▷ Sabiduría semanal que puedes leer en pocos minutos. Añade nuestra revista gratuita a tu bandeja de entrada. Lee gratis nuestras revistas de Derecho empresarial, Emprender, Carreras, Liderazgo, Dinero, Startups, Políticas, Ecología, Ciencias sociales, Humanidades, Marketing digital, Ensayos, y Sectores e industrias.

Conflictos Sociales en Latinoamérica

▷ Lee Gratis Nuestras Revistas

Conflictos Sociales en América Latina

Este elemento es un complemento de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre los Conflictos Sociales en Latinoamérica. Puede ser de interés la siguiente información más general:

[aioseo_breadcrumbs]

Visualización Jerárquica de Conflicto Social

Asuntos Sociales > Vida social > Vida social

A continuación se examinará este temao.

Conflictos Sociales en Latinoamérica

Tras la aplicación de las políticas neoliberales en Chile durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, en la década de 1980 se elaboró un “paquete” de medidas para el resto de los países latinoamericanos al amparo de una doctrina neoliberal cosmopolita desarrollada en la capital del mundo capitalista, conocida como el Consenso de Washington (véase a continuación).

▷ Consenso de Washington
El Consenso de Washington tenía diez puntos estratégicos (véase sobre sus medidas): 1) disciplina fiscal; 2) priorización del gasto público en sanidad y educación; 3) reforma fiscal; 4) fijación de tipos de interés positivos; 5) valoración y fijación del tipo de cambio para hacerlo competitivo; 6) eliminación de barreras arancelarias y paraarancelarias para establecer una política comercial liberal; 7) liberalización de los flujos de inversión extranjera; 8) privatización de empresas públicas; 9) desregulación integral de la economía y 10) protección de la propiedad privada. privatización de empresas públicas; 9) desregulación integral de la economía y 10) protección de la propiedad privada. Privatización de empresas públicas; 9) desregulación integral de la economía; y 10) protección de la propiedad privada.
Estas medidas -liberalización comercial indiscriminada, “austeridad” fiscal (véase más adelante), “reformas” gubernamentales y otras- conformaron las llamadas políticas de ajuste estructural. Sin embargo, debido a sus consecuencias y a la destrucción que han causado en América Latina, pueden ser vistas como políticas de conflicto social (en América Latina).

Austeridad

El carácter ortodoxo de estas políticas fue mucho más riguroso en América Latina que en los países centralizados. Estos últimos lideran los organismos multilaterales que las proponen y financian (especialmente Estados Unidos). Como consecuencia, han desencadenado un conflicto social mucho más amplio y profundo (en América Latina). Véase la definición de conflicto social en el diccionario.

Estas consecuencias se vieron como inevitables o como parte de un proceso encaminado a la modernidad. Se trataba de una etapa dolorosa pero necesaria para que los países en desarrollo alcanzaran una supuesta estabilidad, condición previa para el crecimiento futuro y, tal vez, cierta distribución de las sobras en un futuro aún más lejano.

▷ Población Campesina
Una población campesina, con la garantía de permanecer encerrada en su condición durante varias generaciones, no entra fácilmente en conflicto con otros grupos sociales. Se sitúan dentro de un orden social transmitido por una cultura. Pueden resentirse de su condición desfavorecida; puede decirse que son potencialmente revolucionarios. Rara vez participan en conflictos sociales. Sólo cuando el antiguo orden se desintegra, cuando las comunidades se ven sacudidas por el cambio económico y, en particular, por la emigración profesional, puede surgir el conflicto, ya que éste presupone una cierta coincidencia de objetivos entre los adversarios. Los conflictos están ligados al progreso de la “movilización” social y de la integración. Por el contrario, el ejemplo de los trabajadores extranjeros temporales atraídos por las sociedades industriales más desarrolladas demuestra que una situación desfavorecida y el peso de la segregación y la discriminación no conducen al estallido de conflictos sociales, sino más bien al repliegue, la ruptura o la marginalidad. En Estados Unidos, el conflicto abierto entre blancos y negros no estalló en el Sur, sino en las grandes ciudades del Norte, y acompañó a un movimiento de integración de los negros en la economía industrial y urbana. Integración y conflicto se desarrollaron en paralelo.

Las críticas a esta concepción han hecho hincapié en las relaciones deterministas entre crisis económica, política de ajuste, situación social y política social, por lo general poco explícitas (cuando no explícitamente ocultas). La perspectiva adoptada aquí es que estos determinantes no son “circulares”, es decir, que todos los factores se ven afectados de la misma manera y con la misma intensidad. En una primera aproximación, estas relaciones estarían determinadas en última instancia por un marco histórico-estructural más amplio. Esto explicaría la naturaleza de estas relaciones y las similitudes y diferencias entre los países analizados. En una segunda aproximación, la forma en que se manifestó la crisis económica en América Latina, en los países dependientes y periféricos, constituyó el telón de fondo de las políticas de ajuste, de la situación social y de las políticas sociales, y afectó de manera particular a cada uno de estos países. Las manifestaciones de la crisis económica en los distintos países también muestran similitudes generales y diferencias particulares.

Configuraciones del conflicto social (en América Latina)

A partir de estos determinantes más generales, se pueden derivar algunas relaciones entre las políticas de ajuste, la situación social y las políticas sociales, que configuran la totalidad que aquí se etiqueta como conflictividad social (en América Latina):

  • La forma y el contenido de las políticas de ajuste en América Latina no son neutrales en relación con la situación social y las políticas sociales.
  • El perfil neoliberal de las políticas de ajuste, que se ha vivido en varios países de en América Latina, es responsable tanto del deterioro de las condiciones sociales y de la desigualdad como del deterioro de los programas sociales existentes en los países latinoamericanos.
  • Dependiendo del modelo y nivel de desarrollo de las políticas y programas sociales existentes en cada país de América Latina, se observan diferentes formas de deterioro. Sin embargo, las consecuencias de la adaptación a estas políticas son visibles en todos los países latinoamericanos.
  • Este deterioro de las políticas y programas sociales existentes en América Latina se observa principalmente de dos formas: a través del desmantelamiento de políticas públicas históricamente consolidadas, que son reemplazadas por políticas radicalmente opuestas (como la privatización del sistema de pensiones en Chile), y a través del desmantelamiento completo de programas sociales que ya existían de forma precaria y con mecanismos funcionales y, sobre todo, de financiación no estabilizados (como en Bolivia y Perú).
  • Partiendo del supuesto de que las políticas neoliberales generan cierto tipo de consecuencias sociales, éstas a su vez son diferentes en cada país de América Latina, no sólo por las especificidades antes mencionadas (de carácter más estructural), sino también y en algunos casos de manera enfática por la naturaleza, alcance e intensidad de las propias medidas de ajuste.
  • Los cambios provocados por el ajuste económico y estructural no son sólo cíclicos y pueden revertirse posteriormente. En algunos casos, estos cambios son de carácter estructural. Ejemplos de ello son la aparición de una “nueva pobreza” en los países latinoamericanos y la ruptura radical con los modelos de política social existentes hasta entonces.
  • A su vez, el deterioro de la situación social provocado por la adaptación conduce a una sobrecarga de la demanda de servicios y prestaciones sociales en América Latina (por ejemplo, debido al aumento del número de desempleados y necesitados o al incremento y la creciente complejidad de las enfermedades como consecuencia del deterioro de las condiciones de vida).
  • Por tanto, la política social se ve afectada en dos sentidos: por el lado de la demanda y por el de la oferta de servicios y prestaciones en América Latina. Esta última se ve restringida por las medidas de ajuste, por los recortes del gasto y la reducción de los ingresos (debido a la recesión) y por la reestructuración de su perfil mediante la orientación a grupos destinatarios y la privatización.
  • Esta restricción general de la política social, que se observa en todos los países de América Latina, repercute a su vez en la propia situación social, ya que no responde satisfactoriamente a las necesidades sociales y empeora aún más las condiciones de vida de los sectores más pobres de la población, que dependen de los programas sociales públicos para su supervivencia.

