El Urbanismo
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Visualización Jerárquica de Urbanismo
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A continuación se examinará el significado.
¿Cómo se define? Concepto de Urbanismo
Nota: Véase la definición de urbanismo en el diccionario.
Urbanismo es el desarrollo unificado de las ciudades y de sus alrededores.
Definición de Urbanismo en Ciencias Sociales
De manera similar a la noción de modernidad, este término se refiere a la forma de organización social y a los valores que se encuentran típicamente en los grandes entornos urbanos. Los valores centrales son los del individualismo y la impersonalidad, y las principales características de la organización social son una división del trabajo desarrollada, altas tasas de movilidad geográfica y social y el predominio de la impersonalidad en las interacciones sociales a pesar de la aguda interdependencia social. Véase también acerca de la SOCIEDAD DE MASAS.
Urbanismo en Sociología
Término utilizado por Louis Wirth para designar las características distintivas de la vida social urbana, como su impersonalidad.
Revisor: Lawrence
Urbanismo y Sociedad
El urbanismo es a la vez creación de la economía y creación de la sociedad. Cuando se alcanza el punto de ruptura entre la economía y la sociedad, ya no hay urbanismo, o sólo existe el urbanismo de una categoría social: es el caso extremo de las ciudades del Tercer Mundo, donde engrosan las filas de una “subsociedad” sin base económica y que sólo tiene acceso a un urbanismo favorable y miserable mediante una transferencia de recursos para limitar la lepra de la vivienda “infraintegrada” o “no integrada”. En realidad, la cuestión se plantea de forma diferente según se considere el urbanismo como la imagen de una sociedad o la obra de una sociedad. El matiz puede parecer sutil, pero separa un balance que incluye activos y pasivos, obras y carencias, de una realización global o parcial que da como resultado final la imagen. El ciclo se completa, de la imagen a la acción y de la acción a la imagen, pero el enfoque sigue siendo fundamentalmente diferente.
Veinticinco siglos de urbanismo político
Durante más de veinte siglos, en los países del Mediterráneo y en Europa, el urbanismo fue la expresión de una sociedad y de una economía basadas en la renta del suelo, concentrada y explotada por los amos de la tierra, arraigados en sus ciudades, símbolos de su poder, garantías de su seguridad, talleres de su ingenio y del de la clase mercantil, nacida a la sombra del poder.
La ciudad antigua era una ciudad de terratenientes, que se expresaba topográfica, geográfica y socialmente en tres términos: el poder civil y militar, distribuido de distintas maneras según el régimen político; lo sagrado, al que se asoció en una fase más o menos temprana la transmisión de valores inmateriales, la cultura; el mercado, que, con sus extensiones artesanales, fue la primera forma de creación de valor. Ciudadelas y templos, a menudo situados en la acrópolis, el ágora o el foro. La sociedad en su conjunto encuentra aquí su expresión. La historia está integrada (véase, por ejemplo, un análisis sobre el urbanismo greco-romano). El campo era mero objeto de batallas entre ciudades. La ciudad está concebida para un orden dominante. Pero todos tienen cabida en ella, porque es el molde creado por la sociedad antigua. La democracia antigua es una falsa democracia, pero incluso quienes estaban al margen de esa democracia ocupaban su lugar, desempeñaban su papel, contribuían a dar forma al molde urbano en la ciudad antigua. La ciudad musulmana no es más que una prolongación y una variante de la ciudad mediterránea heredada de la Antigüedad clásica. Tiene exactamente las mismas características, representativas de una sociedad diferenciada pero global.
La Edad Media europea destruyó primero la ciudad porque una nueva sociedad se había apoderado de la única fuente de riqueza, la tierra. Pero una sociedad sin ciudad es incapaz de generar plusvalía a partir de la renta de la tierra porque está expuesta a catástrofes periódicas. Durante varios siglos (a partir del siglo XII), existió una dualidad social entre la sociedad feudal, que era una sociedad rural, y la sociedad mercantil, que era la nueva sociedad urbana. Al final, la economía se impuso a una estructura basada en los vínculos personales y en la explotación directa y muy improductiva de la renta de la tierra. En el marco de los Estados, fundados sucesiva y brutalmente como rivales, la ciudad logró la unión del territorio rural y la ciudad, que volvió a ser a la vez mercado y señorío.
La sociedad señorial y monárquica de los siglos XVI al XVIII volvió a anclarse en ciudades cuyos amos -reyes, duques o condes, a veces burgueses de ciudades libres, a veces obispos- quisieron hacer emblemas de su poder: murallas, castillos, catedrales, viviendas de los fieles servidores de la familia reinante. A partir de entonces, no podía haber prestigio sin riqueza; la riqueza de los mercaderes se hacía eco del poder de los príncipes. Había nacido una nueva sociedad urbana global. Se expresó en el urbanismo de los siglos XVII y XVIII. Todavía implicaba contradicciones entre poderes. El urbanismo registró estas contradicciones, como en Versalles… Pero, más en general, la integración era total: encontró su forma en los maravillosos logros del urbanismo europeo del siglo XVIII.
La paradoja reside en el hecho de que la sociedad global, creada en la ciudad y expresada por ella antes de la revolución industrial, está compuesta numéricamente por más de un 80% de campesinos, que se encargan de su mantenimiento sin participar prácticamente en él, y menos de un 20% de habitantes de las ciudades que viven en verdaderos guetos de civilización.
Una revolución que puede no haber terminado
El gran calvario al que se enfrentan las ciudades y el urbanismo se deriva de la inversión de las proporciones entre habitantes rurales y urbanos a lo largo de un siglo que ha visto cuadruplicarse la población de los países industrializados. A pesar de los esfuerzos de retaguardia de los defensores de la tierra y de los valores rurales, la transferencia de fuerzas económicas ha sido prácticamente total en países que hoy cuentan con mil millones de habitantes y cuatro quintas partes de la riqueza mundial. Hoy, la economía y la sociedad son totalmente urbanas. Pero el cambio ha sido demasiado repentino para que el urbanismo y la propia imagen de la ciudad hayan podido seguir el ritmo. Es sin duda en este sentido, incluso más que en términos técnicos, donde el término revolución industrial adquiere todo su significado. Diez siglos de sociedad antigua produjeron sus ciudades. Cinco siglos de renacimiento urbano culminaron en la plenitud del urbanismo del siglo XVIII. Ciento cincuenta años de desarrollo industrial acelerado y de acumulación de poblaciones urbanas en busca de composiciones sociales más o menos duraderas no han producido más que un desorden aparente en el que la proyección de las nuevas técnicas ha traído la confusión. La búsqueda de respiro y equilibrio, por temporal que sea, se ve frustrada por el desajuste entre los ritmos pluridecenales del urbanismo y la influencia de la tecnología en la modulación de la sociedad y la vida cotidiana. ¿Es posible el urbanismo o sólo una utopía?
