El período posterior a la muerte de Aristóteles se caracterizó por la decadencia de las ciudades-estado griegas, que se convirtieron en peones en el juego de poder de los reyes helenísticos que sucedieron a Alejandro. La vida se volvió problemática e insegura. Fue en este ambiente que nacieron dos sistemas filosóficos dogmáticos, el estoicismo y el epicureanismo, que prometían dar a sus seguidores algo a lo que aferrarse y hacerlos independientes del mundo exterior. El neoplatonismo volvió a tener gran importancia en el siglo IV, cuando el Emperador Juliano el Apóstata (c. 331-363) intentó revivir el paganismo. En el siglo siguiente la escuela ateniense alcanzó un nuevo punto culminante cuando Proclus (c. 410-485) combinó las ideas de sus predecesores en un sistema integral. Sin embargo, cuando Justiniano cerró todas las escuelas filosóficas de Atenas en 529, una rama continuó existiendo en Alejandría. Los neoplatónicos atenienses se refugiaron en la corte del rey persa Josué I (muerto en 579), y en 535 se les permitió regresar a Atenas. Pero gradualmente la filosofía pagana como tal se extinguió, aunque continuó influyendo en el desarrollo de la filosofía y la teología cristianas. Se hace referencia a la filosofía y los filósofos de los antiguos mundos griego y romano. Abarca toda la gama de la filosofía antigua desde el siglo VI a.C. hasta el siglo VI d.C. y más allá.