A fines del siglo XX, la mayoría de los países del África central experimentaron un rápido crecimiento demográfico, un desarrollo económico lento y una acelerada degradación del medio ambiente. Los conflictos no resueltos por cuestiones de tierras y otros recursos naturales socavaron cada vez más la capacidad de los pobres para producir alimentos. A principios del siglo XXI, los pobres y los vulnerables rara vez pueden defenderse de las tácticas de mano dura de los poderosos acaparadores de tierras. En algunos casos, los acuerdos consuetudinarios de administración de la tierra han desaparecido pero no han sido sustituidos por acuerdos estatutarios satisfactorios. Las poblaciones urbanas en rápido crecimiento son particularmente vulnerables a la ineficiencia de los sistemas de tenencia de la tierra que todavía reflejan el dualismo de la tenencia introducido por los regímenes coloniales y adoptado por los Estados africanos independientes.
En los últimos años se ha observado un mayor interés por la variedad de culturas que coexisten en una jurisdicción determinada y un reconocimiento creciente de los valores que se encuentran en las estructuras sociales pluralistas. Resulta esencial examinar la manera en que los pueblos indígenas pueden funcionar en los Estados modernos, preservar sus costumbres tradicionales y adaptar simultáneamente aspectos de su cultura a los desafíos que plantea la vida en el siglo XXI. Si bien antes se suponía que estos marcos tribales estaban condenados a la extinción, se ha producido un resurgimiento de su vitalidad, vinculado al reconocimiento de sus derechos a través del sistema jurídico.