Violencia Política de Género
Este elemento es una ampliación de los cursos y guías de Lawi. Ofrece hechos, comentarios y análisis sobre la violencia política de género, o la violencia política motivada por el género. Puede ser de interés también lo siguiente:
[aioseo_breadcrumbs]Violencia Política Motivada por el Género
Un autobús lleno de trabajadoras electorales es bombardeado en Afganistán, matando a tres e hiriendo a doce. Una empleada parlamentaria canadiense intenta suicidarse y sufre durante años un trastorno de estrés postraumático tras ser acosada y agredida sexualmente por su jefe. Una candidata congoleña es arrancada de sus hijos, apedreada y luego quemada por su familia y su pastor en condena por su participación en las elecciones. Diputadas británicas denuncian haber recibido miles de amenazas de violación y muerte en las redes sociales en el espacio de unas pocas horas o días.
Estos son algunos de los rostros de los daños que existen en la intersección entre género, política y violencia. A caballo entre lo político y lo personal, estos actos poseen rasgos tanto de violencia de género como de violencia por motivos políticos. ¿Fueron atacadas estas víctimas para perturbar o influir en el resultado de unas elecciones, o para castigarlas por aventurarse en el ámbito público? ¿Se vio afectada la naturaleza del acto por el género de la víctima? ¿Estos ataques son más o menos frecuentes a medida que las mujeres y otros géneros no dominantes aumentan su visibilidad pública?
Hasta hace poco, cada una de estas tres dinámicas había sido objeto de un análisis individual y binomial. La relación interconectada entre las tres sólo ha surgido como campo de análisis diferenciado en la última década. La literatura resultante ha florecido, impulsada en parte por una respuesta explosiva de la comunidad práctica y de las propias víctimas, que cada vez más se presentan para hablar de sus experiencias e impulsar respuestas políticas. El rápido desarrollo del campo también ha dado lugar a diversos conflictos conceptuales y metodológicos y a un número creciente de preguntas que establecen una agenda de investigación de futuro.
Conceptos clave para entender el género, la violencia y la política
La violencia política tiene como objetivo lograr o resistirse a un cambio de régimen en las jerarquías y órdenes de poder establecidos; afirmar o resistirse a la supremacía de una forma de identidad nacional sobre otra u otras; apoderarse y controlar recursos económicos, políticos o de otro tipo en forma de minerales, rutas clave; o la resistencia a cualquiera de estas formas de violencia. La Declaración de las Naciones Unidas sobre la eliminación de la violencia contra la mujer define la violencia contra las mujeres como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada” (Artículo 1). Aunque a menudo se agrupan bajo una variedad de términos abreviados o paraguas, existen dos conceptos distintos en la intersección de la violencia, la política y el género: la violencia política motivada por el género y la violencia política diferenciada por el género.
La violencia política motivada por el género (VPMG) es el daño que vulnera los derechos políticos de un individuo o grupo en función de su identidad de género. Esta forma distintiva de violencia está motivada por el deseo de reprimir, disuadir, controlar o coaccionar de otro modo los derechos políticos de las víctimas debido a su género.
Los actos de violencia política motivada por el género se dirigen generalmente contra las víctimas a causa de sus identidades de género no hegemónicas. Pueden producirse, por ejemplo, cuando un agresor se cree con derecho a imponer coercitivamente sus creencias políticas a miembros femeninos o masculinos no hegemónicos de su familia o de su comunidad debido a su propia identidad de género hegemónica. También pueden tener lugar para impedir o castigar la participación política de un individuo o grupo masculino no hegemónico con el fin de mantener el control patriarcal tradicional de las instituciones estatales. Todo ello en referencia a los hombres que pertenecen al grupo cultural, étnico o religioso estructuralmente dominante de su país.
El segundo concepto clave es la diferenciación de género en las manifestaciones de violencia por motivos políticos (violencia política diferenciada por género, VDPG). Se ha documentado la diferencia de género en la manifestación de la guerra civil, el terrorismo y el genocidio (hay mucha literatura sobre ello), donde mujeres y hombres experimentan con frecuencia formas y frecuencias de violencia distintas. Estas diferencias se extienden a la violencia que existe en el ejercicio de la competencia política y la gobernanza en los Estados (al menos nominalmente) democráticos y durante los procesos de democratización. Esta literatura sugiere que tanto la violencia motivada por el género como la violencia diferenciada por el género existen en otras formas de conflicto violento, como la guerra civil, el terrorismo y el genocidio. Aun reconociendo esto, el presente artículo se centra en la violencia política fuera de los tiempos de guerra y el terrorismo.
