Antropología Urbana
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A continuación se examinará el significado.
Definición de Antropología Urbana
La antropología urbana es una rama de la antropología que estudia las ciudades y sus sociedades. Véase la definición de antropologia en el diccionario. Véase la definición de Urbanismo en el diccionario.
La Antropología Urbana
A lo largo de más de un siglo ha ido surgiendo una visión específica y plural de las sociedades urbanas, de su funcionamiento y de su evolución. Este enfoque no ha estado exento de debate dentro de la propia disciplina antropológica, al tiempo que ha contribuido a abrirla al análisis de nuestros mundos contemporáneos, globalizados y ahora predominantemente urbanizados.
Los orígenes de una visión singular de la ciudad
La gran ciudad o metrópolis como fenómeno de civilización surgió en el norte de Europa y Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX, y en primer lugar en Alemania, donde adquirió especial importancia. Al igual que la Inglaterra industrial, Alemania experimentó un desarrollo urbano sin precedentes. En el espacio de unas pocas décadas, el país pasó de un estilo de vida mayoritariamente rural a otro predominantemente urbano. Surgió un nuevo tipo de ciudad, la “metrópolis” (Großstadt), de la que Berlín era la forma más exitosa en aquella época. Como capital de una Prusia y una Alemania unidas, Berlín se convirtió en la mayor ciudad industrial de Europa, pasando de 700.000 a 4 millones de habitantes entre 1867 y 1913. Presentó un nuevo modelo social, que muchos sociólogos alemanes, entre ellos Georg Simmel, estudiaron entre 1890 y 1920.
Simmel consideraba la metrópoli como el crisol de la sociedad moderna. En su opinión, se caracteriza por una mentalidad y un estilo de vida particulares (Simmel, 1903), dominados por el individualismo de los habitantes de la ciudad y su actitud de reserva y distancia ante la diversidad de situaciones que se encuentran en los espacios públicos. Para Simmel, surgieron dos grandes figuras urbanas: “el blasé”, un habitante de la ciudad indiferente a la gran variedad de escenas e interacciones urbanas a su alcance; y “el extranjero” (Simmel, 1908), caracterizado por su movilidad y su posición marginal en la sociedad de acogida. Simmel ejerció una gran influencia en los sociólogos de la escuela de Chicago, que lo tradujeron a partir de los años treinta y retomaron algunos de sus temas, como el individualismo, el blasé y el extranjero (u hombre marginal).
Chicago, como otras grandes ciudades norteamericanas, creció rápidamente: de 4.500 habitantes en 1840 a 1.100.000 en 1890 y 3.500.000 en 1930, se convirtió en la segunda ciudad de Estados Unidos y en uno de sus centros industriales y bursátiles más importantes. Parcialmente destruida por un incendio en 1871, la ciudad fue parcialmente reconstruida en acero y hormigón. La verticalidad modernista de sus rascacielos contrastaba con la miseria de los barrios étnicos, donde se concentraban la mayoría de los problemas sociales y económicos. Estos barrios estaban ocupados por emigrantes europeos, llegados por millones a Estados Unidos en el siglo XIX, pero también por un número creciente de negros procedentes del Sur rural, atraídos a partir de 1900 por los empleos industriales en el Norte (Wacquant, 1993). Éstos formaron los primeros guetos (Frazier, 1932; Cayton y Drake, 1945), en un contexto de segregación y crecientes tensiones raciales: Chicago vivió sus primeros disturbios en julio de 1919 (Tuttle, 1970). A principios del siglo XX, Chicago era una ciudad de recién llegados que habían traído consigo su lengua, sus tradiciones y su religión, y cuya integración ahora había que apoyar.
