El proceso de industrialización de los países occidentales responde no a un fenómeno rápido, sino más bien a una evolución lenta y progresiva, con múltiples sacudidas. La Revolución Industrial es un concepto central en la comprensión convencional del mundo moderno, y como tal es un tema central en muchos cursos de historia. Por lo tanto, es difícil que los estudiantes la vean como algo más que una descripción objetiva de un punto de inflexión crucial, aunque una generación de historia social y laboral ha revelado las insuficiencias de la Revolución Industrial como forma de conceptualizar el cambio económico. Los historiadores tratan de responder no a la pregunta de qué pasó con el nivel de vida, sino a la del efecto de la revolución industrial neto de otros acontecimientos históricos. Por ejemplo, el efecto positivo de la revolución industrial puede haberse visto compensado por el efecto negativo de las frecuentes guerras (la revolución americana, las guerras napoleónicas, la guerra de 1812) y los elevados impuestos que las acompañaron. Algunos historiadores económicos incluyen las malas cosechas, las políticas gubernamentales erróneas, el rápido crecimiento de la población y los costes de la transformación de los trabajadores preindustriales en mano de obra moderna como causas adicionales del lento crecimiento.