Revisor de hechos: ST

Conflictos Sociales y su Teoría

El conflicto es un tema embarazoso para las ciencias sociales. El análisis parece dirigirse constantemente o bien hacia las relaciones intersociales, para las que la teoría de los juegos ofrece una expresión formalizada, aunque ajena a la realidad social, o bien hacia los mecanismos de integración social. O bien se concibe la sociedad, en la tradición del darwinismo social, como dominada por la competencia y la selección natural, o bien, a la inversa, la tradición intelectual (de Durkheim a Parsons, en particular) la define como un sistema de estatus y roles cuyos actores se remiten a todo un conjunto de reglas, normas y valores que definen el comportamiento normal, es decir, el comportamiento legítimamente esperado. Así pues, por un lado está la guerra y, por otro, las tensiones internas de un sistema social. El conflicto social parece perder toda unidad entre estos dos modelos extremos de análisis. A menudo, incluso, esta desaparición del concepto de conflicto se justifica por razones históricas. Mientras que el período de industrialización, que Rostow denomina de “despegue”, presupone una fuerte acumulación de capital en manos de un grupo dirigente -capitalistas nacionales o extranjeros, o dirigentes políticos- y, en consecuencia, un conflicto entre los que aportan su capacidad de trabajo y los que controlan la utilización de la plusvalía, parece que las sociedades que han llegado al final de esta fase de su desarrollo aseguran cada vez más su crecimiento reforzando su integración social, mediante la difusión de la formación y la información y mediante una mayor movilidad de los factores de producción. Este refuerzo constante de las unidades económicas y políticas que constituyen las naciones y los imperios conduce también a un aumento de las rivalidades entre Estados.

Los conflictos intersocietales parecen sustituir a los conflictos intrasocietales. Los conflictos políticos o imperialistas se están disociando de los conflictos sociales tradicionales. La Guerra Fría y la rivalidad entre las potencias que poseen la fuerza de la destrucción termonuclear parecen estar sustituyendo en el primer plano de la escena histórica a los conflictos de clase, que se degradan en tensiones inevitables pero limitadas entre elementos de sistemas sociales cada vez más diferenciados y cada vez más acordes con el modelo durkheimiano de solidaridad orgánica. En este sentido, es característico que la noción de conflicto haya sido reintroducida en el análisis sociológico por autores como A. Coser y R. Dahrendorf. Dahrendorf, no -a pesar de sus afirmaciones- en oposición a los principios de un análisis funcionalista basado en la integración del sistema social, sino más bien como complemento del mismo y en términos perfectamente aceptables para él.

Por lo tanto, no se puede dar por sentado desde el principio que el análisis de conflictos, en particular el análisis sociológico de conflictos, se ha establecido sobre bases sólidas, que su propósito es evidente por sí mismo. El reto de un análisis de este tipo es, ante todo, decidir sobre la existencia de su objeto. ¿Existen conflictos sociales, es decir, sistemas de relaciones sociales conflictivas, entre la guerra entre unidades sociales y el funcionamiento integrado -y tenso- de estas unidades? ¿Puede la línea de análisis que fue sobre todo la de Marx y Freud ampliarse y definirse hoy en su relación con las muy diferentes corrientes de análisis social que acabamos de mencionar? Esta es la pregunta que guiará este estudio.

El campo del conflicto

El análisis estático: Kurt Lewin

La forma más simple de conflicto es la que sitúa a un actor entre dos estímulos que se equilibran o se oponen. Algunos pueden negarse a llamar a esto conflicto, ya que sólo hay un actor. Pero el interés de este caso es permitir, en las mejores condiciones, un análisis del conflicto considerado como el comportamiento del actor en un campo de vectores. Fue Kurt Lewin (1890-1947) en particular quien introdujo este punto de vista. Basándose en sus trabajos y en los de sus alumnos, podemos distinguir cuatro grandes tipos de situaciones conflictivas.

– El tipo atracción-atracción suele representarse con la situación del burro de Buridan, colocado a igual distancia entre dos fardos de paja, e incapaz de elegir entre estímulos supuestamente iguales que actúan en direcciones opuestas. El equilibrio es extremadamente inestable, ya que el menor movimiento aumenta una de las fuerzas de atracción y disminuye la otra, desencadenando un proceso irreversible que pone fin al conflicto.

– El tipo atracción-repulsión es más importante y conduce a un conflicto más estable. Cuanto más se acerca el actor a la meta que le atrae, más le repele la estimulación negativa, el coste creciente de la tarea. El niño que quiere alcanzar un objeto prohibido se encuentra en este tipo de conflicto y la mayoría de las veces se comporta de forma vacilante o huyendo.

– El tipo repulsión-repulsión ejerce una presión aún mayor sobre el actor, que debe realizar una tarea desagradable o arriesgarse a ser castigado. Su respuesta suele ser el retraimiento o el estallido agresivo, ya que no puede resolver la situación conflictiva en la que se encuentra.

– El tipo doble atracción-repulsión es el más complejo. El actor se encuentra entre dos objetivos que le atraen y le repelen. La atracción o la repulsión pueden no estar en el mismo nivel de conciencia. La teoría psicoanalítica ha hecho hincapié en esta ambivalencia del objeto.

El tipo más simple -aparte del primero, que tiene poca importancia, ya que la situación de conflicto es muy inestable- es el segundo; ha sido estudiado en profundidad en particular por Neal E. Miller. Sus experimentos de laboratorio demostraron que la pendiente del gradiente de repulsión es más pronunciada que la del gradiente de atracción. Esto se muestra de forma muy esquemática en la figura. Por tanto, existe un punto (E) de equilibrio en el conflicto. Si el actor se acerca demasiado al objetivo, las fuerzas de repulsión, que crecen más deprisa que las de atracción, le hacen retroceder hacia ese punto. A menudo, el actor consigue modificar la altura de una de estas dos líneas, en particular elevando la que define el gradiente de atracción y bajando la otra. El punto de equilibrio se desplaza entonces. El actor se acerca a la meta. Para Miller, la diferencia entre estos dos gradientes se explica por el hecho de que la atracción es una necesidad cuya fuerza depende del propio actor, mientras que la repulsión procede del objeto y, por tanto, aumenta con más fuerza a medida que disminuye la distancia del actor al objeto.

Este análisis debe completarse, porque el actor colocado en esta situación conflictiva busca modificarla desplazando la meta, mecanismo ya destacado por Freud. Por tanto, hay que tener en cuenta el grado de similitud entre las metas modificadas y la meta inicial antes de determinar el punto de equilibrio del conflicto.

El análisis estático: Kenneth E. Boulding

Estos análisis permiten aproximarse a la noción más compleja de campo de conflicto, definido por las relaciones entre varios actores. Aquí sólo consideraremos el caso de dos actores, que es suficiente para esbozar los principios de una teoría general del conflicto. Esta teoría fue desarrollada en primer lugar por Kenneth E. Boulding.

Su punto de partida es también el actor, representado como una unidad de comportamiento (individual o colectiva, da igual), que busca situarse en la mejor situación posible dentro de ciertos límites, que limitan su capacidad de movimiento. Un individuo, por ejemplo, puede querer pasar sus vacaciones al sol, pero sus recursos económicos no le permiten ir a Marruecos o a Grecia.

