El trabajo “flexible” moderno (subcontratos; trabajo por cuenta propia; la economía de los “gigs”) está causando preocupación política. La pobreza aumenta. Los ingresos del Estado caen. Esto no es nuevo. La investigación social de los mercados laborales urbanos a finales del siglo XIX en Gran Bretaña reveló problemas idénticos. La pobreza era consecuencia del trabajo irregular, no de los bajos salarios. Las reformas estatales y la política de “descasualización” pretendían mejorar los resultados económicos y eliminar la pobreza en una versión anterior a 1914 del Estado del bienestar británico. El éxito resultó esquivo. Los empresarios y los trabajadores se resistieron a la intromisión del Estado y defendieron las prácticas establecidas, incluso cuando la reforma obtuvo el apoyo de los sindicatos. Los contratos permanentes a tiempo completo después de la segunda guerra mundial (o global) se derivaron de acuerdos negociados, no de un imperativo económico. A medida que se deshacen estos acuerdos, reaparecen los antiguos modelos de empleo y los trabajadores pobres. Es necesaria una mejor gestión de los mercados precarizados: el registro de los trabajadores y la introducción de obligaciones legales para los empresarios y los propietarios de plataformas informáticas.