La resiliencia es la acción o el acto de rebotar o saltar hacia atrás; rebote, retroceso. Y la elasticidad es el poder de reanudar una forma o posición original después de la compresión, la flexión, etc. También puede ser considerado el trabajo que devuelve el muelle después de haber sido tensado hasta el límite extremo dentro del cual puede ser tensado una y otra vez. El concepto “resiliencia” conserva hoy todos estos significados, pero se asocia más a la supervivencia en contextos de extremidad. La resiliencia es aquel rasgo por el que las personas o los sistemas consiguen sobrevivir a una prueba o incluso a una catástrofe, sin que se rompa. Así, a menudo se dice que el capitalismo es resiliente, ya que absorbe y se recupera de los golpes periódicos. (Su presunta resiliencia es la razón por la que llamamos a estos eventos “shocks”). Se dice que las comunidades precarias son resilientes por los agentes del mercado que se mueven por ellas y que a veces dejan poco. A los ecosistemas frágiles les dicen que son resilientes quienes los contaminan y quieren seguir haciéndolo impunemente. Para algunos, el mecanismo más básico de la resiliencia es la capacidad de construir un significado a partir de la adversidad, la capacidad de dar sentido a la adversidad. Hay algo de cierto en ello. Pero también es casi una tautología. En nuestra época, hablar del trabajo de las cosas públicas es hablar de cosas como los parques públicos nacionales y las prisiones, los sistemas de alcantarillado y las infraestructuras de transporte, las ondas de comunicación y la salud climática. Estas son las cosas públicas de nuestros días. Cada vez más, carecen de resiliencia y ponen a prueba la nuestra.