Con este telón de fondo de tensiones e innovaciones sociales, entre 1910 y 1940, el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad de Chicago, más tarde conocido como la Escuela de Chicago, elaboró estudios sobre las relaciones interétnicas, el lugar de los inmigrantes en la ciudad y su integración en la sociedad estadounidense: Chicago se convirtió así en un laboratorio para el estudio de los problemas sociales. La delincuencia, la desorganización social, las bandas, la desviación y la marginación se convirtieron en temas centrales del trabajo del departamento. Influido desde el principio por el reformismo social y los métodos de investigación social (muchos de los primeros estudiantes eran trabajadores sociales), el departamento desarrolló nuevos enfoques metodológicos, como los iniciados por su primer director, William Isaac Thomas, autor de un vasto estudio sobre los emigrantes polacos (Thomas y Znaniecki, 1919), que utilizaba documentos personales (cartas, diarios, autobiografías) para captar con la mayor precisión posible la interpretación que los emigrantes hacían de su situación.
Sin embargo, fue la influencia de Robert Ezra Park la que tuvo un efecto más duradero en el departamento, tanto metodológica como teóricamente. Antiguo reportero de sucesos, doctor en filosofía, antiguo ayudante del reformador negro Booker T. Washington y sucesor de W. I. Thomas al frente del departamento (1918-1933), Park insistió en la necesidad de adaptar al estudio de Chicago los métodos etnográficos que antropólogos como Franz Boas y Robert H. Lowie estaban desarrollando al mismo tiempo con los indios norteamericanos: ir al terreno y producir datos de primera mano, observar los fenómenos sociales en su entorno natural y en su dimensión espacial (Park, 1925). Insistiendo en la necesidad de entender la ciudad como espacio vital material y como orden moral, Park, junto con sus colegas Roderick McKenzie (1924) y Ernest Burgess, contribuyó a la aparición del concepto de ecología humana. Inspirada en la ecología vegetal y en la teoría de la evolución de Darwin, la ecología humana presenta la ciudad como un sistema y un entorno natural en el que individuos y grupos luchan constantemente por la supervivencia. Están sometidos a procesos de selección y adaptación y a una intensa competencia por territorios y recursos. Estos procesos conducen a la captura de los lugares más ventajosos por las poblaciones en posición de dominio, y a la expulsión o reagrupación forzosa de las poblaciones más débiles en zonas naturales de segregación: enclaves, guetos, barrios étnicos. Sin embargo, este proceso de clasificación no es inamovible, ya que los individuos pueden pasar de una zona a otra a medida que se integran socioeconómicamente, siendo el barrio étnico o el gueto sólo una etapa del proceso.
Este enfoque global de una ciudad a la vez segmentada y en movimiento encuentra su expresión formal en el diagrama de “zonas concéntricas” propuesto por Ernest Burgess (1925): un centro dedicado a los negocios (el bucle) rodeado de una zona (el barrio marginal) donde se concentran los espacios naturales, los guetos y los barrios de emigrantes: el gueto judío, la Pequeña Sicilia, la Ciudad Griega, el Barrio Chino y una parte del Cinturón Negro, a caballo entre varias zonas. Más allá se encuentra la segunda zona de asentamiento, a la que acceden quienes consiguen salir del primer círculo. Por último, están las zonas de dispersión e integración en la sociedad estadounidense, con los suburbios, los lejanos suburbios de las clases media y alta, en el horizonte.
La mayor parte de los trabajos del departamento se han centrado en los espacios y poblaciones que ocupan la segunda zona, la de los espacios naturales. Nels Anderson (1923) estudió a los hobos, trabajadores emigrantes del Oeste que pasaban el invierno en ciertos barrios de Chicago y desarrollaban allí toda una organización material, social y cultural. Frederic Thrasher (1927) llevó a cabo un estudio de las bandas de Chicago, cómo funcionaban, cómo evolucionaron, dónde se asentaban y cómo, para muchos jóvenes procedentes de minorías, constituían sociedades de sustitución. Louis Wirth (1928) estudió el gueto judío de Chicago, centrándose en la historia europea del gueto, su transposición estadounidense y las interacciones y transformaciones que lo afectaron. Paul Cressey (1932) trabajó sobre el destino de las chicas pagadas como compañeras en los “salones de baile”, que a veces acababan prostituidas. El conjunto de estos estudios da a Chicago la imagen de un verdadero mosaico urbano.
