Agrometereología
Durante veinte siglos, la referencia en meteorología fue un tratado escrito por Aristóteles, hacia el año 350 a.C., los “Meteorológicos”. El conocimiento de la atmósfera se desarrolló gracias al diseño de instrumentos para medir las variables físicas que caracterizan el estado termodinámico del aire: el primer termómetro se inventó en 1641, el primer barómetro en 1642, el primer anemómetro en 1664, el primer pluviómetro en 1677 y el primer higrómetro en 1780. Desde mediados del siglo XIX, la meteorología se convirtió en una verdadera ciencia física. A los agricultores siempre les ha preocupado la influencia de las impredecibles condiciones meteorológicas en sus cultivos. La comprensión de estas interacciones entre el suelo, la planta y la atmósfera ha ido dando lugar a una nueva disciplina científica: la agrometeorología. En estas interacciones, es la atmósfera la que impone sus condiciones al crecimiento y desarrollo de las plantas a través de efectos térmicos, radiativos o hídricos, al tiempo que representa a veces una limitación para las labores agrícolas y, de forma más general, para el funcionamiento y la gestión de la explotación.