Nunca antes se habían construido tantos edificios, barrios urbanos y nuevas ciudades como entre 1850 y la actualidad. En los años ochenta, la población urbana sólo en Europa Occidental pasó de unas decenas de millones a 250 millones, y en el conjunto de los países industrializados de 50 millones a 500 millones. Al mismo tiempo, las ciudades se convierten en centros industriales, de nuevas formas de almacenamiento y comercio, de gestión financiera; se dotan de vastas instalaciones de servicios vinculadas, en particular, al auge del ferrocarril. Las dimensiones son diferentes de las del pasado. Y la primera cuestión que hay que plantearse es la de la coherencia de las dimensiones de la ciudad y la unidad social. Para abordarla, hay que intentar definir la sociedad urbana surgida de la revolución industrial y su relación con las manifestaciones del urbanismo del último siglo. De hecho, es la sociedad del siglo XIX la que está en juego en su conjunto, aunque el sector de la población rural permanezca durante un tiempo al margen de los procesos de urbanización. La primera imagen es la de la sociedad industrial analizada por Karl Marx, que corresponde al esquema general de la sociedad de las últimas décadas del siglo XIX: la clase proletaria, la “clase peligrosa”, según la expresión de Louis Chevalier; la burguesía rápidamente acomodada, que necesita edificios y espacios prestigiosos para sus negocios y residencias; y las clases medias de empleados, intermediarios y representantes de las profesiones liberales, cuyo número no deja de aumentar. ¿Existe un urbanismo para esta sociedad? Urbanización, sin duda, y de forma notable en consonancia con su estructura, urbanismo quizás, pero más como un subproducto que como una operación creativa global que proceda de una intención deliberada.
La afluencia de trabajadores industriales procedentes del campo, alojados inicialmente en buhardillas, sótanos, desvanes y tugurios de los suburbios, obligó a construir nuevos edificios, con alquileres acordes con los salarios que percibían. Para evitar una excesiva movilidad de la mano de obra, perjudicial para el buen funcionamiento de sus fábricas, muchos “empresarios” proporcionaron su propio alojamiento a sus trabajadores en las inmediaciones de los talleres. Los barrios obreros son la transposición de la revolución industrial y la creación del proletariado al paisaje urbano. Pero son más una consecuencia del cambio tecnológico y económico que la aplicación de una ideología y una teoría de la ciudad. Lo más que puede decirse es que hubo una preocupación práctica por asentar a los trabajadores en las inmediaciones de los establecimientos industriales. Y si la nueva burguesía se reservó barrios aireados, lejos del humo y el ruido de las fábricas, si la clase media desempeñó el papel de sociedad del buen gusto en edificios sólidos donde el piso se disponía en torno al salón, se trataba más de espontaneidad social que de urbanismo o teoría arquitectónica. Por otra parte, esta sociedad está atribulada por el miedo. Tanto en París como en Lyon, las revoluciones del siglo XIX habían roto la unidad de la ciudad dieciochesca. La burguesía ya no quería vivir codo con codo con los obreros y recurrió al urbanismo para mantener el orden. El hecho de que sus ejecutores se conformaran con ello fue otra consecuencia de un sistema que exigía la búsqueda del beneficio y estimulaba la especulación en todas las empresas creativas. El hecho es que el objetivo del urbanismo haussmanniano -que ha tenido muchas imitaciones fuera de París y Francia- es abrir la ciudad a los movimientos de la policía y el ejército en caso de disturbios. El resultado fue una serie de grandes calles rectas, que mucho más tarde facilitarían el nuevo tráfico automovilístico, aunque esto no estaba previsto en la época, y que entretanto se prestarían a los movimientos prestigiosos de la alta sociedad y sus epígonos.
El crecimiento de una economía liberal y el auge de una sociedad basada en el principio del “sálvese quien pueda”, a la discreta sombra de un gobierno que había perdido la iniciativa en la toma de decisiones, eran la antinomia de una organización voluntaria del espacio y de cualquier ideología de la ciudad. El urbanismo asumió las limitaciones de la arquitectura y los conjuntos se redujeron a las consagraciones de las técnicas de la industria, las Exposiciones Universales, la “noria” de París, la Torre Eiffel y, de forma más duradera, realizaciones utilitarias como el metro de París, el puente transportador de Marsella y los funiculares de Lyon. El final del siglo XIX y las primeras décadas del XX, correspondientes al apogeo de la sociedad capitalista hasta la crisis de los años treinta, fueron una época de urbanización galopante… sin planificación urbana. Sin embargo, esta urbanización espontánea es en gran medida un reflejo de la sociedad, cuyo crecimiento y transformaciones aceleran el ritmo de desarrollo y transformación. La ciudad de principios del siglo XX, tanto en Norteamérica como en Europa Occidental, es una imagen de la sociedad y de sus contradicciones. Los cambios en el centro de la ciudad, en parte sublimado por los negocios, en parte degradado e invadido por la clase baja, la emigración hacia el exterior de la creciente clase media, la segregación espacial entre barrios obreros o suburbios y las llamadas zonas residenciales, son la transposición a la geografía urbana de los movimientos internos de una sociedad cambiante, pero no de la planificación urbana.
De hecho, el urbanismo se redujo en ese momento a una meditación sobre una evolución de hecho, y fue en esta forma como apareció en los análisis de la ciudad de Chicago, como sociología urbana. Pero iba a encontrar su lugar en la política de ordenación del territorio, basada en una serie de principios generales inspirados en la observación de la confusión y las contradicciones de la urbanización espontánea (Carta de Atenas).
El nacimiento de una política
Tras la crisis de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial, la sociedad capitalista “hacía balance”. Los poderes públicos, llamados a hacer frente al déficit crónico y creciente de la urbanización anárquica, llamados a reconstruir las ciudades y los barrios destruidos por la guerra, tuvieron que desarrollar políticas, cuando no sistemas, para restablecer el orden en las ciudades, que se habían convertido en el hogar de dos tercios o tres cuartas partes de la población. Buscan una ideología y modelos. Sin embargo, entre el urbanismo ordenado de la época de Haussmann y la actualidad, se ha producido un fenómeno de primera magnitud en las organizaciones urbanas más poderosas: la realidad y la conciencia de la ciudad han desaparecido. La sociedad, en constante cambio, es difícil de captar en el marco de una previsión a treinta años vista, y la mente se confunde con la ciencia ficción que dio una imagen irreal del año 2000 a la que era imposible asociar ninguna cuestión urbanística. En este sentido, cabe pensar que el gigantismo arquitectónico y el diseño de composiciones supuestamente futuristas son actos conscientes o inconscientes de renuncia a la previsión y de impotencia ante un futuro desconocido (véase más en este texto).
Y sin embargo, el urbanismo, que se ha convertido en una política de ordenación del territorio y de administración del suelo a corto y medio plazo, tiene misiones específicas: poner orden en el tejido urbano, frenar la especulación que cambiará la faz de un barrio o de una ciudad durante una generación. Esta es la tarea de los equipos encargados de elaborar los planes reguladores, los planes directores de desarrollo urbano, fijar los coeficientes de los planes de ordenación del territorio y definir una estrategia de desarrollo de las distintas unidades urbanas.
En el primer caso, se confunde con un departamento administrativo. No es la primera vez que las autoridades confían una misión al urbanismo. Si, en esta acción, difiere de la planificación para la grandeza del siglo XVIII o de la planificación para el mantenimiento del orden del XIX, es porque el propio papel del Estado ha cambiado, y sus funciones responden a las exigencias específicas de la sociedad actual. ¿No se trata de permitir a la masa de habitantes de las ciudades satisfacer su apetito de bienes y servicios, sin menoscabar la iniciativa y el espíritu emprendedor de los promotores? Es un juego difícil y a menudo inútil, que hace que el trabajo de los urbanistas de las grandes aglomeraciones urbanas sea una decepción que se pone constantemente en tela de juicio.
