Julio César pasó de la relativa oscuridad al poder supremo en la última república romana. Un brillante general y formidable político, derrotó a todos los rivales para convertirse en dictador de Roma. El temor de que se hiciera rey provocó su asesinato en el 44 a.C. Dinámico, ingenioso, urbano y muy inteligente, César despertó la lealtad y la admiración tanto de los contemporáneos como de las generaciones posteriores. Sin embargo, su inmensa ambición y el desprecio que mostró por las tradiciones republicanas de sus oponentes les llevó a tomar medidas desesperadas contra él. Por lo tanto, dejó los grandes problemas de Roma para su hijo adoptivo y heredero, el futuro Augusto. Según algunos autores, César evitó utilizar la fuerza bruta sobre sus seguidores, entendiendo que el miedo nunca genera una lealtad genuina. Ejercía un poder profundamente arraigado en su demostrada integridad personal y en su comprensión intuitiva de las necesidades y motivaciones más profundas de la gente. Sus seguidores le seguían porque querían hacerlo, no porque se vieran obligados a ello, sostienen. La historia está plagada de ejemplos de tiranos, irremediablemente ajenos a la situación de los plebeyos, que persiguen despiadadamente sus propias ambiciones o caprichos hedonistas. Pero César, según algunos investigadores, era un líder diferente. A pesar de la mala prensa, en realidad nunca se consideró por encima del ciudadano romano medio. Aunque ciertamente sabía que era un ser humano extraordinario, también se consideraba fundamentalmente uno del pueblo, y actuaba como tal