Desagregar los actos de violencia política en cualquier país por sexo revela casi invariablemente patrones muy distintos en las formas, los lugares y las frecuencias de la violencia según la identidad de género de la víctima; en otras palabras, el desglose revela la violencia política diferenciada por géneros. La investigación cualitativa revela otras diferencias. Las diferencias más notables se encuentran en los tipos de violencia política que las mujeres experimentan con mayor frecuencia que los hombres (por ejemplo, sexual, psicológica, económica, simbólica), los lugares donde se produce la violencia política (incluidas las esferas doméstica y cibernética) y los perpetradores implicados (incluidas la comunidad, la familia y las parejas íntimas). Aunque ninguno de estos aspectos es exclusivo de las mujeres o de los hombres no hegemónicos, son abrumadoramente más comunes entre las víctimas de estos grupos. Debido a que no se asocian con la mayoría de los actores dominantes de la política, suelen pasarse por alto u omitirse en las definiciones formales de violencia política y en sus aplicaciones empíricas. Por este motivo, la concienciación sobre la violencia de género nos obliga a revisar estas definiciones clásicas y los métodos de investigación adaptándolos a la realidad de la violencia tal y como se produce más allá de las instituciones y las élites dominadas por los hombres. Reflejando estas distinciones, la violencia política es un medio de controlar y/u oprimir el derecho de un individuo o grupo a participar en los procesos e instituciones políticas mediante el uso de la fuerza emocional, social o económica, la coacción o la presión, así como el daño físico y sexual. Puede tener lugar en público o en privado, incluso en la familia, la comunidad en general, en línea y a través de los medios de comunicación, o ser perpetrada o tolerada por el Estado.
La violencia política diferenciada por géneros y la violencia política motivada por el género son los conceptos que enmarcan el campo. Se han desarrollado subcampos de estudio en torno a dos grupos principales dentro de estos conceptos centrales. Un subcampo se centra en la cronología de la violencia dentro del ciclo político, concretamente en la violencia relacionada con las elecciones. Generalizada y difusa, la violencia política se suele medir con el grosero baremo del recuento de cadáveres, que no es suficiente ni preciso para medir el alcance de la violencia relacionada con el género. Estudiar el subcampo de la violencia electoral ofrece una mayor precisión y matiz en la medición al confinar la investigación en el tiempo y el espacio. También habla de una literatura distinta dentro de la política comparada que se ocupa de las transiciones democráticas, a diferencia del estudio más amplio de la violencia política que está más estrechamente vinculado a los estudios sobre guerras y conflictos. Al estar así situado, facilita el análisis de cómo interactúan las dinámicas de género con los procesos y las instituciones políticas tradicionalmente patriarcales, a veces de forma más explícita y distintiva que en los estudios orientados a los conflictos. Como cualquier otro, este enfoque tiene tanto ventajas como inconvenientes a la hora de captar el alcance del tema, como se analiza en la segunda mitad de este artículo. Al igual que su categoría matriz, la violencia electoral está siempre diferenciada por género y, en ocasiones, motivada por el género.
El segundo gran grupo de investigación en este ámbito se centra exclusivamente en las mujeres víctimas de la violencia política. Este grupo ha recibido la mayor atención académica en los últimos años. En toda la bibliografía se coincide en que algunos actos de violencia política se producen específicamente porque el autor o los autores pretenden impedir que las mujeres participen en la vida política por el hecho de ser mujeres. Cuando la violencia política motivada por el género se dirige específicamente a las mujeres para imponer el control patriarcal de las instituciones democráticas, puede describirse como violencia contra las mujeres en la política (VAWIP, por sus siglas en inglés). Este subgénero de estudio está profundamente vinculado a la teoría de género y adopta el lenguaje y los conceptos de la violencia de género (VG) y la violencia contra las mujeres (VCM). La violencia contra las mujeres en la política es un delito o acto motivado por el odio o los prejuicios. La dimensión política de la violencia contra las mujeres en la política se expresa de dos maneras, en relación con los objetos y el resultado de la violencia. La violencia contra las mujeres en la política tiene como objeto la participación de las mujeres en los procesos públicos y políticos, y puede identificarse por la naturaleza de las víctimas (es decir, votantes, candidatas, diputadas, trabajadoras electorales, periodistas políticas, personal parlamentario y de campaña, activistas políticas, líderes cívicas y sindicales, etc.).
Más allá de esto, la violencia contra las mujeres en la política tiene un impacto estructural al preservar o profundizar el control patriarcal de las instituciones del Estado (“resultado”). Esto es significativo porque añade una dimensión formal a la presentación que hace la DEVAW de la violencia contra las mujeres. La DEVAW afirma que “la violencia contra las mujeres es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre hombres y mujeres” y que “la violencia contra las mujeres es uno de los mecanismos sociales cruciales por los que se fuerza a las mujeres a una posición subordinada en comparación con los hombres”.
La violencia contra las mujeres en la política no es sólo una manifestación de la desigualdad sino también, y de forma significativa, un mecanismo que institucionaliza formalmente la posición subordinada de las mujeres en la sociedad al excluirlas coercitivamente de la gobernanza del Estado.
Estos son los conceptos centrales que enmarcan el campo del género, la violencia y la política. A continuación, este artículo analizará los aspectos empíricos de este campo, antes de volver en la sección final a profundizar en algunos de los muchos retos y lagunas conceptuales con los que lidian los estudiosos a medida que avanza el área de estudio.
¿Qué formas adopta?
Tanto la violencia política diferenciada como la motivada por el género comparten una tipología de formas de agresión. Reflejando el marco normativo internacional para la violencia de género y la evolución de la legislación latinoamericana, la tipología de la violencia política de género incluye formas físicas y no físicas, concretamente daños corporales, sexuales, socio-psicológicos y económicos (hay numerosa literatura sobre estos aspectos). Todas las fuentes de esta cita identifican explícitamente formas físicas, sexuales, económicas y psicológicas en sus tipologías de violencia de género y política o electoral. En algunos casos, las formas de violencia sexual y económica se agrupan dentro de los tipos física y psicológica, respectivamente. En otros, los daños físicos y a menudo psicológicos se desglosan más en la tipología. Estas fuentes no incluyen las formas simbólicas de violencia dentro de sus tipologías.