La sociedad socialista generó de forma natural su propio urbanismo, libre de las trabas de la especulación del suelo y la propiedad y de las contradicciones entre la propiedad individual del suelo y el uso colectivo del espacio urbano. Estaba desprovisto de toda espontaneidad, ya que la decisión pertenecía a la autoridad pública y sólo a ella. Era un acto político. Era una ideología como ninguna otra, pero seguía estando sujeta a contingencias y limitaciones económicas. Estaba impulsada por la asignación planificada de una fracción del presupuesto público al desarrollo urbano y, en consecuencia, era administrativa y burocrática. Tenía que satisfacer el máximo número de necesidades con recursos limitados. Y la imaginación era a su vez limitada. Estaba a la altura del nivel de recursos de una sociedad que se encontraba entre la sociedad de producción del siglo XIX y la sociedad de consumo del XX. Era a la vez grandiosa, porque el deseo de afirmar un éxito histórico sin precedentes lo exigía, y pobre, porque los medios eran limitados y había que distribuirlos lo más universalmente posible. Se ocupó de masas a una escala hasta entonces inédita, siguiendo principios fundamentales que, en un marco tan dimensional, daban lugar al rigor y la monotonía. El exceso era a la vez admirable y preocupante. A fin de cuentas, no se trataba de un urbanismo que expresaba una sociedad, sino de un urbanismo dogmático que contribuía a modelar una sociedad, en nombre de una ideología que tal vez ya no correspondía del todo a la realidad de esa sociedad.
El aspecto más estimulante del urbanismo contemporáneo en Europa Occidental es la búsqueda del renacimiento de la ciudad como cuerpo social y entorno vital homogéneo. La ciudad sólo puede reaparecer como composición urbana si existe como realidad social. Y es así como el nuevo urbanismo redescubre la unidad entre la sociedad y la creación o configuración de su entorno. El punto de partida es el análisis de la conciencia de vivir en una ciudad y el sentimiento de responsabilidad que los habitantes tienen por su ciudad. Se funde con la búsqueda de estructuras y unidades dimensionales que permitan preservar esta conciencia y este sentimiento de responsabilidad. Pero la propia noción de dimensión es compleja y global, y se proyecta tanto en el espacio como en el tiempo. La continuidad, que es la base misma de la conciencia urbana, sólo se percibe por debajo de ciertos umbrales dimensionales, que permiten una aprehensión permanente de la totalidad, portadora de la cultura transmitida. La posesión de un patrimonio cultural integrado y, a falta de patrimonio, la cristalización de la vida colectiva en una creación cultural permanente, son incompatibles con el gigantismo urbano, tanto como con la expansión por proliferación indiferenciada. Ha llegado, pues, el momento de buscar la estructura y la unidad dimensional. Y, en consecuencia, esta investigación se aplica a una perspectiva global de la ordenación del territorio. El urbanismo actual no pretende “reconstruir ciudades en el campo”, sino garantizar la distribución armoniosa del modo de vida urbano, producto de la evolución tecnológica y psicosocial general, por todo el territorio.
En sentido estricto, la investigación dimensional orienta las opciones políticas en materia de promoción del desarrollo urbano. Los imperativos económicos dictan la rentabilidad de las inversiones y los servicios. ¿Son compatibles estas dimensiones con el mantenimiento de la unidad de la vida urbana? Esto plantea la cuestión de las metrópolis regionales y las “nuevas ciudades”. Y, por encima del tamaño, cuál debe ser el marco, el planteamiento urbanístico, para que la ciudad viva, es decir, para que la sociedad urbana florezca en el marco que se le propone, un marco que debe ser lo suficientemente flexible como para permitirle, a su vez, darle forma: la dialéctica de la vida y la materia.
El primer nivel del planteamiento es el de la sociedad tecnológica y del consumidor de productos y servicios raros, que plantea el problema de la gran ciudad, y más concretamente el de la unidad de la gran ciudad, en el sentido de que se trata de saber dónde está el límite del organismo social de la ciudad. Las valoraciones varían, y es normal que varíen, debido a la diversidad de las condiciones específicas de cada caso. Pero los órdenes de magnitud más frecuentemente propuestos son los de 350.000 a 500.000 habitantes. Dicho de otro modo, la “horquilla” 350.000-500.000 permite, en los países de Europa Occidental, conciliar la rentabilidad de las infraestructuras de servicios con la solidaridad de grupo. Esta es, al menos, una hipótesis de trabajo generalmente aceptada.
Lo más interesante, sin embargo, es el segundo nivel del planteamiento, el que atrajo la atención en los años sesenta, el de las ciudades medianas. Por definición, no hay nada más impreciso que el epíteto “medio”. Sin embargo, aquí la palabra tiene sentido en términos sociales. La ciudad media es aquella en la que se puede mantener el contacto con el patrimonio histórico y cultural o con el centro de vida destinado a sustituir al núcleo histórico. Es la ciudad mediana la que sirve de modelo a dos estrategias: la promoción de centros regionales bajo la protección y dirección de las metrópolis, y el desarrollo de nuevas ciudades. Aparentemente, no hay diferencia de estilo de vida entre una ciudad de provincias de 100.000 a 200.000 habitantes y una ciudad nueva diseñada según un patrón de relaciones internas cuidadosamente estudiado. De hecho, entra en juego la interferencia de la dimensión temporal. Para un mismo tamaño, la ciudad con una historia y un patrimonio que cristalizan ciertas formas de vida social goza de un privilegio sobre la ciudad nueva. Como mínimo, este privilegio pone de manifiesto la necesidad de una estructura sustitutiva y, al mismo tiempo, plantea el problema de la eficacia de dicha estructura. En otras palabras, ¿es capaz la ciudad nueva de generar una sociedad urbana local comparable a la sociedad urbana de la ciudad mediana, la ciudad histórica? Para responder a esta pregunta, necesitamos saber si la disposición del espacio urbano puede crear un sustituto del núcleo tradicional. En términos absolutos, parecería legítimo responder negativamente. Pero, ¿a quién le importan los valores absolutos? Si se ofrece un catalizador a un grupo urbano formado por elementos dispares de distintas procedencias, no es imposible crear las bases de una nueva unidad social. Este es el reto al que se enfrentan los urbanistas de las nuevas ciudades. Esbozaron un centro funcional, figurativo, con un paseo peatonal, una organización coherente del empleo, la vivienda, los servicios, la vida comunitaria y el medio ambiente. El urbanismo vuelve a dominar la sociedad urbana, pero a escala de las ciudades medianas. Y el 25% de los franceses y el 33% de los ingleses viven a la misma escala. El 100% de los ingleses vive en grandes aglomeraciones urbanas. Sería más fácil ganar la apuesta en Alemania o Italia. Es cierto que uno de los temas de la estrategia urbanística de las grandes aglomeraciones es convertirlas en nuevas ciudades; la experiencia demuestra que no es tarea fácil. Todavía existe un gran abismo entre el proyecto urbanístico que representa el legado de ciento cincuenta años de improvisación y las imágenes estándar de la nueva ciudad y la nueva sociedad urbana, desarrolladas empírica y progresivamente en Escandinavia y Gran Bretaña. Sin embargo, todo es más fácil cuando no se han cortado las raíces del árbol, y ésta es una de las ventajas de Italia y Alemania.