Por último, en 1938, Louis Wirth publicó “Le phénomène urbain comme mode de vie” (El fenómeno urbano como modo de vida), un artículo de síntesis en el que intentaba ofrecer un marco teórico general para el estudio de la ciudad. Definía la ciudad como “un asentamiento relativamente grande, denso y permanente de individuos socialmente heterogéneos” y presentaba los atributos de la urbanidad que consideraba universales: relaciones sociales “impersonales, superficiales, transitorias y segmentadas”; una gran proximidad física que contrasta con la distancia social, lo que produce soledad e individualismo; una pluralidad de afiliaciones asociada a un alto grado de inestabilidad y segmentación de las relaciones sociales. Louis Wirth reclamaba así una verdadera sociología de las culturas urbanas. Sin embargo, este artículo coincidió con el final de la primera Escuela de Chicago. Las investigaciones que se desarrollaron posteriormente en el seno del departamento se centraron menos en la ciudad (aunque siguió estando presente) y más en las instituciones y los entornos profesionales.
Un paso fundacional por África: de las ciudades mineras a los “Brazzavilles” negros
La otra gran escuela de antropología urbana fue británica, fundada a finales de los años treinta en Rodesia del Norte (actual Zambia), entonces dominada por Gran Bretaña. Allí se fundó en 1937 el Instituto Rhodes-Livingstone, con la misión de estudiar los cambios que afectaban a las sociedades del sur de África ante la rápida aparición de ciudades mineras e industriales. Estas nuevas ciudades, que formaban parte de circuitos comerciales internacionales, dominadas por colonos europeos y pobladas por trabajadores africanos de diferentes orígenes étnicos, se diferenciaban de los antiguos asentamientos indígenas precoloniales, como Ibadán o Tombuctú, que eran ciudades agrícolas más homogéneas desde el punto de vista étnico, pobladas principalmente por campesinos.
En las décadas de 1940 y 1960, el Instituto Rhodes-Livingstone, adscrito a la Universidad de Manchester (de ahí el nombre de Escuela de Manchester, que más tarde adoptó esta corriente de investigación urbana), reunió a un equipo de antropólogos británicos y sudafricanos entre los que se encontraban Geoffrey Wilson, Max Gluckman, Arnold Leonard Epstein, Victor Turner y James Clyde Mitchell. Sus trabajos se centraron en el impacto de la urbanización y la industrialización en las sociedades africanas. Al pasar de la aldea a la ciudad y acceder al trabajo asalariado industrial, los africanos adoptaron y adaptaron los estilos de vida y los patrones de consumo europeos (Wilson, 1941). Esto dio lugar a nuevos ámbitos de representación y movilización política, como los sindicatos de mineros que, con ocasión de grandes huelgas, socavaron las antiguas solidaridades étnicas, al tiempo que las reformulaban de otras maneras, con líderes obreros que desafiaban y sustituían a las élites y cacicazgos tradicionales (Epstein, 1958).
Los habitantes africanos de las ciudades se enfrentaban ahora más a la movilidad urbana y al anonimato, y su distribución espacial se basaba menos en la afiliación étnica o tribal que en la asignación aleatoria de viviendas. Si se mantiene la referencia tribal, es sobre todo como medio general de clasificación entre otros, como la edad, el sexo, la vestimenta o el simple aspecto físico, en relaciones sociales diversas y efímeras. Las sutiles diferencias de pertenencia tribal observadas en el monte se borran en la ciudad en favor de una clasificación al por mayor de los individuos según criterios generales y aproximativos. Uno de los ejemplos más conocidos de este tribalismo urbano es la danza Kalela. Estudiada por J. C. Mitchell (1956), esta danza urbana era interpretada por jóvenes de la etnia bisa, vestidos a la europea y hablando en una lengua que comprendía toda la población urbana. Representando personajes y acontecimientos del contexto colonial, la danza era la expresión de una identidad étnica urbanizada, desvinculada de las referencias tribales rurales. Como recuerda M. Gluckman, “un urbanita africano es un urbanita”: más allá de las particularidades tribales locales, en las grandes ciudades africanas existen procedimientos, comunes a todos los urbanitas del mundo, para la identificación rápida y la clasificación sumaria de los individuos encontrados en el anonimato de los espacios urbanos.