Varios autores reconocen también una forma adicional, colectiva y no física de violencia motivada por el género, la violencia simbólica contra las mujeres, que actúa sobre la participación política de las mujeres. Estas fuentes reconocen explícitamente la violencia simbólica además de (no exclusivamente) las formas físicas y no físicas,
La violencia física se produce como daño corporal o como agresión sexual o violación. El daño corporal directo afecta a una persona en relación con su participación en causar daños corporales a un apoderado (niño, familiar, etc.). Las formas incluyen palizas y agresiones, asesinatos, homicidio/intento de homicidio, secuestro/intento de secuestro, ataques con granadas, disparos, apuñalamientos, lesiones y agresiones con o sin armas, dispersión violenta de protestas y reuniones públicas, uso excesivo de la fuerza, tortura y maltrato de prisioneros por parte de la policía y las agencias de inteligencia, violencia doméstica y abuso infantil, además de cualquier otra acción que provoque lesiones corporales.
La violencia sexual en contextos políticos incluye la violación por motivos políticos como herramienta de terror e intimidación, la violación marital como herramienta de represión, la agresión y el abuso sexual con el objetivo de controlar, intimidar, humillar y privar de derechos a la víctima (incluidos los trabajadores electorales que agreden sexualmente a los votantes, los diputados varones que agreden sexualmente a las diputadas, etc.), las pruebas de virginidad y la explotación sexual de las presas y detenidas políticas.
Las formas no físicas de violencia política revisten especial importancia en los estudios de género en este ámbito debido a su prevalencia excepcionalmente alta entre las víctimas masculinas no hegemónicas (véase más adelante sobre cuán amplia es la violencia política motivada por el género), y porque los actos de agresión psicológica tienen efectos tan deletéreos como los de todas las formas de violencia, salvo las más extremas, de violencia física; de hecho, los actos de violencia física suelen ir precedidos de agresiones psicológicas.
La violencia social-psicológica causa daño infligiendo miedo a su sujeto como castigo por su comportamiento o para coaccionar su conducta. Puede incluir amenazas selectivas y actos de intimidación, sanciones y castigos sociales, presión familiar y difamación. Puede ser de naturaleza sexual, incluido el acoso (insinuaciones sexuales no deseadas, solicitud de favores sexuales y otros tipos de acoso verbal de naturaleza sexual).
La violencia económica también se reconoce entre las formas de violencia no física. Este tipo de violencia incluye la denegación de fondos a los que una persona tiene derecho durante su mandato o campaña política; la denegación de otros recursos a los que una persona tiene derecho en relación con su cargo o campaña política (oficinas, ordenadores, personal, salario); el daño o las amenazas de daño a una empresa, el despido o la amenaza de despido; u otras amenazas o robos relacionados con el propio sustento. En las familias o entre cónyuges, puede incluir situaciones en las que un miembro o pareja conyugal niega intencionadamente el acceso a los recursos financieros a otro para imponer la dependencia y coaccionar sus decisiones electorales o su participación. Puede incluir el robo, impedir que un cónyuge adquiera recursos, limitar por la fuerza el gasto del cónyuge en bienes esenciales, crear deudas o gastar los recursos de un cónyuge sin su consentimiento, o impedir que un cónyuge busque empleo/educación/bienes, etc.
En las tipologías de la violencia contra las mujeres en política se ha planteado una tercera forma de violencia no física: la violencia simbólica.
Tomando sus raíces en la teoría sociológica de Bourdieu, la violencia simbólica comprende actos que “deslegitiman a las mujeres políticas a través de tropos de género que les niegan competencia en la esfera política”. La violencia simbólica opera a nivel del retrato y la representación, tratando de borrar o anular la presencia de las mujeres en los cargos políticos. Las manifestaciones de la violencia simbólica contra las mujeres en la política incluyen actos de comisión, como el acoso, la cosificación sexual en los medios de comunicación y las representaciones sociales, y actos de omisión, como la “invisibilización”, la disminución o el “irrespeto fundamental a la dignidad humana” que borra o anula la presencia de las mujeres de las mujeres en la política. Aunque no es una forma física de violencia, la violencia simbólica se distingue de la violencia sociopsicológica y económica porque actúa a nivel social o cultural, y no interpersonal. La violencia simbólica se distingue de otros actos de violencia física y no física porque incluye expresamente actos de omisión y la ausencia de acción que mantiene un statu quo patriarcal o quizás oprime aún más la participación política de las mujeres. También diferenciándola de las demás formas de violencia, la violencia simbólica es la que se ejerce con una complicidad tácita entre sus víctimas y sus agentes, en la medida en que ambos permanecen inconscientes de someterse a ella o de ejercerla.