Ciudades sin urbanismo o urbanismo sin ciudades
No se puede obviar el hecho de que las ciudades de los países no industriales crecen actualmente a un ritmo que no sólo supera el ritmo de urbanización de los países industriales, sino que en muchos casos supera el ritmo más rápido de crecimiento de las ciudades de los países industriales en la época de la revolución industrial. El factor decisivo es la presión demográfica. La cuestión es si está surgiendo una nueva sociedad urbana, y si esta sociedad exige una planificación urbana adecuada o es encauzada por una planificación urbana previa. La ciudad en los países no industriales es el lugar donde se enfrentan dos sociedades, o más exactamente una sociedad coherente y organizada, con la transferencia de agregados sociales de origen rural en vías de desorganización. El urbanismo tradicional, que es en general el urbanismo importado, ya se trate de la ciudad colonial de los siglos XIX y XX, o de la ciudad paracolonial, es decir, la ciudad económicamente dominada de los países políticamente independientes (América Latina), estaba concebido para una clase dirigente, cualquiera que fuera su nacionalidad. Las operaciones urbanísticas se beneficiaban de una concentración excepcional de los recursos del país en las capitales políticas, administrativas y esencialmente económicas. Algunas de las ciudades coloniales o paracoloniales produjeron desarrollos urbanos mucho mejor organizados y más coherentes que los de las ciudades de la vieja Europa o de Norteamérica. Estos desarrollos corresponden a las aspiraciones de una minoría social que acapara la mayor parte de la renta nacional. A menudo despiertan admiración, pero en modo alguno expresan la realidad de una sociedad global. Pues la sociedad global sigue siendo rural, y sus aportaciones a la agrupación de hecho de la ciudad son contingentes de campesinos que traen consigo lo transportable de la sociedad rural: sociedades de hábitats no integrados, que plantean problemas económicos insolubles. El urbanismo improvisado se esfuerza por responder a las emergencias: el urbanismo sin arquitectura ni construcción se limita a establecer infraestructuras mínimas para preparar, en un futuro indeterminado, la integración de una sociedad de transición en una sociedad urbana que no será la actual sociedad urbana de los privilegiados. Todo esto no es más que un aspecto de la improvisación y la investigación que implica el desarrollo urbano.
Según el ritmo de los cambios, el urbanismo puede considerarse como el producto, la imagen de una sociedad, o como el marco en el que ésta madura. Sin duda, no hay diferencia en esencia, sólo una diferencia en la velocidad de la evolución histórica. Porque, al final, todo se reduce a la historia, la que nos da la imagen de combinaciones más o menos armoniosas desarrolladas a lo largo de los siglos, o la que se hace hoy, a un ritmo aparentemente frenético, pero que, a escala de milenios, no es otra cosa que el ritmo de los periodos de crisis.
Revisor de hechos: EJ
Urbanismo: Consideraciones Generales
La preocupación por el urbanismo es, con toda razón, una de las características definitorias de la cultura moderna, puesto que la población parece tender a agruparse en estructuras urbanas de un modo continuo e ininterrumpido, de tal manera que parece perfectamente razonable prever un momento no demasiado lejano en el que la totalidad de la población mundial (o global) se encuentre concentrada en inmensas ciudades. Toynbee ha dicho al respecto que después de la eliminación de una catástrofe nuclear el mayor problema con que hoy se enfrenta la humanidad es el de la ordenación racional de la convivencia en las aglomeraciones urbanas. Con palabra unamuniana podríamos decir que el máximo problema del inmediato futuro está en lograr que nuestras ciudades sean vivideras.
Tras un planteamiento así, ya se comprende que el aspecto jurídico del urbanismo es uno de tantos desde los que se puede examinar este fenómeno sociológico, y desde luego no el más importante. Sólo de modo muy secundario y tangencial presenta el urbanismo una faceta jurídica, o una faceta arquitectural. Lo que sucede es que en España, por razones que no son del caso, solo se ocupan de estos problemas los abogados y los arquitectos.Si, Pero: Pero parece de una elemental honestidad comenzar proclamando que ello es consecuencia de la defectuosa organización profesional y social, y que el urbanismo es fundamentalmente una materia propia de otras dos funciones profesionales claramente definidas ya hoy: la de los sociólogos y la de los economistas.
La Ley del Suelo española
Un examen del urbanismo desde el punto de vista jurídico nos lleva inmediatamente a mencionar la magna norma reguladora de la materia en España, norma que constituye uno de los hitos fundamentales del ordenamiento jurídico español, y que es además una de las leyes de urbanismo más técnicamente estructuradas del mundo, pudiendo servir sin duda alguna de modelo para sus congéneres de cualquier país europeo, y constituyendo probablemente el paso más avanzado que es posible dar, manteniéndose todavía dentro del marco individualista. Nos referimos a la Ley del Suelo y Ordenación Urbana de 12 mayo 1956. No nos referimos, pues, al proyecto de Ley de Reforma enviado hace algún tiempo a las Cortes.
El estudio del urbanismo desde la perspectiva jurídica ha de atenerse forzosamente a los contenidos de esta ley, que se refiere a dos aspectos fundamentales: la ordenación urbana y el régimen del suelo. Lo segundo constituye el conjunto de normas que regulan la lucha contra la especulación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Y aunque son problemas claramente conexos (e incluso como veremos la lucha contra el desorden (trastorno) puede favorecer la especulación), la verdad es que solamente el primero de los dos frentes de lucha constituye la materia propia del urbanismo, estudiándose el segundo sin duda alguna también aquí, pero solo de un modo complementario. El urbanismo es fundamentalmente la ordenación de la ciudad y en la problemática de dicha ordenación aparece como un dato más, pero no esencial, la lucha contra la especulación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto).Si, Pero: Pero entiéndase bien que este problema de la especulación es solamente un problema urbanístico en sí en tanto en cuanto la carestía de los terrenos coadyuva fuertemente a que sea muy difícil y frecuentemente imposible lograr una ordenación razonable de la ciudad; en los demás aspectos el problema de la especulación es de carácter económico general y no urbanístico. Lo esencial al urbanismo, repetimos, es la ordenación de la ciudad. Por ello la Ley del Suelo se ocupa fundamental y casi exclusivamente de planteamiento, no obstante anunciar en su título que su objeto es también el régimen del suelo. Es verdad que la Ley trata del régimen del suelo, pero solo, según creemos, en cuanto este régimen incide en el Plan.
Planes urbanísticos
La Ley se ocupa en su título preliminar de determinar su propio ámbito: la ordenación urbanística en todo el territorio nacional, ordenación que se refiere a los siguientes aspectos: planeamiento, régimen urbanístico del suelo, ejecución de las urbanizaciones y fomento e intervención del ejercicio de las facultades dominicales relativas al uso del suelo y de edificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). El planeamiento se lleva a cabo mediante un arma jurídica de la máxima significación: los planes urbanísticos, que son un conjunto de determinaciones establecidas con gran formalismo, mediante el cual la Administración fija el modo de desarrollarse las aglomeraciones urbanas.
Cuando estas aglomeraciones están constituidas por todo el conjunto de la población unitariamente considerada, surge el plan nacional, del cual se ocupa también, aunque levísimamente, la Ley que estudiamos. Mas lo cierto es que cuando se habla de urbanismo nos referimos a la ordenación concreta de las ciudades. Y de esta ordenación (tras otra alusión igualmente fugaz al planeamiento de ámbito provincial) es de lo que se ocupa de verdad la Ley del Suelo, estableciendo al respecto tres tipos de plan: los municipales, que se refieren solo a un municipio y prácticamente a todos los aspectos de 61 (todos porque la zona a la que no abarca el plan, o zona no ordenada, es zona rústica y por ello tiene también una suerte de ordenación); los comarcales (que son verdaderos planes de ordenación de una ciudad, bien se trate de una ciudad que influye particularmente sobre las circundantes, o bien ordenan una constelación de ciudades); y los especiales (que ordenan el territorio solo en un aspecto).