Dos actores definidos de la misma manera pueden tener zonas de acción posibles que se solapan. Si un punto de esta zona de solapamiento no puede ser ocupado simultáneamente por uno y otro, surge el conflicto. En el diagrama, hemos dibujado los límites de acción posible por un lado para A1, y por otro para A2, e indicado con líneas de puntos los límites dentro de los cuales es imposible que los dos actores estén presentes simultáneamente. La zona de conflicto es, por tanto, rbpra. El conflicto sólo surge si las líneas que unen los puntos del campo posible más valorados por los jugadores atraviesan esta zona.

Este análisis conduce a la distinción fundamental entre la zona de conflicto y la zona de intercambio. Hay puntos desde los que los dos jugadores implicados pueden desplazarse a otros puntos en beneficio mutuo. Por otro lado, hay puntos desde los que tales movimientos mutuamente beneficiosos son imposibles. Esto se muestra claramente mediante otro modo de representación.

Consideremos dos jugadores, B1 y B2, con círculos a su alrededor que indican la progresión de sus deseos. Consideremos un punto evaluado en el nivel 4 por los dos jugadores y en el que se encuentran (punto K). Aquí hay conflicto. Pero si los actores se desplazan hacia L, el actor B1 gana, ya que obtiene un objeto situado en 3ª posición en lugar de en 4ª; B2 no pierde, ya que este punto está situado como K en la línea de puntos en 4ª posición. Si ampliamos esta observación, vemos que la zona KCE es una zona de intercambio. Por otra parte, es fácil ver que todos los puntos situados en la línea B1B2 no permiten ningún movimiento sin pérdida para uno de los dos jugadores, y por lo tanto no pertenecen a ninguna zona de intercambio.

Análisis dinámico

El análisis estático del conflicto, cuyos principios básicos acabamos de presentar, conduce a un análisis dinámico, que introduce las interacciones, es decir, las reacciones del actor B al movimiento del actor A, y viceversa. Juntas, estas reacciones forman un proceso. En primer lugar, hay dos ejes ortogonales, uno que representa las actitudes de A hacia B, que van de favorables a hostiles y a neutras, y otro que representa las actitudes de B hacia A, definidas de la misma manera. A continuación, colocamos la curva MaA, que indica el grado de hostilidad o simpatía de A hacia B para cada valor de las actitudes de B. Del mismo modo, la curva MbB indica la variación de las actitudes de B hacia A en función de las actitudes de A hacia B. Estas dos curvas se encuentran en un punto de equilibrio E. No es difícil demostrar que, si uno de los jugadores muestra, en un momento dado, demasiada o poca hostilidad hacia su adversario, un juego de fuerzas tiende a devolverle al punto E, que es, por tanto, un punto de equilibrio estable.

Tipología de los comportamientos

K. Boulding derivó de este análisis la mayoría de estos conceptos básicos; en particular, construyó una famosa tipología de los comportamientos hacia los demás, que ilustra claramente la utilidad de su enfoque. Veámoslo brevemente.

Si simplificamos al máximo las posibles actitudes llamándolas amistosas u hostiles, podemos distinguir los siguientes tipos: el yogui responde siempre de forma amistosa y constante, sea cual sea la reacción del otro. Si dos yoguis interactúan, las líneas rectas sólo pueden cruzarse en la zona en la que ambos son amistosos. Pero este caso tiene poco interés, ya que no se trata de una interacción real, puesto que la actitud de cada uno de los actores es constante. El santo responde al otro con actitudes siempre amistosas, pero tanto más cuanto que el otro tiene reacciones más fuertes, ya sean amistosas u hostiles, como muestra el diagrama de al lado. Según la parábola de Mateo, el publicano responde al bien con el bien y al mal con el mal. Por tanto, la curva pasa por 0 y tiene forma de S. El demonio es lo contrario del santo: siempre responde con hostilidad, y tanto más cuanto que el adversario reacciona más enérgicamente con actitudes amistosas u hostiles. Por último, el pecador arrepentido actúa como el santo, pero a partir de un cierto nivel inicial de hostilidad.

Si colocamos en la misma figura las curvas correspondientes a un cierto número de estos tipos, veremos que los puntos de encuentro de las curvas son extremadamente variados y que sólo en algunos casos se forma un verdadero conflicto, definido como un punto de equilibrio situado en la zona de doble hostilidad.

En su orientación, estos análisis deben mucho a los trabajos de G. B. Richardson, cuyos ejemplos concretos, sin embargo, son muy discutibles. Incluso si nos limitamos a una presentación muy sucinta de la teoría de Boulding, podemos ver el interés y los límites de su empresa, muy marcados por sus preocupaciones de economista.

Su objetivo era estudiar la competencia y no el conflicto. Lo que falta aquí para que haya un verdadero conflicto es que los dos actores se remitan a un código de acción común. El campo del conflicto no puede reducirse al encuentro de intereses o actitudes que definen la conducta de cada actor. Incluso en el caso de los conflictos entre actores, la diferencia entre competencia y conflicto radica precisamente en que, en el primer caso, el marco de interacción se define independientemente de la relación entre los actores. Corresponde, por ejemplo, al mercado en el que los oligopolios se encuentran y chocan. En cambio, en el conflicto, la interacción es tal que pone en cuestión lo que ya no es un marco social, sino un sistema de relaciones sociales.

Conflictos intersociales

Competencia entre grupos

Este comentario también se aplica a los experimentos de competencia entre grupos realizados por psicólogos, especialmente por M. y C. Sherif. Estos experimentos son de gran interés, pero es esencial distinguir entre dos procesos muy diferentes. Cuando un grupo grande se divide en dos grupos más pequeños, se produce una rápida redistribución de las relaciones sociométricas. Las parejas cuyos miembros se colocan en los dos nuevos grupos se desmantelan rápidamente. Se forma una mentalidad de grupo, aparece un estereotipo generalmente negativo del otro grupo y se desarrollan reacciones agresivas: insultos, ironías, peleas.

El conflicto entre grupos es aún más agudo cuando estos grupos están más aislados, formados artificialmente, fuera de cualquier marco organizativo o institucional. El caso más sencillo es el de los equipos formados en el seno de un grupo de jóvenes para enfrentarlos entre sí, en acontecimientos deportivos por ejemplo. Estos grupos se definen casi exclusivamente por su competencia y, por tanto, sólo pueden formarse en oposición a otros.

Además, estos grupos tan simples no pueden tener un sistema de roles muy diferenciado. Cuanto más primario es el grupo (es decir, las relaciones entre sus miembros son cara a cara), más fuertemente se define el individuo por su pertenencia al grupo y, en consecuencia, más implicado personalmente está en la competición entre su grupo y los demás. Muchos estudios sobre las bandas de adolescentes han hecho hincapié en estos hechos.

Lo que predomina aquí es la referencia al grupo, la oposición entre el in-group y el out-group. La cuestión se define independientemente de la relación entre los grupos. Se trata, por ejemplo, de si una banda concreta puede utilizar una calle determinada como patio de recreo. A menudo, el conflicto entre los grupos se organiza incluso en torno a un conflicto personal entre un miembro de un grupo y un miembro del otro. Dos bandas se enfrentan porque dos chicos se disputan la posesión de la misma chica. El conflicto surge de la competencia, y la competencia se basa en la autodefensa y la autoconciencia de cada uno de los grupos antagónicos.

La guerra

Parece difícil y peligroso establecer una continuidad directa entre esta situación de competencia o rivalidad y el conflicto intersocial propiamente dicho, como si la guerra en particular fuera el análisis, a nivel de las sociedades, de las rivalidades entre grupos primarios. La guerra manifiesta, en el plano de los conflictos entre Estados, los conflictos internos de una sociedad. Estos dos aspectos nunca se corresponden directamente, sino que sólo son separables entre sí en casos extremos.

