Este texto se ocupa del Gladiador, como luchador que participaba en espectáculos de combates armados en los antiguos circos y anfiteatros romanos, de origen etrusco. Un gladiador representaba una mercancía valiosa, algunos valían más que el salario anual de un soldado romano (unos doce mil sestercios). La inflación de los precios era un problema constante para los propietarios, y el gobierno instituyó repetidamente controles de precios. El productor del espectáculo lo financiaba, lo que podía implicar la contratación de una compañía de una escuela de gladiadores si no patrocinaba la suya propia. Los contratos que han sobrevivido especifican una cuota de alquiler de ochenta sestercios si el gladiador sobrevivía, pero una indemnización de cuatro mil sestercios si moría o quedaba mutilado. De este modo, se creaba un interesante conflicto de valores en los juegos. Los combates eran breves y estaban coreografiados, y entre el 20 y el 50 por ciento de las peleas terminaban con una muerte. Cuando uno de los luchadores reconocía la derrota soltando su arma y levantando el dedo, el árbitro detenía el combate para que los espectadores pudieran señalar una decisión.