Los planes generales de ordenación, bien de un solo municipio, bien de una comarca, se desarrollan mediante un nuevo tipo de plan: el parcial. La determinación del contenido de todos los planes citados aparece en los art. 9 a 19 de la Ley del Suelo. El juego dialéctico fundamental es el establecido entre el binomio plan general plan especial, pudiéndose decir del primero que es aquel que cumple una triple finalidad: delimitar el suelo urbano, fijar la gran vialidad y determinar la zonificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Los planes parciales desarrollan estos tres extremos señalando alineaciones rasantes y características de la vialidad, así como volumen, destino y condiciones de los edificios en cada zona. La necesidad de atenerse a este doble escalón (plan general-plan parcial) es uno de los pocos, pero fundamentales, defectos de la Ley española, que de esta manera ha exigido (al contrario que la francesa, que prescinde normalmente del plan parcial) excesivos requisitos para poder considerar al suelo listo para ser edificado, todo lo cual hace excesivamente lento el planeamiento en España. Y no debe olvidarse que un planeamiento excesivamente lento es un cauce brindado a especulación, ya que, al menos en teoría, no se podrá edificar sino en los lugares que haya plan, y si hay plan en pocos lugares, la oferta de suelo será escasa y los precios subirán ante la presión de la demanda.
Planeamiento municipal
El plan de urbanismo es fundamentalísimamente un quehacer municipal. Es cierto que está sometido a Ía aprobación final de un órgano estatal (Comisión Central o Comisiones Provinciales de Urbanismo), pero ello es una simple manifestación de la tutela (véase, en esta enciclopedia jurídica, el término TUTELA ADMINISTRATIVA) que no altera el origen radicalmente municipal del planeamiento. Ello no es óbice para que los Ayuntamientos puedan encomendar la elaboración de planes a las Comisiones dichas o a la Diputación, así como para que los particulares puedan formular también planes, que en todo caso han de ser aprobados por los Ayuntamientos, que los hacen suyos con esta aprobación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Confirma este criterio aquí defendido, según el cual el plan es obra municipal normalísimamente, el que las Comisiones de Urbanismo en el trámite de aprobación definitiva, según el art. 32, no pueden modificar el contenido de los planes, sino simplemente aprobarlos o señalar deficiencias para que éstas sean corregidas por los Ayuntamientos; siendo evidente que los Ayuntamientos podrán, o bien rechazar este señalamiento de deficiencia impugnándolo ante los órganos competentes, o bien aceptarlo, en cuyo caso las correcciones a introducir al ser aceptadas por el Ayuntamiento autor del plan se convierten también en voluntad genuina de éste.
Interpretación de la Ley del Suelo
(La) interpretación socialista de la Ley del Suelo (es una) interpretación muy difundida y según la cual los planes son la única fuente del derecho a edificar los fundos urbanos. (La) verdad es que la importancia del plan es extraordinaria y sus efectos verdaderamente drásticos: no es posible edificar sino con arreglo al plan, y todo cuanto se ha construido anteriormente a 61 y que difiere del Plan queda calificado como «fuera de ordenación», estableciéndose frente a tales construcciones un régimen de acoso administrativo. El Plan legitima también a la Administración para expropiar cuanto suelo sea necesario para la puesta en práctica de aquél. Otro importante efecto del plan es su incidencia en el aspecto fiscal: según los art. 189 ss. de la Ley, el que costea la urbanización y cede los terrenos de que a continuación se hablará goza de una reducción del 80°,ó de la contribución territorial urbana durante un plazo (véase más en esta plataforma general) que oscila entre 10 y 25 años; y el que construye en zona de nueva urbanización goza de excepción del impuesto de transmisiones en la primera que se lleve a cabo; es obvio que para ambos tipos de beneficios es precisa la existencia del Plan.
Quizá el efecto más radical y novedoso de los planes esté constituido por la obligación que de la aparición de aquéllos se deriva de ceder gratuitamente a la Administración amplios espacios de suelo, cuya urbanización corre también a cargo del propio cedente (consulte más sobre estos temas en la presente plataforma online de ciencias sociales y humanidades). Regulan esta obligación los art. 114 ss., de modo ampliamente generoso, de tal manera que puede decirse que en dos de los sistemas de actuación (compensación y expropiación), de los que hablaremos a continuación, la obligación de ceder es prácticamente ilimitada, como también lo es, y en todos los casos, cuando se promueve una reparcelación voluntaria.
Suelo rústico y urbano
Como hemos dicho, el plan divide al suelo en rústico y urbano. Y este último en urbano propiamente dicho y reserva urbana. Según los art. 63 y 64 de la Ley, constituirán el suelo urbano estos terrenos: «1. a) Los comprendidos en el perímetro que defina el casco de la población conforme al art. 12; b) Los que estén urbanizados; y c) Los que, aún sin urbanizar, se hallaren enclavados en sectores para los que ya existiere aprobado Plan parcial de ordenación.
2. Los terrenos de suelo urbano se clasificarán según su destino en la ordenación, en las siguientes modalidades: a) Viales dedicados a calles y plazas; b) Parques y jardines; c) De edificación pública; y d) De edificación privada.
3. A los efectos de esta Ley tendrán calificación de solares las superficies de suelo urbano aptas para la edificación y urbanizadas con arreglo a las normas mínimas establecidas en cada caso por -el Plan, y si éste no las concretare, se precisará que la vía a la que la parcela dé frente tenga pavimentada la calzada, encintado de aceras y disponga de los servicios de suministro de agua, desagües y alumbrado público.
Constituirán el suelo de reserva urbana los terrenos comprendidos en un plan general de ordenación para ser urbanizados y no calificables de suelo urbano según el párrafo 1 del art. anterior».
Constituyen el suelo rústico los terrenos no incluibles en ninguno de los dos casos precedentes. La Ley sujeta ambas clases de suelo a muy rígidas prevenciones en orden a la edificación: el suelo urbano, para ser edificado, ha de ser solar (aparte de las obligaciones de ceder de que ya hablamos, y de la obligación de edificar en un plazo (véase más en esta plataforma general) determinado de la que hablaremos); los propietarios de suelo rústico solo pueden edificar en la medida en que el ordenamiento jurídico español parece haber estimado que constituye el contenido normal de la propiedad, esto es, un metro cúbico por cada cinco metros cuadrados. De este modo, la Ley intenta conseguir evitar que aparezcan núcleos urbanos sin previo plan. Mas lo cierto es que aun sin plan es perfectamente posible la edificación, a la vista tanto del conjunto de la Ley como del ordenamiento hispano. Basta para ello con observar que las suspensiones de licencia que pueden acordarse cuando se avecina un nuevo plan (para evitar así en lo posible las discordancias entre la realidad y el plan futuro) tienen una vigencia de solo dos años; y en la misma línea (reconocedora de que se puede edificar sin plan) están tanto el art. 56, cuando limita a 10 años la vis expropiatoria del plan, como el art. 12, del que se deduce que es casco urbano el suelo edificado en los dos tercios, tenga o no tenga plan.