Muchos autores, desde T. Veblen y J. Schumpeter hasta R. Aron, han insistido con razón en que es imposible confundir las expresiones económicas y políticas bajo el nombre de imperialismo. Más allá de una interpretación puramente económica que no se justifica por los hechos, debemos pues seguir dos líneas de explicación paralelas.

Por una parte, la rivalidad entre las grandes potencias es tanto más intensa y tanto más peligrosa cuanto que la fuerza de expansión de los actores progresa más rápidamente que el alcance de su posible competencia. A menudo se ha dicho, por ejemplo, que la Europa del siglo XIX fue relativamente pacífica porque el progreso de las grandes potencias estuvo acompañado por el reparto del mundo a su favor, lo que evitó un enfrentamiento directo entre ellas. Por el contrario, la estabilización de los puestos de trabajo o de las zonas de influencia está conduciendo a conflictos cara a cara. Fue la división del mundo desde Yalta lo que condujo a la Guerra Fría y, sobre esta base, la política estadounidense se orientó conscientemente hacia la necesidad de organizar y estabilizar esta división a costa de lo que se ha dado en llamar un conflicto prolongado, un conflicto limitado basado en el equilibrio del terror. A principios del siglo XX, el ascenso del poder económico alemán provocó un choque entre éste y los intereses de las potencias capitalistas más antiguas, Gran Bretaña en particular.

Por otra parte, la guerra aparecía como la expresión de conflictos sociales internos, y tanto más cuanto que no se trataba de un enfrentamiento, sino de imperialismo político. En Alemania, y más aún en Japón, lo que explica el poder del imperialismo político es el papel de una élite política que dirige un desarrollo voluntarista, donde el papel del Estado es más decisivo que el de una burguesía comercial y luego industrial. Esta idea se expresa a menudo de otra manera: la movilización contra un enemigo exterior es una forma de gestionar los conflictos internos de una sociedad. Es cierto, por ejemplo, que la guerra exterior permitió limitar las fuerzas sociales que impulsaban una escisión entre la burguesía revolucionaria jacobina y los sans-culottes de las secciones parisinas.

Estas explicaciones complementarias no deben contraponerse entre sí. Todas ellas tienden a demostrar que el conflicto entre sociedades es una manifestación de los problemas de poder dentro de una sociedad. En algunos casos, es una clase económica dominante la que entabla un conflicto externo para asegurar el triunfo de sus intereses. En otros casos, es el poder de una élite política y militar el que aumenta la agresividad de una sociedad; en otros casos, el conflicto externo permite superar y exportar los conflictos internos. Pero todos estos procesos explican las guerras de dominación más que las guerras de enfrentamiento. En otras palabras, en las guerras más completas, los dos mecanismos están entrelazados, pero no se fusionan. Toda gran guerra es a la vez un conflicto entre grandes potencias y un conflicto de clases a escala internacional. Las guerras contemporáneas de liberación nacional son un buen ejemplo de la naturaleza dual de los conflictos internacionales. Cuba fue liberada del control estadounidense, pero en 1962 era el centro de la rivalidad entre grandes potencias, y la Unión Soviética tuvo que retroceder ante la amenaza estadounidense por haber intentado imprudentemente un avance militar en la zona geopolítica considerada vital por los estadounidenses.

Las guerras son, pues, tanto el resultado de relaciones estratégicas como la expresión de las contradicciones internas de una sociedad. La paradoja aparente es que, muy a menudo, cuando insistimos en las causas económicas de las guerras, nos estamos refiriendo de hecho a la rivalidad entre las grandes potencias; cuando insistimos en sus causas estrictamente políticas, estamos introduciendo de hecho, junto a los problemas del poder, los de la organización social, de un tipo de sociedad. Es esta oposición la que A. Glucksmann vuelve a encontrar, a otro nivel, cuando contrapone a Hegel y Clausewitz; escribe que la guerra lleva en sí una concepción estratégica y defensiva y un orden social o razón histórica. El mundo contemporáneo vive en una mezcla inestable de estos dos tipos de conflicto. Mientras que la gran guerra, siempre amenazadora, es ante todo la quiebra de los sistemas de disuasión, las guerras o conflictos limitados a las fronteras de los imperios o en el interior de cada uno de ellos están más cargados de conflictividad social. En Guatemala o en la República Dominicana, es la dominación americana la que está en juego, del mismo modo que, bajo otras formas, en Yugoslavia, Polonia, Hungría o Checoslovaquia, era o es la dominación soviética. El ejemplo de Vietnam es el más dramático de aquellos en los que una guerra popular está profundamente ligada a la rivalidad de las grandes potencias.

Así pues, la guerra, en la medida en que no puede reducirse a la estrategia, demuestra que el conflicto no puede definirse independientemente de un orden social y de la lucha por el poder dentro de ese orden. La guerra exterior es un conflicto social, porque siempre es también una guerra civil, a escala de una sociedad, cuando no de una nación.

Conflictos Organizativos

Nota: Véase un análisis sobre la “Gestión del Conflicto en las Organizaciónes”, donde se profundiza más sobre este tema, y también la información sobre las Cuestiones Culturales en las Organizaciónes.

Si los conflictos intersociales se acercan a las rivalidades, a los enfrentamientos entre dos o más unidades, individuales o colectivas, independientes entre sí, por el contrario, los conflictos organizativos se acercan a las tensiones internas de un sistema social. Aquí, los adversarios no se sitúan frente a frente en un campo de batalla, sino dentro de un mismo campo social, definido por fronteras y organizado en torno a valores culturales y normas sociales.

Segmentación y conflictos de roles

Las tensiones están directamente relacionadas con la diferenciación de estatus y roles. A menudo se ha expresado la idea de que las sociedades industriales, que son las más diferenciadas, están sometidas a un número creciente de conflictos de roles, cuya contrapartida es la resistencia de estas sociedades a la ruptura total. Un buen ejemplo de esta tendencia es la educación. La familia, la escuela y el grupo de iguales constituyen entornos educativos cada vez más autónomos, por lo que los niños están sometidos a tensiones crecientes. No son educados de la misma manera por sus padres, profesores y compañeros.

Conflicto y jerarquía

Por otra parte, los conflictos organizativos son cada vez más importantes. En el lugar de trabajo, la organización jerárquica de los empleados es cada vez más estricta; los papeles profesionales se definen más por la posición que uno ocupa en una cadena jerárquica que por la aportación de una cualidad determinada. La autonomía profesional tiende a desaparecer. El empleado se define más que el trabajador por la subordinación.

Conflictos y organización informal

Desde la perspectiva postweberiana, la posible existencia de conflictos debe buscarse en otra parte. Los roles organizativos no abarcan toda la vida social de las empresas. Ni el individuo ni el grupo de trabajo pueden reducirse al lugar que ocupan en la organización. De ahí los conflictos que pueden surgir entre los roles organizativos, por un lado, y la organización informal o los problemas personales, por otro. La llamada escuela de las “relaciones humanas”, surgida de las famosas investigaciones de E. Mayo (1880-1949) y su grupo, adoptó este punto de vista. Frente a una organización burocrática en el sentido weberiano, se forman grupos primarios o reacciones personales, afectivas y defensivas. El hombre y la organización, o el grupo y la racionalización, entran en conflicto.

Conflicto y cambio social

Una concepción de las organizaciones reconoce la importancia mucho mayor de los verdaderos conflictos organizativos. Mientras consideremos que una organización está formada en torno a un conjunto coherente de objetivos y, sobre todo, de normas de funcionamiento, es posible ver tensiones, pero no entendemos cómo surgen los conflictos. Si, por el contrario, definimos la actividad de una organización en función de las respuestas que da a los cambios de su entorno, la idea de la unidad interna de la organización, de su sistema de toma de decisiones y de su sistema de autoridad se desmorona. Este es el sentido general de los cambios que se han producido en la teoría organizativa desde los años sesenta aproximadamente.

