Imaginación Sociológica
Aprender a pensar sociológicamente significa cultivar la imaginación sociológica. Estudiar sociología no puede ser solo un proceso rutinario de adquisición de conocimiento. Un sociólogo es alguien que puede liberarse de la inmediatez de las circunstancias personales. Si la Ilustración europea no inventó la idea de la imaginación, ciertamente la llevó a su máxima articulación, ampliando su alcance para incluir no sólo la literatura y las artes, junto con la filosofía y la teología, sino también la teoría política y social e incluso la ciencia. En resumen, durante el siglo XVIII se convirtió en una herramienta crucial en prácticamente todos los ámbitos de la vida intelectual. Hasta ese momento, la investigación intelectual había tendido a centrarse en la relación de la humanidad con Dios, con la naturaleza y con los demás. Sin embargo, pensadores como Thomas Hobbes (1588-1679) empezaron a mirar hacia dentro, a considerar los procesos de la percepción humana, las dimensiones psicológicas de la experiencia humana, aportando el método empírico que iba a ser cada vez más importante a lo largo del siglo XVIII. Para Hobbes, la imaginación era una facultad activa y creativa, no un mero receptor pasivo de impresiones; es el poder que da forma a nuestros pensamientos e impresiones sensoriales en una unidad, incluso en una visión coherente del mundo. Incluso John Locke (1632-1704), por mucho que deplorara la imaginación por considerarla “ilusoria”, hizo hincapié en la actividad unificadora de la mente; más tarde, David Hume (1711-1776), a pesar de su escepticismo, consideraba la imaginación como el poder que unía el pensamiento y el sentimiento. Es evidente que se estaba allanando el camino para pensadores posteriores como Coleridge, que vería la imaginación como el poder unificador de la percepción y la creatividad humanas.