Este texto se ocupa de la Igualdad Política, en parte como las normas de distribución de los valores sociales. Aquí se analiza la potencia política del concepto de igualdad, señalando la exigencia de coherencia y racionalidad que lleva implícita. Dicha exigencia, argumentamos, se refiere a un orden de cosas que nunca es un dato ontológico, sino más bien el producto de algún interés humano, o como nos gusta decirlo, el producto de alguna visión igualitaria: una visión que implica una distinción entre ciertas diferencias entre las personas que se consideran legítimas e ingenuas y las que se consideran ilegítimas e incorrectas. Este texto también, significativamente, trata de rastrear el surgimiento de la visión igualitaria moderna, según la cual todos los seres humanos nacen iguales. Para ello, traza una trayectoria genealógica particular: los vínculos entre la igualdad, la idea de que el hombre ha sido creado a imagen de Dios y las transformaciones históricas con respecto a la relación con la muerte. Asimismo, se examina tres paradigmas de la igualdad que dominan el paisaje del pensamiento liberal anglosajón en la segunda mitad del siglo XX: El igualitarismo de la suerte, la escuela rawlsiana y la “igualdad de relaciones” o “igualdad democrática”. Partiendo de la crítica del tercer paradigma a los dos anteriores, desarrollamos tres puntos que creemos que descubren mejor los puntos ciegos de los debates contemporáneos sobre el concepto. En primer lugar, tratamos de afinar la idea de las relaciones sociales desiguales mediante una definición más precisa de la desigualdad estructural. En segundo lugar, pasamos a analizar el concepto de explotación, que sirve de ejemplo para calificar una categoría concreta de desigualdad estructural. Por último, se argumenta que ir más allá de los límites de la imagen liberal predominante de la igualdad requiere ir más allá de la idea de inspiración kantiana del mismo valor moral de todos los seres humanos.