Las asociaciones de artesanos existen, con distintos nombres, desde los más remotos tiempos. Entre griegos y romanos ya existía esta forma de agrupamiento de los sujetos de un mismo oficio, y posteriormente, se ha podido comprobar su existencia en la España visigótica e incluso entre los árabes. El número de gremios siguió creciendo después de la Peste Negra. Hay varias explicaciones posibles. El descenso de la población aumentó la renta per cápita, lo que fomentó la expansión del consumo y el comercio, que a su vez hizo necesaria la formación de instituciones para satisfacer esta demanda. Las repetidas epidemias redujeron el tamaño de las familias, sobre todo en las ciudades, donde el adulto típico tenía una media de 1,5 hijos supervivientes, pocos hermanos y sólo una pequeña familia extensa, si es que la había. Los gremios sustituyeron a las familias extensas en una forma de parentesco ficticio. La disminución del tamaño de la familia y el empobrecimiento de la iglesia también obligaron a los individuos a depender más de su gremio en tiempos difíciles, ya que ya no podían confiar en los parientes y sacerdotes para sostenerlos durante los períodos de crisis. Todos estos cambios vincularon a los individuos más estrechamente a los gremios, desalentaron la libertad de acción y fomentaron la expansión de las instituciones colectivas.