Además de la tipología, una serie de atributos adicionales conforman una taxonomía completa de la violencia política diferenciada por géneros y la violencia política motivada por el género. Aunque la violencia política motivada por el género y la violencia política diferenciada por géneros tienen objetivos distintos, ambas tienen resultados similares: violan los derechos civiles y políticos de la víctima a participar en los procesos políticos e institucionalizan el papel subordinado de sus víctimas en la sociedad al excluirlas de la gobernanza estatal. En la violencia política general, esta exclusión es ideológica y partidista. Cuando la violencia se dirige específicamente contra los géneros no hegemónicos (como en gran parte de la violencia política motivada por el género), este último resultado formaliza el control patriarcal del Estado.
Cada forma de violencia tiene múltiples víctimas posibles, definidas en cuatro categorías:
- Política: candidatos, cargos electos, aspirantes políticos (es decir, que buscan la nominación), miembros y simpatizantes del partido, personal.
- Institucionales: personal permanente del organismo de gestión electoral (OGE) y trabajadores electorales, policía y fuerzas de seguridad, administradores del Estado y funcionarios.
- Profesionales no estatales/no políticos: periodistas, educadores cívicos, activistas civiles y sindicales, líderes comunitarios.
- Privados no estatales/no políticos: ciudadanos particulares y votantes.
Los perpetradores son igualmente diversos y pueden identificarse en tres grupos:
- Actores institucionales (seguridad del Estado, policía, fuerzas armadas), instituciones gubernamentales (actores ejecutivos, judiciales y legislativos), agentes electorales (trabajadores electorales, personal de los organismos de gestión electoral, agentes de seguridad electoral) y apoderados del Estado (milicias, bandas, insurgentes, mercenarios, seguridad privada);
- Agentes políticos no estatales (candidatos, dirigentes de partidos, miembros de partidos e intrapartidos, paramilitares, milicias de partidos, agentes armados no estatales); y
- Actores sociales (periodistas/medios de comunicación, votantes, miembros o grupos de la comunidad, líderes religiosos, líderes tradicionales, Empleadores, actores criminales, parejas íntimas/cónyuges, miembros de la familia, observadores electorales, grupos de jóvenes).
Por último, la violencia política y la motivada por el género se producen en distintas categorías y en distintos lugares. La violencia puede producirse en espacios públicos (calles, sedes de partidos políticos, iglesias, etc.) y en espacios privados (domicilios particulares, oficinas, etc.). Además, la violencia política también se produce en lugares domésticos (es decir, entre parejas íntimas y familiares) y en espacios virtuales. Los espacios virtuales inmateriales comprenden espacios públicos en línea como la televisión, los blogs, los medios de comunicación en Internet, las salas de chat, YouTube, Facebook, Instagram, etc. También constan de espacios virtuales privados, como el correo electrónico personal, los mensajes de texto del servicio de mensajes cortos (SMS), las conexiones telefónicas celulares y fijas, entre otros.
En todo el mundo, todas las formas de violencia contra las mujeres se denuncian muy poco por multitud de razones (como sostiene una muy amplia literatura). En los casos en que se comunican, el muestreo sistémico suele estar ausente y pueden existir diversas formas de sesgo de los datos, lo que hace que la información empírica sea en gran medida desequilibrada e incompleta. Así pues, las medidas estadísticas de prevalencia de la VDPB son muy limitadas y, por las razones que se explican más adelante, no existen en la actualidad medidas empíricas de la VMPB. A la luz de estas profundas limitaciones de los datos, ¿qué sabemos sobre la prevalencia de la violencia política diferenciada por géneros y la violencia política motivada por el género?
En la investigación actual, la medida estadística de la prevalencia de la VGPM se obtiene principalmente desglosando los datos sobre actos únicos de violencia política o recopilando datos sobre un sexo específico. Los modelos emergentes incorporan medidas cualitativas con el seguimiento cuantitativo tradicional; sin embargo, se trata de la excepción, no de la norma. Los estudios sobre la violencia política arraigados en las tradiciones de la investigación de conflictos se ocupan casi exclusivamente de enfoques cuantitativos, a pesar de sus deficiencias a la hora de registrar la dimensión de género de la violencia.
Por el contrario, la violencia política motivada por el género no puede basarse en medidas cuantitativas porque se fundamenta en la interpretación de la intención de los actores y, por lo tanto, depende de métodos de investigación cualitativos. Las investigaciones emergentes indican que tanto la VGD como la VMPG están generalizadas en todo el mundo y existen independientemente del nivel de desarrollo económico nacional, la historia del conflicto, el estatus socioeconómico o la orientación política de la víctima. Parece existir una variación intratipo de la violencia basada en estas (y otras) variables; sin embargo, hasta la fecha no existe ningún estudio sistemático al respecto. En el caso de la violencia simbólica, la incidencia no puede medirse porque la violencia es colectiva y, con frecuencia, tanto la víctima como el agresor son inconscientes de su existencia.
Un estudio comparativo de la violencia electoral en seis países encontró una diferenciación significativa en las manifestaciones de violencia electoral según el género. (NB: n muestra = 2000. Datos de Bangladesh, Burundi, Guinea, Guyana, Nepal, Timor Oriental. Cada incidente de violencia relacionada con las elecciones fue notificado por monitores formados localmente en el marco del programa EVER de IFES, utilizando una metodología de verificación coherente (dos o más fuentes, incluido al menos el relato de un testigo o un informe oficial-hospital, policía, etc.). El estudio sólo registró incidentes individuales verificables de daños corporales y violencia psicológica y económica ocurridos en lugares públicos y privados. Excluyó la violencia sexual y la violencia doméstica y cibernética, así como todas las formas de violencia simbólica. Se aplicó a una amplia gama de víctimas potenciales, incluidos votantes, candidatos, simpatizantes de partidos, periodistas, observadores electorales y trabajadores electorales. Para más información sobre la metodología EVER, véase Lisa Kammerud, “Managing Election Violence: The IFES EVER Program” (IFES, 2009); para más información sobre el estudio transnacional de género, véase en esta plataforma digial).
