En los primeros siglos de la Edad Media, la propiedad individual y colectiva no adoptaba la forma de dinero. Durante mucho tiempo no estuvo sujeta a la valoración monetaria, que sólo empezó a aplicarse a los valores inmobiliarios en la Edad Media clásica, paralelamente al desarrollo de la economía monetaria. El auge de las ciudades del centro de Europa en los siglos XII y XIII y el consiguiente crecimiento económico condujeron a la formación de importantes fortunas individuales. A partir de mediados del siglo XIV, se produjo un descenso masivo de la población como consecuencia de las epidemias de peste. Las fortunas de los difuntos se redistribuyeron entre muchos menos herederos, lo que dio lugar a un gusto por el lujo (fiestas, ropa, etc.), tendencia que las autoridades urbanas intentaron frenar con leyes suntuarias. Al mismo tiempo, las ciudades tuvieron que absorber una afluencia de personas desarraigadas, la mayoría de ellas sin dinero, atraídas por la esperanza de una vida mejor. Estos inmigrantes procedentes del campo planteaban un verdadero problema de pauperismo. A finales de la Edad Media y en la Edad Moderna, la fortuna era uno de los principales factores que determinaban el rango social en una sociedad urbana reconvertida a la economía monetaria: sólo quienes poseían una fortuna o riqueza suficiente tenían acceso a los recursos materiales e intelectuales, a la prosperidad, a los cargos políticos y otras dignidades, pero sobre todo a los honores y a la consideración social.