Hasta cierto punto, los lectores medievales de Aristóteles o bien sobrecargaron su física con problemas y alternativas que no siempre se asumían directamente (sobre todo en las interpretaciones antagónicas del movimiento como “forma fluida” (“forma fluens”) o “flujo de forma” (fluxus formae)), o bien ignoraron relativamente o desplazaron algunas de sus tesis más fundamentales (por ejemplo, dejando que la astrología o, (por ejemplo, al permitir que la astrología o, por utilizar la expresión árabe, la astronomía judicial, introdujera la causalidad esencial, en forma de determinismo astral, en la explicación de aquellos fenómenos del “azar” o la “fortuna” que Aristóteles había condenado a la mera causalidad accidental), parece que podemos, a pesar de todo, sostener razonablemente que la representación aristotélica de la naturaleza se impuso, en conjunto, en la Edad Media como la representación de la naturaleza tout court. El propio Ockham toma su ejemplo de la Física cuando, negándose a ver el movimiento como una realidad positiva, lo reduce al estatus cuasi negativo de un “ser de razón” (ens rationis), que no es más que una forma de referirse a las únicas realidades absolutas, los cuerpos, las sustancias y las cualidades (res absolutae, res permanentes), ya que el propio Aristóteles afirma que “no puede haber movimiento fuera de las cosas”.