Adivinación
Este texto se ocupa de la adivinación, como práctica mágica encaminada a la obtención de información útil de la entidad sobrenatural. Se establece, así, un contacto entre el ser humano y fuerzas trascendentes. En su obra “Sobre la adivinación”, que adopta la forma de un diálogo entre Cicerón y su hermano Quinto en Tusculum, muchos de los argumentos de Quinto en el primer libro a favor de la adivinación se basan en los de Posidonio el Estoico, y Quinto intenta conciliar la adivinación con la filosofía. Según Quinto, tanto el pueblo romano como otras naciones creen en alguna forma de adivinación y, si esto es correcto, se trata de “una cosa espléndida y beneficiosa… por la que la naturaleza mortal puede acercarse mucho al poder de los dioses”. Sin embargo, Quinto pone un límite, y en otro lugar de la obra de Cicerón comenta que no reconoce a los adivinos (sortilegi, o “lectores de la suerte”), a los que profetizan por dinero o a los nigromantes. En el segundo libro, en respuesta a Quinto, Cicerón ridiculiza la adivinación: pero él mismo era un augur y está presentando una posición filosófica, argumentando que, aunque los dioses dan a conocer su voluntad a la humanidad, los intentos de ver el futuro son generalmente sospechosos. Cicerón comentó que el respeto que se tenía en Roma por el arte de la adivinación quedaba demostrado por el hecho de que Graco estaba dispuesto a admitir su error antes que permitir que cualquier indicio de impiedad ensombreciera las elecciones, que los cónsules estaban dispuestos a dimitir y que los arúspices habían tenido la habilidad de comprobar que los rituales no se habían realizado correctamente. A los cónsules que se retiraban no se les permitía celebrar nuevas elecciones, ni presentarse a ellas, aunque sí triunfaban en los años siguientes: Marcio Fígulo en 156 y Escipión Nasica Corculum en 155.