El concepto de trinidad trae inmediatamente a la mente la noción de una restricción ineludible en el menú de políticas disponibles para las naciones soberanas. Por supuesto, los argumentos se expresan en términos puramente económicos. Sin embargo, cuando se consideran las dimensiones políticas, el dilema de elección de políticas al que se enfrentan las autoridades puede resultar aún más complicado. Después de todo, los gobiernos suelen elegir el régimen cambiario, mientras que la estrategia de política monetaria, al menos a corto plazo, suele ser responsabilidad del banco central. Rodrik (2000) se refiere a un “trilema político”, que es una variante del concepto de trinidad imposible. El trilema trata de conciliar la influencia de la integración económica en el Estado-nación. Podría decirse que este último es menos “independiente” cuanto mayor es la influencia de la globalización. Mientras que la globalización implica la internacionalización de las fuerzas económicas, los acuerdos internacionales, como el de Bretton Woods tras la Segunda Guerra Mundial, vinculan a los Estados-nación a través de estructuras políticas internacionales formales. Por último, en el otro extremo del trilema se encuentran los intentos de crear una forma global de federalismo en la que los Estados-nación relajen las divisiones creadas por las fronteras nacionales en aras de un objetivo político o económico mayor. La Unión Europea me viene inmediatamente a la mente.