Tradicionalmente, el término “razón” (ratio en latín) se ha utilizado para referirse a la capacidad de extraer inferencias de forma correcta y fiable. Obviamente, este sentido restringido se aplica no sólo a las creencias inferidas, sino también a las acciones, donde éstas se consideran productos del razonamiento práctico (véase más abajo). La creencia racional ‘apunta’ a la verdad, mientras que la acción racional apunta al bien (o al bien tal como lo aprehende el agente). Sin embargo, “razón” también se ha utilizado de forma más amplia, para referirse no sólo a nuestra capacidad de razonamiento, sino también a la suma total de todas nuestras capacidades para formar creencias y actuar con sensatez. En filosofía, las normas pueden ser morales, prudenciales o epistémicas. Parece que ser racional con respecto al pensamiento o la creencia consiste en ajustarse o seguir las normas peculiarmente epistémicas del pensamiento, mientras que en la esfera práctica, la acción racional consiste en ajustarse a las normas de la prudencia.