El planeamiento no acaba con la elaboración del plan parcial; es preciso complementar éste con un cuadro de actuación de carácter cronológico (programa de actuación, declaración de prioridades y acuerdo de interés inmediato), y además una serie de operaciones técnicas y jurídicas que pongan de acuerdo el planeamiento con el plano parcelario preexistente: la primera operación de carácter técnico es la parcelación, en cuya virtud el terreno ya ordenado se divide en espacios lo más regulares posibles, que constituyen la finca mínima; el segundo es la reparcelación, en cuya virtud, mediante un complicadísimo juego de compensaciones, se atribuye, finalmente, a cada propietario en la ordenación unas posibilidades de edificación rigurosamente proporcionales al valor de los bienes con que concurrió al plan.
Planeamiento
Hechas las anteriores operaciones, está concluso el planeamiento.
Sin embargo, éste quedaría burlado si no se estableciera un plazo (véase más en esta plataforma general) máximo para que los particulares dueños de suelo edificable procedieran a su edificación. (Tal vez sea de interés más investigación sobre el concepto). Esto es lo que pretenden conseguir las normas sobre solares, de ya larga tradición en España, recogidas en la Ley del Suelo y, finalmente, modificadas por el Reglamento de 5 mar. 1964. La pretensión de lograr que los solares no estén indefinidamente inedificados se puede decir que ha fracasado a pesar de tanta norma.
Ejecución del plan
Los planes pueden ser ejecutados por la Administración o por los particulares (modos de gestión). Y en uno y otro caso pueden ser actuados por cooperación, por compensación, por expropiación y por cesión de viales (sistemas de actuación). La primera división alude a quién actúa, y la segunda a cómo se actúa. La verdadera novedad de la Ley está en la introducción de los sistemas de cooperación y de compensación, a cuyo amparo los particulares constituyen, agrupándose, personas jurídicas dedicadas a la tarea urbanizadora, compensándose beneficios. Y cargas.
El sistema de expropiación actúa como reserva cuando los otros sistemas fallan o son inadecuados (aunque la elección del sistema es absolutamente libre y discrecional para la Administración); para él está establecido el sistema especial de valoración para expropiaciones urbanísticas, complementado por las disposiciones de la Ley de 21 julio de 1962. Aunque la pretensión legal de pagar solamente al expropiado las plus-valías, justificadamente aparecidas, es una pretensión loable, el hecho de que se haya quebrado en la forma y en el fondo el sistema universal de la Ley de expropiación forzosa ha suscitado numerosas y justificadas críticas.
Como se ha dicho, la Ley española del Suelo es un magno esfuerzo para lograr instrumentar adecuadamente dentro del marco individualista un fenómeno como el urbanismo que solo puede ser resuelto jurídicamente con acierto y de modo definitivo con criterios colectivistas. Estimamos que no está lejano el día en que se acepte sin discusión que la configuración de las ciudades es una incumbencia radicalmente pública y que, por consiguiente, solo puede ser llevada a cabo haciendo pasar a mano pública la propiedad del suelo sobré el que se opera, sin limitarse como ahora a dar carácter público a la aprobación de los planes. La experiencia solo conoce grandes éxitos urbanísticos en suelo público.
En esta línea militan todas las tendencias mundiales, recogidas incluso en los diversos Derechos positivos que, si teóricamente son, en general, inferiores a la Ley del Suelo española, en la práctica han logrado realizaciones enormemente superiores a los pobres logros -o más bien negativos logros- que constituyen en este momento el conjunto español desde el punto de vista urbanístico. Entre estas normas podemos citar las dos country and city planning inglesas de 1947 y 1951; el Code de l’urbanisme français, integrado por fragmentos muy dispersos, anteriores y posteriores a la II Guerra mundial (o global) y el proyecto presentado a la Cámara italiana por el diputado democristiano Fiorentino Sullo y cuya discusión se prolonga en aquel organismo parlamentario desde hace más de una década. De los tres países citados, el que presenta un frente más homogéneo de textos y realizaciones es Inglaterra, donde el tratamiento de los problemas urbanísticos es de una extrema lucidez.[1]
Urbanismo en América Latina
Entre 1950 y 2000, Buenos Aires pasó de 4 a 11 millones de habitantes, Bogotá de 500.000 a 9 millones y el área metropolitana de São Paulo de 5 a 18 millones. La Habana fue la única ciudad que se mantuvo relativamente estable, duplicando su población de 1950 a un millón. Estos fenómenos son representativos del sistema urbano del mundo en desarrollo, especialmente de América Latina, considerada la región más urbanizada del mundo: con sólo el 8,5% de la población mundial, alberga cuatro de las trece megaciudades del planeta – Buenos Aires, São Paulo, Río de Janeiro y Ciudad de México – y 26 de las 101 aglomeraciones con más de 2 millones de habitantes.
Aunque el continente es un espacio vacío con una densidad de población de 30 habitantes por kilómetro cuadrado, la mayor parte de la población de Argentina, Brasil y México, la mitad de la cual vive en condiciones de extrema pobreza, se concentra en las grandes ciudades en un área muy reducida. Sin embargo, a pesar de la proliferación de “villas miseria”, asentamientos periféricos y la aparición de “galaxias”, los centros urbanos tradicionales han conservado su vitalidad y sus funciones políticas, administrativas, culturales y comerciales: desde hace casi quinientos años, ni la Plaza de Mayo de Buenos Aires ni la Plaza del Zócalo de México han perdido su iconicidad como expresión popular de las raíces históricas nacionales.
En la década de 1950, la oficina de planificación Sert Wiener und Schulz diseñó varias ciudades de la región bajo el patrocinio de Nelson Rockefeller: entre 1943 y 1945, la Cidade dos Motores en Río de Janeiro; en Colombia, entre 1948 y 1953, diseñó el plan director de Chimbote, Medellín y, en colaboración con Le Corbusier, el plan director de Bogotá.
En 1953, el gobierno del dictador cubano Fulgencio Batista encargó a Sert el plan director de La Habana, cuya ejecución habría supuesto la destrucción del valioso centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1982. Algo similar se planeó para el céntrico barrio de San Telmo -hoy uno de los más animados de Buenos Aires- con el proyecto lecorbusiano “Barrio Sur” de Antonio Bonet (1956), en el que la trama tradicional debía ser sustituida por franjas continuas de edificios incrustados en espacios verdes.
En relación con el desarrollo industrial promovido en la región, también se realizaron propuestas de nuevas ciudades: Ciudad Sahagún en México y Ciudad Guayana en Venezuela, esta última diseñada por urbanistas de la Universidad de Harvard y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). La implicación de técnicos extranjeros culminó con la participación del griego Konstantinos Doxiadis, autor del plan de Río de Janeiro (1963), basado en la teoría del “ecismo”.
La década de 1960
La década de 1960, en el urbanismo de América Latina, comenzó con la fundación de Brasilia, sin duda el experimento urbanístico más importante del siglo XX en América Latina. El plan director diseñado por Lúcio Costa se ejecutó en un tiempo récord y se construyeron los símbolos del Estado diseñados por Oscar Niemeyer: los Palacios del Congreso, del Planalto y de la Justicia en la Plaza de los Tres Poderes, la Explanada de los Ministerios, el Teatro Nacional y la Catedral. Representaban el deseo de modernización del continente, que se manifestó en la fundación de la nueva capital en el centro geográfico del país, una iniciativa provocadora y arriesgada del Presidente Juscelino Kubitschek. El objetivo era representar el surgimiento de un nuevo Brasil industrialmente desarrollado. En términos de planificación urbana, sin embargo, la iniciativa seguía el movimiento modernista al aplicar estrictamente las directrices del Congreso Internacional de Arquitectura Moderna (CIAM) y la Carta de Atenas, cuya validez ya se cuestionaba en los debates teóricos de la época.
