Este texto se ocupa del Pluralismo Político. En su raíz filosófica está la idea de admitir que un mismo problema tiene varias soluciones. En la práctica, la variante política del pensamiento pluralista ha intentado dispersar el poder político y la autoridad en las sociedades modernas, con distintos grados de éxito. Los pluralistas políticos ingleses, por ejemplo, se enfrentaron al problema de mantener la diversidad política y la libertad frente al creciente poder del Estado moderno a principios del siglo XX. Influidos por la tradición whig, que pretendía salvaguardar los logros de la Revolución Gloriosa de 1688 limitando el poder del Estado mediante un sistema de controles y equilibrios, J. N. Figgis (1866-1919) y Harold J. Laski (1893-1950) temían esta centralización del poder y trataban de dispersarlo entre los distintos grupos y asociaciones de la sociedad. Se oponían así a la visión idealista del Estado, típica de T. H. Green (1836-1882) y F. H. Bradley (1846-1924), como máxima expresión de la unidad social. Por el contrario, los pluralistas consideraban al Estado como un grupo entre muchos, cuya función consistía en mantener la libertad individual y el orden social necesario para la búsqueda de bienes sustantivos por parte de los grupos dentro de una sociedad civil floreciente. En su insistencia por limitar el poder del Estado, los pluralistas siguieron, por tanto, el ejemplo de Alexis de Tocqueville (1805-1859) y de F. W. Maitland (1850-1906), quienes trataron de reforzar los grupos intermedios entre el individuo y el Estado como el baluarte más eficaz contra la tiranía.