Las mujeres fueron víctimas en el 36% de los casos en los que se pudo identificar el género de la víctima (n = 1528), incluso como víctimas exclusivas en el 7% de los casos y como víctimas junto con hombres en el 29% de los casos. La proporción de actos de intimidación y violencia psicológica experimentados por las mujeres fue casi tres veces superior a la misma proporción entre los hombres, mientras que los hombres experimentaron más del triple de niveles de violencia física que las mujeres del estudio. Las mujeres eran más propensas que los hombres a experimentar formas económicas de violencia y parecían ser especialmente vulnerables como votantes, periodistas y en las localidades rurales. Estos resultados son significativos dado el fuerte sesgo para minimizar o excluir la VCMN en la metodología del estudio cuantitativo.
Un estudio separado de violencia política diferenciada por géneros encuestó a 55 mujeres parlamentarias de 39 países sobre su experiencia con la violencia. (La mayoría de las encuestas se realizaron entre los participantes de un acto conjunto de la UIP y ONU-Mujeres en Nueva York, mientras que otras se realizaron por teléfono o Skype). El estudio descubrió que el 81,8% de los encuestados había sido objeto de uno o más actos de violencia psicológica, el 21,8% había sido sometido a uno o más actos de violencia sexual, el 25,5% había sufrido uno o más actos de violencia física y el 32,7% había sufrido uno o más actos de violencia económica. Otros estudios regionales o específicos de países muestran resultados similares, confirmando que:
- ambos sexos son víctimas de la violencia política, y
- las mujeres parecen experimentar tasas significativamente altas de violencia psicológica, así como otras diferenciaciones en la experiencia de la violencia.
Al igual que la violencia política diferenciada por géneros, la violencia política motivada por el género parece existir en todo el mundo, aunque varía geográficamente en cuanto a su naturaleza e intensidad. En particular, la VGPMV ha sido objeto de una creciente investigación cualitativa. Para documentar la VGPM, debe registrarse la intención mediante el registro de la intención declarada del autor, la interpretación del acto por parte de la víctima o la interpretación de la comunidad en general. Este desafiante ejercicio se hace aún más difícil cuando se aplica a la violencia que se produce en el ámbito doméstico, donde se cree que tiene lugar una cantidad significativa de la VCMN.
Por lo tanto, el campo se basa en pruebas muy anecdóticas pero profundamente reveladoras. Un corpus cada vez mayor de literatura académica y proyectos documentales orales basados en la práctica está registrando estas historias, construyendo una narrativa de una forma desgarradora y claramente intencionada de represión violenta de la participación política de las mujeres
Antes de seguir adelante, cabe señalar que existe cierto solapamiento entre la violencia política motivada por el género y la violencia política diferenciada por géneros en el registro empírico de incidentes individuales. La violencia política diferenciada por géneros arroja una amplia red sobre puntos de datos de incidentes individuales de violencia. Un análisis más profundo dentro de esos hallazgos revela a menudo que algunos de los presuntos actos de motivación política son, de hecho, actos de violencia política motivada por el género. El uso de métodos mixtos cualitativos y cuantitativos en este ámbito es crucial.
¿Por qué se produce?
Los actores han elegido medios violentos para lograr sus fines políticos por una plétora de razones desde tiempos inmemoriales. Pero, ¿qué hace que la violencia política motivada por el género sea más o menos probable? ¿Y por qué se producen diferencias de género en los tipos y formas de violencia política?
Existen dos teorías vinculadas a las causas de la violencia política motivada por el género. El primer enfoque sugiere que la violencia política motivada por el género está relacionada con las causas de otras formas de violencia de género. En esta literatura, no hay un único factor que haga más probable que se produzca la violencia de género, sino que hay una combinación de factores (denominada “marco ecológico”) a nivel individual, relacional, comunitario y estructural que está vinculada a una mayor probabilidad de ser víctima o agresor.
Un segundo enfoque de la VCMN sugiere que el ascenso de las mujeres a puestos de autoridad pública desencadena una respuesta de reacción violenta entre los hombres, lo que se traduce en un aumento de la incidencia de la VCMN. El contragolpe puede ser un acto consciente (Susan Faludi, en 1991, describe el contragolpe al feminismo como “hostilidad a la independencia femenina” y “miedo y aversión a la independencia”). También puede surgir como resultado de una resistencia al cambio completamente desorganizada, inconsciente, quizá incluso institucionalizada. Como tal, los motivos del backlash pueden atribuirse en toda la tipología de formas de violencia tanto interpersonales como colectivas, incluso ser un subproducto físico de la violencia simbólica institucionalizada. En términos empíricos, el contragolpe indica un aumento de la violencia que se corresponde con un aumento paralelo de la participación política de las mujeres. Aunque están surgiendo pruebas narrativas de ello, sobre todo en América Latina, en el momento de redactar este documento no existen pruebas longitudinales y de referencia suficientes para evaluar la teoría del contragolpe en la violencia política.
