El crecimiento económico exportado con altas tasas de proteccionismo selectivo permitió a la mayoría de las economías más grandes (especialmente la Argentina, el Brasil, Chile y México) expandir y desarrollar sus industrias de manufactura liviana, tales como textiles, procesamiento de alimentos, bebidas, cristalería, papel y similares. La banca, prácticamente ausente en América Latina a mediados de siglo, despegó repentinamente, alentada por los nuevos códigos legales y las operaciones fiscales de los gobiernos. Las inversiones en infraestructura, inexistentes durante más de medio siglo (en algunas zonas desde el primer siglo después de la conquista) despegaron cuando los gobiernos recuperaron su calificación crediticia, pidieron grandes préstamos en Londres, París y Frankfurt, y utilizaron las ganancias para subvencionar la construcción de ferrocarriles, reconstruir puertos y modernizar pueblos y ciudades. Se trató de una edad de oro del crecimiento económico latinoamericano que, desafortunadamente, terminó demasiado pronto.