Este texto se ocupa del problema de la filosofía de la predestinación divina. Hume vivió en un mundo en el que todos (los demás) aceptaban, aunque con diferentes grados de atención y entusiasmo, la verdad de la doctrina de que todos estamos divinamente predestinados a una eternidad ya sea de extrema tortura o de dichosa adoración. En la propia versión de Hume, somos libres en el sentido cotidiano de “libres de restricciones externas”. Esto se manifiesta en su aceptación de la consistencia conceptual de la doctrina de la predestinación divina. No pudo describir esa aceptación como tal, ya que aún no se había introducido el concepto de “compatibilismo” ni el de “libre albedrío” como característica causalmente indeterminada. A veces, la idea de predestinación se formula de forma comparativamente restringida, aplicándose sólo a la forma en que se dice que la gracia divina de la salvación se extiende a algunos seres humanos y no a otros.