Eurozona
Aunque el mercado único ha ocupado durante mucho tiempo el primer lugar en la agenda de la integración europea, ese mercado nunca podría ser completo y abierto mientras los Estados miembros mantuvieran sus monedas nacionales: los tipos de cambio fluctuaban, los costes y los beneficios nunca podían predecirse con firmeza, y la conversión de monedas suponía capas adicionales de burocracia y planificación. La creación de una moneda única prometía eliminar todos estos problemas, y además haría que la integración europea se notara no sólo en los bolsillos y cuentas bancarias de los europeos, sino también en los mercados financieros mundiales. Por eso, cuando se lanzó el euro en 1999, se esperaba que supusiera un gran avance en el proceso de integración, que ofreciera un recordatorio visible de que los europeos estaban comprometidos en un proyecto común y que volviera a poner de relieve los puntos fuertes de la UE como actor económico internacional. Pero entonces llegó el doble golpe de la crisis financiera mundial (o global) de 2007-10 y la crisis de la deuda soberana.