Conflictos de poder

En busca de una definición

Los conflictos sociales no son ni rivalidades entre actores independientes, ni tensiones entre actores definidos por la diferenciación de estatus y papeles dentro de una organización. Si bien es cierto que las organizaciones más modernas son más complejas y, por tanto, albergan más conflictos internos y limitados, también lo es que son sistemas políticos cada vez más poderosos, orientados a una creciente acumulación de recursos y capacidad de decisión en manos de los dirigentes.

La concepción subjetivista

Tanto en la personalidad como en el sistema social de acción, la consumación debe estar limitada y dominada por un poder de investidura, pero también debe impugnar el papel represivo o destructor de este poder y sublimarse en un movimiento de control del desarrollo de la unidad, personal o social, de acción.

La concepción objetivista

La otra concepción puede denominarse objetivista. Define el conflicto de clases únicamente en función del funcionamiento de un sistema económico, lo que es efectivamente indispensable para comprender los mecanismos de la dominación de clase y analizar las relaciones sociales del trabajo, pero que disocia completamente las relaciones de clase y la acción de clase. Se trata de un problema central y no resuelto en el análisis marxista. Ni el comportamiento del empresario ni la razón de ser del movimiento obrero pueden explicarse mediante el análisis de las relaciones de clase. Si el análisis económico no se somete desde el principio a un análisis sociológico de las relaciones de clase, ¿cómo pasar de la comprensión de la dominación y la explotación a la comprensión de los movimientos sociales? ¿Puede entenderse el conflicto al margen del significado que tiene para los actores, un significado que no se reduce a su conciencia, sino que presupone que cada actor aspira a controlar el movimiento global de la sociedad, es decir, a no identificarse con uno de los términos del conflicto, sino a hacerse cargo del movimiento que se consigue a través del conflicto.

Conflictos y categorías sociales

Los distintos tipos de conflictos económicos afectan a menudo a diferentes categorías sociales. El conflicto es, entre ruptura y tensión, la puesta en cuestión por los actores del campo de sus relaciones. Para que surja un conflicto, debe existir una fuerte interdependencia entre los adversarios, y éstos no deben ser sólo competidores o rivales, sino que deben compartir ciertos objetivos fundamentales, como el desarrollo económico. Pero para que el conflicto sea algo más que un estallido de tensión, los adversarios deben definirse no por su estatus en un sistema social, sino por una oposición que subyace a todo sistema de organización social, que aparece así no como un marco o un conjunto de reglas, sino como la transcripción más o menos directa de relaciones de poder.

Análisis tópico

Tomamos prestada la palabra “tópico” del psicoanálisis para designar un tipo de conflicto que no puede reducirse a ninguno de los tipos anteriores. Cualquier sistema de acción social puede considerarse como la plasmación de relaciones fundamentales.

Existen varios niveles de formalización, cada uno de los cuales goza de cierta autonomía y, por tanto, puede entrar en conflicto con los demás, aunque sólo sea porque sus transformaciones no son necesariamente sincrónicas.

Las instituciones son formas legítimas de tratar las relaciones sociales. Organizan la representación de intereses. Constituyen el sistema político, que no debe confundirse con el sistema de relaciones de poder, al que también llamamos sistema de acción histórica. Definen las reglas del juego, no las normas de conducta. Éstas son establecidas por lo que Parsons llama el sistema social, que es precisamente el sistema normativo de la sociedad, que define las expectativas legítimas de cada actor con respecto a la conducta de los demás.

Es difícil situar estas instancias -por utilizar el vocabulario freudiano- en el eje infraestructura-superestructura, porque en el uso común estos términos han llegado a oponer las bases materiales de la actividad social a las representaciones y formas de organización social. Por lo tanto, debemos subrayar con Marx que la infraestructura, que él llamó estructura, no se define por las fuerzas de producción, sino por el sistema de relaciones de producción inseparable de las fuerzas de producción.

Crisis y conflicto

Sea cual sea la definición que elijamos, lo importante aquí es que cada instancia puede entrar en conflicto con las demás, porque cada una constituye un sistema y, por tanto, posee su propia inercia.

Este tipo de conflicto es completamente diferente del conflicto de clases. En la historia social, hay que distinguir claramente dos tipos de contradicciones en el seno de la sociedad capitalista: las que se dan entre el capital y el trabajo, y las que se dan entre una infraestructura y unas superestructuras muy resistentes al cambio, lo que Ogburn ha denominado el retraso cultural. El mismo análisis puede aplicarse a los sistemas no capitalistas de desarrollo industrial.

En realidad, de lo que deberíamos hablar aquí no es de conflicto social, sino de crisis. A menudo es difícil distinguirlas dentro de un mismo acontecimiento, pero es esencial separarlas. En 1968, en Francia, la revuelta estudiantil fue en parte la expresión de una crisis social, del atraso y la insuficiencia de la universidad frente a unas condiciones económicas y sociales que habían cambiado más rápidamente que la organización universitaria. Cuanto más centralizado y burocrático es el sistema de toma de decisiones, menos, según el excelente análisis de M. Crozier en Le Phénomène bureaucratique, puede transformarse si no es a saltos y por crisis. Pero también podríamos pensar que la crisis de mayo de 1968 fue una crisis revolucionaria, anunciadora de nuevos conflictos sociales que desafiarían al sistema de poder.

Un análisis en profundidad de los acontecimientos muestra que la crisis y el conflicto, aun combinando sus efectos, desembocaron a menudo en acciones contradictorias. La crisis sólo puede resolverse apelando a la coherencia del sistema cultural y social; el conflicto, por el contrario, revela contradicciones estructurales.

El conflicto más total, que llamamos revolución, no es en absoluto un caso extremo y exacerbado de conflicto de poder. Es la coyuntura de un conflicto y de una crisis. La clase obrera inglesa del siglo XIX participó masivamente en luchas de clases, pero éstas no desembocaron en revolución, porque el sistema institucional y cultural se adaptó gradualmente al cambio. En cambio, en los países donde la industrialización fue más tardía y brutal, como Rusia, pero también Suecia y Noruega durante el primer tercio del siglo, el atraso y la rigidez de las formas de organización social y de los modelos culturales eran tales que un estallido obrero, relativamente limitado dado el lento desarrollo de la industria, adoptó una forma revolucionaria, que dio lugar a la U. En los países escandinavos, por el contrario, la acción política, económica y social de los gobiernos socialistas condujo a un retorno a una política reformista.

Los conflictos de poder no pueden confundirse con las crisis políticas, si definimos el sistema político como un mercado institucional, como el conjunto de procedimientos para reunir y equilibrar las fuerzas del cambio social. La situación revolucionaria se define así como la reducción del sistema político a relaciones de poder, como la ausencia de negociación social autónoma.

Cuanto más rápidamente cambia una sociedad, más esencial es para su continuidad que su cultura material y su sistema de poder estén disociados, y que sus relaciones y conflictos sean gestionados por un sistema político autónomo. Esta es la historia de las sociedades industriales más avanzadas a partir de finales del siglo XIX. Ya fuera por medios legales o contractuales, las negociaciones sociales se desarrollaron en estas sociedades, mediando entre el desarrollo industrial y el sistema de poder económico. El desarrollo del capitalismo fue acompañado del declive de la sociedad burguesa.

