Aunque los sucesores de Stalin también persiguieron a escritores y disidentes, utilizaron el terror policial con más moderación para coaccionar a la población, y trataron de ganarse cierto apoyo popular relajando los controles políticos e introduciendo incentivos económicos. No obstante, la estricta centralización continuó y acabó provocando, según algunos observadores, el declive económico, la ineficacia y la apatía que caracterizaron las décadas de 1970 y 1980, y contribuyeron al desastre nuclear de “Chernóbil”. El programa de perestroika de Mijaíl Gorbachov fue una reacción a esta situación, pero su éxito se vio limitado, en buena medida, por su reticencia a abolir los bastiones del poder soviético -el partido, la policía y el sistema económico centralizado- hasta que se vio obligado a hacerlo tras el intento de golpe de Estado de agosto de 1991. Sin embargo, para entonces ya era demasiado tarde para mantener unidos a los dirigentes comunistas y a la Unión Soviética. Tras setenta y cuatro años de existencia, el sistema soviético se desmoronó.