Un antropólogo francés, Georges Balandier, llevó a cabo investigaciones similares en el África francófona. Balandier prestó especial atención a la situación colonial francesa, que incorporó a su análisis de la ciudad de Brazzaville (Congo), que en aquel momento estaba experimentando un cambio radical (Balandier, 1955). En el marco de una antropología del cambio social, Balandier captó el modo en que las identidades tribales se recomponían en un contexto urbano, mostrando cómo los habitantes africanos de las ciudades se veían transformados por una ciudad cuya transformación ellos mismos contribuían a provocar.
La antropología urbana en Europa: un reconocimiento tardío
En Francia, la antropología urbana no surgió como disciplina universitaria hasta principios de los años ochenta. Algunos investigadores ya habían trabajado sobre el fenómeno urbano, pero sus enfoques, más sociológicos que antropológicos, permanecieron relativamente aislados. En los años treinta, Maurice Halbwachs, sociólogo cercano a Durkheim que trabajó sobre todo en París y la clase obrera, fue uno de los primeros lectores de los trabajos de la escuela de Chicago en Francia. Paul-Henry Chombart de Lauwe, sociólogo formado sin embargo por Marcel Mauss, utilizó el esquema de las áreas concéntricas de Burgess en su estudio (Chombart de Lauwe, 1952) de París en los años cincuenta, cuando la ciudad se encontraba en estado de agitación. Con su equipo del Centre d’ethnologie sociale, trabajó también sobre la vida cotidiana en la ciudad.
Sin embargo, hasta finales de los años sesenta, la ciudad luchó por establecerse como tema legítimo en las ciencias sociales. Para un sociólogo marxista como Manuel Castells (1968, 1972), la ciudad no podía estudiarse aislada de la cuestión más amplia del destino de la clase obrera y de la transformación de las relaciones sociales provocada por la industrialización. Sin embargo, fue otro sociólogo marxista, Henri Lefebvre, quien se dio cuenta en los años sesenta de que, a medida que las sociedades europeas se volvían predominantemente urbanas, la ciudad pasaba a ser un elemento esencial de su análisis. Anticipó la desaparición de la ciudad industrial francesa y el desarrollo de una urbanización generalizada, con la disgregación de la ciudad en suburbios, urbanizaciones y grandes polígonos, todos ellos lugares de segregación social y étnica (Lefebvre, 1970). El derecho a la ciudad que defiende Lefebvre (1968) es el derecho a una ciudad que vuelve a ser una obra colectiva. En este contexto social y teórico aparecieron en Francia los primeros campos urbanos: Colette Pétonnet (1968, 1979, 1982) desarrolló a finales de los años sesenta una etnología sensible de los suburbios obreros, en particular de los barrios de chabolas y luego de las urbanizaciones de tránsito. Aunque no siguió directamente los trabajos de la Escuela de Chicago, cuya existencia no descubrió hasta los años ochenta, desarrolló enfoques y conceptos similares a los de dicha escuela, estudiando en particular el barrio de chabolas como espacio productor de un orden propio y espacio de acogida y transición entre el lugar de origen y el lugar de integración.
Sin embargo, la emergencia institucional de la antropología urbana en Francia está en parte vinculada a los cambios sociales y económicos que se produjeron a lo largo de los años setenta y que afectaron principalmente a las ciudades y a sus suburbios populares: crisis económica, desindustrialización y aumento del desempleo, empobrecimiento de los suburbios populares, creciente segregación social y espacial, progresiva “etnización” de la cuestión migratoria, auge de las reivindicaciones cívicas y antirracistas de los jóvenes de origen inmigrante, antes de que se impusieran las reivindicaciones religiosas.
