El verdadero héroe de la historia de Alejandro no es tanto Alejandro como su padre Filipo. El autor de una obra no brilla en el candelero como lo hace el actor, y fue Filipo quien planeó gran parte de la grandeza que alcanzó su hijo, quien sentó las bases y forjó las herramientas, quien de hecho ya había iniciado la expedición a Persia en el momento de su muerte. Filipo, sin lugar a dudas, fue uno de los más grandes monarcas que el mundo ha visto; fue un hombre de la mayor inteligencia y capacidad, y su rango de ideas estaba muy por encima del alcance de su tiempo. Hizo de Aristóteles su amigo; debió de discutir con él aquellos esquemas para la organización del conocimiento real que el filósofo iba a realizar más tarde a través de las dotes de Alejandro.
Filipo de Macedonia convirtió este pequeño estado bárbaro en uno grande; creó la organización militar más eficiente que el mundo había visto hasta entonces, y había reunido a la mayor parte de Grecia en una confederación bajo su liderazgo en el momento de su muerte. Y su extraordinaria cualidad, su poder de pensar más allá de las ideas corrientes de su tiempo, se muestra no tanto en estos asuntos como en el cuidado con el que hizo que su hijo se formara para llevar a cabo la política que había creado. Lo que Olimpia pudiera haber hecho con el asesino de su marido, la historia no duda de su trato con su suplantadora, Cleopatra. Tan pronto como Alejandro se quitó de en medio (y una revuelta de los montañeses en el norte llamó enseguida su atención), el hijo recién nacido de Cleopatra fue asesinado en los brazos de su madre, y Cleopatra -sin duda tras una pequeña burla- fue entonces estrangulada.