Las causas de la VGD son independientes de un contragolpe específico de género y, en cambio, están más
estrechamente ligadas a patrones más amplios de violencia política, desigualdad estructural y riesgos diferenciados en las sociedades. La cuestión aquí es entender por qué las mujeres y los hombres tienden a experimentar diferentes tipos de violencia en estos casos. Una respuesta para ello es que la VGD se produce de acuerdo con guiones de género que reflejan los papeles normativos y las expectativas que desempeñan las mujeres y los hombres en cualquier sociedad. Éstas están íntimamente ligadas a la desigualdad socioeconómica y a las prácticas culturales, más que a una intención misógina explícita. Concretamente, las mujeres se encuentran en circunstancias diferentes debido a los distintos papeles que desempeñan en sus sociedades. Un menor acceso a los recursos económicos o a las armas, unos niveles más bajos de alfabetización o de acceso a la tecnología, unas mayores restricciones de movimiento o unas obligaciones más importantes en el cuidado de los hijos y de la familia configuran los espacios que ocupan las mujeres, los riesgos a los que se enfrentan y los tipos de violencia que sufren con más frecuencia. La diferencia de género también es visible con frecuencia en la expresión de la violencia política. Aunque los actos violentos puedan atribuirse en su totalidad a motivos políticos, pueden expresarse en términos específicos de género, incluido el lenguaje sexualizado. La introducción del análisis de género en la evaluación del riesgo político a nivel nacional o subnacional sirve para interpretar el efecto de estos guiones en la manifestación de la violencia.
Debates actuales en el estudio del género, la violencia y la política
El estudio de las dimensiones de género de la violencia política se ha multiplicado rápidamente en menos de una década, poniendo de relieve una serie de divergencias en la formación de conceptos y de retos en el enfoque metodológico. Esta sección final trazará algunas de las cuestiones conceptuales más importantes que desafían el campo actual y esbozará los caminos a seguir para la agenda de investigación. Los próximos pasos empíricos asociados no son menos importantes (de hecho, existe una necesidad acuciante de abordar las deficiencias de los datos descritas anteriormente); sin embargo, dadas las limitaciones de espacio, la siguiente discusión se dedicará únicamente a las preocupaciones teóricas.
Existen dos debates conceptuales centrales en la literatura contemporánea en torno a los cuales se orientan otras cuestiones secundarias de definición y metodología de la investigación. La primera de ellas es determinar qué constituye la violencia política motivada por el género, en particular para la VCMN. Los estudiosos arraigados en la tradición feminista han adoptado definiciones clásicas de la violencia de géner/VIH a la esfera política y así incluyen:
- actos agresivos dirigidos en gran medida o únicamente contra las mujeres en política;
- por el hecho de ser mujeres, a menudo utilizando medios de ataque sexistas; y
- con el objetivo de disuadir su participación para preservar los roles tradicionales de género y socavar las instituciones democráticas.
En este caso, la interpretación de la víctima es un factor determinante para interpretar la motivación del agresor. Dentro de este estudio, se minimiza u omite la distinción entre VGD y VGPM.
Por el contrario, los estudiosos orientados hacia la teoría de la violencia política analizan esta definición para excluir los actos no motivados por una intención misógina, aunque afecten predominante o exclusivamente a las mujeres y utilicen medios sexistas. Por lo general, la motivación se identifica en función de la intención declarada de los autores o de factores situacionales (por ejemplo, una conexión clara entre el objetivo individual y el proceso político).
Echando una red más estrecha, atribuyen la diferenciación de género en la violencia a guiones y normas sociales, no a un esfuerzo consciente o inconsciente por mantener el patriarcado del Estado (como ha hecho este artículo en las páginas precedentes). Esto es notable, porque los partidarios de la violencia política diferenciada por géneros ven estos guiones como el telón de fondo de la violencia política, mientras que los teóricos del género los ven como implícitamente ligados a la aparición de la violencia. La muy citada definición de Bloom (2008) afirma que “la violencia de género es el término general utilizado para captar la violencia que se produce como resultado de las expectativas normativas de rol asociadas a cada género, junto con las relaciones desiguales de poder entre ambos géneros, en el contexto de una sociedad específica”.
De forma similar, en lo que respecta a la conexión con la democracia, donde los estudiosos feministas identifican la intención motivadora de socavar las instituciones democráticas a través de la violencia política diferenciada por géneros, los estudiosos de la violencia política ven el daño y la exclusión causados por esta violencia (es decir, los efectos negativos sobre la democracia) como resultados colaterales de las acciones emprendidas para controlar las instituciones y los recursos del Estado. Aunque se reconoce el reto inherente de establecer la intencionalidad y se señala que pueden existir múltiples motivos en un acto determinado (véanse estudios de interseccionalidad en esta plataforma online), estos contrastes ontológicos y guías empíricas son los principales determinantes que caracterizan la violencia por motivos de género y la violencia por motivos políticos.