Cuando el proceso de democratización brasileño se vio interrumpido por la dictadura militar en 1964, la capital reprodujo rápidamente las estructuras socialmente segregadas de las ciudades tradicionales y radicalizó su doble configuración: el plan piloto acogía a medio millón de políticos y funcionarios, mientras que un millón de habitantes – obreros, empleados, comerciantes y trabajadores industriales – se instalaban casi espontáneamente en ciudades satélites sin ninguna planificación urbana sostenible. Sin embargo, la estricta coherencia del plan piloto hizo que fuera declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987.
Los años sesenta se caracterizaron por la disponibilidad de fondos para la construcción de grandes urbanizaciones. Por un lado, se esperaba eliminar los asentamientos informales de la periferia pobre de las grandes ciudades y sustituirlos por enormes urbanizaciones con bloques de pisos anónimos. El modelo utilizado por Carlos Raúl Villanueva en las colinas de Caracas se extendió por todo el continente: Mario Pani diseñó el complejo Tlatelolco-Nonoalco en Ciudad de México (1962) para 100.000 residentes, que más tarde fue trágicamente recordado por la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas (1968).
Presionado por el ejemplo de la revolución cubana, el gobierno estadounidense concedió a los países de la región amplios préstamos para la construcción de viviendas con el fin de reducir las tensiones sociales: Los “barrios Kennedy” surgieron en todos los suburbios de las grandes capitales, formando precarias ciudades dormitorio.
Las iniciativas del gobierno chileno de Salvador Allende (1972) para superar la segregación social en las ciudades fueron efímeras: construyó complejos de viviendas para la población de los barrios elegantes y elaboró un plan para el centro de Santiago de Chile que combinaba el casco histórico con nuevos edificios multifuncionales. Tras el golpe de Augusto Pinochet, las dictaduras militares establecieron una política urbanística común: Expulsión de los pobres de los barrios cercanos a las zonas residenciales de clase media y “limpieza” del centro histórico; promoción de la modernización del centro comercial de las ciudades y construcción de torres de acero y cristal, sedes de empresas extranjeras, para formar el distrito de negocios; promoción de la expansión del consumo y aparición de grandes centros comerciales; creación de infraestructuras viarias para conectar las zonas comerciales y financieras del centro con las nuevas periferias de los grupos sociales de alto poder adquisitivo.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
La dictadura del General Videla en Argentina llevó a cabo una iniciativa similar con motivo del Mundial de Fútbol de Buenos Aires (1978), acompañada de la creación del distrito financiero Catalinas Norte con sus altas torres de oficinas y el trazado definitivo de la Avenida 9 de Julio con el correspondiente desplazamiento de los habitantes del centro que se instalaron en la nueva periferia: Villa Soldati, Lugano I-II.
Se han producido remodelaciones con escaso respeto por el patrimonio histórico, como en el caso del centro de Guadalajara, donde los nuevos edificios comerciales desplazaron varias manzanas de edificios coloniales. Otros ejemplos son la construcción del Centro Cívico y Comercial de Lima (1972), los planes de revitalización de los barrios de Las Condes y Providencia en Santiago de Chile, el diseño del metro de Caracas, el centro comercial de Bogotá, la creación de nuevos centros administrativos en la Avenida Berrini y la Marginal Pinheiros en São Paulo; las torres de oficinas gubernamentales en la antigua colina de Santo Antônio, en el centro de Río de Janeiro, el puente de Río Niterói sobre la bahía de Guanabara y el inicio de la urbanización suburbana de La Barra de Tijuca, que adoptó el modelo de urbanizaciones cerradas que se extendería por toda la región en las décadas siguientes.
En Brasil, la urbanización controlada e integral comenzó con Curitiba, una ciudad de tamaño medio diseñada por el arquitecto y posterior alcalde Jaime Lerner.
El final del siglo XX
Con el progresivo retorno a la democracia en los países latinoamericanos, la dinámica urbana de las dos últimas décadas del siglo se caracterizó por la desaparición del Estado del bienestar, la reducción al mínimo de la inversión en edificios públicos y la creciente importancia del poder municipal y la participación popular.
El desarrollo de la arquitectura ecológica exige un cambio de actitudes. En este reto “win-win”, todos los actores del sector de la construcción tienen su lugar: responsables políticos, clientes públicos y privados, arquitectos, ingenieros, empresas y artesanos.
No se prestó mucha atención al crecimiento de los asesntamientos espontáneos y la pobreza. La “ciudad perdida” de Nezahualcóyotl, en Ciudad de México, con más de un millón de habitantes, es un ejemplo paradigmático de este problema. Y muchas de las chavelas brasileñas.
Las iniciativas de las cooperativas de vivienda en Uruguay, promovidas por el alcalde de Montevideo, el arquitecto Mariano Arana, y el programa Favela Barrio en Río de Janeiro, lanzado por los alcaldes César Maia y Luiz Paulo Conde y el Secretario de Vivienda, Sérgio Magalhães, fueron casos excepcionales en la medida en que su originalidad consistía en renovar y diseñar los espacios públicos de los asentamientos espontáneos e integrarlos en el conjunto urbano.
La concienciación sobre este problema creció tanto a través de la población local como por la presión de los organismos internacionales -la UNESCO declaró centros históricos de numerosas ciudades latinoamericanas, entre ellas La Habana, Ciudad de México, Lima, Puebla, Valparaíso, Cuzco, Olinda, Ouro Preto, Guanajuato, Zacatecas, Cartagena de Indias y otras-, así como por los ejemplos de ciudades europeas, en particular Barcelona.
Los ejemplos más importantes son la restauración del centro histórico de La Habana, iniciada en 1982, el rediseño de la Avenida Bolívar de Caracas por Carlos Gómez de Llanera a finales de los ochenta y el corredor cultural de Río de Janeiro; la reciente política de revitalización del centro tradicional de São Paulo, abandonado desde los años 70, mediante la reconversión de edificios vacíos; la zona peatonal del centro de Córdoba por Miguel Angel Roca y las de los centros de Santiago de Chile y Lima; la remodelación de los centros de Quito y Ciudad de México.
La solución de gestión del transporte público aplicada en Curitiba se ha reinterpretado en Bogotá con el Transmilenio, basado en líneas fijas a lo largo de las principales calles, con un excelente diseño de paradas fijas que cambian radicalmente el paisaje urbano. Una iniciativa que también se ha puesto en marcha en Medellín, donde se ha facilitado el acceso al centro de la ciudad de la población pobre que vive en las colinas remotas gracias al Metrocable, un teleférico a precios asequibles.
