Ya sea que el criminal emplee la violencia como medio para obtener dinero, adquirir bienes materiales, o matar o lesionar a una víctima específica a cambio de un pago, está actuando principalmente por motivaciones personales y egoístas (generalmente ganancias materiales). Además, a diferencia del terrorismo, el acto violento del delincuente ordinario no está diseñado ni tiene la intención de tener consecuencias o crear repercusiones psicológicas más allá del acto mismo. Mientras que el objetivo del terrorista es de nuevo ineluctablemente político (cambiar o alterar fundamentalmente un sistema político a través de su acto violento), el objetivo del asesino lunático es más a menudo intrínsecamente idiosincrásico, completamente egocéntrico y profundamente personal. En este sentido, aunque el asesinato del candidato presidencial y senador estadounidense Robert Kennedy por parte de Sirhan Sirhan en 1968 tuvo un motivo político (protestar contra el apoyo de Estados Unidos a Israel), es discutible si el asesinato debe definirse como un acto terrorista ya que Sirhan no pertenecía a ningún grupo político organizado y actuó totalmente por su cuenta, por una profunda frustración personal y un profundo animo que pocos compartían. Al distinguir a los terroristas de otros tipos de criminales y al terrorismo de otras formas de crimen, llegamos a apreciar que el terrorismo es ineluctablemente político en sus objetivos y motivos. Por último, cabe destacar que, a diferencia del delincuente común o del asesino lunático, el terrorista no persigue objetivos puramente egocéntricos, no le impulsa el deseo de forrarse el bolsillo o de satisfacer alguna necesidad o agravio personal.