Esta divergencia en la definición del objeto de estudio plantea algunas cuestiones básicas para el campo más amplio de los estudios sobre la violencia. Por un lado, ¿hasta qué punto puede definirse la violencia por las víctimas a las que se dirige? Si la presencia de víctimas femeninas constituye VCM, y la presencia de víctimas en papeles políticos constituye violencia política, ¿debe deducirse que la presencia de víctimas que desempeñan a la vez algún papel político y son del sexo femenino es suficiente para calificar la VCM? La intención del perpetrador debe influir aquí, aunque sólo sea para distinguir la violencia contra las mujeres en la política de los actos de delincuencia común, terrorismo, violencia doméstica, accidentes cotidianos, entre otros factores. Sin embargo, suponiendo que se pueda identificar de forma fiable la intención, ¿puede un agresor estar motivado por igual por la misoginia y por un objetivo político, o uno debe prevalecer sobre el otro? ¿Qué ocurre con las motivaciones múltiples/interseccionales? Las interpretaciones contrapuestas también sugieren que la violencia podría identificarse por los medios que emplea. Pero, ¿podemos afirmar con seguridad que todos los actos de violación o de agresión o asalto sexual están necesariamente motivados por el género, o reflejan normas más amplias de la sociedad que dictan un trato diferenciado para hombres y mujeres? El homicidio en la violencia política afecta abrumadoramente a los hombres, pero pocos sugerirían que es una expresión de una violencia claramente masculina o una forma de violencia política motivada por el género contra los hombres hegemónicos.
Esta última pregunta conduce a la segunda gran preocupación, relativa a lo que constituye la “violencia”. La tipología en este tema es el producto de un cuerpo de pensamiento en evolución. A la hora de medir la violencia política, los estudios clásicos dominantes tienen la práctica arraigada de reconocer un único tipo distinto de daño físico (muertes relacionadas). Existen algunas excepciones, sobre todo en el subcampo de la violencia electoral, donde algunos estudiosos también miden la violencia no letal, la intimidación y los daños a la propiedad entre las formas de violencia política reconocibles.
Otros campos relacionados también se han movido en esta dirección; varios autores amplían los datos sobre conflictos para incluir las protestas violentas y los datos sobre derechos humanos, como la Escala de Terror Político, que va más allá del recuento de cadáveres en un campo relacionado con la violencia política, aunque no idéntico). La aplicación de una lente explícitamente de género a la violencia política amplió las categorías de daño físico para incluir el daño sexual además de (y a diferencia de) otras formas de daño corporal y sistematizó el daño socio-psicológico y económico dentro de la tipología. Yendo cada vez más lejos, los estudios feministas han añadido la quinta categoría (violencia simbólica) a la tipología, mientras que los legisladores de varios países han relacionado los actos de acoso, discriminación, abuso y sexismo con el fenómeno de la violencia política motivada por el género.
¿Es todo esto “violencia”? ¿Cuáles son los pros y los contras de un paraguas tan amplio? La respuesta reside en el objeto de estudio. Para los politólogos preocupados por identificar e interpretar patrones de violencia, es necesario establecer parámetros claros. En este caso, no se puede pasar por alto la distinción entre VGD y VGPM y es vital incluir tanto a hombres como a mujeres en las iniciativas de datos. Los autores diferenciados deben ser discernibles y tomar decisiones conscientes y racionales para implicarse en actos de violencia interpersonal que tengan como resultado algún tipo de daño directo a una víctima claramente identificable. Ampliar la definición de violencia para incluir actos de acoso, sexismo, discriminación o abuso difumina la comprensión del “daño”, disminuye necesariamente la fiabilidad de los datos comparativos e introduce problemas de intención mixta (es decir, ¿los actos de discriminación o sexismo estuvieron motivados por un objetivo político o por la misoginia?) Además, para los investigadores con este tipo de objetivo, la “violencia simbólica” es un concepto inoperante, al menos como categoría comparable a las formas interpersonales de violencia. La violencia simbólica no puede identificarse ni medirse de la misma manera que las formas interpersonales de violencia porque no tiene necesariamente una víctima o un agresor identificables y únicos, sino que actúa a nivel colectivo, social, a menudo a través de las representaciones de los medios de comunicación. Las víctimas son cómplices de su sometimiento, y tanto las víctimas como los autores pueden actuar inconscientemente o no ser conscientes de la existencia de la violencia. Los actos de omisión desempeñan un papel importante en la violencia simbólica y no pueden medirse en función de su frecuencia o prevalencia. Así pues, los investigadores que persiguen tendencias cuantificables en la violencia política harán bien en ampliar selectivamente su campo de estudio a aquellos actos interpersonales que provocan o amenazan directamente con provocar daños físicos.
Sin embargo, cuando un ámbito ampliado de la “violencia” limita una línea de investigación, crea ricas oportunidades para otra. Los estudiosos feministas de la violencia política motivada por el género (especialmente de la VCMN) se han visto muy limitados por la necesidad de citar estudios de VCMN para respaldar sus afirmaciones. Apartarse intencionadamente de los métodos cuantitativos y construir una base de pruebas cualitativas es esencial para hacer avanzar el campo, al igual que lo es desarrollar indicadores sólidos para ambos tipos de medición. Incorporar una gama más amplia de actos misóginos identificables es una forma constructiva de lograrlo. Además, la adición de la categoría de violencia “simbólica” añade una nueva dimensión teórica al campo al incrustar el concepto en patrones sociológicos de opresión, llevándolo más allá de la teoría politológica de las relaciones de poder y de las definiciones de violencia de género/violencia contra las mujeres de la teoría de género. A medida que el campo se aleja de las pruebas empíricas y se acerca al encuadre teórico, ésta será una contribución cada vez más valiosa.
