la negociación comercial está penetrada por intereses y condicionada por ellos, lejos de cualquier principio de “racionalidad económica”. A partir de estas tesis, no puede extrañar que recoja propuestas habituales en los enfoques críticos, dotándolas en ocasiones de argumentación teórica y postulando que hacerlo iría en beneficio de los propios países desarrollados (tratamiento diferente para los subdesarrollados, actitud ante el comercio agrícola, gradación de aranceles, forma de abordar los servicios intensivos en trabajo no cualificado y la migración, barreras no arancelarias, restricción de los acuerdos comerciales bilaterales y necesidad de emprender reformas institucionales).

Se demora en el caso de las patentes y considera que “las leyes de propiedad intelectual nos ofrecen el ejemplo más dramático del conflicto entre valores y acuerdos comerciales” (p.173), postulando un régimen de propiedad intelectual orientado al desarrollo, en el que los regímenes particulares puedan ser distintos, aunque sobre una base de mínimos comunes, llegando a afirmar que las decisiones concernientes a la propiedad intelectual no deben tomarse en el senode la Organización Mundial de Comercio (OMC), sino dentro de una Organización Mundial de la Propiedad Intelectual reformada (p.172).

Aborda la problemática de las finanzas internacionales a dos niveles, uno más técnico sobre el sistema global de reservas, otro más operativo sobre la deuda externa. Analiza el funcionamiento del actual sistema global de reservas desde la triple perspectiva del país de la moneda de reserva, de los países que se ven obligados a acumular moneda de reserva y del sistema monetario global; los países en cuya moneda se guardan las reservas obtienen préstamos a bajo coste, a la vez que generan demanda en el resto del mundo, con el problema de que la persistencia de su déficit comercial les endeuda y termina por minar la confianza en su moneda; los países obligados a acumular moneda de reserva pagan un coste (o costo, como se emplea mayoritariamente en América) por la diferencia de tipos de interés, a la vez que se da en ellos una transferencia subyacente del sector público (que tiene que constituir las reservas) al privado (que puede acceder a préstamos); es, sin embargo, en el sistema monetario global donde los efectos son más perversos porque tiende a deprimir la economía global, la hace sistémicamente inestable e induce flujos de dinero de los países pobres a los países ricos. Ante estas constataciones, su propuesta de reforma tiene resonancias keynesianas, ya que postula que la comunidad internacional adopte como divisa fuerte una nueva modalidad de moneda fiduciaria, coincidiendo todos los países del mundo en el cambio de esa moneda por la suya propia cuando lo juzguen necesario, por ejemplo, en épocas de crisis; no oculta que esos fondos tienen que ser administrados, a cuyo fin contempla opciones y hace sugerencias, concluyendo que “después de aportar fondos para el bien público general, el grueso de los fondos restantes podrían destinarse a los países más pobres del planeta” (p.335).

La deuda externa es un ejemplo paradigmático del funcionamiento de las finanzas internacionales y, ante él, no puede decirse que el análisis de Stiglitz arranque de presupuestos sofisticados; dice cosas tan elementales como que en un préstamo que no sale bien la presunción debe ser que el prestamista es tan culpable como el prestatario (p.274), aunque “el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los gobiernos de los países acreedores han hecho cuanto han podido por asegurarse de que aquellos que han firmado contratos injustos los cumplan, por alto que sea el coste (o costo, como se emplea mayoritariamente en América) que los ciudadanos tengan que pagar” (p.280) y eso, a pesar de que, “muchos de los problemas de satisfacer el pago de la deuda surgen no de errores de los países en vías de desarrollo, sino de la volatilidad (véase su definición en el diccionario y más detalles, en esta plataforma, sobre este término) de los sistemas financieros y económicos globales” (p.309). Apoyándose en estas valoraciones propone tratamientos diferenciados según el tipo de deuda: la de los más pobres (extensión de la condonación, más ayuda y mayor diligencia de los prestamistas), la incurrida por países no democráticos y corruptos (presunción de que esos países no deberían devolver los préstamos), la deuda privada (frente a la que propone inspirarse en la regulación de las quiebras en el ámbito interno de los países, a la vez que se combate el exceso de endeudamiento, en particular de corto plazo) y la deuda soberana (ante la que sugiere evitación de conductas innecesariamente lesivas para el deudor, préstamos anticíclicos de los OEI, cobertura frente a los riesgos inducidos por el propio sistema, política de préstamos conservadora y leyes de quiebra, bancarrota, o insolvencia, en derecho (véase qué es, su concepto jurídico; y también su definición como “insolvency” o su significado como “bankruptcy”, en inglés) internacionales, con procedimientos judiciales acordes). Su pretensión es suavizar y abaratar los procesos de reestructuración de la deuda y crear incentivos para que los prestamistas presten con más cuidado, algo que parecería tan sensato como prudente.

