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Politización de la Función Pública

Carta, ética y moral

La politización está omnipresente a escala internacional y son pocos los países que no se ven afectados por ella. Ha tendido a aumentar y a impregnar los servicios públicos a través de la dotación de personal y de prácticas informales contrarias a los principios tradicionales. La politización no ha evolucionado sin cesar y la dinámica del cambio ha estado sujeta a fluctuaciones de intensidad, lo que ha debido algo a la comprensión compartida de una tradición administrativa y a su papel como freno a las desviaciones de los valores fundamentales. Para muchos sistemas, el modelo de funcionario público neutral y profesional sigue siendo la norma, aunque más discutida e ignorada. El argumento de que deben ser los representantes elegidos democráticamente quienes tomen las decisiones es incontestable, pero ejercer el control político según les convenga a los políticos puede significar reducir la discrecionalidad de los funcionarios y hacer caso omiso del interés público y de la administración a largo plazo. La moda de la capacidad de respuesta ha estimulado a los ejecutivos políticos a hacer valer su autoridad, a menudo de forma desmedida.

Moral Pública

Carta, ética y moral

La moral pública, al igual que la salud y la seguridad públicas, es una preocupación que va más allá de las consideraciones de derecho y política pública. La moral pública se ve afectada, para bien o para mal, por las actividades de las partes privadas (en el sentido de “no gubernamentales”), y dichas partes tienen obligaciones con respecto a ella. Los actos de las partes privadas -de hecho, a veces incluso los actos aparentemente privados de las partes privadas- pueden tener y tienen consecuencias públicas. Y las decisiones de hacer cosas que uno sabe que provocarán esas consecuencias, ya sea directa o indirectamente (en cualquiera de los sentidos pertinentes de “directamente” e “indirectamente”) se rigen por normas morales, incluidas, sobre todo, las normas de justicia. Tales normas constituirán a menudo razones concluyentes para que las partes privadas se abstengan de realizar acciones que produzcan consecuencias públicas perjudiciales.

Legitimidad Política de la Administración Pública

Carta, ética y moral

Este texto pretende sistematizar los principales estudios sobre la relación entre política y administración en los gobiernos locales. Se señala la visión dicotómica de la política y la administración; se presenta los resultados de varios estudios que arrojan luz sobre el solapamiento de los papeles de los políticos y los gestores públicos a lo largo del ciclo de las políticas públicas; y se explica qué es la gestión de las partes interesadas en las arenas de gobernanza local.

Moralidad de la Clase Política

Este texto se ocupa de la moralidad de la clase política, en el contexto del comportamiento político y su ética, incluyendo la corrupción política. El debate del texto demuestra que nuestras definiciones provisionales iniciales de los conceptos de moral y política necesitan ser revisadas. La literatura ha sugerido que las moralidades son sistemas de normas éticas que priorizan los valores de diferentes maneras; son relativamente explícitas y se aplican en todos los contextos, guiando las acciones, el discurso y el pensamiento, facilitando la coordinación y la cooperación social, y movilizando sentimientos morales reconocibles. En cuanto al concepto de lo político con el que empezamos, ahora debería quedar claro lo “irreal” que es. Porque, en primer lugar, considera que el campo de la política es conflictivo en esencia y de carácter puramente estratégico y táctico, ocupado por titulares y desafiantes en la búsqueda de sus intereses, y asume que los valores e ideales no pueden motivar directamente la acción y trata las justificaciones en términos morales como racionalizaciones. O, en segundo lugar (y en cierta tensión con esta primera concepción), sugiere que siempre que las consideraciones morales parecen motivar la acción, sirven a los intereses de los poderosos y se configuran dentro de las relaciones de poder. Pero en tercer lugar, y lo más fundamental, ninguna de las dos concepciones da cabida a que el agente viva y actúe, como dijo Spinoza, “como le dicta su propia naturaleza y su juicio” -en otras palabras, como podríamos decir (no incontrovertiblemente), en su “interés real”. Y excluir esto es excluir la identificación de las operaciones de lo que he llamado la “tercera dimensión” del poder sobre la base supuestamente realista de que tales intereses “reales” no pueden existir.

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