La iniciativa más ambiciosa se desarrolló en Buenos Aires con una inversión millonaria para reutilizar y rehabilitar los almacenes abandonados de Puerto Madero. Inspirada en las intervenciones durante los Juegos Olímpicos de Barcelona y a pesar de su carácter socialmente elitista y “gentrificado” (la gentrificación es el proceso por el cual ciertas zonas degradadas del centro de la ciudad son ocupadas por grupos sociales de mayores ingresos tras la reurbanización de las viviendas), aquí triunfó, revitalizando una zona enorme, aprovechando una gran área frente al distrito bancario y financiero, salvando el valor paisajístico del frente costero del Río de la Plata y creando un espacio urbano multifuncional de gran calidad de diseño, dando una dimensión pública a una zona que había estado descuidada durante décadas.
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Nuestros recursos de Geografía muestran lo mejor de la revisión de la investigación de vanguardia de toda la disciplina y del campo afín de los estudios urbanos. Nuestros elementos y textos abarcan temas tan diversos como la ecología política, los peligros y las catástrofes, la regeneración urbana, Urbanismo, el desarrollo local y regional y la ecología urbana. Periódicamente se añaden nuevos temas a medida que los autores responden a los acontecimientos y temas de actualidad de esta dinámica disciplina. Entre los recursos se incluyen:- Desarrollo local y regional
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Características de Urbanismo
Entre los elementos clave y característicos del urbanismo moderno, se ha escrito [2], “se encuentran los siguientes:
- planes generales que resumen los objetivos (y limitaciones) del desarrollo urbano;
- controles de subdivisión y de división en zonas que especifican los requisitos, densidades y utilizaciones del suelo permitidos en lo que a calles, servicios públicos y otras mejoras se refiere;
- planes para la circulación y el transporte público;
- estrategias para la revitalización económica de áreas urbanas y rurales necesitadas;
- estrategias para ayudar a grupos sociales menos privilegiados; y
- directrices para la protección medioambiental y la conservación de recursos escasos.”
Sociología y Urbanismo
Los recursos de sociología de Lawi son contenidos de referencia que proporcionan una visión general de toda un área temática o subdisciplina. Estos recursos examinan el estado de la disciplina incluyendo las áreas emergentes y de vanguardia. Al proporcionar una obra de referencia exhaustiva, actualizada y definitiva, los textos y elementos de Lawi ofrecen profundidad del contenido y verdadera interdisciplinariedad. Incluye aspectos como la Sociología cultural, el cosmopolitismo, la sociología del deporte, la ciudadanía global, la cultura popular, Urbanismo y la sociología de la educación superior. Un aspecto clave de estos textos es su alcance y relevancia internacionales.- Cambio climático y sociedad
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Recursos
[rtbs name=”informes-jurídicos-y-sectoriales”][rtbs name=”quieres-escribir-tu-libro”]Notas y Referencias
- Fuente: Información sobre Urbanismo en la Enciclopedia Rialp
- Información sobre Urbanismo en la Enciclopedia Online Encarta
Traducción de Urbanismo
Inglés: Town planning
Francés: Urbanisme
Alemán: Stadtplanung
Italiano: Urbanistica
Portugués: Urbanismo
Polaco: Urbanistyka
Tesauro de Urbanismo
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Véase También
- Ciudad
- Zona urbana
- Geografía urbana
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- Propiedad del suelo
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- Economía
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- Equipamiento social
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- Reglamentación de la construcción
- Catastro
- Permiso de construcción
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- Propiedad del suelo
- Terreno edificable
- Propiedad inmobiliaria
- Propiedad del suelo
- Zona verde
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- Política de ordenación urbana
- Política urbana
Geografía Urbana, Planificación Regional, Planificación Urbana, Urbanismo
Diversidad Cultural
Arquitectura
Urbanización
Historia del urbanismo, Vivienda, Sociología urbana, Historia social, Historia urbana
Bibliografía
- Información acerca de “Urbanismo” en el Diccionario de Ciencias Sociales, de Jean-Francois Dortier, Editorial Popular S.A.
A. CARCELLER FERNÁNDEZ, Los planes de urbanismo, Barcelona 1962; ÍD, El derecho y la obligación de edificar, Barcelona 1966; J. L. GONZÁLEZ-BERENGUER, Teoría y práctica de la Ley del Suelo, Madrid 1964; ÍD, La reparcelación y otros estudios sobre urbanismo y vivienda, Madrid 1967; J. GONZÁLEZ PÉREZ, Comentarios a la Ley dei Suelo, Madrid 1968.
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Sería interesante hacer un repaso, creo yo, por la historia del término urbanización. En la retórica antigua, urbanitas denotaba inicialmente una cualidad estilística, a saber, la expresión astuta, elegante e ingeniosa que reflejaba la sofisticación de la cultura urbana grecorromana. Desde una perspectiva histórica, este aspecto de fondo fue adquiriendo cada vez más importancia. En la Ilustración, sobre todo entre los autores de la Enciclopedia, urbanité seguía utilizándose para caracterizar el antiguo ideal de estilo, pero ya se asociaba a la “cortesía en el lenguaje, el espíritu y los modales”. Immanuel Kant elogia las bellas artes por promover la “urbanidad de las fuerzas formativas del conocimiento” y contribuir así al ennoblecimiento de los modos de vida.
Buen punto. “Urbanidad” se refiere en última instancia al ideal estético de la vida social por excelencia. Sin embargo, este aspecto se ha convertido en central con la explosión demográfica de las ciudades desde la revolución industrial.
El término urbanismo se remonta en última instancia a Ildefonso Cerdá (Teoría general de Urbanización, 1867): Se enfrentó al problema teórico de encontrar una forma de planificación para las ciudades europeas que no remitiera a las teorías arquitectónicas del Barroco, que se habían vuelto impracticables, ni a los asentamientos coloniales planificados en forma de tablero de ajedrez en Norteamérica.
En el siglo XX, el término pronto se dividió entre disciplinas: En sociología, cobró especial relevancia en la llamada “Escuela de Chicago”, donde denota un modo de socialización en la metrópoli moderna que conduce a una moral y una ética superiores. En arquitectura, los escritos programáticos de Le Corbusier son especialmente influyentes.
También debería tenerse en cuenta el urbanismo en el Postmodernismo. Para Jean-François Lyotard, la vida en la ciudad como modo de vida específico se señala como un proyecto fracasado de la modernidad: El pensamiento posmoderno ya sólo es posible en las zonas periféricas de las ciudades porque la utopía urbanista de crear una cultura para el pueblo ha fracasado. Lyotard ve las ciudades como meros museos turísticos de un modo de vida ya obsoleto. En L’empire des signes (1970), Roland Barthes compara Tokio con las ciudades occidentales: Contrasta la estructura descentralizada de Tokio con el orden clásicamente centralizado de las ciudades europeas, que para él representa el patrón aporético básico de la metafísica occidental, la dialéctica del centro y la periferia.
En The Ordinary City (1997), los dos geógrafos Ash Amin y Stephen Graham afirman que el “paisaje urbano” debe entenderse como un lugar de espacios múltiples y superpuestos, tiempos y redes de relaciones que integran lugares y sujetos en redes globalizadas de cambio económico, social y cultural.
A quien le interese: Cada año, la Universidad Técnica de Berlín ofrece a 30 estudiantes la oportunidad de obtener su título de Máster en el marco del programa de Máster “Estudios Históricos Urbanos” del Centro de Estudios Metropolitanos (CMS). La Universidad de Artes Aplicadas de Viena ofrece desde 2012 el programa de máster “Artes del diseño social como innovación urbana” y la Universidad de Duisburgo-Essen también ofrece la especialización interdisciplinar “Sistemas urbanos”.