Se explora aquí las dimensiones económicas, políticas y democráticas de una ideología marcada por la figura del “ciudadano-consumidor”. Francia había conocido sucesivamente dos regímenes proteccionistas: el mercantilismo colbertiano y luego el bloqueo napoleónico, intercalados brevemente con episodios liberales (la liberación del comercio de cereales por Turgot en 1774, el tratado comercial franco-inglés de 1786, la abolición de los gremios). En Gran Bretaña, entre otros países, el libre comercio se presentó como el corolario de la libertad política. David Lloyd George, político liberal y futuro Primer Ministro, declaró casi con toda seriedad que “si este país quería aranceles alemanes, también tendría salarios alemanes, … militarismo alemán y salchichas alemanas”; la dieta de los trabajadores alemanes se consideraba una consecuencia del autoritarismo y el proteccionismo del Reich guillermino. En las elecciones de 1906 y 1910, los conservadores proteccionistas fueron aplastados por los liberales y otros candidatos del libre comercio. En toda Europa, un momento de crisis social, económica o financiera internacional, este tema nos recuerda que la economía del libre comercio sigue siendo una decisión política, uno de cuyos determinantes es la visión que una nación tiene de sí misma, de su identidad y de sus intereses.