El jeroglífico es la unidad fundamental del antiguo sistema ideogramático egipcio. Desde el punto de vista técnico, si el grabado en piedra puede dar cabida a estas formas precisas, el uso de la caña o el pincel sobre el papiro o la piel conduce a una escritura más flexible. Los jeroglíficos se simplificaron en dos formas cursivas: la escritura hierática (utilizada por los sacerdotes) y la escritura demótica (utilizada para las cartas y los textos cotidianos). La escritura monumental permaneció casi sin cambios a lo largo de los tres milenios de su historia, pero fue superada por las otras formas. Desde el punto de vista funcional, los egipcios, al igual que los sumerios, no explotaron plenamente sus logros y se detuvieron en el camino que podría haberles llevado a una escritura alfabética. El sistema de esta escritura, que permaneció indescifrable durante mucho tiempo, fue desmenuzado y analizado por Champollion (1822) gracias al descubrimiento de la Piedra de Rosetta, que llevaba el mismo texto en jeroglífico, demótico y griego.