Un tema sociológico

Esto nos lleva a introducir lo que podríamos llamar un tema topica sociológico, que define las relaciones entre diversos sistemas: el sistema histórico de acción, lugar del trabajo y del poder y, por tanto, de los conflictos de clase; el sistema político e institucional, que no es sólo la manifestación y la adquisición del poder, sino que concilia las relaciones sociales en la unidad de una sociedad, definida por las instituciones, que no son normas ni reglas, sino modos de gestión de las relaciones sociales; y el sistema social, definido por los valores y las normas, los estatutos y los papeles, que corresponde, por tanto, al nivel más alto de formalización y determina las formas de comunicación entre los actores sociales. Entre estos sistemas surgen constantemente conflictos, o más exactamente crisis.

Esta conceptualización está a la vez próxima y alejada de la del psicoanálisis y, sobre todo, de lo que suele denominarse la segunda tópica freudiana, desarrollada a partir de 1920 y que distingue entre el id, el ego y el superego.

Su principal característica es que el punto de vista tópico y el punto de vista económico-dinámico nunca están totalmente separados en Freud. Los distintos sistemas se unen como términos de una dinámica basada en el conflicto de pulsiones opuestas, concibiéndose el superyó como el agente de represión de las pulsiones de Eros.

Es cierto que Freud reconoció cada vez más la existencia de conflictos internos en Eros, lo que nos acerca al análisis sociológico, en el que el paso del sistema histórico de acción al sistema social es el paso de una dialéctica de desarrollo a la unidad de regla.

▷ Lo último (en 2026)
▷ Si te gustó este texto o correo, considera compartirlo con tus amigos. Si te lo reenviaron por correo, considera suscribirte a nuestras publicaciones por email de Derecho empresarialEmprenderDineroMarketing digital y SEO, Ensayos, PolíticasEcologíaCarrerasLiderazgoInversiones y startups, Ciencias socialesDerecho globalHumanidades, Startups, y Sectores económicos, para recibir ediciones futuras.

El conflicto que surge entre sistemas es siempre el conflicto entre un orden cerrado y un movimiento abierto, entre la conciencia de la regla y el orden y el compromiso en las relaciones sociales, en las contradicciones del cambio social. En una organización de trabajo, por ejemplo, siempre hay un doble desbordamiento de la burocracia, del sistema de normas internas: por un lado, a través de la innovación y las decisiones de los directivos, y por otro, a través de las demandas de los trabajadores. La relación entre estas dos fuerzas de cambio crea un sistema de poder, un sistema que en sí mismo no es institucional, pero cuyos conflictos pueden institucionalizarse. Esto permite la formación de un yo -que podemos decir, en términos freudianos, que está investido de libido narcisista- que corresponde al aspecto unitario del sistema institucional, pero que es al mismo tiempo el lugar donde chocan la historicidad y la regla, el id y el superego.

En sociología, como en psicología, no existe una separación absoluta entre análisis dinámico y análisis tópico. Esto es lo que hace que conceptos descriptivos como el atraso cultural, ya mencionado, sean tan inadecuados. El atraso de las instituciones en relación con las fuerzas del desarrollo histórico, o el atraso del sistema normativo o social en relación con el sistema institucional, no son fenómenos mecánicos. En última instancia, sólo pueden entenderse por referencia a los problemas internos del sistema de acción. El desequilibrio entre las clases sociales, en particular la dominación absoluta de la clase dominante, puede conducir a la rigidez del sistema político y a su soldadura con el sistema normativo, de modo que el empuje de la clase dominante, al no encontrar expresión institucional posible, debe tomar el camino de la violencia, de la crisis revolucionaria.

Una vez hecha la distinción conceptual entre crisis y conflicto, tenemos que reconocer que la crisis siempre se refiere a un desequilibrio en el conflicto. Por lo tanto, el análisis tópico no puede separarse del análisis de la noción de conflicto.

Todos los tipos de conflicto que acabamos de distinguir – rivalidades intersociales, tensiones intrasociales, conflictos de poder, crisis sociales – se combinan de las formas más variadas en la historia de una sociedad como en la de una personalidad. Por tanto, podríamos sentirnos tentados de describir los conflictos de manera más formal, en términos de sus dimensiones, su grado de agudeza y las formas en que surgen y se resuelven. Pero esta aparente simplicidad de la descripción empírica entrañaría un riesgo: sugeriría que todos los fenómenos considerados son de la misma naturaleza. Por el contrario, hemos insistido en que el conflicto no puede considerarse en modo alguno como un cierto grado de ruptura. El conflicto no puede separarse de la relación entre adversarios. No es correcto decir que el conflicto es la lucha por bienes escasos. Esta definición comete el error de considerar que el objeto del conflicto es independiente de la relación entre los adversarios. Hablar de conflicto social es, por el contrario, decir que el objeto del conflicto es inseparable de las relaciones sociales entre los adversarios.

Conflicto e integración

Nada más peligroso que oponer, por una parte, un estudio del sistema social basado enteramente en las condiciones de integración y, por otra, el estudio de los conflictos entre unidades sociales independientes, como si la paz reinase en el interior de las naciones y la guerra en las relaciones entre Estados.

L. Coser, inspirado por G. Simmel (1858-1918), insistió en este tema. Aunque su empeño es limitado, L. Coser adopta una postura útil contra la excesiva insistencia de la sociología estadounidense en los problemas del equilibrio y la integración. Señala que no sólo la generación de los fundadores de la sociología en Estados Unidos, sino también la generación posterior, a menudo identificada con la Escuela de Chicago, formada en torno a Park, fueron las que más se interesaron por el conflicto social. En cambio, después de la guerra, una vez superada la Gran Depresión y durante un periodo de rápido desarrollo económico ligado a la relativa ausencia de conflictos sociales internos graves, la sociología se preocupó más por el funcionamiento de un sistema definido por un cuerpo de valores y normas centrales que por el estudio de los conflictos sociales. Es más probable que hable de desviación, marginalidad, “disfunción” o anomia que de conflicto. Por el contrario, los sociólogos europeos, y especialmente los procedentes de regiones en las que la sociología se está desarrollando rápidamente, conceden una importancia central al conflicto en el estudio del desarrollo económico y el cambio social, así como a las relaciones de poder y dominación. Pero tal oposición está cargada de ideología y corresponde más al estado de las sociedades estudiadas que a las necesidades del propio análisis sociológico.

Por lo tanto, es esencial ir más allá de la oposición excesivamente simplista de una sociología del orden y una sociología del movimiento, de una sociología de la integración y una sociología del conflicto. Ya hemos visto que la teoría de la organización ha hecho progresos decisivos en este sentido, criticando tanto la concepción weberiana de la burocracia como la escuela de las relaciones humanas.

No hay oposición entre el conflicto y la integración del sistema social. Pero están vinculados a varios niveles.

Formas indirectas de expresar el conflicto

En primer lugar, la existencia de conflictos puede reforzar la integración social. Pero aquí no existe un vínculo real entre conflicto e integración, ya que es el conflicto entre dos unidades de acción el que refuerza la integración de cada una de ellas. Durkheim señaló que en tiempos de guerra la anomia tiende a disminuir. Los valores y normas “sociales” se imponen con más fuerza. Aunque el tema de la unión sagrada reste importancia a ciertos conflictos, lo cierto es que el sistema de control social se refuerza en tiempos de guerra y conduce a una mayor integración social.

Desde E. Troeltsch (1865-1923) y G. Simmel, se ha mencionado a menudo el papel de las sectas, pequeñas unidades muy cohesionadas que imponen a sus miembros un grado de consenso muy elevado y luchan contra un entorno hostil. Puras y duras, se apresuran a eliminar a los “desviados”; el conflicto en el que están inmersas las impulsa a reforzar su unidad política y moral.

Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):

Mucho más interesante es un tema desarrollado a menudo por antropólogos y psicoanalistas. Cuando una sociedad se enfrenta a expresiones de hostilidad desde dentro, inventa formas indirectas de expresar los conflictos latentes. Les da una expresión que no amenaza su unidad, e incluso la refuerza. Este es el sentido de la brujería entre los navajos, según Clyde Kluckhohm (1905-1960). El objetivo es evitar que la hostilidad se convierta en conflicto abierto, amenazando la existencia de la sociedad. En el plano de la personalidad, Freud atribuyó un papel similar al trait d’esprit, que permite expresar la hostilidad impidiendo que se convierta en una agresión directa, lo que conduciría a una ruptura peligrosa.

De forma más general, en lugar de considerar que existen normas sociales cuya aplicación puede provocar tensiones y conflictos, muchos psicólogos y sociólogos creen que la función de las normas suele ser resolver las tensiones, no negándolas o suprimiéndolas, sino desviándolas de su finalidad específica. Así pues, una sociedad que no reconoce la existencia del conflicto es probable que esté muy débilmente institucionalizada, y por lo tanto sea muy frágil, lo que durante un tiempo puede enmascarar la brutalidad de una autoridad central, cuya acción a su vez refuerza las tensiones y los conflictos, dando lugar a un círculo vicioso de autoritarismo que conduce a una gestión totalitaria de la sociedad. Un papel esencial del conflicto es, por tanto, desarrollar el sistema institucional, y en particular las instituciones judiciales entendidas en su sentido más amplio.

Conflicto y competencia

En segundo lugar, el conflicto en el seno de una sociedad puede reforzarla haciendo que los adversarios aparezcan como competidores y no como extraños. Esta es la imagen que a menudo se da de las sociedades industriales y urbanas, con su alto grado de movilidad social, al contrastarlas con las sociedades en las que el orden era más estable.

Una población campesina, con la garantía de permanecer encerrada en su condición durante varias generaciones, o, en casos extremos, una casta, no entra fácilmente, como se ha indicado, en conflicto con otros grupos sociales. En Francia, el ejemplo más claro de este proceso es el de los jóvenes campesinos. No fueron los campesinos de las regiones más subdesarrolladas, encerrados en su aislamiento económico y cultural, sino los jóvenes que querían modernizar sus explotaciones, entrar en la economía de mercado, invertir en la mecanización, quienes organizaron un nuevo sindicalismo y desencadenaron los conflictos sociales más graves.

El caso de la lucha de clases

Por último, la aparición de un conflicto de poder, la lucha de clases en particular, no es más que una ruptura en la sociedad. Existe una imagen muy extendida de estos conflictos como guerra civil. Se trata de una expresión engañosa. Por el contrario, cuanto más fuerte es la lucha de clases, más se refieren explícitamente los adversarios a un modelo integrado de sociedad, hablan en nombre del interés general y, al mismo tiempo, revelan las fuerzas unificadoras de la sociedad, ya sea para reforzarlas o para combatirlas. Ningún movimiento revolucionario habla de unidad nacional, gobierno popular, independencia o derechos humanos. Los comportamientos perturbadores, como los levantamientos insurreccionales o los disturbios, indican por el contrario que las tensiones o una crisis aún no pueden transformarse en un conflicto social. Un elemento dominado rechaza el orden que le oprime; todavía no lucha contra un adversario. El reconocimiento del adversario es inseparable de la afirmación de un objetivo social general. Aspirar al poder no es derrocar a la sociedad, sino derrocar al adversario en nombre de los intereses generales de la sociedad. En el mismo espíritu, Lukacs, retomando un pensamiento de Marx, subrayó que una clase en ascenso, al mismo tiempo que combate a su adversario, piensa y actúa en nombre de una totalidad, de un orden social y cultural.

Aquí volvemos a una observación que ya se ha hecho: en los conflictos laborales, la ruptura es tanto más clara, y una estrategia de tipo militar es tanto más fácil de formar cuando el poder está menos cuestionado y los objetivos son más inmediatos y más estrechamente económicos. Por ello, la capacidad de negociación y la voluntad de ruptura, lejos de ser opuestas, son complementarias. Al contrario, un conflicto de clase, por ser más político, nunca puede reducirse ni a un enfrentamiento ni a una negociación con el adversario. Exige la construcción de una nueva sociedad y, por esta misma razón, no puede limitarse a un conflicto individual. El conflicto, con toda su aparente brutalidad, es necesariamente limitado, y es mucho más un medio de alterar un equilibrio que un instrumento de transformación del poder. El conflicto no puede considerarse más como la alteración de un orden social que como la expresión de la competencia por la posesión de bienes supuestamente situados en un vacío social, como un balón de fútbol colocado entre dos equipos en un campo neutral.

Lo que llamamos orden social no preexiste al conflicto; lo construye el conflicto. Se encuentra en un equilibrio parcial e inestable, resultado de presiones y negociaciones. Cuanto más fuertes son los conflictos, más avanza la institucionalización y, en este sentido, más fuerte se hace la integración social. El conflicto es participación en la búsqueda de una forma de organización social. Cuanto más profundo es el conflicto, más desafía al poder y mayor es la participación en la acción histórica. Una sociedad sin conflicto sólo puede ser una sociedad sin historicidad, absorbida por sus normas internas de funcionamiento y la aplicación de su código cultural.

Conflicto y agresión

Los análisis precedentes nos llevan a disociar, o incluso oponer, conflicto y agresión. La idea contraria, según la cual el conflicto es la expresión visible de la agresión, el paso del sentimiento a la acción, presupone la existencia de un orden social en el que las tensiones expresadas por la agresión se desarrollan y pueden estallar en conflicto. Si, por el contrario, consideramos que el conflicto es lo primero y que el orden social no es más que la institucionalización del conflicto, diremos que la agresión manifiesta un conflicto imposible, que es la respuesta al fracaso del conflicto.

El fracaso del conflicto

A nivel de la personalidad, la agresión puede ser una respuesta directa a un conflicto prohibido. El niño, cuyo conflicto con el adulto está censurado psicológica y socialmente, dirige su agresión contra un sustituto, contra un chivo expiatorio. Del mismo modo, una categoría social afectada por una crisis económica o una bajada de su nivel social manifiesta hostilidad contra fuerzas oscuras, definidas de forma irracional: extranjeros, judíos, plutócratas, intelectuales, según el caso.

K. Lewin, comparando el efecto de diversos tipos de liderazgo sobre el nivel de agresividad en los grupos, observó que el nivel máximo corresponde a la transición del laissez-faire al autoritarismo. También descubrió que la agresividad es mayor cuando un grupo está confinado en un espacio reducido, cuando hay poca diferenciación de roles y, por tanto, cuando cada miembro tiene, por decirlo coloquialmente, todos los huevos en la misma cesta.

Todas estas observaciones demuestran que la agresividad responde a la imposibilidad de definir los conflictos dentro del grupo. El orden social no está interiorizado, sino que es un conjunto de restricciones, prohibiciones y limitaciones. El mejor ejemplo de tal situación es una prisión o, más en general, lo que Goffmann ha denominado instituciones totales. Espacios cerrados, sociedades indiferenciadas, donde la norma sustituye al objetivo y donde, en consecuencia, la agresión, la desviación o el esfuerzo por escapar sustituyen al conflicto imposible.

La frustración no conduce necesariamente al conflicto. Puede llevar a la retirada o a la huida. Crea agresión cuando se reconoce al adversario e incluso cuando no es posible actuar sobre él, en particular porque se le identifica fuertemente con un orden impuesto. Por el contrario, cuanto más cara a cara están los adversarios, menor es la agresividad entre ellos. A menudo se ha dicho que, en la guerra, la agresividad contra el enemigo es más fuerte en la retaguardia que en el frente. Los soldados en combate están más unidos por la solidaridad con sus camaradas que por la agresión hacia el adversario. En la negociación colectiva, que desempeña un papel central en el sindicalismo de mercado orientado a las reivindicaciones económicas, la agresividad está tan ausente como en cualquier transacción comercial.