Al margen de estos dos temas centrales de debate, otras muchas variantes siguen siendo objeto de conversación dentro de este campo. Aunque en este artículo se han destacado los subcampos de la violencia política específicos de las mujeres y de las elecciones, el campo podría verse igualmente a través de diversas lentes centradas en subconjuntos de víctimas o autores (por ejemplo, sólo parlamentarios, sólo hombres no hegemónicos u otros géneros, etc.), o centradas en la ubicación de la violencia (como en la ciberesfera o en la esfera doméstica (un área especialmente necesitada de más investigación).
Todavía no hay consenso sobre otros aspectos clave de la definición. ¿Están estudiando los investigadores a las víctimas más pertinentes o, al menos, a las mismas categorías de víctimas? Se ha puesto un énfasis significativo en el estudio de las candidatas y las víctimas de la PM, aunque la gran mayoría de los incidentes de violencia interpersonal contra las mujeres parecen producirse contra la participación de las mujeres en roles distintos a estos. Las categorías de víctimas de esta violencia se identifican de forma diversa en la literatura, desde definiciones limitadas de los objetos de la violencia, a otras más amplias, pasando por las híbridas.
Conectar este campo con sus antecedentes teóricos sigue siendo un reto. Algunos autores consideran esta forma de violencia como un subconjunto de la violencia de género/violencia contra las mujeres, mientras que otros asumen lo contrario y la ven como un subcampo de la violencia política o electoral (por ejemplo, la USAID, en un informe de 2013), o ambas. Como ya se ha señalado, la introducción de la violencia simbólica vincula ahora el campo también a la teoría sociológica.
Se ha hecho mucho hincapié en el estudio de las mujeres víctimas; sin embargo, la investigación empírica sugiere que los hombres son víctimas de formas interpersonales de violencia política en el 90% de los casos. Varios estudiosos han presentado argumentos convincentes para incluir sistemáticamente a los hombres en la investigación comparativa en este ámbito. El lento pero constante aumento global de la participación de personas con identidades de género no tradicionales, hombres no hegemónicos, transexuales, entre otros, es una causa más para mantener el equilibrio. Por último, hay indicios de que las mujeres participan como perpetradoras de la violencia con tanta frecuencia como víctimas de la misma.
Por último, la cuestión de los objetivos de esta violencia es incoherente. El objetivo de la violencia contra las mujeres en la política se ha descrito de diversas maneras:
- obligar a las mujeres a dimitir como candidatas o renunciar a un cargo político concreto,
- prevenir y desalentar la participación de las mujeres,
- incumplir, obstruir o restringir la participación de las mujeres, e
- impedir o controlar la participación de las mujeres.
Es importante distinguir entre tratar de reducir o eliminar las voces de las mujeres y controlar coercitivamente estas voces. Cuando las voces de las mujeres pueden controlarse y coaccionarse eficazmente, el objetivo de la violencia puede ser en realidad aumentar la participación de las mujeres como votantes, parlamentarias y demás. Además, a medida que se explore cada vez más la noción de violencia simbólica, será necesario conciliar factores como la implicación inconsciente en la violencia, la complicidad víctima/perpetrador y los actos de omisión con estos objetivos de la violencia. Asimismo, aunque tengan repercusiones mayores, estos objetivos se limitan a los impactos contra las víctimas individuales. Las investigaciones futuras que pretendan integrar estos conceptos en las teorías de la democratización y el desarrollo político tendrán que conectar las formas de violencia política basadas en el género con teorías más amplias sobre la cooptación y el control del Estado.
Basado en la experiencia de varios autores, mis opiniones, perspectivas y recomendaciones se expresarán a continuación (o en otros lugares de esta plataforma, respecto a las características en 2026 o antes, y el futuro de esta cuestión):
¿Por qué es importante analizar la naturaleza de género de la violencia política?
La violencia política define las instituciones políticas y las relaciones de poder, no sólo entre grupos ideológicos enfrentados, sino también entre sexos. No entender la naturaleza de género de la violencia supone no comprender las fuerzas que dan forma a estas estructuras de poder. También disminuye nuestra comprensión de la violencia política en su conjunto. La violencia política en todas sus formas amenaza la democracia al desestabilizar sus instituciones y disminuir coercitivamente la inclusividad y la representación. La violencia que tiene como objetivo o afecta de forma desproporcionada a grupos marginados o infrarrepresentados, como las mujeres, da lugar a los grandes desequilibrios que caracterizan a la mayoría de los sistemas políticos de todo el mundo en el siglo XXI. Por encima de todo, las víctimas de la violencia política son víctimas de un trágico abuso de los derechos humanos que limita sus libertades y puede también poner en peligro sus vidas. La Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma que toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos, y a acceder, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país. Comprender la dinámica de la violencia, la política y el género es fundamental para proteger ese derecho.
Violencia Política de Género en México
Aunque generalmente la violencia política guarda relación con temas tales como el terrorismo, se utiliza la expresión violencia política de género o contra las mujeres en México y otros países.
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