Su análisis de las empresas transnacionales asume que, en la economía capitalista, los objetivos de los países y las empresas transnacionales son contradictorios; ante lo cual, desde una posición de pragmático reformismo, se pregunta por lo que puede “minimizar los daños que provocan y maximizar su contribución a la sociedad” (p.243), partiendo de que con la globalización se han acentuado los problemas en lo relativo al medio ambiente, a la corrupción, al impacto en las comunidades locales, y a la responsabilidad limitada de empresas y ejecutivos, entre otras cosas porque “cuando operan en el extranjero, la responsabilidad moral de las multinacionales se ve muy reducida” (p.252). Sus propuestas son posibilistas: constata la existencia del movimiento de responsabilidad social de la empresa, pero no lo considera suficiente porque la globalización de los monopolios requiere una ley de competencia global y una autoridad también global que la aplique; exige una mayor responsabilidad en la gestión por medio de un conjunto de medidas que pormenoriza, y solicita una legislación internacional aplicada por tribunales de justicia igualmente internacionales.

Como caso particular, se ocupa de lo que enuncia como la maldición de los recursos, cuyas causas analiza y frente a cuyas consecuencias propone medidas concretas que permitan que los países subdesarrollados retengan para sí la mayor proporción posible del valor de sus recursos.

En resumen, es un libro que tiene interés para los especialistas porque concreta muchas propuestas operativas que fluyen a partir de un cuerpo teórico limitado, pero sólido, y tiene también un interés más general porque permite comprobar que la economía no tiene por qué ser distante y críptica frente a los problemas ecológicos y sociales del mundo real. Servirá a quienes desean poner en práctica lo que es posible y necesario, incluso a lectores más radicales que juzguen insatisfactorio lo que el libro tiene de análisis parciales enlazados, aunque desde el arcano del fundamentalismo de mercado y desde el dogma del neoliberalismo se consideren endebles sus cimientos conceptuales y peligrosas sus propuestas.”

La otra reseña:

“LA PUBLICACIÓN de un libro en el que se denuncia la hipocresía europea y estadounidense a la hora de defender el libre comercio es tan rara como alentadora.Entre las Líneas En esta obra Stiglitz muestra cómo la bandera librecambista de EE.UU. y Europa no es más que un espejismo. A los políticos de estos países se les llena la boca de libertad comercial, pero solo promueven el libre comercio en aquellos sectores en los que creen tener ventaja a corto plazo.

Puntualización

Sin embargo, en los sectores en los que la liberalización del comercio podría traducirse en reajustes importantes para los países ricos por tener los países pobres (a los que Stiglitz llama “en vías de desarrollo”) cierta ventaja comparativa, los dirigentes de las potencias ricas a ambos lados del Atlántico impiden a toda costa su liberalización. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Así, el sistema de organización agrícola de EE.UU. y el de la Unión Europea (la política agraria común) suponen dos gigantescas barreras al comercio entre los ciudadanos occidentales y los agricultores del Tercer Mundo. Otro sector clave para el desarrollo de los países pobres, el textil, se encuentra intervenido por los sistemas de cuotas a la importación que bloquean el libre comercio.Entre las Líneas En este contexto es en el que el autor realiza una valiente denuncia del “descaro con el que Estados Unidos duplica las subvenciones a su propia agricultura al tiempo que predica la retórica del libre comercio.

Por desgracia, más allá de esta justificada crítica es difícil encontrar un argumento interesante e incluso con un mínimo de solidez. Y es que Stiglitz parte de una postura que convierte al crecimiento económico y al libre mercado en enemigos irreconciliables. Su punto de arranque es la teoría neoclásica de la competencia perfecta. Armado de razón, pero sin casi argumentos, afirma que este modelo de competencia perfecta no es realista, especialmente en lo que se refiere a la necesidad de que la información sea perfecta. Lo chocante del caso es que después de reconocer este fallo en la base de la teoría neoclásica, que usa como herramienta analítica –y hasta de ingeniería social–, Stiglitz no se busca una teoría con presupuestos más realistas. Más bien trata de reducir la rica realidad al modelo irreal.

Una vez más sucede que algunos economistas construyen modelos irreales bajo pretexto de ser una simplificación de la realidad, y en ocasiones advirtiendo ellos antes que nadie que no pretenden ser un reflejo del mundo real. Luego, algún otro economista decide contrastar el modelo con la realidad. Cuando los resultados indican que el modelo y la realidad no coinciden, estos economistas pretenden haber detectado un fallo del mundo real, es decir, del mercado, y no de las construcciones irreales.

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Por último, piden a las autoridades políticas que intervengan y encorseten la realidad social a la medida del modelo artificial para que el mundo o la globalización funcione. Fiel a esta forma de ver la economía, Stiglitz apoya el intervencionismo gubernamental (o, en ocasiones, de la Administración Pública, si tiene competencia) en la formación de instituciones, en la política monetaria y crediticia, en todo tipo de industrias por sus efectos medioambientales, en el comercio internacional y en la libre competencia entre empresas.

La libertad comercial

Su punto de partida consiste en afirmar que “el libre comercio no ha funcionado en parte porque no lo hemos intentado: los acuerdos comerciales del pasado no han sido ni libres ni justos.” (p.98). Incluso llega a preguntarse “¿qué deberíamos entender entonces por comercio justo?”, a lo que contesta que “existe un punto de referencia natural: el régimen comercial que afloraría en el caso de que se eliminasen todas las subvenciones y restricciones comerciales”. Así es como llega a la constatación de algo que, por otro lado, es evidente: el “actual régimen comercial internacional es injusto para los países en vías de desarrollo”(p.109). A pesar de este comienzo lleno de sentido común, y de la mencionada crítica de la hipocresía europea y estadounidense en materia de libertad comercial, la conclusión no es la necesidad de defender el librecambismo. Stiglitz trata de tomar cierta distancia con el movimiento antiglobalizador, ese que tanto le “anima contemplar”, pero sin llegar a separarse. El resultado es una propuesta de normas internacionales, tuteladas por un nuevo tribunal internacional, que permitirían el intervencionismo comercial en los países pobres y obligarían a una cierta liberalización en los más ricos. Stiglitz no acierta a explicarnos por qué el mal llamado proteccionismo que privilegia a uno pocos en detrimento de la mayor parte de la sociedad surtirá buenos efectos en los países pobres.

La clave para entender por qué estas interesantes reflexiones no le llevan a defender el libre comercio como forma de implantar justicia en las relaciones comerciales está, de nuevo, en el irrealismo de los postulados neoclásicos. Según este paradigma (modelo, patrón o marco conceptual, o teoría que sirve de modelo a seguir para resolver alguna situación determinada) o, al menos, según la interpretación que en el libro se hace del mismo, la liberalización comercial solo es beneficiosa en mercados perfectos y solo para el conjunto de un país.

Puntualización

Sin embargo, la Ley de Asociación de Ricardo no requiere que la información sea objetiva y esté distribuida de manera homogénea, que las empresas vendan en cada sector los mismos productos y al mismo precio ni que el tamaño de cada empresa sea idéntico al resto de su sector1. Lo único que se requiere es que no existan barreras de entradas ni de salida. Y eso es lo que Stiglitz no llega a proponer de forma clara.

La justicia del librecambismo radica en que es el único sistema comercial en el que, por definición, todas las partes que voluntariamente realizan un intercambio lo hacen porque consideran que salen beneficiadas. El comercio y sus leyes económicas no tratan de países. Tratan de individuos cuya expectativa de crecimiento aumenta con el proceso de división del trabajo y del conocimiento. Resulta interesante que algunos propongan sistemas con pretensiones de justicia y fomento de las economías más pobres en los que se defiende por la fuerza el deseo de estos productores incapaces de vender su producción por medio de acuerdos voluntarios.

Patentes

Stigliz no trata de determinar la legitimidad o ilegitimidad del sistema de patentes. Lo que quiere es simplemente sacar las negociaciones sobre la propiedad intelectual del seno de la Organización Mundial del Comercio y meterlas en una Organización Mundial de la Propiedad Intelectual “en la que la ciencia cuente tanto como la voz de las empresas, la de los consumidores tanto como la de los productores, la de los países en vías de desarrollo tanto como la de las naciones desarrolladas” (p.172). ¿Cómo hacerlo? Pues muy fácil: adaptando los derechos de propiedad intelectual “para que reflejen mejor los intereses e inquietudes de los países en vías de desarrollo” (p.162) y, por otro lado, regalando los medicamentos a los países pobres o subvencionándolos con un impuesto que consista en la diferencia entre el coste (o costo, como se emplea mayoritariamente en América) marginal y el precio (p.163). Lo que Stiglitz no llega a discutir es cómo encaja esta solución con los incentivos empresariales y la dinámica innovadora del mercado, que son los que, al fin y al cabo, proporcionarán las medicinas y los inventos futuros tanto para los ricos como para los pobres.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

El medioambiente

Cuando de lo que se trata es de salvar el planeta, Stiglitz ataca lo que él considera la causa última del problema, que en este caso es la emisión de gases efecto invernadero que provocan el calentamiento global. [rtbs name=”calentamiento-global”] [rtbs name=”cambio-climatico”] El libro da por sentado un consenso científico que no existe. Habla de la Cumbre de Río, pero se le olvida mencionar que allí se habla de actuar por precaución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Comenta que “el Gobierno de Clinton no ratificó el Protocolo de Kyoto a la vista de la fuerte oposición del Senado” (p.222), pero se le olvida decir que esa oposición fue tan fuerte que no obtuvo ni un solo voto a favor de la firma del Protocolo en todo el Senado. También se le olvida decir que el motivo principal de ese resultado fue el informe de la Academia de las Ciencias de EE.UU., que no veía clara la relación causa-efecto entre la actividad humana y el cambio en el clima, y que otro informe mostraba que, a pesar del elevado coste, el Protocolo de Kyoto no era capaz de lograr ni una pequeña porción de sus objetivos.

Su mención del huracán Katrina como el revelador de “uno de los grandes fallos de este cálculo egoísta” (p.223) es especialmente demagógica. La destrucción del Katrina tuvo mucho que ver con la propiedad pública de los diques de Nueva Orleáns, la gigantesca e ineficiente maquinaria del servicio público de protección civil de EE.UU., los seguros estatales de inundaciones y las continuas campañas del movimiento ecologista en contra de la mejora del sistema de diques de contención. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). La frecuencia y la fuerza de los huracanes no han aumentado con respecto a algunas de las primeras décadas del siglo XX, en las que tanto las emisiones de CO2 como las temperaturas eran inferiores a las actuales.

Por último, es interesante observar cómo Stiglitz critica que haya “muchos que creen, o simplemente esperan, que de algún modo la tecnología acudirá en su ayuda” (p.225) –cuando es precisamente el avance tecnológico inducido por el crecimiento económico lo que está haciendo que EE.UU. contenga mejor que Europa las emisiones de CO2 desde el año que se firmó Kyoto–, concluyendo que “no podemos dejar la superviviencia del mundo en manos de un golpe de suerte” y, sin embargo, esté dispuesto a dejar la superviviencia del planeta en manos de un Protocolo que, si fuera cumplido por todos los países, apenas tendría un efecto perceptible sobre el clima de 0,07 grados centígrados, de acuerdo con Naciones Unidas.

Otros Elementos

Además, resulta hipócrita erigirse en defensor de los pobres del mundo y al mismo tiempo defender un Protocolo que dificultará enormemente la producción energética en los países menos desarrollados.

Si de verdad el autor está tan preocupado por los pobres y por el calentamiento global, resulta incomprensible que no mencione la posibilidad de reducir emisiones mediante la energía nuclear o que ignore la posibilidad de otorgar beneficios fiscales a aquellas empresas que introduzcan innovaciones técnicas que ayuden a disminuir las emisiones de CO2. Para Stiglitz, el problema no es lo suficientemente grave como para abandonar el ineficiente sistema de racionamiento. Como mucho, estaría dispuesto a combinar o sustituir las cuotas por impuestos sobre las emisiones o sobre el petróleo, el carbón y el gas (p.235).

La deuda externa y el sistema financiero internacional

Para el autor, el problema de la deuda tiene fácil solución. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Se trata sencillamente de condonársela a los países pobres y, como mal menor, renegociarla o facilitar las suspensiones de pagos.

Otros Elementos

Además, propone un sistema de incentivos para que no vuelva a aumentar hasta niveles insoportables.

Puntualización

Sin embargo, es precisamente la expectativa de planes como los de Stiglitz lo que anima a los gobiernos manirrotos a endeudarse mucho más allá de sus intenciones o posibilidades de pago.

Para el profesor de Columbia, “el prestamista es tan culpable como el prestatario” de que un préstamo salga mal. De hecho, pone la culpa en el lado del prestamista por no predecir los impagos teniendo los instrumentos analíticos que tienen de análisis de riesgos… Véase también:

Llega a decir que “si una firma se deja llevar por un optimismo irracional, tendrá que asumir el coste (o costo, como se emplea mayoritariamente en América) de su error” (p.277). Lo que Stiglitz no vé es que debido a su propia naturaleza, la acción futura de los seres humanos no puede predecirse.

Otros Elementos

Además, si se culpara a los prestamistas de los impagos, el problema de moral hazard sería gigante. Stiglitz entiende este problema cuando habla de los bailouts, pero no está claro que lo vea cuando habla de condonar una deuda o culpar del impago al prestamista.

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Para el autor, la solución al problema de la deuda es cualquiera menos hacer cumplir los contratos.Entre las Líneas En este sentido, resulta paradójico que Stiglitz quiera tribunales para hacer cumplir todo tipo de normas medioambientales o de conducta moral a las empresas y al mismo tiempo no se muestre partidario de tribunales que hagan cumplir a los gobiernos los contratos de préstamo que han firmado (ps. 274-286).

Por otro lado, propone la “imposición de tasas y restricciones a los flujos de capitales a corto plazo” (p.296) porque, según él, exponen a los países al riesgo de crisis. Ni se le pasa por la cabeza pensar que a lo mejor son los gobiernos los que ponen en riesgo de crisis los ahorros de los ciudadanos y que por eso los propios ciudadanos o sus gestores retiran el dinero de esos países.

Su reforma del sistema financiero global se completa dando un paso más en la desaparición de las reservas centrales, con la adopción de una nueva modalidad de moneda fiduciaria internacional que se use para “combatir algunos de los problemas más graves del planeta como la pobreza global y la degradación medioambiental” (p.381) Cómo conjugar este irrefrenable deseo keynesiano de expandir la masa monetaria, a voluntad con la estabilidad monetaria de la que tanto habla el autor, es algo que me escapa.

Las corporaciones y el déficit democrático global

Las corporaciones multinacionales, uno de los principales actores del proceso de globalización, “han contribuido a trasladar los beneficios de la globalización a los países en vías de desarrollo y han ayudado a elevar el nivel de vida en gran parte del mundo” (p.242).

Otros Elementos

Además, Stiglitz comenta acertadamente que “los casi 200.000 millones de dólares que cada año invierten en los países en vías de desarrollo han reducido el abismo de recursos que separa a éstos países de los desarrollados” (p.242).Entre las Líneas En realidad, la cifra puede verse en su justa dimensión si tenemos en cuenta que las ayudas al desarrollo de todos los gobiernos suman 60.000 millones de dólares.

Pero, como no podía ser oro todo lo que reluce en el mercado libre, Stiglitz nos asegura que “la globalización ha acentuado los problemas que surgen de la descomposición de incentivos en las modernas organizaciones. La competencia entre los países en vías de desarrollo por atraer la inversión puede redundar en una carrera a la baja, puesto que las empresas quieren invertir allí donde encuentran leyes laborales y medioambientales más laxas” (p.251). Para evitar este supuesto problema y “conjugar los incentivos privados con los costes (o costos, como se emplea mayoritariamente en América) y beneficios sociales”, el autor propone toda una serie de medidas intervencionistas que, de ponerse en práctica, matarían la gallina de los huevos de oro a base de responsabilidad social corporativa y tribunales antitrust globales.

Pero para que la globalización funcione no basta con socializar a las empresas, también hay que proveer colectivamente bienes públicos globales y acabar con el déficit democrático de su gestión mediante una serie de medidas como “cambios en el sistema de votación del FMI y del Banco Mundial”, cambios en la representación de cada país, de manera que cuando se discuta sobre comercio no se olviden otros problemas relacionados como el medio ambiente, y adaptar los principios de representación en las negociaciones internacionales. Según Stiglitz, la mejor manera de intentarlo sería llevando a cabo reformas en los organismos internacionales que aumenten su transparencia, mejoren las normas relativas a los conflictos de intereses, otorguen mayor apertura a los procesos de manera que se amplíen la participación a organizaciones como las ONG, refuercen la posibilidad de que los países en vías de desarrollo participen activamente en el proceso de toma de decisiones, concedan mayor responsabilidad en las decisiones nacionales dándole poder auditor a Naciones Unidas, logren mejores procedimientos judiciales mediante la creación de un órgano judicial de ámbito global y refuercen los mecanismos de aplicación de las leyes internacionales.

Las propuestas de Stiglitz para reformar la globalización conforman un nuevo contrato social global y son las bases de un gobierno y un Estado mundial (o global) claramente intervencionistas. Se trata de detener la globalización en nombre de la globalización.”

1 Para una explicación de la irrelevancia de los postulados neoclásicos para el proceso de división del trabajo y en la consecución de una verdadera competencia en el mercado, véase Jesús Huerta de Soto, “The ongoing methodenstreit of the austrian school”, Journal des Economistes et des Etudes Humaines, vol. 8 (1), marzo 1998:75-113.

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