A finales de los años setenta, las grandes teorías estructuralistas-marxistas desaparecen y se produce el retorno del “sujeto” y de la interpretación, encarnado por el éxito de los trabajos de Clifford Geertz en antropología. Fue también el regreso a la Francia metropolitana de antropólogos cuyos campos exóticos habían quedado cerrados por la descolonización y los cambios políticos que ésta había traído consigo. La ciudad les ofrece nuevas perspectivas teóricas y el marco de nuevos campos, que exploran con toda la atención que la práctica etnográfica les permite prestar a las culturas urbanas, la alteridad y lo local; nuevos campos que recuerdan, por su tamaño y configuración social, a los tradicionalmente explorados por la disciplina: barrios, pequeñas comunidades y minorías, grupos y medios sociales en los que predominan las relaciones de interconocimiento. De este modo, los antropólogos invierten en la ciudad desarrollando un análisis detallado de la diversidad de culturas, afiliaciones, identidades y universos sociales, al tiempo que desarrollan un enfoque específico de las inscripciones territoriales. Sin embargo, esta emergencia de la ciudad en el campo de la antropología no quedó sin respuesta por parte de los defensores de la antropología más tradicional, que consideraban que, si bien era posible hacer antropología en la ciudad, resultaba más difícil concebir una antropología de la ciudad, en la que ésta constituyera un objeto en sí misma y el objeto final de análisis.
A principios de la década de 1980, sin embargo, varias revistas importantes dedicaron números a la antropología urbana, entre ellas Terrain, Ethnologie française y L’Homme. Éstas se hicieron eco de las numerosas publicaciones recientes sobre temas tan diversos como la segregación social, el imaginario urbano, la etnicidad, la marginalidad-desviación y la delincuencia, la vida de barrio y los modos de vida urbanos. Temas todos ellos que recuerdan a los investigadores de Chicago de su época. Este periodo estuvo marcado por la publicación por primera vez en Francia de algunos de los principales textos de la escuela de Chicago (Grafmeyer y Joseph, 1979) y por la publicación de una obra de referencia del antropólogo sueco Ulf Hannerz (1983), que presentaba por primera vez un enfoque a la vez histórico y conceptual de la antropología urbana. Para Hannerz, una antropología de la ciudad evita limitar el enfoque a una sucesión de monografías. Leer la ciudad en su conjunto, restituyendo su sentido plural, exige “vivir la ciudad desde dentro para verla desde arriba”. En otras palabras, una antropología de la ciudad debe implicar en primer lugar una antropología en la ciudad, a nivel de los individuos, los grupos, la movilidad y los espacios.
Algunos grandes temas de la antropología urbana
Al trabajar sobre la ciudad, los antropólogos han dado prioridad al estudio de agrupaciones relativamente homogéneas, basadas en la convivencia (edificio, calle, barrio, manzana) o en una pertenencia o modo de vida común (etnias, diásporas, grupos profesionales, bandas y grupos de iguales, círculos organizados en torno a una actividad o pasión, etc.) y que a menudo establecen relaciones de proximidad e interconocimiento entre sus miembros.
Los estudios sobre los entornos sociales urbanos se han centrado en la forma en que determinados grupos sociales (clase obrera [Schwartz, 1990], clase media alta [Pinçon y Pinçon-Charlot, 1989, 2000], minorías étnicas [Raulin, 2009], etc.) funcionan y se reproducen. ) funcionaron y se reprodujeron a lo largo del tiempo desarrollando prácticas de entre-soi y de sociabilidad, así como concentraciones (barrios obreros o étnicos, guetos, barrios cerrados) o dispersiones espaciales (diásporas, redes, territorios circulatorios [Tarrius, 1995]) y formas específicas de economía (tiendas y comercios étnicos).
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La problemática de las culturas e identidades urbanas también ha sido ampliamente abordada a través de estudios sobre conceptos como la etnicidad (Poutignat y Streiff-Fenart, 1995), las subculturas de la marginalidad, la delincuencia y la juventud obrera (Whyte, 1996; Lepoutre, 1997), y las múltiples expresiones artísticas (hip-hop, break dance, rap, graffiti y tag) asociadas a la cultura de la calle (Métral, 2000). Otros trabajos se han centrado en lo que Anne Raulin (2001) denomina teatro urbano: celebraciones identitarias y religiosas, desfiles, carnavales (Agier, 2000), procesiones y festivales, ferias, acontecimientos políticos y deportivos (Bromberger, 1995) o eventos comerciales como mercados (de La Pradèle, 1996) o ferias, todos ellos acontecimientos públicos que transforman los espacios urbanos al tiempo que les imponen temporalidades específicas. Según su importancia, estos acontecimientos pueden ser la expresión de una pertenencia social o cultural específica o, por el contrario, representar al conjunto de una ciudad y de su población.
Por último, una parte de las investigaciones antropológicas sobre la ciudad se ha centrado en la relación entre los espacios y las sociedades, haciendo especial hincapié en tres ámbitos principales:
– La movilidad y la circulación (comercial, diaspórica, migratoria) y el modo en que éstas contribuyen a la construcción de espacios en red, en la extensión de los vínculos de una ciudad o país a otro;
– las inscripciones territoriales vinculadas a la vivienda, los barrios residenciales, los itinerarios cotidianos, los espacios de recursos de los que se apropian de forma temporal o permanente
– los espacios públicos, espacios de accesibilidad general y de paso, de roce, de cruce, de evasión, pero también de autoexhibición.
El habitante de la ciudad es ante todo un transeúnte y, en la experiencia de las relaciones de tránsito en las que participa, experimenta también la diferencia y la heterogeneidad de situaciones y públicos. Y es sin duda en esta experiencia de la diferencia fuera del propio territorio donde se encuentra en parte la cultura de la ciudad y la parte más específicamente urbana de la experiencia de la ciudad. Como individuos móviles que juegan con sus múltiples afiliaciones sociales, los habitantes de las ciudades disponen de repertorios de roles que movilizan con mayor o menor habilidad, en diferentes situaciones (familia, trabajo, ocio, espacios públicos y lugares de consumo, etc.) y según las normas, códigos y formas de civismo propios de cada sociedad.
De una antropología de lo urbano a una antropología de los mundos contemporáneos y conectados
Sin embargo, las ciudades cambian, se recomponen y pierden su antigua coherencia. Emergen, se extienden y desarrollan nuevos centros residenciales o comerciales, pero también proyecciones urbanas en las periferias rurales más remotas. Centros comerciales, ZAC (zonas de desarrollo concertado), parques tecnológicos, espacios verdes, circunvalaciones, aeropuertos, complejos de ocio, parques temáticos: todos estos espacios forman parte de la expansión urbana. Estos no-lugares, lugares del anonimato, donde la sociedad parece quedar en suspenso, son sin embargo hoy en día la parte más dinámica de nuestras aglomeraciones urbanas. Además, las fronteras entre la ciudad y el campo se difuminan y los modos de vida de las poblaciones rurales y urbanas tienden a converger: la extensión física de lo urbano se acompaña así de su extensión social y cultural. Se trata de nuevas configuraciones que la antropología debe tener en cuenta, ya que son cada vez más estas grandes áreas metropolitanas, segmentadas y discontinuas, las que enmarcan las prácticas cotidianas de una parte creciente de los habitantes de las ciudades.
Así pues, la antropología urbana ha contribuido a la renovación de los campos y los temas, pero también de las cuestiones y los métodos de las ciencias sociales. Desde este punto de vista, el estudio de la ciudad y del medio urbano ha enriquecido nuestro “conocimiento de la complejidad cultural y de la hibridación, de la relación entre individualización y órdenes sociales y morales, y de la invención de nuevos mundos y comunidades”. Por último, la antropología urbana nos ha preparado para analizar las grandes transformaciones de nuestro tiempo. En un mundo transformado por la globalización de las culturas y de los intercambios, la aceleración de la historia, la urbanización generalizada y el encogimiento del planeta, la antropología urbana ofrece claves para comprender nuestras sociedades cambiantes. La ciudad es el mundo de hoy, no sólo un microcosmos, sino un punto central, un nexo de relaciones, transmisiones y recepciones en la vasta red que es el planeta actual. A ello se añade, en particular, la pluralidad de mundos que componen el mundo contemporáneo: el mundo del individuo, el mundo de las artes, de la literatura, del trabajo, de la política, de la empresa, del deporte… mundos a su vez cada vez más marcados por la internacionalización. La ciudad y el entorno urbano son, pues, parte integrante de nuestra contemporaneidad y de nuestro futuro.
Revisor de hechos: EJ
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Geografía y Antropología Urbana
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Sociología y Antropología Urbana
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Bibliografía
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