El hecho de que el derecho penal haya estado inmediatamente, explícita o implícitamente, en el centro de muchos estudios de derecho y literatura no es sorprendente, si se tiene en cuenta la presencia de acontecimientos y temas “criminales” lato sensu en tantas obras literarias, desde la tragedia clásica hasta la proliferación de novelas policíacas y judiciales que comenzó al menos en el siglo XVII. En esta centralidad, además, subyacen complejas cuestiones vinculadas no sólo a la indudable dimensión “dramática” del crimen, como fractura del orden y “crisis” por excelencia, propulsor indispensable de toda trayectoria narrativa, sino también y principalmente a la carga simbólica particularmente poderosa vinculada al rasgo calificador del derecho penal, es decir, su sanción, no por casualidad definida como un “hecho social total”.