La carga emocional

El conflicto social no tiene tanta carga emocional como una situación de dependencia, pero sí más que una situación de competencia. Esto es lo que limita el interés de una distinción a la que Simmel y Coser conceden la mayor importancia, la de los conflictos “realistas” y “no realistas”. Los primeros son conflictos de intereses; los segundos son la liberación de tensiones que sufre un actor. Por ejemplo, los presos sometidos colectivamente a tensiones muy fuertes tienden constantemente a expresarlas en forma de conflictos entre presos, que actúan como liberación de tensiones.

Cuando E. Mayo introdujo en Western Electric la técnica del counselling, es decir, entrevistas libres en las que los trabajadores expresaban sus dificultades personales, profesionales o familiares, quería eliminar los conflictos irreales, que se inclinaba por considerar los más importantes. Sin embargo, sin contradecir todos los análisis anteriores, no puede decirse que los conflictos sociales sean puramente realistas. Implican cierta agresividad, pero ésta se transforma en defensa de valores sociales generales. El trabajador implicado en un conflicto de clase con el patrón no actúa únicamente por sus propios intereses, sino por lo que considera justicia social o libertad.

📬Si este tipo de historias es justo lo que buscas, y quieres recibir actualizaciones y mucho contenido que no creemos encuentres en otro lugar, suscríbete a este substack. Es gratis, y puedes cancelar tu suscripción cuando quieras:

Qué piensas de este contenido? Estamos muy interesados en conocer tu opinión sobre este texto, para mejorar nuestras publicaciones. Por favor, comparte tus sugerencias en los comentarios. Revisaremos cada uno, y los tendremos en cuenta para ofrecer una mejor experiencia.

Así pues, el irrealismo de los sentimientos no debe contraponerse al realismo de las estrategias y la búsqueda del equilibrio dentro del grupo. El conflicto, porque va más allá de las posiciones respectivas de los actores y pone en cuestión el poder que determina las relaciones sociales, es siempre en parte irreal, va más allá de su objeto y está cargado de ideología y utopía. Pero esta carga emocional no es el resultado de las limitaciones del orden social: es portadora del proyecto de un nuevo orden; empuja al conflicto a convertirse en una fuerza de transformación. Es, por tanto, lo contrario de la agresión concebida como respuesta a la frustración. Es más esperanza que desesperación.

Todo gran conflicto social va precedido y acompañado de una movilización psicológica, que va mucho más allá de la racionalización de los intereses, y que permite un alto grado de implicación y compromiso. No hay conflicto en el que la personalidad no vaya más allá del papel directamente implicado.

Es imposible situar en un marco analítico común los fenómenos tan diversos a los que se suele aplicar el término “conflicto”. Pero el análisis de las rivalidades entre actores, por una parte, y de las tensiones internas de un sistema, por otra, aislando los dos elementos opuestos del conflicto, la independencia de los actores o su ruptura y la existencia de un campo, y por tanto de una unidad de conflicto, nos prepara para aprehender lo que es el conflicto en sí, y que puede observarse tanto en el plano del individuo como en el de los grupos restringidos o de la sociedad. El conflicto no se opone al orden ni a la integración. Es el proceso de formación de un orden, un orden tanto más formalizado, institucional y organizado cuanto más profundo es el conflicto en el que se basa. El orden social es a la vez un compromiso, es decir, un sistema político, y la expresión del poder, es decir, la capacidad de los actores para determinar las condiciones de sus relaciones con sus interlocutores.

Las enseñanzas de Marx y Freud confluyen en esta concepción general, que se opone a lo que suele denominarse enfoque funcionalista, que, de Durkheim a Parsons, postula un orden societal, el consenso de la unidad del sistema, antes de identificar las tensiones internas o las formas de descomposición social capaces de desembocar en un conflicto.

Desde entonces, este enfoque ha sido combatido en dos frentes: por un lado, por los teóricos neoliberales de la organización que, como Homans y Simon, rastrean los problemas del mercado, la influencia e incluso el poder; por otro, por quienes sitúan en el centro del análisis el conflicto entre elementos a la vez interdependientes y opuestos, y cuya propia contradicción da lugar a un determinado orden de la personalidad o de la sociedad.

Durante mucho tiempo, el análisis de los conflictos sufrió por estar atado a engorrosos presupuestos. Si suponemos la existencia de fuerzas o pulsiones sociales puramente antagónicas, podemos definir las contradicciones, pero no podemos comprender la interacción y la dinámica constructiva de las relaciones entre términos totalmente separados en su definición.

El análisis funcionalista ha recordado oportunamente la necesidad de establecer la unidad real de un campo para comprender las relaciones antagónicas que se desarrollan en él. De ahí el largo esfuerzo que domina parte de las ciencias humanas por desarrollar una concepción dialéctica de los sistemas de acción, ya sean personales o colectivos. El conflicto no es más que otro nombre para el desarrollo, para la oposición entre inversión y consumo, que es también la oposición entre el poder oligárquico y la autodeterminación de la propia unidad de acción.

El análisis sociológico puede definirse como el estudio de la relación entre los procesos de conflicto y los procesos de control social. No hay unidad de acción que no tenga la capacidad de imponer determinados criterios de evaluación desde sí misma, que no posea por tanto una unidad, normas y mecanismos para sancionar la desviación. Pero esta unidad se destruye a sí misma si se burocratiza, es decir, si las normas se definen por referencia exclusiva a una organización y coherencia internas. Sólo tiene fuerza si se reconoce a sí misma como inestable y provisional, una formalización tan necesaria como peligrosa para un proceso de desarrollo basado en el conflicto entre actores, intereses y, más allá, disfrute e innovación.

Revisor de hechos: EJ

Algunas Voces relacionadas con Conflicto en la Plataforma

[rtbs name=”asuntos-sociales”]

Recursos

Traducción de Conflicto social

Inglés: Social conflict
Francés: Conflit social
Alemán: Sozialer Konflikt
Italiano: Conflitto sociale
Portugués: Conflito social
Polaco: Konflikt społeczny

Tesauro de Conflicto social

Asuntos Sociales > Vida social > Vida social > Conflicto social

Véase También

Cambio Social, Guía de Justicia Criminal y Política Pública, Guía Esencial del Conflicto Social en Sociología, Problemas Sociales, Psicología social, Relaciones sociales,
Ciencias sociales
Sociología

▷ Esperamos que haya sido de utilidad. Si conoces a alguien que pueda estar interesado en este tema, por favor comparte con él/ella este contenido. Es la mejor forma de ayudar al Proyecto Lawi.
▷ Lee Gratis Nuestras Publicaciones
,Si este contenido te interesa, considera recibir gratis nuestras publicaciones por email de Derecho empresarial, Emprender, Dinero, Políticas, Ecología, Carreras, Liderazgo, Ciencias sociales, Derecho global, Marketing digital y SEO, Inversiones y startups, Ensayos, Humanidades, y Sectores económicos, en Substack.

Contenidos Relacionados:

Los de arriba son los elementos relacionados con este contenido de la presente plataforma digital de ciencias sociales.

2 comentarios en «Conflictos Sociales en Latinoamérica»

Foro de la Comunidad: ¿Estás satisfecho con tu experiencia? Por favor, sugiere ideas para ampliar o mejorar el contenido, o cómo ha sido tu experiencia:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

▷ Recibe gratis nuestras revistas de Derecho empresarial, Emprender, Carreras, Dinero, Políticas, Ecología, Liderazgo, Marketing digital, Startups, Ensayos, Ciencias sociales, Derecho global, Humanidades, y Sectores económicos, en Substack. Cancela cuando quieras.
Index

Descubre más desde Plataforma de Derecho y Ciencias Sociales

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo